Un príncipe muy especial
“—¡A jugar a las casitas! ¡A jugar a las muñecas! ¡Y con una niña! […] ¡Lo prefiero muerto antes que amujerado!”. ¿Cuántas veces no escuchamos frases similares en boca de colegas de trabajo, conocidos, vecinos, amigos y hasta familiares? ¿Cuántas otras no frustramos en un niño una brillante carrera de cocinero, barbero-peluquero, bailarín o pintor, por culpa de absurdos prejuicios? Y, al contrario, ¿cómo acabamos con los sueños de una niña de ser escultora, carpintera, militar o ingeniera mecánica? Pues estas palabras aparecen en las páginas 13 y 14 de un libro escrito por Magaly Sánchez Ochoa, conocida periodista y escritora cubana cuya obra abarca temas tanto para adultos como para chicos. Entre aquellas específicas para público infantil, mencionaremos Tatarí, la pandilla y yo (1996), Un hada y una maga en el piso de abajo (1999), La leyenda del árbol que quiso ser un hombre (2000) y, más recientes, Constantino en globo y La sonrisa de Caratriste.
En esta ocasión les propongo la lectura de El príncipe que jugaba a las casitas (2005), bolsilibro de la colección Biblioteca Escolar de Gente Nueva que trata un tópico tan delicado como interesante: el derecho de los pequeños a escoger, sin prejuicios sexistas, sus juegos preferidos y, posteriormente, sus profesiones. La edición corrió a cargo de Odalys Bacallao López, y el diseño, de María Elena Cicard, en tanto Fabián Muñoz se encargó de iluminar el texto con sus ilustraciones y viñetas.
La frase que da nombre al libro enseguida capta la atención, por el contraste aparente entre el título nobiliario, de clara filiación masculina, y el juego, tradicionalmente femenino; a la vez, nos remonta a una época pasada (o imaginaria) de reyes, reinas, princesas, príncipes y tronos por heredar; castillos y cacerías, fiestas constantes, duelos y normas dictadas por la etiqueta o el honor.
En este entorno de clásico fairy tale, se desarrolla la historia: desde muy chico, el príncipe Roal, con su fértil imaginación, elige el juego de las casitas o los cocinaítos, el cual comparte con la bella Azalea, hijita del vinatero de palacio. Ofendido por las preferencias de su hijo, el rey Raffic amenaza con desterrarlo, siendo ya adolescente, a pesar de haber demostrado habilidades para las actividades “propias de su sexo”: cazar, tirar con arco y flechas o manejar espadas…, las que alterna con las tazas y cocina de su amiga Azalea.
Será así enviado a la corte liberal, donde su tía reina se ocupará de educarlo en todas las preferencias del muchacho, permitiéndole total libertad. Allí, el príncipe, además de hacerse buen cocinero, se forma como un excelente guerrero. Al cabo de los años, el rey, traicionado por su falsario sobrino Molto, a punto de perder el reino celebra la llegada de un soldado desconocido que pone las cosas en su lugar. El hijo despreciado es quien salva al prejuiciado Raffic, y llega así el esperado final feliz: la boda entre el príncipe y su amiga de la infancia.
El mensaje que nos transmite Magaly Sánchez Ochoa es claro a la vez que entretenido. No importa si nuestra descendencia masculina prefiere las cazuelas, es posible que lleguen a ser los mejores cocineros o reposteros. No importa que las chiquillas tomen las herramientas y desarmen los camioncitos: una excelente ingeniera podrá surgir entonces. No frenemos esas cabecitas encantadas, no las manchemos con nuestras ignorancias y estrecheces. Ellos merecen toda la libertad, la educación y el apoyo para su futuro. Lo importante no es el sendero que elijan, sino los valores que acompañen su ser y su actuar: la honestidad, la honradez, la valentía, la decisión, la justicia y la limpieza de alma.
Celebramos que este cuento útil, lleno de acción, humor, amor y sorpresas, esté presente en las bibliotecas escolares y en muchos hogares cubanos de familias que confían en sus retoños.
