La anécdota cubana
Como se sabe, la anécdota es una narración breve de un suceso que resulta curioso o poco conocido. Como se trata de un hecho real, vivido, visto u oído por el que relata, pudiéramos considerarlo un testimonio de pequeño formato. Esta modalidad literaria por regla general no es convocada en concursos y no es muy usual tampoco que se publiquen anécdotas en nuestros medios de prensa escrita, más bien la hallamos formando parte de textos más extensos; pero muchas de las que hemos leído tienen la sazón que les da la gracia del cubano y, por tanto, resultan muy refrescantes y difíciles de olvidar. Veamos a continuación algunos ejemplos seleccionados de escritores cubanos.
De Renee Méndez Capote: Ramón Grau San Martín
El doctor Grau tenía el aspecto de una caña mecida por el viento, un poco ladeada, como si hubiera recibido los alisios largo rato por un solo lado. Pero encima de la caña no había un penacho fino y vibrante, sino una cara de mulo flaco con unos dientes enormes. Un mulo sabio, mulo de circo, de esos amaestrados que contaban hasta diez y marcaban el compás de un chotís (…)
Entró en la sala de B y 15 muy cortés y muy obsequioso, con la manita derecha en posición de lisiada, como apretada al cuerpo, dedos colgantes, largos, como un racimo de platanitos Johnson demasiado maduros.
Cuando para saludarme estiró su manita, dijo mi cuñada Isabelita que asistía a la entrevista: “¡Ay, yo creí que usted era lisiado!” –y se calló, muy confusa.
Después de eso me mandó a buscar varias veces, pero siempre cuando recibía a otras personas. Una tarde me llegó una invitación especial para que acudiera a Palacio “porque iba la Asociación de Damas del Buen Vecino”. Aunque yo no era dama del buen vecino, fui con la curiosidad despierta. Me encontré allí con un grupo grande de mujeres de la high, de aquellas que me habían vuelto la espalda y salían de los elevadores de las tiendas cuando yo entraba, y me habían calumniado hasta caerse cuando yo dejé de ser la esposa de un gerente de El Encanto para convertirme en una “pobreta”. En la reunión estaba el embajador norteamericano, uno grande y gordo, rubio y coloradote. Supongo que sería Braden. Y sucedió una cosa entre chusca y terrible, mientras el embajador estaba soltando su discurso, que yo no pude oír por encontrarme incapaz de prestar atención, el presidente de la república, me había hecho el honor de colocarme a su derecha, parados los dos detrás de su buró y contra la pared, todo el tiempo que se tomó el yanqui para decir sus sandeces, me amasaba las nalgas concienzudamente. Yo no podía, sin escándalo, quitarme del lugar de honor en que me había colocado, honrándome ante una sociedad que me repudiaba.
De Tania Tolezano y Ernesto Chávez: Antoñica Izquierdo (fragmentos)
Allí en Los Cayos había un hombre que estaba medio loco y se pasaba las horas y los días mirando las curaciones de Antoñica. Un día empezó a llamar a la gente y a ponerla en fila: “Por orden de Antoñica hagan dos filas”, les dijo y lo obedecieron. “Pónganse las manos en la cabeza”. Y se la ponían. “Ahora, hínquense de rodillas boca abajo”. Y cuando todos estaban en la posición indicada, él se paseaba entre ellos diciendo a grandes voces: “Las mujeres que tengan ganas de orinar, que lo hagan en mi sombrero”. Y así los tuvo en esas payasadas desde las diez de la noche hasta las dos de la mañana. Claro, ellos hicieron todas esas murumacas, y otras peores porque pensaban que era una orden de Antoñica (…)
Aquí en la ciudad de Pinar del Río había un camaján, Antonio Guaracha, que fue el que más lucró con lo de Antoñica. Él era el que más propaganda le hacía. Cuando se corrió la noticia del milagro de Los Cayos, Guaracha se puso de acuerdo con uno como él, un tal Cipriano Pentón, para buscarse plata con los ignorantes que iban a bautizarse. Se apareció con Cipriano en una camilla y lo estuvo exhibiendo por Los Cayos como mudo de nacimiento y tullido. Cuando todo el mundo lo vio bien y conoció en detalle la triste noticia del lisiado, lo llevó hasta el bohío de Antoñica. Cuando ella le echó el agua, Cipriano se levantó y empezó a brincar y a cantar. Y eso lo vi yo con estos ojos. Guaracha empezó con la propaganda de las curas de Antoñica y a llevar gente para allá (…)
Desde que Antoñica había declarado que la Virgen María vendría a aparecérsele, la gente andaba con ese cuento (…) Cuando Tony me dijo que Luly y yo teníamos que disfrazarnos de Virgen María, me morí de la risa. Ya Guaracha no sabía qué hacer con el negocio de Los Cayos y de la curandera Antoñica. Luly le dijo que todo menos eso. Ella era muy creyente. Yo al principio me opuse. En realidad tenía miedo. Cuando yo empecé en el oficio lo hacía en el mercado de Pinar del Río y muchos guajiros me conocían. Si me veían en eso, eran capaces de matarme a machetazos. Cuando Tony sacó el rollo de billetes del bolsillo, cambié de idea. Luly sí que no entró en aquel relajo. Le dijo a Tony que ella era puta, pero que, sobre todo respetaba mucho las ideas religiosas porque era creyente. Hubo que buscar a otra muchacha porque yo sola no me iba a jugar el pellejo disfrazándome de santa en un lugar donde iban tantos locos. Guaracha tenía cerca del bohío de Antoñica su campamento y todo resultó más fácil de lo que yo pensaba. A una hora determinada, y no todos los días, salíamos envueltas en unos trapos blancos y hacíamos unas cuantas piruetas encaramadas en unas lomas. Era divertido a pesar de todo. La gente se volvía loca buscándonos y señalando.
De Fernando Díaz Martínez, dos anécdotas de Polo Montañez
1) De Sista (sic) Linares Linares, hermana materna de Polo Montañez
Yo recuerdo que cuando Polo tenía apenas unos meses, le comenzaron a dar fiebres altas, y mi mamá, apelando a todo para salvarlo, le hizo una promesa a la Virgen de la Caridad del Cobre, que si él se curaba no lo pelaría más hasta que cumpliera los siete años de edad. Fíjate, le creció un moño larguísimo que le daba por la cintura. Aquello era muy simpático porque después, con el transcurso de los años, ya con el pelo largo, Polo se molestaba cuando alguien venía a la casa, y le decía cualquier cosa, pensando que él era una niña. Oiga, se sacaba “la cosita” por debajo del short, y se la mostraba. Bueno, aquello le costó varios regaños de mamá, pero como lo hacía en defensa de su hombría, a la larga siempre le perdonaban la falta. Exactamente a los siete años lo pelaron.
2) De Amauris Romero Borrego, sobrino de Polo Montañez
Cuando terminamos la grabación de Guajiro natural en 1999, continuamos trabajando hasta el año 2000 en el hotel Moka, después partimos para Europa a promover el disco.
Un mes antes de viajar nos comunicaron la fecha de salida, prevista para el mes de agosto, pero se nos presentó un gran problema: Polo le tenía miedo a los aviones. Tremendo trabajo que pasamos con eso. Al fin dijo que sí, que volaría. En realidad fue sorprendente para todos, porque era la primera vez que salíamos al extranjero.
A nosotros nos habían dicho que eran treinta horas de vuelo, y ya, cuando llevábamos dos horas en el aire, el avión comenzó a descender. Todos nos alarmamos por el brusco e inesperado descenso. Uno de los compañeros se exaltó tanto con ello que, sin darse cuenta que iban otros pasajeros en el avión, le gritó a Polo: “¡Polo, mira a ver, corre, que el avión se está cayendo!” Él, medio en serio y medio en broma, le contestó; “¿Y qué puedo hacer yo, si no soy piloto?”. Entonces, la aeromoza francesa nos explicó en español que ese aterrizaje era parte del programa de vuelo de la compañía aérea y que haríamos escala en la isla Nassau para reabastecer la nave de combustible. Nos empezamos a reír, sobre todo Polo.
De Enrique Núñez Rodríguez: El manguero de San Miguel (síntesis)
En mis inicios como periodista compartía con Máximo Herrera, reportero de policía, en el periódico en que ambos laborábamos. Máximo era un negro sonriente, bien plantado, simpático. Andaba siempre de saco y corbata, como era usual en aquella época (...) y de cuando en cuando dejábamos caer nuestras colaboraciones en una revista semi-pornográfica. Con esas colaboraciones entreteníamos nuestra miseria.
La revista se sostenía, es un decir, con anuncios de cabarets de mala muerte y de nidos de amor o posadas que todavía no habían alcanzado el nivel de albergues. No era fácil cobrar aquellas colaboraciones. A veces no había dinero para pagarlas y era necesario esperar a tiempos mejores (…)
A Máximo y a mi nos debían sendas colaboraciones en la revista. El dueño de la publicación nos entregó un recibo para que fuéramos a cobrar un anuncio que había publicado La posada Rex –-se decía hotel— situada en la calle San Miguel muy cerca de la tienda El Encanto (…)
A las seis y media a.m. ya estábamos Máximo Herrera y yo en la pequeña oficina del “hotel”. El español (el dueño), haciendo buenas sus palabras, hizo sonar la caja contadora y me entregó dos billetes de a cinco, y yo a él su recibo de pago.
Para no darle una mala impresión a aquel anunciante, me guardé los diez pesos en el bolsillo ante la mirada un poco inquieta de Máximo. Al llegar a la puerta de salida, y sin darme tiempo para más, Máximo me reclamó imperativo: “Vamos, blanquito, suelta el gallo. Dame lo mío”.
Introduje la mano en el bolsillo y saqué uno de los dos billetes de a cinco, entregándoselo limpiamente a su legítimo propietario.
Fue solo un instante que transcurrió desde que el billete salió de mi bolsillo y cayó en el del negro Máximo. Pero fue lo suficiente para que un vendedor de mangos, que pasaba con su carretilla cargada de olorosos frutos, observaba el traspaso y, teniendo en cuenta el lugar de donde salíamos, nos gritara con picardía: “Los vi, los vi”.
Iba a explicarle, ofendido, pero Máximo Herrera, reportero de policía, al fin y al cabo me aconsejó: “No aclares nada, blanquito. Yo sé que tú tienes la peor parte en este asunto, pero en estos casos lo mejor es no discutir”.
Y el manguero de San Miguel siguió su camino exhibiendo, como una fruta más abierta a la mañana, su maliciosa sonrisa que hoy todavía me indigna.
