Samuel Feijóo y su relación con los poetas camagüeyanos
Samuel Feijóo, de quien este año celebramos el centenario, fue uno de esos hombres con amplitud catedralicia. Y, también como una catedral, poblado de rincones y vericuetos. Muchos tienden a potenciar, de su trabajo intelectual, una única dimensión, a encasillarlo en algunos de sus múltiples quehaceres. Por lo general se ha impuesto la imagen del eterno inconforme y con ello han trascendido más –en la veleidosa oralidad de los corrillos– sus imposturas y desplantes que las excelencias en los diversos campos de la cultura en los que depositó su talento.
Ya desde muy joven mostró, además de su inclinación por la poesía, la narrativa, el ensayo, la traducción y la recopilación de los saberes populares, una marcada vocación por promover y darles vida a proyectos editoriales novedosos, con un fuerte componente experimental. Ello, unido al periodismo literario, fue lo que le propició un mayor vínculo profesional con los intelectuales de la época en que vivió, como lo demuestra su labor de fundador de las revistas Islas (1958) y Signos (1969), y de la editorial de la Universidad Central de Las Villas (1958), donde hacen coro las más importantes firmas de la literatura cubana de aquellos momentos, tanto las consagradas como las emergentes. De esa temprana vocación deja constancia en su autobiografía, titulada El sensible zarapico, donde narra lo que podemos catalogar como su primer experimento editorial, pues lo concibió en 1931, con apenas 17 años. Veamos lo que al respecto escribió:
Todos esos materiales de aprendizaje literario, de íntima locura, de los intensos saberes de mi edad aquella, de mis deseos aquellos, fueron copiados en una enorme libreta de casi una vara de ancho por un pie y cuarto de alto que me conseguí no sé cómo. Este libretón al que, repito, luego llamé, con los años, Libretón-jicotea (…) es clave de mi formación como escritor juvenil, un hito en mi desarrollo. Y define mi afición a la innovación caligráfica, mi creación de formas en la letra, mi poesía y mi peculiar humor fantástico... En él apuntan y[a] una serie de líneas creadoras que serían culminadas después, a través de muchos años de trabajo cotidiano, de observación acuciosa y de vida intensa.1
Por la cronología elaborada por Virgilio López Lemus sabemos que la primera revista que fundó fue Ateje, en 1950, en la ciudad de Cienfuegos, de la cual circularon solo dos números, pero desde antes, en la década de los años 30’s, había colaborado con los periódicos La Voz y Juventud Nacionalista; en 1942 comienza a publicar en el diario cienfueguero La Correspondencia, y en 1944 comienza también a colaborar con Orígenes.
En las presentes reflexiones, en virtud de la conmemoración de los 500 años de la fundación de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe en feliz coincidencia con la del centenario del intelectual villareño, me interesa destacar, sin que con ello agote sus múltiples vasos comunicantes, la relación creativa que Feijóo sostuvo con algunos de los más notables poetas camagüeyanos, expresada fundamentalmente en ediciones que hiciera de los libros o artículos de sus colegas. Y en los intercambios de opiniones que, en uno y otro sentido, sostuvo con ellos.
En Azar de lecturas, un volumen que comenzó a escribir en 1930 (siempre me acogeré a la cronología de López Lemus) y solo publicó en 1961, existen muchas referencias elogiosas a poetas camagüeyanos. De esa fuente, y de otras, extraigo datos que me da la medida de cuán fructíferos fueron los intercambios entre estos intelectuales, así como de la alta estima en que se tenían. Centro mi atención en tres poetas camagüeyanos, de incuestionable significación, con los cuales coincidió entre los años 30 y 70; ellos son: Emilio Ballagas, Nicolás Guillén y Rolando Escardó. Aunque –aclaro– no son los únicos, pues además de otras referencias, en las páginas 56-59 del volumen referido, Feijóo no escatima elogiosos razonamientos para Enrique José Varona, de quien opina que en su libro Paisajes cubanos “da el indefenso tratamiento al paisaje y el tono y lo mejor del estilo bogante en su tiempo”2. Y cita y comenta muchos de sus versos paisajísticos. Bien sabemos la importancia del paisaje en la extensa e intensa poética de Feijóo, característica que llevó a Cintio Vitier a afirmar en Lo cubano en la poesía: “Después de Francisco Pobeda y El Cucalambé, Samuel Feijóo es el primer y único poeta cubano hasta hoy, que se haya sumergido totalmente en la naturaleza de la isla”.3
Comenzaré mi recuento en el orden en que van apareciendo en Azar de lecturas los citados poetas.
Feijóo y Guillén
Del que fuera considerado Poeta Nacional de Cuba, expresó Feijóo en el artículo titulado “Nicolás Guillén”: “En la línea de la poesía social Nicolás Guillén ha ganado como nadie, salvándose del cliché, «el editorial en versos» (…), el afiche floreteado, el desmelenaje teorético, etc. Dones que se tiene. Para lo negro cubano, para lo mulato y para lo blanco”.4
En “Una entrevista a Guillén en Camagüey” Feijóo indaga con este, a propósito del poema “Iba yo por un camino”, sobre su visión poética de la muerte, con la siguiente pregunta: “¿Qué se ha hecho de esa línea «metafísica» dentro de su poesía?” Y a ello Guillén, entre otras consideraciones, responde: “Ocurre que yo en el fondo tengo un temperamento elegiaco, de angustia, y ese poema es un reflejo de mi temperamento. Corresponde a una veta elegiaca que hay en mi espíritu, muy sólida. Yo soy un hombre que pienso constantemente en la muerte”.5
Las citas anteriores me interesan porque demuestran cuánto valoraba Feijóo en Guillén la presencia de una poesía no relacionada directamente con los códigos musicales del son, o con la proyección social de la poesía negrista.
Pero también sobre esos valores Feijóo opinó largamente en el artículo titulado “El son literario en Cuba: Nicolás Guillén”. De este extraigo algunos aspectos interesantes. Asegura Feijóo sobre su amigo poeta: “Nadie como él, por mucha boga que tuviera después la llamada poesía negra y sus ritmos, ha logrado la posesión cabal y fecunda del son en la letra viva de Cuba”.6 Y continúa: “Guillén es poeta que sale (nace, mejor dicho) del folklore cantor y danzario cubano. Guillén nace de un son, y crece, como exponente limpio de él”.
También deja constancia Feijóo del papel paradigmático de los poemas-son de Guillén para el movimiento en el cual se inscribieron sus primeros textos de ese corte, cuando expresa: “Al publicar sus Motivos de son, ya se cumple dentro de la poesía cubana y universal un rito, al cual se le nombra poesía negra”.
Algo que llama singularmente la atención en este artículo de Samuel es la anécdota que relata sobre el rechazo que debió enfrentar Guillén por esos poemas donde la voz del negro (o el mulato), más que los anhelos de una raza, expresa una autoconciencia antropológica de notable vitalidad. Relata Feijóo al respecto: “No obstante, por su novedad, como ocurre casi siempre, y por su relación estrecha con lo popular negroide, con la jerga preciosa del pueblo y con su desenfado general, no fueron estos “motivos” recibidos con placer en ciertos lamentables lugares. (…) El son-literario de Guillén, su poema-son, alarmó hasta las sociedades de negros”.
En relación con lo anterior Feijóo detalla cómo “para dar a conocer a fondo el origen y factura de sus poemas tan discutidos ofreció una conferencia en el Club Atenas, sociedad «de color»”. Y refiere también la reacción que ello provocó en algunos de los miembros de dicha sociedad, y para ilustrarlo toma como ejemplo la crónica que publicara Gustavo E. Urrutia con la intención de reseñar la comparecencia de Guillén:
Ni Motivos de son, ni Yambambó hubieran sido nombres simpáticos, eufóricos, para nuestra “buena sociedad” que ha proscripto de sus salones el verdadero son de bongó, maracas y voces, y que odia, por precepto reglamentario, a ese hijo monstruoso de sus propias entrañas. El negro fino que quiere aliviar sus penas bailando sabroso, tiene que buscar la música afrocubana en los calumniados “bajos fondos”, y si no se atreve a tanto, traerá el sexteto a su casa o lo encontrará en la de algún amigo, pero en el club Atenas, en la Unión Fraternal o tal vez en alguna otra de nuestras mejores sociedades no lo verá jamás. ¡Primero muerto!
Algunos detractores, centrando su atención en que las búsquedas de Feijóo focalizaban lo popular campesino, mayoritariamente blanco, han creído ver un matiz racista en él. Sirva esta defensa de la poesía de Nicolás Guillén, en su plena condición mestiza, para desmentir aquellas intrigas.
No perdamos de vista que Feijóo publicó, desde la editorial universitaria que atendía, Prosa de Prisa y Tengo, en 1962 y 1964 respectivamente, lo cual no resulta extraño si sabemos que desde antes de iniciar esa casa editora demostró un olfato editorial sorprendente, y a que desde mucho antes, como hemos visto, ya era consciente de los principales valores en la obra del camagüeyano.
Nicolás Guillén reciprocó a Feijóo con apreciaciones y “regalos” de diverso tipo para su persona y su quehacer. Resulta sumamente conocido el poema que aparece en el tomo II de sus obras completas, titulado: “A la niña de Samuel Feijóo”: Niña, eres gota de miel, / que de su pecho exprimió / Samuel / Feijoó. // ¿A dónde te irás con él? / Pregunté, y me respondió / Samuel / Feijóo: // Pues por el ancho tropel / de sueños en que ando yo, / Samuel / Feijóo7. No son tantos los que quizás sepan que Guillén ilustró el número 21, de 1978 de la revista Signos, a pedido, por supuesto, de su director, Samuel Feijóo.
También puede consultarse un artículo titulado “Samuel Feijóo” que Guillén publicó en La Gaceta de Cuba, N° 7-8, de julio de 1974, y las palabras con que, desde las páginas del periódico Hoy y en dos ocasiones, elogió el autor de Juan Quinquín en Pueblo Mocho.
En abril de 1961 escribió: “Feijóo se desdobla, se multiplica y divide […] la revolución le ofrece ancho campo en qué manifestarse, y él lo llena con su poderosa frescura popular. Por cuanto hace: ¿qué goce le brindaremos los cubanos? Aquel que puede ser también nuestro: el de honrarle para honrarnos, como quería Martí que se hiciera”.8
Luego, en marzo de 1963, relató desde la misma publicación:
Feijóo acaba de pasar por La Habana, como un bólido. Igual que siempre, pleno de dinamismo, cargado de proyectos editoriales. Enamorado de su vivir campesino, provinciano, pero sin desprenderse por completo de La Habana. ¿No vale esta también una misa, como el París de Enrique IV? Trabajador empeñoso, sus proyectos no se quedan jamás en veremos: pasan de setenta los títulos de obras publicadas bajo su dirección por la Universidad de Las Villas. Al fin y al cabo ¿no es así como se hace? Una editora es para editar.9
Más allá de elogios mutuos y de apreciaciones acertadas de sus respectivas poéticas, personalmente opino que a estos dos poetas los unió la devoción por lo popular, lo cual se da, en el caso del Guillén de los primeros tiempos, en la transcripción de los modos dialectales de lo negro y lo mulato dejando claro un trasfondo de crítica social en un contexto urbano, y en el caso del villareño, en la acumulación de expresiones y el rescate de tradiciones y costumbres en su estado puro, casi sin mediación teórica del compilador, obtenidas de portadores, en lo fundamental campesinos y suburbanos. Finalmente, con la atenuación del énfasis racial en la poesía de Guillén, estas coincidencias encaminadas a resaltar y reivindicar al desposeído marcan un vínculo raigal hondura entre Nicolás Guillén y Samuel Feijóo.
Feijóo y Ballagas
De Emilio Ballagas, cultor de la llamada “poesía pura”, expresó Feijóo en “La noche morada de los siglos”: “Después de su desgarradora, grandemente poética y cuajada, y ornamentada y dominada por los nervios cantando, «Elegía sin nombre», Ballagas encontró otro dichoso peñón musical en la poesía de la lengua: su Nocturno y elegía”.10
La admiración de Samuel Feijóo por Nocturno y elegía se hace evidente no solo en esta breve reseña –donde también habla encomiásticamente de Cielo en rehenes–, sino también en el texto titulado “Una añeja entrevista inédita a Emilio Ballagas, en 1938”.
Feijóo, que hasta ese momento solo había publicado, Gajo joven, cuenta lo siguiente:
En marzo de 1938 fui a visitar, por primera vez, a un Emilio Ballagas, a la sazón profesor de Literatura de la Escuela Normal de Santa Clara, ya con su Elegía sin nombre publicada y muchos poemas valiosos. La entrevista fue escrita, realizada “mano a mano”, y Ballagas después se la llevó a La Habana para publicarla en un periódico, en dos entregas. No pudo ser porque a la podrida prensa no le interesaban las entrevistas a los poetas.
Fue hecha a un Emilio Ballagas en su época grande, iluminada, de 1938, el Nocturno y Elegía creándose. Y ha permanecido inédita hasta ahora. Veintitrés años después, aparece, cumpliendo su destino, poco o mucho, histórico en nuestra literatura.11
Ballagas ya tenía en su haber varios libros: Júbilo y fuga (1931); Cuaderno de poesía negra (1934) y Elegía sin nombre (1936). Es evidente que el camagüeyano le concede la entrevista al joven periodista porque conocía de su labor en los periódicos habaneros La Voz y Juventud Nacionalista, y porque sabía de la inclusión del villareño en la antología de Juan Ramón Jiménez La poesía cubana en 1936. También, porque como dice la citada introducción, ambos coincidieron en Santa Clara, y es probable que compartieran, aparte de esta, conversaciones previas.
En el intercambio de preguntas y respuestas que –insisto– data de 1938, dialogan sobre temas de hondo calado poético-filosófico, lo cual demuestra la altura intelectual de ambos y la comunidad de sus idearios estéticos a tono con las inquietudes más avanzadas de su época. Sobre la poesía cubana del momento, inquirido por Feijóo, Ballagas opina que “está en un gran momento”, y dice coincidir con un juicio de Juan Marinello cuando aseguró “Que los poetas cubanos de ahora se parecen menos entre sí [lo cual] es un claro síntoma de adelanto”.
Opina también Ballagas, siempre conminado por Feijóo, sobre el surrealismo, el futurismo, el clasicismo, la academia y el romanticismo. Va exponiendo sus puntos de vista en ese orden. Del surrealismo expresa que “Ya está definido. Agotado”; del futurismo que “fue menos un movimiento poético que un movimiento espiritual”; sobre el clasicismo no vacila en reconocer: “Amo lo clásico. Lo clásico no es más que lo definido” (afirmación un tanto contradictoria si atendemos a su rechazo por “lo definido” del surrealismo). Fustiga a la academia al reconocer: “Cuando un arte deviene en academia no me interesa”. Y más adelante, al referirse al romanticismo acepta que hay que volver a él porque “al fin y al cabo es eterno”.
El diálogo entre ambos poetas resulta en verdad revelador, por el intercambio de agudezas que lo marcó y la comunión intelectual que se advierte. Hay muchos pasajes realmente conmovedores en el mismo, como cuando Feijóo describe a Ballagas a la luz del atardecer y le regala un elogio: “Da usted la sensación de ser muy bondadoso”, pero atendiendo a la síntesis llamo la atención sobre dos de esos pasajes; uno relacionado con el carácter místico que marcó importantes zonas de la poesía de ambos, y el otro con la actitud panteísta que también los unió en lo contemplativo. En relación con lo primero destaco cómo, al interrogarlo Feijóo sobre sus hábitos de lectura, Ballagas refiere que se concentra en los clásicos y que en esos momentos lee sobre Santo Tomás de Aquino. Recodemos que en el Feijóo de Beth-el la raigal referencia bíblica da una pista para leer su nada oculto misticismo. Sobre el sobrecogimiento contemplativo que le transmite el paisaje, Ballagas le comenta a Feijóo: “Para auxiliar mi poesía a veces salgo a pasear, por las tardes (esto es a menudo, por decir mejor). Y así en la naturaleza voy sintiendo y moldeando el Verso”. Y le confiesa también: “los estados de la naturaleza me ayudan a madurar el poema”. Recordemos las palabras antes citadas por Cintio Vitier sobre la relación de Feijóo con la naturaleza y seguramente hallaremos puntos de contacto entre versos como “Para los ojos cae esta morada lluvia” (Feijóo) y “la carne es un laurel que canta y sufre / y yo en vano esperé bajo su sombra” (Ballagas).
Se aprecian en la entrevista, sin embargo, algunas facetas en las cuales los dos intelectuales no coinciden. Ballagas, por ejemplo, al responder sobre su modo de trabajar los versos, le dice a Feijóo: “Los organizo mentalmente. Luego, tras estar bien posesionado en ellos, los escribo. Nunca antes”. Cuando Ballagas le lee a Feijóo un soneto y este lo elogia, el precisita que es Ballagas lo insta: “Sin embargo, fíjese bien en este verso: «Rompes al respirar rosas lejanas». ¿Qué nota?”, a lo que Feijóo responde “Erres”. Y al respecto el camagüeyano le ofrece un –para mí discutible– pero interesante punto de vista: “Erres. Así es el idioma castellano de duro y de poca prestancia poética. El francés es diferente; este idioma auxilia al poeta; no se le retuerce, perjudicándole; el inglés ayuda también. Yo no daré este poema hasta que no subsane el defecto. En todo lo mío hago igual, espero a completarme, a sentir hecho el fruto”. Al respecto el propio Feijóo deja constancia en el citado volumen, en nota al pie de página, de que finalmente Ballagas, en su Cielo en rehenes, dejó el verso de la siguiente forma: “te embriagas de la rosa más lejana”. Contrapongamos a este método lo que comenta otro poeta camagüeyano, Roberto Méndez, sobre el poemario El girasol sediento, al opinar sobre la manera en que Feijóo trabajaba sus versos: “quien conociera al autor podría darse cuenta de que su obra se producía por acumulación, por proliferación agreste y que era común para él dar a la luz sus apuntes y tanteos, como quien ofrece un itinerario de vida y que rara veces escatimaba al lector los altibajos de su quehacer”.12
No obstante, para hacerle honor al villareño, en uno de sus libros póstumos titulado Paisaje habitado, –donde se incluyen textos inéditos, se puede leer un gracioso poema titulado: “Leyendo mi libro Pleno día con sus errores de impresión y elaboración”. En él se queja: “«Después que te dan las galeras, / ya no puedes enmendarlo, es el final. / No lo permiten.» / ¡Y «yo» que al final doy / lo que tal vez soy! ¡En ese final descubro! / ¡Al final hallo! / ¡En su / hondo, mi sello!”.13
Otro concepto en el que evidentemente no coincidían se aprecia cuando Feijóo pregunta qué es para él un poeta y Ballagas responde: “no lo es por la cantidad de su obra (…) sino por su calidad, por sus momentos excepcionales”. Pasemos rápidamente la vista sobre el Feijóo, autor de más de treinta poemarios, y tendremos una imagen un tanto distante de ese poeta ideal, definido por Ballagas, que solo aspiraba a serlo por sus momentos excepcionales. Aunque también conviene recordar que el autor de Faz escribió versos de cuidadoso acabado, excepcionales en verdad, unos de gran aliento y otros de arte menor, estos últimos mayormente hacia el final de su etapa creativa, quizás halado –por su cerrera voluntad experimental– hacia la estética del haikus y la filosofía zen.
El ambiente de respeto que se respira en todo lo que Samuel Feijóo habló sobre (y con) Emilio Ballagas en los textos consultados en Azar de lecturas evidencia que la relación entre ellos fue marcada por el intercambio puramente intelectual, más que emocional, pese a que discurrió de manera cordial y ambos se obsequiaron elogios. En el intercambio que ha ocupado con mayor detalle mi atención, se observa cierta distancia elegante, a diferencia del desenfado que matizó la relación de Feijoo con Nicolás Guillén y Rolando Escardó, de quien hablaré en breve.
Ballagas no dejó sin reciprocar los elogios del joven de 23 años que lo entrevistara, pues en otro de los textos recogidos en Azar de lecturas, se pueden leer dos juicios suyos sobre Feijóo con los que, según este, reciprocaba el envío de Camarada celeste:
Qué bueno ser poeta campesino. Así ahistóricamente; redimiendo la expresión de toda la maldad radial que le han echado encima. Poeta fresco de mirada limpia y palabra agraciada. Un místico de la naturaleza… Pero me llaman los trinos, el sol y la primavera… Yo también he hecho poesía campesina misteriosamente en las páginas de mi Júbilo.14
Y estas palabras –comenta Feijóo– las acompañó con una décima dedicada al tomeguín, que en Azar de lecturas aparece caligrafiada supuestamente por Ballagas:
Tomeguín, punto encendido
entre naranja y follaje,
ojo en ascua del paisaje,
o pincelada al descuido.
Hacia tu trino nacido
entre musgo y agua clara
el viento vuelve la cara
y mojado de tu acento
es ya más violín que viento
(la luz rendida se para).
Finalmente concluye el camagüeyano: “Y no pienses que no sé discriminar al hombre un tanto indiscreto que eres del poeta esencial y generoso que nos da su lección de trabajo y de fe en el verso, que también eres...”15
Feijóo y Escardó
En octubre de 1969, durante la celebración en Camagüey del Primer Encuentro de Poetas “Rolando Escardó” in Memoriam: Samuel Feijóo le comentó a René Batista Moreno cómo conoció Escardó:
Lo conocí a mediados de los años de 1950, en un cuartucho del poeta Fayad Jamís, en Salud 68, altos. Creo que él vivía allí también, y los dos se estaban muriendo de hambre. Escardó me leyó sus poemas un poco apenado, con mucha modestia. Y me di cuenta que era un poeta en todo el sentido de la palabra, con una poesía muy personal. Y le pedí algunos para publicarlos en las revistas Ateje y Faz, y me entregó los poemas de la “Plaza del Vapor”, que poco después vieron la luz y fue una gran revelación.16
El testimonio de ese encuentro, más una curiosa anécdota que más adelante comentaré, los publicó Batista Moreno con el título de “Feijóo era Zeus” en el Nº 46/2001 de la revista Signos.
Al parecer ese primer conocimiento, sumado a la alta estima que Feijóo le mereciera a Escardó, sirvieron de estímulo para el grupo de jóvenes poetas camagüeyanos liderados por Escardó, de manera que cuando decidieron publicar la Colección de poetas de la ciudad de Camagüey, le encargaron al villareño la selección, ordenamiento, ilustración y edición del volumen. La historia de cómo se gestó y produjo esa recopilación la comenta Feijóo en el mencionado artículo y también en el prólogo del libro y en Azar de lecturas.
La colección se concluyó en 1958, tras dos años de esfuerzos, y fue la única publicación del Grupo Yarabey. Feijóo hizo todos los trabajos, incluido el de ilustrador y diseñador. En ella quedaron finalmente incluidos 24 poetas y más de 200 poemas.
En su artículo Batista Moreno refiere, siempre versionando su conversación de 1969 con Feijóo, que la idea nació en 1956 y que al año siguiente los camagüeyanos le llevaron los manuscritos a Cienfuegos:
El domingo 17 de febrero de 1957, como habíamos acordado, Escardó se apareció en Cienfuegos con los poetas Joaquín Enrique Piedra, Luis Suardíaz y el chofer del gilma en que viajaban, un carrito chiquito. Fue muy de mañana y tocaron a la puerta. Y oí, desde mi cama, que Escardó me decía: «¡Zeus! ¡Zeus! a usted venimos que es escritor de prosa sencilla, clara, y de ojos que elige como su prosa, a que nos coleccione en libro, y que eche sobre nosotros la bendición de sus truenos». Y me soltaron allí un mamotreto de poemas de más de dos kilómetros de altura, y de millones y millones de versos, y de trillones y trillones de palabras. Esto, sinceramente, me aterrorizó, me dejó sin aliento y todo destimbalado. Hablamos mucho, nos leímos poemas; luego me los llevé a almorzar al Covadonga, para que comieran una buena paella.
La revista incluye, como apoyo del artículo, foto de ese almuerzo, donde están todos los mencionados por Feijóo.
En la introducción de la Colección de los poetas de la ciudad de Camagüey, signada por la invención palabrera que caracterizó a Feijóo, la narración de la forma en que Escardó le pidió a Feijóo sus buenos oficios, coincide bastante, solo difiere en que Feijóo omite el epíteto de Zeus con que Escardó lo interpelara. Y también en el volumen del material inédito, pues atenúa un tanto la hipérbole. Lo narra de la siguiente forma: “Y me entregaron al momento un mamotreto, de 8 pulgadas de alto, que me hizo perder por completo el lujo de la feliz llegada”.
En Azar de lecturas Feijóo relata: “Como en su casi totalidad ellos eran poetas juveniles e «inexpertos» consideré el libro como «un yemerío pugnante en el árbol frondoso de la poesía cubana»”.18 Sin embargo a seguido relata que tiempo después, al releerlo, halló “algunos [poemas] tocados, para bien, por Vallejo”.19 Y no vacila en calificar a Escardó como el mejor de los incluidos en la colección, pese a que su elogio alcanza también para Suardíaz, Raúl Luis y otros.
Sobre el aprecio de Feijóo por la poesía de Rolando Escardó no quedan dudas, pues en mayo de 1961, apenas siete meses después de la muerte el poeta, la editorial universitaria bajo su dirección publicó Las ráfagas, en cuya introducción consignó: “Porque este es un libro de la intimidad, con el conocimiento del yo de un poeta joven, atormentado tantas veces por la miseria y el desamor (…) Aquí [podemos hallar] los diálogos raros, los sueños, los rumores del solitario, sus desvaríos, su mundo único e intransferible”.20 Y le rindió honores también cuando a la entrada de la parte II de su ambicioso poema Faz, en la edición de 1964, coloca una cita de un poema del amigo difunto: su emblemático “La familia”.
Pero, regresemos al artículo donde Batista Moreno narra la participación suya y de Feijóo en el encuentro de poetas celebrado en 1969, pues le intrigó sobremanera que Escardó llamara Zeus a Feijóo, razón por la cual se lo preguntó y este se lo confirmó, aunque como veremos, la historia del epíteto resulta, además de un tanto graciosa, ilustrativa del tono bromista en que se dio la relación entre ambos. Según comenta Batista –y en el número de la revista aparece como material ilustrativo copia del programa del evento– durante la inauguración del cónclave, él y Feijóo fueron a visitar a Dolores Escardó, la madre del poeta, a la calle Pasaje Herrera A no. 29, donde encontraron, además, a Alfredo Moráguez Escardó, primo de Rolando, quien lo acompañaba el fatídico 16 de octubre de 1960. Del relato de este sobre el accidente y lo que poco antes Escardó le comentara, recreó Batista Moreno el siguiente parlamento: “El 15 estuvimos en La Habana, y el día 16 por la madrugada partimos rumbo a Camagüey; pero teníamos que llegar a la ciudad de Matanzas para ver a la poetisa Carilda Oliver Labra, y a Cienfuegos, Las Villas, para ver a un poeta al que él llamaba Zeus, dos personas a las que quería mucho”.
Refiere Batista Moreno que, efectivamente, Feijóo le ratificó que él era el Zeus que Escardó iba a visitar en Cienfuegos el día de su muerte, aunque al parecer solo en aquella ocasión en que le llevó los originales de la antología –y luego, como vemos, con su primo– lo había llamado así.
Le contó Feijóo a su amigo Batista que al despedirse aquel día de 1957, Escardó le dijo: “«¡Zeus, qué suerte la de haberte conocido!». Y se fueron. Cuando él murió, y pensando en todo esto, me di cuenta que el tratamiento de Zeus era algo muy personal, muy emocional, porque tengo en mi poder muchas cartas de Escardó y en ellas nunca me llamó Zeus”.
Lo que valida y autentifica la anécdota, como se puede consultar al final del artículo de René, es que tras aquella visita a Dolores, la madre de Escardó, Feijóo retiró a su habitación para escribir las palabras de clausura del evento, pues se lo habían solicitado.
La transcripción del discurso, según Batista, cerró el evento de manera muy emotiva. A continuación transcribo fragmentos del discurso de Feijóo rescatado por el que también fuera un importante investigador folclórico:
Varias veces anduve con el animoso Escardó, un ser claro, en niñez, un bondadoso, un fiel de la poesía, de la miseria y el compañerismo. Jamás, en todo el tiempo, le oí condenación alguna contra ningún poeta, un desprecio, una bajeza contra nadie. Era, pues, un poeta sano, cuya amistad alegraba y ganaba. El primer día que le vi, muriéndose de hambre, me regaló sus poemas, y me asombró «La Familia». Junto con otros versos se lo publiqué después en Ateje, y me dio pie para la segunda parte de Faz. Por él, hice la antología de los jóvenes poetas camagüeyanos. Me los trajo a Cienfuegos. Y recuerdo conmovido su modo de abrazarme, pegando su cara con la mía, y palmoteándome las espaldas con sus flacas manos. (…)Venció a todos, a hienas y a toros. Pasaba victorioso entre la baba de las serpientes. Era bondad fiel y era el desatendido de sí mismo. Se desatendía de toda gloria (…) Era él contra todo eso. Si eso vino para él alguna vez no fue porque se lo buscara.
Una noche me lo encontré en La Habana, muy deprimido. El torturador capitán Ventura lo había sorprendido en un café, y a golpes lo introdujo en un auto y se lo llevó a las terribles prisiones. Escardó pensó morir. Lo pusieron ante un muro, en los sótanos y lo tuvieron 22 horas de pie, sin descanso. Cuando el sueño y la fatiga lo rendía[n], e iba a apoyar su brazo en el muro, un latigazo lo rechazaba. «Dios, Dios», decía. Así me dijo. Creyó morir. Pero un policía secreta, al que conocía, lo sacó de allí, lo garantizó. Un día después, su amigo el poeta Cintio Vitier, y quien se encuentra esta noche entre nosotros, le facilitaba el dinero para que escapara a México, salvándole la vida. Escardó no olvidaría nunca este gesto del poeta.
Recuerdo aún la agobiante impresión que tuve, en los últimos meses de la tiranía de Batista, una carta de Escardó quejándose de que ningún amigo le escribía. Niño grande, no pensaba en el riesgo que corría el incauto que estableciera correspondencia con él. Su última visita, la última vez que vi su rostro singular, ganando con una amistad irradiante, fue su ilusión de su Encuentro de Poetas en Camagüey. ¿Cómo le íbamos a fallar? Aún recuerdo los gritos que daba en la puerta de mi casa, llamándome: «¡Zeus! ¡Zeus!»
¡Llanto terrible cuando esperábamos su llegada y sólo vino el telegrama anunciándonos su muerte en accidente! Infinito amigo Escardó, lo que nos ha faltado contigo no podrá ser llenado. ¡Qué afortunado fuimos de haberte conocido, por lo que ganamos de fe en los hombres al encontrarte, hombre animoso, superior innumerable! ¡Qué pérdida la de un gran inocente, la del genio de la inocencia en nuestra patria!
Cierro estos apuntes con una caracterización de Feijóo sumamente certera que Roberto Méndez incluye en su artículo citado páginas atrás:
En él la historia no se vive como reflexión teleológica, ni como imaginería erudita, sino como lucidez de lo cotidiano, búsqueda de las mejores esencias y entrega amorosa a una labor intelectual que nunca se desliga de la savia más popular. Pocos intelectuales del siglo xx estuvieron tan al tanto de sus reales obligaciones históricas como Samuel Feijóo, sin estridencias ni oportunismos, y con una libertad personal y una honestidad indoblegables.
Los intercambios afectivos y profesionales que el autodenominado Sensible zarapico sostuviera con estos tres insoslayables poetas cubanos dan fe de lo acertado de esos elogios del sabio y amigo Méndez.
Santa Clara, 14 de febrero de 2014
Notas:
1Samuel Feijóo: El sensible zarapico; Ediciones Capiro; Santa Clara, 2009. ISBN: 978-959-265-196-8; p. 151
2Samuel Feijóo; Azar de lecturas; Departamento de Estudios Hispánicos; Universidad Central de Las Villas; Santa Clara, 1961; sin ISBN; p. 56.
3Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía; Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998; ISBN 959-10-0440-0, p. 373.
4Op. Cit. p. 191.
5Todas las citas de este párrafo corresponden a Op. Cit. p. 193.
6Samuel Feijóo: “El son literario en Cuba: Nicolás Guillén”; citado de La Jiribilla, La Habana; Año IV, 26 de noviembre al 2 de diciembre de 2005. Todas las citas relacionadas al vínculo de Guillén con el son, siempre que no se consigne lo contrario, proceden de esta fuente.
7Nicolás Guillén; Obra poética 1958-1972; Tomo II, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1973; sin ISBN; p.p.268-269.
8Citado de: Catauro; Año 10/N° 20/ 2009; ISSN: 1681-7842; p. 126.
9Íbidem.
10Samuel Feijóo; Azar de lecturas; Departamento de Estudios Hispánicos; Universidad Central de Las Villas; Santa Clara, 1961; sin ISBN; p. 194.
11“Una añeja entrevista inédita a Emilio Ballagas, en 1938”; Todas las referencias a esta entrevista se hallan en la edición citada de ; p.p. 197-203.
12Roberto Méndez: “El girasol ardiente de Samuel Feijóo”; consultado en www. cubarte.cult.cu; 25 de abril de 2011. En lo adelante todas las citas de este autor fueron tomadas de ese artículo.
13Samuel Feijóo: Paisaje habitado, Ediciones Capiro; Santa Clara, 1998; ISBN 959-7035-36-7; p. 41
14Op. Cit; p.p. 224-225.
15Íbidem.
16René Batista Moreno: “Feijóo era Zeus”; Revista Signos; Nº 46/2001; Santa Clara; ISSN 0864-1390; p. 149. Todas las citas e ilustraciones referidas a dicho artículo se pueden localizar entre las páginas 147 y 156 de dicha publicación.
17Samuel Feijóo: Introducción a Colección de poetas de la ciudad de Camagüey; Ediciones del Grupo Yarabey; Cuba, 1958; sin ISBN; s/p.
18Op. Cit. p. 208.
19Ídem; p. 209.
20Introducción a Las ráfagas, de Rolando Escardó; Dirección de Publicaciones Universidad Central de Las Villas; Santa Clara, 1961; sin ISBN; s/p.
