El principito, un libro eterno y personal a la vez
Este mes de abril, hace 71 años, salió a la luz, por la editorial estadounidense Reynal & Hitchcock, la obra El pequeño príncipe, conocida también como El principito en dependencia de la traducción que se haga, del inglés o del francés. Es el libro más leído en lengua gala y sus traducciones abarcan más de doscientos cincuenta idiomas y dialectos de todas las zonas habitadas. En consecuencia, es uno de los textos más vendidos de todos los tiempos, con más de 140 millones de copias en todo el mundo.
Fue escrito en el otoño de 1942 por Antoine de Saint Exupéry, uno de los más emblemáticos autores para todas las edades, de cuya muerte se conmemorarán 70 años, este 31 de julio de 2014. Saint-Exupéry había obtenido premios literarios en Francia, donde se forjó como piloto de guerra. Exiliado en los Estados Unidos tras la toma de París por el nazismo, allí escribió e ilustró el manuscrito.
A pesar de que, por su peculiar escritura, El principito se considera un relato infantil, al tratar temas existenciales, como el sentido de la vida, el tiempo, la soledad, la responsabilidad, la amistad, el amor y la muerte, alcanza un público lector de todas las edades. Es por ello que, desde su aparición, la historia ha sido adaptada en grabaciones radiofónicas, obras de teatro, cine, ballet y ópera, series televisivas actuadas y animadas, incluso un manga.
La profunda experiencia del autor como aviador accidentado sobre el desierto del Sahara a finales de 1935, le sirvió para crear el relato, cuyo personaje infantil se cree inspirado en la temprana muerte de su hermano y en la emotiva despedida que vivieron ambos jóvenes. El argumento del texto se resume en un niño que habita un asteroide acompañado por minúsculos volcanes, que le sirven de calefacción, y una rosa. El detonante de la acción ocurre cuando él decide salir de su entorno para conocer a los hombres, y así llega a la Tierra.
El libro ostenta un bien elaborado sistema de personajes a partir de los cuales el autor ofrece sus valiosos mensajes, incluyéndose él mismo entre los protagonistas y narrando en primera persona del singular, en ocasiones incluso dialogando con el lector cual si este fuera el niño amado. El principito, por su parte, está diseñado como un infante de cabellos dorados como el trigo, gracioso, ocurrente y persistente, similar a cualquier pequeño.
En orden de aparición, según los planetas que visita el jovencito, aparece el rey, un ser caprichoso y autoritario pero razonable, que viste un elegante manto de armiño. En sus palabras, el autor refleja la sensatez que debiera dominar siempre al poder, negando la posibilidad de exigir acciones irracionales al pueblo. En un planeta chico vive solo el vanidoso, quien, sin embargo, es altivo y pretencioso. Los demás, sin excepción, deberían convertirse en sus admiradores. Un aparte merece el personaje del bebedor, quien representa el círculo vicioso y aplastante del alcoholismo: bebe para olvidar que está avergonzado de beber. El hombre de negocios presume de su riqueza y seriedad, aunque cree absurdamente ser el dueño de las estrellas, las cuales contabiliza constantemente.
A esta altura de la diégesis, aparece una tríada de personajes positivos: el farolero, que claramente encarna a la clase obrera —trabajador incansable, fiel a su oficio, noble en su empeño de iluminar su menudo planeta, es considerado el más auténtico por el niño protagonista—; el geógrafo: típico científico, investigador laborioso, modesto, preciso y exigente en sus observaciones, que simboliza la verdad y el rigor necesarios en la ciencia; y el guardagujas, quien despacha los trenes contemplativamente desde su lugar, sin comprender la prisa de los viajeros por trasladarse enfermizamente de un sitio a otro —una propuesta a meditar acerca del significado del tiempo y del espacio—. Otro símbolo del absurdo civilizatorio se construye en el vendedor de píldoras contra la sed, que encarna las paradojas del progreso científico contrario a la naturaleza humana.
Resulta curioso cómo los personajes más relevantes de El principito son los zoomorfos. La zorra sabia, amistosa, graciosa y buena consejera es crucial, pues en su boca aparecen los principales mensajes del autor: “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”, o “Eres para siempre responsable de lo que has domesticado”. Por su parte, la serpiente, encarnación de la muerte, es un ser poderoso, igualmente sabio, amenazador, enigmático e inevitable, de cuya boca brotan las más crudas sentencias.
Lo femenino está representado a través de las plantas. En tal sentido, el autor otorga un don de inmovilidad y pasividad tanto a la rosa del asteroide como a la flor del desierto, graciosa, ocurrente y entretenida. Del mismo modo, sucede con las integrantes del jardín, caracterizadas apenas por la belleza y la vanidad. La rosa extraterrestre simboliza lo femenino, pero desde una óptica francamente prejuiciada y machista. Es delicada, presumida, orgullosa, cómoda y complicada, así como también perfumada y bella. Le gusta llamar la atención del niño constantemente y lo manipula mediante recursos de la tragicomedia. Sin embargo, esto no merma el alto valor de El principito, un volumen que ha trascendido a su autor, a su época y a su país para hacerse patrimonio del mundo. Traducido en Cuba desde 1961, ha visto repetidas ediciones que invitamos a disfrutar.
