Aliosha, el poeta Roberto Méndez y las múltiples aristas de un autor
Abundante poesía y numerosas páginas podemos encontrar de este escritor en, prácticamente, todos los géneros literarios. Roberto Méndez (Camagüey, 1958) es reconocido y multipremiado en Cuba y en otros países, en especial por su arte poética, por los rigurosos trabajos en prosa que ha aportado como investigador, ensayista y compilador, y por sus novelas en narrativa. También abundan las miradas hechas a su amplísima obra pues, además de haber obtenido diversos lauros por géneros, ha sido honrado con 5 premios anuales de la crítica especializada en nuestro país (3 por sus volúmenes mayores de ensayos en 2000, 2003 y 2007; 1 en poesía del año 2001, además del Nicolás Guillén por el mismo poemario, que conquistó en la primera edición de dicho Premio- y 1 en narrativa por su más reciente novela publicada en 2011), todo lo cual lo consagra como uno de los más prestigiosos autores cubanos contemporáneos, quien a su vez ha tenido la dicha de vivir ese reconocimiento. En el año 2002 le fue otorgada la Distinción “Por La Cultura Nacional”. Es Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española.
Por la parte académica, se licenció en la Universidad de La Habana como Sociólogo (1980). Su grado de Doctor en Ciencias sobre Arte lo obtuvo en el ISA (2000), actual Universidad de las Artes en Cuba. Posee la categoría científica de Investigador Auxiliar y la docente de Profesor Auxiliar. Pertenece además, a la Unión de Historiadores cubanos (UNHIC). Ha impartido conferencias y realizado lecturas de su obra en instituciones culturales o docentes de Cuba, España, Italia, Corea del Sur, México, Venezuela, Colombia, Ecuador, Costa Rica y Nicaragua. Es también Consultor del Pontificio Consejo para la Cultura de la Sede del Vaticano.
Méndez tiene publicados gran número de títulos, sobre todo poemarios, y ha sido incluido en diversas antologías cubanas y extranjeras. Entre sus textos aparecen artículos de periodismo cultural, otra de sus facetas además de la crítica de arte, no solo literaria sino también de danza y plástica. Ha ejercido también como jurado de diversos premios, ha prologado importantes obras de otros autores y ha realizado antologías y selecciones de obras literarias clásicas a su cargo.
Por el valor de su obra ensayística para estudiosos del patrimonio literario cubano: ¿Qué lo motivó a estudiar a profundidad la obra de los llamados padres de nuestra poesía, Heredia y La Avellaneda, como también a Lezama, Plácido, Retamar? ¿Se refiere a algo de lo que Lezama nos recuerda como el Nosotros que definió Martí, o a algo similar cuando expresó a los jóvenes en 1959 “… ahora la llave puede ser la del castillo y la lluvia el comienzo de los dones (…) que muestran un rostro poderoso, ancestral, justo…” J.L.L?
Para mí, que como he repetido varias veces, considero la poesía el centro de mi escritura, escribir ensayos sobre otros poetas significa dialogar con ellos y encontrar en su quehacer dudas, desafíos, hallazgos, que vienen a enriquecerme. No es lo mismo leer a los clásicos en antologías que acercarse a su corpus íntegro y descubrir tanteos, desniveles, balbuceos, eso los humaniza, nos los hace cercanos, se descubre su grandeza de otro modo, no solo por sus obras cuajadas, sino por el sacrificio y la persistencia con que se entregaron a la escritura, a veces se les admira más por lo que intentaron, por su actitud icárica, que por lo que pudieron conseguir. Leer las obras de Heredia y Avellaneda y en cierto modo la de Plácido, me obligó a decir lo que descubría en esos fundadores de la poesía cubana. En el caso de Lezama, llevo décadas conversando con su escritura, que descubrí con pasmo en la adolescencia, me influyó en la juventud y me acompaña hoy como un desafío que me veda todo facilismo o complacencia. Es una sombra que va junto a mí y de la que nunca voy a apartarme.
En el caso de Retamar, el trabajo tuvo carácter más formal. El propio autor me solicitó que preparara una selección de su obra para la colección Clásicos Ayacucho. Trabajé junto con él más de un año, conciliando puntos de vista, localizando textos, colocando notas y apostillas. Fue un aprendizaje excepcional, una especie de nuevo doctorado, que me obligó a conciliar la labor subjetiva del ensayista con el rigor del encargo académico. Fue algo que vine a completar pocos años después con otro encargo tremendo, la preparación en apenas unos meses de una nueva Valoración múltiple de José Lezama Lima. Son experiencias que no sé si quisiera repetir pero que al obligarte a luchar a brazo partido con el ángel de lo difícil te enriquecen de manera impensable.
Me gusta dejar claro que aunque tengo un título de Doctor y soy Académico de la Lengua, tengo poco que ver con lo que se entiende por ensayo en ciertas instituciones. Para mí el ensayo es ante todo creación literaria, como para Montaigne, Baudelaire o Martí. Es una forma especial de dialogar con la tradición con libertad y desenfado, en el que lo principal es aportar un punto de vista personal y no la moda de los métodos, ni la indigesta cita de autoridades. Mis modelos son los ya citados y también Juan Ramón Jiménez, Lezama, Vitier, García Marruz, es decir poetas con pensamiento universal y original. Si un ensayo no puede disfrutarse como una novela o un poema, creo que está condenado a muerte, en último caso está más cerca de la ficción que de las ciencias exactas.
¿Cuánto de su obra le debe también a influencias de autores camagüeyanos más contemporáneos como Ballagas o Guillén ─entre tantos otros─ y cuánto a otras vastas lecturas de autores cubanos, españoles, latinoamericanos?
Desde mi niñez fui un lector impenitente e impertinente. Como sucede en esos casos algunos de los textos que devoré me ayudaron a configurarme como persona y como autor: la Biblia, los trágicos griegos, Dante, Cervantes, Calderón, Thomas Mann, Lorca, Casal, Martí, T.S.Eliot, Lezama. Algunas personas me ayudaron a encontrarme con ciertos autores, pero tengo una formación esencialmente intuitiva y autodidacta, más orientada a lo universal que a cualquier forma de localismo. No creo que un autor me interesara especialmente por ser mi coterráneo. A Ballagas lo descubrí en mis años de Enseñanza Media y sus elegías así como los sonetos de Cielo en rehenes influyeron en mi vocación poética, en cambio Guillén, que estaba en todas partes, dado su gran reconocimiento oficial, me permeó poco y de hecho, he necesitado que transcurran décadas para llegar a asimilarlo como el gran poeta que es.
No puedo extenderme en el asunto de autores y obras preferidas, pero si en mis últimos años tuviera que quedarme con pocos libros entre estos, además de la Biblia, que como cristiano para mí es de lectura frecuente, tendrían que estar las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides, los versos de Mallarmé, las novelas breves de Mann, Tierra baldía y Los cuartetos de Eliot, también El cuarteto de Alejandría de Durrell, los cuentos de Borges, Palinuro de México de Fernando del Paso, Rayuela de Cortázar, la poesía de Lezama y también Paradiso. Eso es hipotético, claro, porque aunque dedico muchísimo tiempo a releer obras, siempre me gusta dejar un espacio para las sorpresas.
Su novela Callejón del Infierno ¿explora también las raíces camagüeyanas y pone de manifiesto su vocación por la Historia y la Sociología? Y las otras dos novelas ¿son más poéticas, filosóficas, de imaginación y fantasía, como las obras de Lezama, Cortázar, García Márquez, Carpentier? ¿Pueden unirse armoniosamente los géneros en una misma obra como se propuso Lezama en Paradiso (poesía y novela con la misma raíz, personajes relacionados como metáforas, situaciones como imágenes, oscura poesía y clara prosa juntas) y (se tratan de …una crónica singular de lo cubano o parodia de La Divina Comedia)?
Variaciones de Jeremías Sullivan fue mi primera novela. La escribí en 1988, por entonces yo solo había publicado poesía y artículos críticos. Había vivido una especie de aventura sentimental y creí que allí estaba la sustancia de la novela, porque mis intentos con el cuento habían sido fallidos, pues nunca he estado cómodo con esta forma breve. Quise hacer un texto distinto, no convencional, de hecho ni siquiera quería que fuera un libro normal, sino una especie de carpeta que solo tuviera fijas las páginas del epígrafe inicial y de la coda y el resto de ellas sueltas, como las páginas de una partitura aleatoria, que cada cual ordenara según el azar o la voluntad particular. El libro hacía juegos intertextuales: imitaciones, homenajes, pastiches y procuraba romper las fronteras genéricas, tiene páginas de poesía, otras de crítica de arte, de filosofía. Disfruté mucho escribiéndola en un mundo de gratuidad, humor, juego artístico. Lástima que tardó una década en publicarse. Salió como un libro convencional (nada de partitura aleatoria), con muchísimos errores y encima le pusieron una nota en la contracubierta en la que decía que apenas soportaba la clasificación como novela…en ese tiempo, además muchas cosas habían cambiado en nuestra literatura y aunque tuvo ─y tiene─ lectores cómplices, perdió la carga de novedad que pudo traer si hubiera aparecido a fines de los 80.
Callejón del infierno es algo muy distinto. La historia que cuenta la conocí en mi infancia y su carácter misterioso y sangriento me impresionó definitivamente. Volví a encontrarla en ciertos documentos cuando trabajé por más de una década en estudios de la historia local camagüeyana. Me decidí a contarla en una novela rigurosa, que me llevó un par de años de investigaciones en archivos parroquiales, históricos, fotográficos. Ya no tenía pretensiones de asombrar con el modo de contar, sino que quería mostrar una ciudad, una época, una guerra, con cierta voluntad sinfónica. Trabajé al modo de Balzac, Tolstoi, Mann, sin prisas ni pausas. Fue mi gran aprendizaje en la narrativa. Claro que en ella hay fantasía, pero en continuo diálogo con la historia, la invención se apoya continuamente en documentos. Llegué a convertirme en familiar de los personajes, hasta el punto de que hoy sigo obsesionado con ellos.
Ritual del necio, mi tercera novela, fue de larga gestación. Yo había escrito los capítulos que conformarían la parte llamada “Del manuscrito”, los trabajé durante años, pero sentía que algo faltaba. Por fin, me decidí a fines de 2009 a engarzarlos en una estructura mayor: la historia de Andrés. Tras varios titubeos, la concluí en el verano siguiente y la envié al Premio Carpentier. Creo que en ella se concilia lo imaginativo con ciertas ambiciones estructurales de Callejón. De hecho, creo que los dos polos de mi narrativa son: de un lado la historia, la tradición cultural toda y de otro, la imaginación, la capacidad de invención que pueda desplegar.
Tengo ya otras dos novelas inéditas, más bien breves, aunque confieso que, como Lezama, quisiera coronar mi obra con algún amplio y ambicioso Paradiso.
En Variaciones… me llaman mucho la atención las pausas o paréntesis filosóficos: “la inabarcable amplitud de la alegría no cabe en los estrechos límites de las sílabas” S.A. O la voz de algún personaje: “Eres tú quien pone el signo, los hechos están allí, serán como los aceptes… si en cada gesto ves un matiz, al final él desaparece y sólo está tu historia” ¿Un intento de búsqueda y unidad en el caos variable de lo diverso?
Yo estudié Sociología, pero la asignatura que verdaderamente me atraía era la Historia de la Filosofía. Después, me han acompañado ciertos autores: Platón, San Agustín, Pascal, María Zambrano. No me interesan tanto los grandes forjadores de sistemas, sino aquellos que exploraron la interioridad del hombre. Soy de los que cree que la poesía es una forma especial de filosofar, de modo que en mis versos, en mis ensayos y novelas, siempre hay atisbos de filosofía. La presencia de Pascal en Variaciones, las citas de Cioran en Ritual no son gratuitas, como tampoco que haya escrito Cuaderno de Aliosha, que es más un texto filosófico que un volumen de lírica.
Sobre los contenidos en sus poemas… de versos fluidos, libres -o vanguardistas en lo formal-, y que a la vez guardan una singular belleza, observo que en su mayoría me remontan a otros tiempos. ¿Acaso una retrospectiva de la historia de la humanidad a través del símbolo que se retroalimenta, o se repite con nuevos matices? ¿Algunos temas del presente y lo cotidiano solo como cubierta o punta de iceberg en la retórica?
Yo no soy un escritor de la inmediatez, escribo con la certeza de que sobre mi mano pesa una tradición histórica y cultural. Mi poesía siempre ha tenido la conciencia de ser literatura (eso de los que dicen que escriben con la misma espontaneidad que cantan los pájaros no va conmigo, yo estoy en las antípodas del repentismo) y esa escritura vive continuamente un diálogo entre el presente y el pasado. Como en los trágicos griegos, para mí emplear el mito o el suceso histórico remoto, es una forma de reflexionar sobre la propia actualidad y mi escritura gana sentido al dialogar con los grandes y pequeños textos del pasado. No padezco la fiebre de la novedad absoluta, mucho menos el experimentalismo que es casi siempre superficial y externo, quiero decir lo que llevo dentro, pero sabiéndome custodio y enriquecedor de una tradición.
Sin dudas es usted un Poeta dedicado en su trabajo, el cual realiza con exquisita sencillez y profundidad. ¿Por qué considera la Poesía como la más importante y definitoria vertiente de su obra? ¿Por invocar temas universales como la aceptación, el amor de esposo realizado y agradecido, el rostro de Dios o su imagen imperfecta, la soledad o condición de mar y estrella, el miedo que separa a los hombres de lo divino… buscando a quién recibe los alientos…? ¿Cuánto hay de San Juan de la Cruz y de la herencia de poesía religiosa en su obra?
Ser poeta es la más misteriosa forma del oficio de escritor. La poesía es sintética y absoluta, por eso, a través de ella se expresan las sagradas escrituras de varias religiones. La poesía es el ensayo, la novela, sin lo accesorio, es la filosofía de la sugerencia, la que revela aquello que proviene de lo oscuro pero preserva otras cosas en la sombra. Creo que un día podría dejar de ser académico, ensayista, narrador, periodista, porque en fin, esos son caminos colaterales, pero nunca podría dejar, no ya de escribir poesía, sino de mirar el mundo como un poeta.
Yo había leído la poesía de San Juan de la Cruz en mis tiempos de estudiante universitario y me admiraron su perfección formal y su misterio, pero mi encuentro con su obra total en un período de crisis social y personal, en 1991, cambió mi visión de la religión y de la poesía. Mi labor como comentarista o editor suyo no es demasiado importante, lo esencial es que me comunicó la aspiración a la más alta espiritualidad de la mano de la Belleza.
¿Qué testimonio quisiera dejar Aliosha como resumen de su obra para la posteridad? ¿Qué espera? ¿Qué significan para usted tantos lauros? ¿Logra pasión en servir a lo divino, perdonar abriendo sitio al vacío para que el amor ocupe el espacio, madurez de acercarse a la universalidad en la visión? Y como crítico: ¿Pueden las nubes de monóxido contaminar la poesía y el arte en general, en estos tiempos? ¿Cómo protegerse, vacunarse, en fin, salvar lo valioso y esencial? ¿Contribuye el poeta a modificar la historia, lo social, más allá de lo individual?
Como la mayoría de los hombres, quiero dejar algo que justifique mi paso por la tierra. Desde hace mucho creo que lo que mejor sé hacer es escribir y por eso me empeño en forjar libros que a alguien podrán interesar. Los premios significan poco o nada, son apenas un modo de abrirse paso en las malezas de la llamada vida literaria. Lo esencial es aprovechar el tiempo, hacer mi obra lo mejor posible, no conceder espacio a la frivolidad, tratar de que en mis páginas, aunque no haya muchas novedades, estén resumidos esos valores espirituales y culturales que el mundo de hoy debe preservar.
Nuestros tiempos son difíciles para la poesía, no por cuestiones tecnológicas, sino porque hay un pragmatismo exagerado, acompañado por una severa crisis espiritual. Estoy claro de que un poeta no puede impedir guerras, ni evitar catástrofes ecológicas, ni cambiar las directrices políticas del mundo, entre otras cosas porque habitualmente se le coloca al margen de las grandes decisiones, pero como aseguró Martí “los poetas siempre preceden”. Quiero pensar que mi obra contribuye, aunque sea en mínima medida, a salvar algo valioso de esas “nubes de monóxido” que todo lo contaminan. Quisiera ser como esos sabios que huyeron de Bizancio cuando la invasión turca y que llevaban en sus equipajes algunos manuscritos griegos salvados del incendio y en sus almas una cultura que gracias a ellos cambió el rumbo de Occidente.
