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El hijo, un cuento de José Alberto Velázquez

Alberto Marrero, 15 de abril de 2014

No comulgo con escritores que ponen en boca de un niño una sarta de tonterías, o mejor, ñoñerías, que nadie se cree o le da poco crédito. Tampoco con aquellos que le hacen pronunciar frases y razonamientos alambicados, de una complejidad impensable, a un chiquillo que apenas ha vivido o leído lo suficiente para expresarse de esa manera. Sin embargo, la mirada de un niño puede ser de un calado a veces desconcertante sin caer en los extremos que acabo de describir. Todo depende de la habilidad del narrador para hallar el tono adecuado. El tono en literatura es como la sal de las comidas.  El cuento que hoy que les traigo a los lectores es un ejemplo. Se titula «El hijo» y su autor es el joven poeta y narrador José Alberto Velázquez (Las Tunas, 1978).
    La anécdota parece trivial, contada desde una aparente simpleza: un padre recoge a su hijo en la escuela y lo lleva de regreso a la casa en un camión, que cubre una ruta en calidad de ómnibus de pasajeros. El padre es feo, según el niño, y casi siempre anda preso por matar sus propias vacas para comérselas con los amigos en jolgorios interminables. Dándose tragos de una botella, le anuncia al hijo que su madre ha muerto. Se lo dice con una tranquilidad pasmosa, sin inmutarse, como si fuera un comentario sin importancia. El intenso dramatismo de este relato subyace, está sabiamente oculto y se revela en los detalles que el niño va describiendo en su condición de narrador-personaje. Detalles que perecen inconexos, fragmentarios, intrascendentes (la falta de azúcar en el cereal que dan en la escuela, los cinco pesos que cuesta el pasaje en el camión, el labio leporino de su padre, las frases sucias que han escrito las niñas de los cursos anteriores en los libros de texto, las pizzas que huelen a medias sucias y que los vendedores ofertan en la calles, las fiestas donde lo amigos del padre terminan golpeando a sus mujeres), pero que vistos en su conjunto arman el contexto en que se mueve la historia, una suerte de telaraña fluorescente. El lector encontrará en este relato una manera de contar no convencional, que esquiva tópicos y escarba en una realidad que de cierta forma no le será ajena.
     Conocí a José Alberto durante en la recién concluida 23 Feria Internacional del Libro en Las Tunas. Lo escuché declamar poemas que me zarandearon por la audacia de sus imágenes y la inteligencia de lo que trasmitían. Comprendí de inmediato que estaba en presencia de un escritor muy talentoso que, para mi sorpresa, no es miembro de la UNEAC. Egresado del Centro Onelio Jorge Cardoso (2002), ha merecido, entre otros, los premios nacionales Celestino de cuentos (2011) y Navarro Luna de poesía (2011). Ha obtenido menciones en los premios Fernandina de Jagua (poesía, 2012) y Hermanos Loynaz (cuento, 2013). Autor de los poemarios En busca del cielo perdido (Editorial Sanlope, 2006), Yo desierto (Ediciones La luz, Holguín, 2006), La burbuja heroica (Editorial. Orto, 2012), y el libro de cuentos Fracturas y extrañezas (Editorial La Luz, 2012). Textos suyos aparecen en antologías como La isla en versos, cien poetas cubanos; Las ondulaciones permanentes, joven poesía cubana; Todo un cortejo caprichoso, cien narradores cubanos; Como raíles de punta, narrativa joven cubana, entre otras. Tiene en proceso un libro de cuentos por la Editorial Sanlope de Las Tunas.

Alberto Marrero




EL HIJO

José Alberto Velázquez López


Camino junto a mi padre. Hace calor. Es bueno alejarse de la escuela. Dos o tres mujeres ojerosas se han acercado para preguntar o decir: Ese niño es tuyo, Qué grande es, Qué bonito es.  A mi padre le dicen el Pardo. Tiene la boca partida en dos y un diente que parece venir desde muy arriba dividiéndole la cara. Los labios de mi padre son de color violeta claro. Leporinos, dicen. No pensé que a mi padre lo conociera tanta gente. Nosotros vivimos en Carretera de Bayamo. Para llegar a mi escuela hay que salir a Tunas y volver a entrar al municipio. Subir a dos o tres camiones más. Un viaje infinito. Aún así cada media hora una mujer se le acerca a padre, Oye Pardo, qué niño tan gracioso, y eso. No es que yo sea bonito sino que mi padre es muy feo y eso me ayuda. También las mujeres se asombran de que alguien tan feo pudiera tener hijos. Yo no encuentro feo a mi padre y a veces ocurre que de solo mirarlo me dan deseos de llorar.
  Desde que lo vi supe que algo no andaba bien. Él nunca antes había venido a la escuela, sólo madre. Él siempre está preso. Es de lo más extraño porque a la vez siempre está libre. Mata una res, lo encarcelan, queda en libertad, mata otra res, lo encarcelan, así toda la vida. Las vacas son suyas, así que no veo la razón de que tenga que matarlas, ni de que lo castiguen por comérselas. Porque mi papá no vende la carne. Invita a sus amigos y a las mujeres de sus amigos, empiezan a beber y a reírse y allá va eso.
  Allí estaba él. Halándose el labio superior para esconder su diente. Imposible. Me fueron a buscar al aula, Alfredito, un hombre que dice ser tu papá te busca. Entonces pensé Aquí las cosas no andan bien. Me abrazó. Aunque mi uniforme estaba limpio olía mal, pero él no hizo ningún comentario. Tenemos que ir a la casa. ¿A su casa o a la mía? Ya hablé con el director. Vamos, prepara tu maletín.
  Caminar hasta el punto donde paran los carros. ¿Tienes hambre? Muero de hambre.
  —No.
  —¿Quieres comerte un pancito con tortilla?
  —No.
  Lo peor es que dejé la mitad de las cosas sobre la cama. Parece que me puse nervioso, porque en vez de guardar la ropa lo que hice fue poner los libros en la mochila, los libros, dime tú. Yo los he leído tantas veces que según la profesora va dando la clase yo repito a la vez lo que ella indica, palabra por palabra. “La ballena es el más grande de los mamíferos”. La ballena es el más grande de los mamíferos. “La familia es la célula fundamental de la sociedad”. La familia es la célula fundamental de la sociedad. Palabra por palabra. Imagen sobre imagen. Odio la escuela. Odio tener que bañarme frente a todo el mundo. Como un mamífero acuático que siempre está lejos de la célula fundamental de la sociedad. Entonces qué hago con este montón de papeles. Hojas grasientas con frases de niñas enfermas. Expresiones rabiosas que expresan deseos sucios. Estas niñas, dueñas de los libros en cursos pasados, son iguales que las que yo conozco. Esperan abandonar su casa para transformarse. A medida que se acercan a la escuela, los ojos se les ponen de color rojizo y la boca anhelante, sedienta de quién sabe qué. Chillan al menor pretexto. Se empujan o abrazan unas a otras con una ambigüedad exagerada. Las profesoras jóvenes las odian, las viejas las ignoran. Los profesores son de lo más atentos. A mí eso no me importa. Lo que digo es para qué vengo con unos libros en donde las niñas han escrito frases asquerosas.
  Siempre que me pongo así, nervioso, todo me sale mal. Pude haber dicho Espérate un momento, padre. Regresar al albergue, fuera los libros, la ropa dentro, punto. Pero no me atreví a hablar, mucho menos volver al albergue. Era como si padre, en cuanto yo diera la espalda, fuera a salir corriendo. Mi padre y yo corremos juntos. No me apuro tanto para que él llegue primero que yo al camión. ¿Va para Tunas? Cinco pesos. ¿Y por el niño? Cinco también. ¿Cómo qué cinco también? La boca de mi padre se mueve de una forma rara, desagradable. El muchacho que suba sin pagar, dice el chofer. Entre más nos acercamos a la casa (aunque todavía falta todo el camino; quiero decir que entre más nos alejamos de la escuela) la gente deja de mirar a padre y se concentra en mí. Lástima que en el camión no vengan muchachitas. A lo mejor hoy, en vez de burlarse, me miraban y sonreían intentando parecer mujeres. Si al cereal del desayuno le hubieran puesto azúcar yo no tendría hambre. Parece que a los cocineros se les olvidó esa parte y el cereal sabía a tierra. Las muchachitas, luciéndose, dejaban los vasos sin tocar y alguna que otra mordía el pan con desgano. (Así hacen hasta que se apartan de los mirones. Entonces devoran el pan con desesperación, y si tuvieran cinco vasos de cereal sin azúcar se los tomarían uno tras otro, las pobres). Ahora no puedo aguantar más el hambre y faltan como cien kilómetros para llegar a casa. Padre hurga en su bolso y saca una botella, bebe, el olor me llega amenazante. Claro que, después de todo, es positivo que padre empiece a beber. Quizás el asunto sea el siguiente: vino a buscarme para una fiesta o algo así. A mí no me gustan las fiestas porque siempre acaban mal. Las mujeres, aburridas del trabajo, se sueltan y los hombres, asustados, rellenan su miedo con alardes de guapería. Al final, los hombres les dan piñazos en la cabeza a las mujeres, piñazos que le estremecen todo el cuerpo, ellas gritan, les pegan más duro, no sé cómo pueden soportar tanto, las llevan arrastrándolas por el pelo, y ya en sus casas los gritos continúan toda la noche, cada vez más extraños, más no sé. Algunas noches en la escuela sueño con esos gritos. A veces despierto y los continúo escuchando un rato, hasta que se convierten en carcajadas, secos susurros, me vuelvo a dormir. Los profesores nos tienen “estrictamente prohibido” movernos antes de la madrugada. No hay que andarse levantando a orinar como si fuéramos señoritas o viejas. Si hubiera necesidad de salir de la cama, llamar primero, nunca salir sin avisar. Así conservan la disciplina. De noche, sin embargo, hay sombras que se deslizan por los pasillos. Sombras que no me asustan. Sombras que uno sospecha de qué se tratan. (Ellas son menudas y frágiles como arbustos secos pero cuando se quitan la ropa tienen un bulto muy grande. ¿Cómo algo así es posible?). En Tunas los vendedores de pizzas se arraciman alrededor del camión, entran, se cuelgan de sus costados, no dejan bajar a los que se quedan en este punto ni respirar a los que siguen su camino hasta la terminal o quién sabe adónde. Las pizzas huelen mal (a medias sucias, ni más ni menos), a uno se le hace la boca agua, padre no pregunta si me voy a comer una.
  Los intervalos entre trago y trago son más cortos. No hay una sombra bajo la cual esconderse. Ya nadie nos mira a padre ni a mí. Hay hombres que gritan Holguín y Santiago y mencionan un precio que me parece altísimo. Llega un camión, Carretera de Bayamo, arriba, cinco pesos, ¿Y el niño?, Cinco pa to el mundo, padre paga, el día ha cambiado, voces y voces y voces y voces y voces y voces y voces.
  —Tu mamá está muerta— dice una voz que parece la de mi padre.
  Los rostros de casi todas las personas que vienen en el camión las he visto alguna vez. Evitan mirarme, no me importa. Preferiría estar ahora mismo en la escuela. No es tan malo el asunto ese de la escuela donde te dan tu comidita, te enseñan a pensar y te preparan para la vida. “Las hembras sí que no dan ningún tipo de trabajo, pero los muchachos...”, dicen los profesores.
  —¿Oíste? Que tu mamá se... murió.
  El sabor del cereal es así porque es así.
“La escuela es como la casa de ustedes y nosotros como sus padres”.
  El camión se detiene.
  Padre se da un gran trago y después, sin mirarme, se mueve en silencio por entre las personas que bajan del camión.

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