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Liderazgo vs cultura mercantil

Ricardo Riverón Rojas, 22 de abril de 2014

(Reflexiones de un delegado al VIII Congreso de la UNEAC)

En los momentos actuales, cuando podría parecer que la sociedad cubana solo necesita buenos administradores, se reafirma más, aunque se proclame menos, que para todo lo relacionado con la creación artístico-literaria, su facilitación, difusión, comercialización y ubicación en un modelo de sociedad mejor y más eficiente, se necesitan sobre todo líderes. Sobre ello se habló –aunque no lo suficiente y nombrándolo por su nombre– en el Congreso de la UNEAC recién concluido, pues en una buena parte de las intervenciones subyacía el tema, sobre todo cuando se dijo que sin los creadores, sin la presencia del talento, resultaba imposible administrar la cultura sin sensibles pérdidas.

No podemos perder de vista que los años del crudísimo Período Especial potenciaron notablemente la trascendencia de los liderazgos culturales. Y que las contingencias a que nos obligaron aquellas circunstancias dieron vía libre a la sana proliferación de una figura que hoy, frente a los cambios de impredecible dinámica que vamos enfrentando, se torna aún más necesaria: el artista devenido líder de procesos culturales emanados de las instituciones. Fue una época en la que muchos artistas, además de mostrar resultados creativos notables, administraron y colocaron en las manifestaciones que lo merecían, tanto los recursos que les asignaron como los que gestaron.

El propio Fidel –líder político cuya integralidad le permitió serlo también en lo cultural– es de hecho un modelo en ese sentido, pues en aquellos años trazó altas cotas estratégicas para la expansión de la cultura y lo hizo con justo cálculo, evaluando en su cabal medida los factores de costo y beneficio, no siempre conducentes a la rentabilidad, el autofinanciamiento, ni tampoco al desembolso alegre. Las principales ganancias de tal proceder no se tocan con las manos, pero se visualizan en áreas mucho más sutiles y esenciales del entramado social cubano.

Auténticos líderes que administran bien sus recursos y los ponen en función del crecimiento cultural han existido siempre en la aún corta historia cultural cubana, unas veces desde la marginalidad colonial y seudorepublicana (entonces, mayoritariamente, a partir de iniciativas privadas), otras desde los múltiples espacios institucionales abiertos por la revolución, desde el mismo 1959. Para que la parte no opaque al conjunto prescindo de la enumeración, pero enfoco la mirada sobre los animadores de los proyectos de todo tipo que en las décadas comprendidas entre 1990 y 2010, aun a contrapelo, contribuyeron a que fuéramos, no en el país más culto del mundo, pero sí en uno cuyas instancias políticas y de gobierno socializaron como ninguna de sus antecesoras, desde el discurso cultural, la marca profunda y expansiva de sus enunciados justicieros.

Si fijo mi atención en los veinte años comprendidos entre 1990 y 2010 para interpretar el devenir de la interacción intelectuales-instituciones, no es porque ignore las trascendentes décadas de los 60’s a los 80’s –pletóricas de líderes e instituciones nacientes y crecientes– sino porque se trata, en su caso, de dos decenios caracterizados por distintos y muy singulares signos. Y también porque fueron los que me tocaron vivir como conductor de proyectos culturales, a expensas de lo cual aspiro a que mis razonamientos contengan, también, algún sustento testimonial.

La de los 90’s fue una década de exaltada épica, casi numantina, de sobrevivencia precaria, pero creativa, donde la cultura, además del escudo de la nación, se convirtió en la primera esencia a preservar. Y el principal escudo para ese escudo fue que la mayor parte de los intelectuales, como guerreros, acudieron al llamado para que lideraran instituciones que en algunos casos nacían de estadios inferiores a la nada. 

La segunda década (es decir, la primera de los 2000, que Fidel pensó como la de la “masificación” de la cultura) se caracterizó por la estabilidad y el crecimiento de todas las instancias promotoras, con financiamientos crecientes y procesos expansivos de hondo calado, como el de las ediciones territoriales, las ferias internacionales del libro y la enseñanza artística entre otras. Pero esa estabilidad trajo consigo, como subtexto, una especie de callada convocatoria al sosiego, y la proporción de los ejecutivos de la cultura derivó en buena medida, de los intelectuales devenidos líderes a los funcionarios, dado que esos mismos liderazgos, con sus cargas administrativas, son de muy conflictiva simultaneidad con el crecimiento de la obra artística personal. Ante el espejismo de instituciones que parecían consolidadas, cambiaron, muchas veces para mal, algunas correlaciones.

Como siempre he residido en una provincia, no me parece ocioso afirmar que la figura de los líderes en estos territorios se torna vulnerable por las más insospechadas vías, no solo la de la incomprensión y la suspicacia ideológica (como en los 70’s), pues hacia la capital fluyen naturalmente, en un proceso lógico, acaso justo y a expensas de la política de cuadros, algunos de los mejores líderes formados en estos cotos. 

Aclaro que no estoy en contra de los ascensos, de las prioridades de la nación como un todo, solo quiero alertar para que en provincias les demos a los líderes culturales la atención y apoyo que merecen y no tronchemos con ascensos algunos liderazgos irrepetibles. ¿Se ha preguntado alguien qué pasaría con El Mejunje, tan paradigmático para Santa Clara y, por extensión, para Cuba si –para seguir con la broma seria de Abel Prieto en el VII Congreso de la UNEAC– se creara por todo el país una Cadena de Mejunjes y Ramón Silverio fuera nombrado director nacional?

De momento, ante las nuevas y muchas veces desconcertantes cotas pragmáticas a que nos enfrentan los nuevos rumbos de la dinámica económica interna, no veo otra alternativa para conducir y preservar los procesos culturales que la de convocar una vez más a los intelectuales para que lideren, o sigan liderando procesos institucionales que, ya sabemos, poseen su carga administrativa, ahora más pesada en tanto la efectividad económica, en el discurso público, aparece con mayor fuerza y peso específico y acapara casi todos los protagonismos. Y como el reto es conducir los procesos culturales sin quitarle la vista a los factores económicos que los regulan y sustentan, quisiera creer que también podremos contar con funcionarios capaces de pensar y actuar como líderes culturales.

La figura del funcionario-líder, investida de un componente ético menos frecuente que lo deseado, resulta también imprescindible, quizá tanto como la del intelectual en ese rol, si atendemos a que en muchas de las instancias del mercado y la industria cultural que sustentan a la creación el componente gerencial ha cobrado un peso determinante y sumamente especializado. Eso, si queremos dejar en manos de esos gerentes la aplicación de la política cultural sin que esta se contamine con el mercantilismo ramplón que, amparado en la retórica del momento, con cierta frecuencia nos golpea. Quizá la educación superior cubana debiera abrir una carrera, o un largo estudio de posgrado llamado Gerencia Cultural (si es que no existe ya). O quizá la dirección de los procesos, instituciones e instancias comercializadoras del producto cultural debieran contar con dirección compartida entre estas dos figuras.

En lo que va de década ha ido cobrando inusitada fuerza un nuevo actor en la vida cultural cubana: el artista que aspira a la autogestión, separado de las instituciones. Y esta figura se circunscribe por lo general a manifestaciones vinculadas con demandas recreativas, tributando a un turismo (o a consumidores del cuentapropismo) donde concurren con sus ofertas, muchas veces artísticamente disminuidas, tanto músicos como creadores de la plástica y ciertas manifestaciones escénicas. También encontramos la voluntad separatista en el cine y otras variantes audiovisuales, que han encontrado fórmulas, como la del cine independiente y muchas veces pobre, o las subvenciones con capitales diversos, no solo para subsistir, sino también para desarrollarse. La ineficacia leonina demostrada por las instancias comercializadoras intermediarias entre el artista y el consumidor ha estimulado, con justicia, las propuestas de artistas independientes o agrupaciones que prefieren formar cooperativas o comercializar directamente sus productos.

Una de las múltiples problemáticas sobre la que, a mi modo de ver, no se ha debatido con la fuerza requerida, en el seno de la UNEAC ni de otros espacios donde se reflexiona sobre el impacto de los cambios económicos en la cultura, es la que debería marcar con plena claridad una frontera entre mecenazgo y mercado, para definir de qué lado quedan unas manifestaciones u otras, pues lo que más se escucha hoy son solicitudes “empresariales” en tanto las erogaciones presupuestarias disminuyen. Las manifestaciones más desprotegidas, como la literatura y las artes escénicas, de momento deben ver desde la barrera cómo el lenguaje de algunos artistas devenidos empresarios legos (a veces no tan legos) y el de los funcionarios enrumban y agotan las agendas en temas casi exclusivamente mercantiles.

A veces se piensa, con cierta miopía, que solo el Ministerio de Cultura, o la UNEAC, o cualquiera de las otras organizaciones que trabajan con los creadores garantizan con su constante batallar y agudas polémicas la correcta aplicación de la política cultural. Pero las potestades que poseen otros ministerios e instituciones, como el turismo, la radio, la televisión y la gastronomía, para contratar y programar a los artistas –con mediación solo burocrática de las entidades comercializadoras del producto cultural– acaban ofreciendo el tesoro inútil de pretender subsidiar la cultura desde la promoción de la subcultura. Y lo que finalmente ocurre es que la subcultura se valida como cultura a la par que establece imaginarios pedestres.

Palabras de aliento escuchamos en el Congreso de la UNEAC, donde se ratificó que el estado cubano sigue comprendiendo que en la cultura reside quizás la más importante fuerza para sustentar los cimientos espirituales y patrióticos de la nación. Palabras, no de desaliento, pero sí que desalientan escuchamos también en aquellos que nos mostraron el abismo económico que separa a unos creadores de otros, así como las posibilidades que tienen unas manifestaciones para insertarse en lo que llaman “actualización del modelo” en tanto otras no subsistirían si no es con el modelo ¿desactualizado? de las erogaciones a su favor, sin que el país aspire a otras ganancias que no sean las que la propia cultura genera a favor de esos valores espirituales que tanto reclaman hoy todos los que aman y comprenden nuestra historia y ansían la continuidad de lo soñado.

Concluyo con la certeza de que las grandes reservas para atenuar el tremendo impacto que podría sufrir la cultura al verse abocada a las reducciones presupuestarias que ya padece, se hallan, sobre todo y como siempre, en el hombre. Y también, por qué no, en la recuperación del protagonismo dentro de un discurso público que les recuerde a todos, de diversas y creativas maneras, que somos, efectivamente, el escudo de la nación, y por tanto, lo primero que hay que salvar de cualquier naufragio o espejismo, no solo a través de fórmulas de participación en el mercado, sino también desde el peso determinante e imprescindible de la subvención estatal.


Santa Clara, 14 de abril de 2014

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