Jorge Mañach visto por la historiografía cubana contemporánea
La Colección Pinos Nuevos, de la que me honra haber sido uno de sus primeros autores, ha sido toda una esperanza convertida en realidad. Hace ya 20 años que esa convocatoria es todo un desafío para los autores noveles y un punto de partida para empeños mayores. La Colección Pinos Nuevos ha sido una cantera de promesas literarias de la que se ha nutrido la intelectualidad cubana para dar continuidad a la obra magna de la cultura nacional. Durante el periodo especial, precisamente en el año más duro para Cuba, surgió esta iniciativa apoyada por editores argentinos quienes expresaron así su solidaridad con la revolución. Nuestra economía había entrado en una fase recesiva como resultado de la abrupta caída del campo socialista pero el país acaudalaba su tesoro más preciado que ha sido y es el potencial humano conformado a lo largo de la revolución. “Pinos Nuevos” tendió un puente para que transitaran las nuevas generaciones de intelectuales cubanos y es un espacio que afortunadamente se ha consolidado a lo largo de estos años gracias a que el Instituto Cubano del Libro lo ha priorizado por su valor estratégico.
En ese sentido, el texto que hoy presentamos expresa la validez del proyecto “Pinos Nuevos”. Yusleidy Pérez Sánchez nos propone con “Jorge Mañach, el ABC y el proceso revolucionario del 30 (1920-1936)”, repasar la ejecutoria y pensamiento de este destacado político e intelectual en uno de los periodos más convulsos de la historia de Cuba. Su propuesta es sugerente y novedosa en más de un aspecto, pues indagó en fuentes diversas y nos muestra una zona del conocimiento histórico prácticamente virgen, ya que entre los documentos consultados destacan los del Fondo Mañach del Instituto de Literatura y Lingüística (ILL), que han sido poco estudiados.
Hasta ahora, según la revisión hecha por la propia autora, la figura de Mañach ha sido más abordada desde una perspectiva literaria y de pensamiento, en tanto su ejecutoria política ha quedado relegada. En general sus actividades en el terreno de las lides partidarias muchas veces se enfocan a partir de criterios sostenidos por otros actores políticos de la época, sin que se haya pesquisado su propia documentación. A pesar de ello, esta investigación nos muestra que su trayectoria estuvo signada por las fluctuaciones, lo cual nos revela cuán difícil resulta abordar y clasificar su personalidad con los matices más adecuados.
Con respecto a Mañach, en el prologo de Edelberto Leyva se afirma, que su “accionar en la esfera pública fue totalmente coherente con su pensamiento”. Por otro lado, hemos podido corroborar que su praxis política en estos agitados años 30 fue bastante incoherente y en lo que muchos estudiosos pudiéramos coincidir es que Mañach fue coherente con su propia incoherencia, sobre todo durante su militancia en la organización ABC.
Uno de los principios sobre el que gravitó la actividad de este partido era el del “posibilismo” con el cual se justificaban los más insólitos vaivenes y pactos, que en oportunidades lindaban con el oportunismo más rampante. Esta postura ambigua, fue denunciada por los sectores revolucionarios del momento y queda evidenciada en el propio discurso y actividad de Mañach.
A partir de ese presupuesto pueden imaginar los lectores la sinuosa actuación del ABC y Jorge Mañach. De críticos acérrimos de los militares y caciques políticos pasaron a ser sus aliados; de fustigadores del imperialismo aceptaron su mediación política; de compañeros de lucha del Directorio Estudiantil Universitario (DEU) pasaron a ser sus enemigos encarnizados y a todo eso se suma que durante el propio proceso de la mediación adoptaron posturas bastantes tortuosas. En general, Mañach nunca renegó de las actitudes que adoptó en este periodo y al propio tiempo asumió plenamente la responsabilidad por cada uno de sus actos. El ideólogo del ABC fue también renuente a reconocer posibles errores y ni siquiera adujo que pudo haber actuado de otra manera.
El programa de dicha organización, de corte nacional reformista con algunas recurrencias a los postulados del fascismo, fue tan solo un referente para la propaganda política quedando postergada su aplicación. Desde nuestra perspectiva descartamos que el ABC, ni por su programa y mucho menos por su actividad práctica, pudiera considerarse una agrupación revolucionaria y en cambio representó el rol de una organización opositora reformista. Mañach, en el orden personal, no estaba convencido de que pudiera ser factible una revolución y ni siquiera creía se pudieran producir reformas de peso dentro del sistema capitalista. Era del parecer de que Cuba no estaba en la coyuntura histórica de hacer una “conversión del capitalismo al capitalismo socialmente limitado”. Como lo reconoce la propia autora, “su antiimperialismo quedaba donde comenzaba su idea de nación civilizada al estilo democrático”. Debemos recordar que desde esos años para los revolucionarios estaba vigente el axioma de Antonio Guiteras de que en Cuba de la única manera que se podía hacer una revolución era enfrentando al imperialismo norteamericano.
También es pausible la crítica que le dirigiera Raúl Roa, y que la autora respalda, sobre el papel protagónico que falsamente le asignaba Mañach a las minorías revolucionarias como entes aislados de las clases sociales. Respecto a las acusaciones que se le hicieron al ABC de ser una organización fascista, Mañach reconocía que el fascismo en 1931 no tenía las connotaciones que tuvo con posterioridad; ello no significa que dicha agrupación fuera básicamente fascista. Tampoco sus militantes de base estaban conscientes que respondían a un programa con remanentes totalitarios, amén de que por esos años en América Latina surgieron fuerzas y líderes políticos que recibieron la influencia del fascismo, al propio tiempo que propugnaban programas de corte nacional-reformista. Al final fue más preponderante en ellas el contenido nacional reformista que algunas desviaciones o influencias de corte fascista.
No obstante, el ABC movilizó una franja importante de la juventud cubana en la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado. Entre las clases adheridas a su gestión se encontraban estudiantes, pequeña burguesía urbana y otros sectores que vieron en el sabotaje y acción directa de las ciudades un arma poderosa para enfrentar a la porra machadista y derrocar a la dictadura.
Un aspecto importante que refleja esta obra es la estrategia reformista asumida por Mañach para captar el consenso requerido a la hegemonía burguesa dentro de la República. Su crítica a los órganos de prensa, partidos políticos y al lastrado legado espiritual presentes en esa sociedad neocolonial fue expresión de su madurez como “intelectual-político”. Mañach denunciaba el simulacro de democracia y la falta de hondo sentido social de muchas de las propuestas que se debatían en el periodo previo a que se desatase la revolución. Pero si bien reconocía la importancia de los factores materiales y económicos hay que señalar que los factores subjetivos ocupaban un mayor espacio en sus reflexiones sobre la realidad nacional e internacional.
Los sectores que participaron en la mediación, entre ellos el ABC, solían decir que esta era positiva en tanto aseguraba no tendría lugar una intervención militar y facilitaría la salida del poder a Machado. La autora reconoce que en la actividad mediadora de Welles estaba presente la postura camaleónica de Washington dirigida a intervenir en los asuntos internos de Cuba y se puede agregar que durante el proceso de la mediación, como parte de las maniobras del embajador estadounidense, se amenazó varias veces con utilizar una intervención militar para controlar la situación interna y ello fue lo que finalmente condujo al ejército a producir el golpe de Estado del 12 de agosto. Es decir la intervención siempre estuvo presente como mecanismo de presión política y fue hija directa de la enmienda Platt, vigente todavía durante buena parte del proceso revolucionario del 30.
El libro está muy bien ordenado en tres capítulos dentro de una estructura orgánica que nos permite conocer la evolución integral de Mañach en tanto erudito y político. En el primero de los capítulos aunque nos parece algo extenso, la autora se adentra en las premisas de su formación intelectual, así como en sus actividades dentro del espacio cultural cubano en el que se inició cual hombre letrado que asumió posturas políticas. Precisamente en este periodo de los años 20, década de renacer de la conciencia nacional, fue que Mañach actuó dentro del Grupo Minorista y se integró a la vanguardia artística y literaria cubana. En el segundo capítulo aborda las complejidades de su actuación política dentro del ABC y ya en el tercero, así como en las conclusiones, intenta profundizar en su pensamiento y vincularlo a su actividad práctica. En general este texto nos ofrece un ensayo social a partir de un análisis propicio y original, por lo que podemos afirmar que ha debutado como una profesional de la historia con todo mérito.
Con respecto a la obra, aunque pudiéramos discrepar en algunos aspectos, como bien señala Edelberto Leyva, este título que presentamos “vale tanto por las respuestas que da como por las interrogantes que deja abiertas, por las certezas tanto como por las sugerencias”.
