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Una historia en dos tiempos

 Alberto Marrero, 13 de marzo de 2014

De la joven poeta y narradora Sussete Cordero (Guanajay, 1982) ya publiqué, hace casi dos años, una reseña sobre su cuento «Comienzos de una esquela». Hoy les traigo otra muestra de su labor narrativa con la intención de que nuestros lectores no le pierdan la pista a esta escritora que, dicho no sea de paso, acaba de obtener el tercer premio del Concurso Internacional de Poesía 2013, convocado por Ediciones Lamás Médula, con su cuaderno Crónica de los relojes mansos.
   En general, entre los objetivos de mi trabajo está promover también a los jóvenes talentos de nuestra actual narrativa, algunos de los cuales ya han publicado libros y otros esperan su oportunidad, la que llegará sin dudas, a pesar de las dificultades económicas que atravesamos, que nunca podrán compararse con la crisis editorial de los noventa.
Resumiendo, mi propuesta en esta ocasión son dos breves cuentos (así los concibió la autora), pero que por su estrecha interrelación bien podrían considerarse uno solo en dos partes, o mejor, en dos tiempos. Se titulan «No todo el mundo merece un poema» y «Después de Auschwitz, Bujara». Ambas historias tienen los mismos personajes centrales y versan sobre la soledad, el agotamiento de una prolongada relación, la vejez, el tedio, los extravíos del ser, la literatura como doloroso oficio o deleite, el egoísmo, la simulación, el rencor y otras ferocidades que llevamos dentro, a veces sin darnos cuenta. El lector podrá fijarse en la manera de narrar de Sussete, en su preocupación por el lenguaje (que como siempre roza sin cesar lo poético) y en la estructura nada convencional. El sentido elíptico y cierta inclinación a lo simbólico hacen que su prosa rompa los diques de la anécdota y fluya hacia otras dimensiones. El uso eficaz de los detalles le imprime a ambos textos un ímpetu de lucidez, un aliento de hechizo o misterio (la bufanda de cola de zorra que el viejo no se quita jamás, por ejemplo).El juego intertextual con el relato de Sergio Pitol Nocturno de Bujara, en el segundo cuento, complejiza la trama y la ponen a volar más allá de la asfixia y la desolación que se respiran todo el tiempo en la historia.
   Y no digo más, confiado de que esta joven narradora sabrá imponerse con el rigor de su palabra y su sensibilidad de cisterna, parafraseando al gran poeta Henri Michaux.

Alberto Marrero



NO TODO EL MUNDO MERECE UN POEMA

     Escribir un poema después de Auschwitz es bárbaro.
                                        Theodor Adorno

Sussete Cordero   


A estas horas Felicia debiera estar llegando, cansada, con un vaho inconfundible de amargura. La puerta se abriría y yo como casi siempre me haría el desentendido. Luego las chancletas andando por toda la casa, como queriendo apresurarse ante un torrencial, del baño a la cocina, el fregadero, el fogón, las ocho de la noche, el noticiero nacional, las mentiras, el sueño, la madrugada impalpable. El sonido fastuoso de sus ronquidos, la vigilia, el desacierto, la conformidad.
   Ahora mismo no sé si es fortuna o desagravio, pero hoy Felicia no llegará, al menos no sentiré el ritmo acelerado de su carrera por la casa, y me pregunto si alguna vez desde este sillón podré acompasar mi nostalgia. No tengo otro remedio que contestar al teléfono, recibir el sentido o no sentido pésame, ha muchas gracias, se lo agradezco, mientras advierto la falta de sinceridad de algunos, la lástima quemándome los huevos en otros. Y es esta vida de mierda que no admite posibilidades de estrategias para normales, la gente normal, sincera, no existe en esta órbita. Vuelvo a la puerta y desdibujo la cara, eso como si hoy fuera mi cumpleaños, la ganas de un festejo. Los vecinos pasan silenciosos, matan mis ganas de tocar un buen tambor a Changó, levitar sobre la rumba, gritar a toda costa bien alto para que todos escuchen, ¡que bueno que esta vieja imbécil se murió!
   Y acaso porque los desmanes de la evolución se mantienen intactos han puesto en su lugar, para cuidar del pobre viejito, una enfermera. Una que está muy buena por cierto. Hago gala de mi estado físico, me duele la cintura, el brazo izquierdo, estoy al borde de un infarto. Ella se compadece, masajea fuerte mi espalda, me cuenta el capítulo anterior de la telenovela de turno. Yo escondo mis latidos dentro del pijama, bajo la colcha que cubre mis piernas. La silla gira sobre una espiral de perfume barato, es bueno haber nacido en el comunismo, te caes de una escalera, te quedas inválido, se muere la vieja de tu mujer, como has sido premio Nobel de mala suerte te regalan una muñeca viviente, que sea por tiempo indefinido una artífice de Chandler en El simple arte de matar. Comienzo a dudar de los comentarios de Felicia aquí no dicen más que mentiras, apagar el televisor e irse a dormir, a zumbar, al sueño. Por razones más que vistas mi artesana se marcha temprano, la acompaño hasta la puerta, se vuelve para decirme adiós, que pase buena noche, seguro que sí, pensaré en ti, cosa rica, mañana regresaré, sin falta, vamos a ver qué pasa hoy en la novela.
     Los días sucesivos se me antoja el deseo de no dormir solo, nunca más, por eso le he pedido a la operaria que me regale una foto, ¿de ahora?, pregunta confusa, no entiendo la pregunta, ¿si la quiere de ahora o de cuando tenía quince años? Una niña de quince es mejor que dos de treinta, eso pienso, bueno si me la quieres dar de cuando tenías quince, igual te recordaré, con cariño. Regresa al otro día, sobre la mesa coloca el bolso. Buenos días ¿cómo durmió?, y yo que pienso quiero la foto, ella que me mira, le traje lo que me pidió, y la muy cabrona no acaba de sacar la foto, pero no es lo que le había prometido. El teléfono suena, y no quiero más pésames, no me muevo, no voy a contestar, lo hace ella, la oigo decir, Dígame, no, no, está equivocada, bueno, no hay de qué. Otra vez registra el bolso, y de entre unas hojas dobladas saca la foto de una niña, una como de siete años, lleva un bikini azul turquesa y está posando para la cámara, eso a la orilla de una playa. Me detengo en la imagen. Siete años. Una niña. Felicia debió quedarse viva, yo soy peor.
    Me sigue doliendo la espalda y ella masajea, y yo que el brazo izquierdo, y ella roza el sillón con las nalgas y yo dejo el codo cerca, que no llego a metérselo por donde quiero.  Otra vez las cinco de la tarde y quedo solo, como siempre. La acompaño hasta la puerta, le digo adiós. Llevo la silla hasta el cuarto, allí, sobre la mesita de noche, sonriente y provocadora, está la niña del bikini azul turquesa.
   Descuelgo el teléfono. Felicia no llegará. Siento un peso enorme en el pescuezo. Dejo caer mi abultado ser sobre la cama y como siempre los brazos tiemblan hasta quedar impávidos sobre el colchón.  Entonces decido escribirle un poema, hace tiempo que no escribo un poema, a Felicia nunca le escribí un poema, un poema para Felicia llevaría por título La puerca ha llegado, o mejor, La comida que cocinaste sabía a mierda. Para mi niña he de escribir un buen poema, uno con sangre, con leche, con la eximia gota de vida que me está quedando.
   Mi relación con Felicia pudo haber sido menos patética si le hubiera escrito un poema. De todos modos a ella esas cosas no le gustaban, al menos eso creo, tengo mis dudas, no lo sé, realmente no lo sé, la cosa es que yo nunca quise escribirle un poema a mi mujer. ¿Qué diría de su rostro?, pupilas dilatadas siempre, inexpresivas, ¿o de su cuerpo de insumo hogareño?, retazo inconexo de mi espacio. Sin embargo por esas divinidades del destino hoy puedo escribir un poema, uno desbocado en deseo, animoso de no perder el hálito de vida, ese que fluye en las palabras, pasarela por la que cruzará mi niña desprovista del bikini, desprovista de posteridad, esa que la ha alcanzado para convertirla en una culona vestida de blanco, cuidadora de viejos. Lo he titulado Aquella niña sobre la nube, pareciera que posa sobre las algodonadas líneas de un rabo de nube, que se embalsama en la textura de la foto, calcomanía sublime en la arena. Tomo las píldoras de costumbre, intento dormir, sueño con una vocecilla que reclama un poema, recita los versos que voy trazando sobre su lengua con un tono de gemidos bajos. Me revuelco en la cama, quiero que amanezca para no volver a sentir mi verso torcido entre las manos. Después la mañana, y he ahí que vuelve mi hacedora con su culo grande y sus manos duras, a masajear mi espalda, a triturar las píldoras como si fueran para un bebé. La miro esquivo, me mira con lástima, y siento que en el fondo sus pupilas se dilatan inexpresivas, fijas hacia el futuro sin una sola pizca de brillo. Ya no me parece que esté tan buena. Ya no. Al margen de los muslos descubiertos por descuido aparecen venas que se avienen en el primer tren de los cuarenta. Muy azules las venas. Llévate tu foto, le digo, y ella me observa, dislocada en aquel enigma. No me habla, retira el libro de Chandler de la mesita y coloca la foto de la niña, sola en medio del cristal, pulcra imagen de una infanta sirena. Te digo que te la lleves, y entonces ocurre lo que tanto temía, sobre la almohada descubre el poema y pregunta, ¿quien escribió estos versos? Querrá que le haga también a ella un poema, todas las mujeres creen merecerlo, no saben lo equivocadas que están. Vuelvo la sonrisa a la muñeca de la foto, era para ti, pero ya estás demasiado vieja.


DESPUÉS DE AUSCHWITZ, BUJARA
 
Felicia lo mira indignada, piensa que por entre los senderos marcados en la cara del viejo debe correr veneno en lugar de sudor. Respira. Camina por la habitación mientras perora bajito como los espíritus. Deshace su lado de la cama y luego ocupa el viejo sofá junto a una lámpara de tenue luz para leer a Pitol.
     El viejo ni siquiera la mira. Duda entre si las horas siguen estáticas en la habitación, o el reloj de la pared se ha quedado sin batería. Él envejece con placidez, no cree necesario pensar en las nimiedades de la soledad y la premura del tiempo. No se quita la bufanda para dormir. Guarda el poema debajo de la almohada y trata de soñar con la niña del bikini turquesa.
    Felicia no lo mira casi nunca, porque él tiene una mirada de Medusa que te petrifica, como cuando la dejó de piedra aquella mañana en que le pidió abortar. Ella lee, frunce el ceño por la concentración. Se arropa con una manta. El viejo ronca, gordo, pálido e inexpresivo muñeco de nieve. Allá fuera el viento suena como alguien gritando. En ella el silencio es pleno, detenida en meditaciones profundas, recuerdos que son solo trozos de frases, y pocas miradas. Murmura, animal, bestia, y por un momento la atemoriza que la haya escuchado. Sin embargo no entiende porqué hoy ha sido un día diferente. Hoy la ha mirado distinto, mejor que de costumbre, por debajo del hombro incluso. No lo entiende, pero hoy ha vuelto a sentir el impulso ciclónico de terminar de una vez con el encierro, con el martirio.
Vuelve a la cama, porque después de tantos días las cosas tomarán el mismo ritmo denso de siempre. El frío arrecia la madugrada. Pero su lado de la cama está húmedo, pegajoso. Rastros de niños que se mezclan con el sudor de la bestia. Salta de una vez al suelo y lo ve dormir.
   Abre el libro y empieza «Nocturno de Bujara». Graznido de cuervos enloquecen a los viajeros. Siente ganas de gritar bien alto para que él despierte, le escuche, no duerma. Frondosos castaños a punto de desgajarse. Sus pupilas han perdido toda expresión, su cuerpo es un trozo de espacio bordeado por una línea gris, vacío al centro, ahí justo dónde debiera ir el corazón. La música del Islam se filtra por algunas ventanas. El terso sonido de la soledad en medio de la noche, los ojos de Medusa cerrados, párpados cayendo sobre ellos como cortinas de piel. Rara avis in terris.
   Bajo el muro de libros en la pared del cuarto, la foto de rostro inocente descansa en un cuadrado antiguo de metal bronceado. El talante cándido de la instantánea sonríe, deja ver sus ojos vivos entre las pestañas mojadas por el agua de mar. La infanta sirena de vivaces ojos coloca a Pitol sobre el muro, y luego desanda Bujara en la suavidad de la almohada. Trata de olvidar que a su lado dormita el scaruboeus caput hominis de Poe. Nada bueno presagia el invierno al despertar.
  La pupila roja del sol la sorprende en el sillón. Siente chorrear el río de orine en el inodoro. Es un sonido atronador, un rumor impreciso que se parece al refugio de un río subterráneo. Estira las sábanas y chancletea a la cocina para preparar el desayuno.
Su memoria apresa el ritmo de la respiración, jadeos, pausas producidas por la aspiración de aire mientras se le encimaba, bicho asqueroso, sediento de ripios de sexo que mancillaron su torneada figura de mujer. Y luego aquel vicio de poseerla que se volvió mero tedio de la vida cotidiana. Y el vicio insoportable de Chandler cada noche, antes de dormir, y los niños que son un estorbo, y que suficiente con ir degenerando hasta volverse bebé, y que habría tiempo para volver a nacer, y que en esta casa no vives si decides tenerlo y que tómate esto y no jodas, y el llanto y las súplicas y una taza de café con leche para el desayuno del marido. Y no levantes la mirada, que la piedra es fría y se desmorona.
    Él desayuna sentado en la silla de jefe de familia. Sin familia. Odia las familias. La bufanda estrujada en el cuello cual cinta adhesiva. Ella limpiará los restos del río de orine que adornan el inodoro, un charco en el suelo como si se hubiese desbordado el torrente. Utiliza ese ácido que mata el hedor y limpia las manchas de niños en las sábanas. Hubo un momento en que Bujara se hundió en la locura. Piensa en la noche, y en la anterior y en la anterior, y en todas las noches de lunas como soles rojos en las que juega en la arena la pequeña infanta de la fotografía. Siente ganas de alejarse de los severos límites de la verdad, un auténtico desvarío de los recuerdos, pero no lo consigue. Turbación inexpresable. Afuera parece que un manto blanco de silencio hubiera caído sobre la tierra.
   Lo peina, manos de odio le arrastran el cabello. Él intenta meterle el codo entre las piernas, no quiere quitarse la bufanda ni para peinarse. Es una de esas colas de zorro, pobre zorro que se ha quedado sin piel ni alma. Esboza una sonrisa y lo deja sentado junto al fuego. Luego enciende un cigarrillo y aparta la mirada de él, tiene un aspecto perverso con el cigarrillo encendido. Fuera ya no hay nada verde, todo es blanco. La neurosis era tan omnipresente como el oxígeno.
    Él tiene un gusto lamentable por: 1) Chandler, 2) las bufandas colas de zorro, 3) el color gris. Ella sabe que tiene un cuello robusto bajo esa cola de mamífero carnicero. ¡Pero no todo fue silencio y quitud en la noche de Bujara!
   Termina el tercer cigarrillo y va hacia el baño. Utiliza ese ácido que mata el hedor y limpia las manchas de niños en las sábanas. Trae un poco de agua para medicarlo, la pone cerca de él. Se acerca y lo mira, sin miedo a volverse de piedra. Le acomoda la bufanda. Tira lento de la cola del zorro, pobre animal alma en pena que rodea el robusto cuello. Enreda las manos en la suave piel. La pequeña del vikini turquesa juguetea con la epidermis animal. Es suave.   Entonces el zorro comienza a sudar, abre un poco la boca y deja escapar esa niebla de aliento que se combina a ratos con el invierno. Y cuando los ojos están vagamente rasgados, es la hora de su medicamento. Le abre la boca como en un grito y los restos de orine desaparecen lento, junto con las manchas de los niños en las sábanas.
 En la noche, absolutamente desnuda, retoma el diálogo de la lectura
     —El grito de los cuervos se parece a veces al llanto de un niño; otras, las más, al grito de un ahorcado.

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