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La noche de Judas de Carlos Zamora

Alberto Marrero, 30 de abril de 2014

Hace ahorita dos años que publiqué en el espacio Fabulaciones de Cubaliteraria un comentario sobre un par de cuentos pertenecientes al libro La noche de Judas, del poeta y narrador Carlos L. Zamora (Matanzas, 1962). Por aquel entonces el libro era todavía un proyecto, que hoy felizmente ha sido publicado por Ediciones Matanzas, en su colección Puentes y que acaba de ver la luz en la XXIII Feria Internacional del Libro de La Habana. Aprovecho la ocasión para encomiar el trabajo que viene realizando esta editorial por la calidad de sus publicaciones, tanto en el orden literario como en el rigor profesional de la edición y diseños de cubierta. Invito a los lectores a comprobar por sí mismos esta aseveración: elogio noinfundado, sino justo reconocimiento a un equipo sabiamente conducido por el poeta y editor Alfredo Zaldívar.

  La noche de Judas es un libro con una fuerte carga de alegorías, donde los detalles y las referencias cobran un valor inusitado. La dureza, lo excepcional, lo habitual, lo erótico y lo paradójico de la existencia es revelado a través de un entramado de imágenes que roza constantemente la poesía. Los trece cuentos que lo integran tienen en común un lenguaje cincelado, a la manera de un orfebre que aspira a deslumbrar no por la opulencia de su joya sino por la exactitud de su factura.

  El cuento que da título al libro revela la intención del autor de ofrecer, como en un caleidoscopio, motivos humanos. No quiere decirlo todo pero aspira a una parte, a un mínimo fragmento de ese todo inalcanzable que es la vida, con sus fracturas, delirios, opacidades, traiciones, actos racionales e irracionales. Un hombre fantasea con otra mujer mientras cuida a una niña que es no su hija y la esposa sale a resolver asuntos que no explica. Cuando acuesta a la niña después que ha tomadola leche, él se va también a la cama con Ángela, la mujer que lo estremece de gozo con solo imaginarla y de la cual oculta cartas en un libro de oratoria soviética; ya está a punto de masturbarse cuando de pronto regresa la esposa, entonces le hace a ésta lo que estaba por hacerle a la otra en un sueño tan húmedo como su miembro enardecido por la fantasía y la deslealtad. La ambigüedad destilada en el texto exige del lector una mirada atenta.

  Le sigue un brevísimo cuento titulado «Autorretrato en tono gris», que juega con la figura del pintor expresionista alemán Max H. Pechstein, con el diagnóstico de muerte, por cáncer, de un hombre que no llegará a los cuarenta y, con todo lo que le queda por hacer y verá truncado de pronto porque enfrentar la verdad es abrir una puerta al final delpasillo. A su lado llegará una mujer que le devuelve las ganas de vivir en el momento donde el futuro es una semana, un mes, un año. Una foto del pintor en la pared y el humo de su pipa le recuerdan el polvo devastador, la posibilidad de vivir o de morir, como cara o cruz de una moneda lanzada al aire.

  «Las flores tardías» es un cuento desgarrador, de una belleza que deja sin resuello. Como Baudelaire (cuyo poema «El albatros» sirve de pretexto), el personaje es un ser dividido entre lo ideal y la realidad que lo aplasta. Mientras bebe, la lluvia repiquetea en el techo de zinc agujerado de la casa que sele viene encima, el recuerdo de su mujer y su hijo lo martirizan. Se agobia entre la poesía y la impotencia de no saber hacer nada y el maldito carpintero que no llega para reparar lo irreparable. El diálogo imaginario con el poeta de Las flores del mal hace de este cuento uno de los textos más angustiosos del libro y, a mi juicio, despliega todo un arsenal de imágenes hasta elevarlo a un cielo de significaciones sorprendentes.

  «Los lados del espejo» es otro de lo textos breves que impacta por su fuerza dramática. Un hombre habla consigo mismo frente al espejo. La idea podría parecer repetida en la literatura, sin embargo, Carlos lo resuelve con un toque de extrañeza que no dejará imperturbable al lector.

  A continuación viene «El amante de María». El título del cuento, como es obvio, proviene del film homónimo—en realidad la película se nombra Los amantes de María— y posee un aire de juego, de divertimento. Para armar la historia, en la que interactúan un personaje real y uno ficticio, el autor toma como referente a la afamada y sensual actriz norteamericana, nacida en Alemania, Nastassja Kinsky y su personaje en el citado film. El lector deberá estar atento, pues lo que llamé «juego» puede llevarlo por falsos caminos. El lenguaje, como siempre, es poético: Nastassja Kinsky está sentada al borde de la noche…, fluido, con imágenes que seducen y avivan el sentimiento erótico hacia la despampanante rubia, cautivadora de los cinéfilos, ora por sus desnudos, ora por la calidad de sus interpretaciones.

   Los otros cuentos se adentran en las complejas y conflictivas relaciones de pareja. «Que viene del mar» es un relato excelente, aunque el adjetivo resulte meloso y, para colmo, trillado. Pero no encuentro otro para calificar una historia tan bien contada que al final nos deja la sensación de haberla vivido también alguna vez. Una historia sin estridencias ni arrebatos técnicos, en apariencia simple, mas de un dramatismo desasosegado.En esa misma cuerda se mueven«Tercera dimensión», un relato de aliento filosófico, con una sorprendente economía de medios, de un lirismo contenido, intertextual (El tiempo es un niño que juega a los dados, un préstamo de Heráclito que ya Azorín había utilizado en su célebre cuento «Diez minutos de parada»), con un lenguaje que deleita por su limpieza y precisión.

  La última sección del libro titulada «La sagrada familia» reúne cuatro cuentos que abordan el tema de la familia, sus desgarraduras y trances en circunstancias disímiles. Son cuentos que generan una suerte de nostalgia perturbadora, incisiva, aunque esto parezca un oxímoron. Leyéndolos me vino a la mente un verso de Charles Bukoswki: la historia de la melancolía/ nos incluye a todos.

  Todos los cuentos reunidos en el libro revelan a un observador agudo y sensible, dueño de una prosa ágil y decantada que no renuncia al simbolismo, a la imagen, al ritmo, a la revelación poética, como tampoco a la expresión desenfadada (no pocas veces de un erotismo trepidante), como pilares de un discurso que escarba, bordea, se hunde y luego asciende en espiral. En su atinada nota de contracubierta el poeta y narrador Carlos Esquivel, afirma: «La noche de Judas es el itinerario de una escritura opresiva».

  Podría comentar los restantes cuentos (deseos no me faltan), pero debo dejar al lector su cuota de fascinación.

  Carlos L. Zamora ha publicado Estación de las sombras (poesía, Editorial Sanlope, 2001); Cada día la eternidad (poesía, Unión, 2011); El amor como un himno, exitosa antología de poemas dedicados a José Martí (Centro de Estudios Martianos, 2008); la novela En la mañana viva o tan cerca hemos dormido, premio Guillermo Vidal del 2011, entre otros.

Alberto Marrero

 

Que viene del mar

Carlos L. Zamora


No puedo vanagloriarme de mi olfato. He aspirado un mundo sin más distinción que el buen y el mal olor. No aprendí, como mi madre, a localizar el jazmín de noche en medio del campo ni a determinar el punto del asado, como mi padre, sin destapar el horno. Pero no lo asumí como una fatalidad. Dejé a los otros sentidos hacer su parte. Y me he conformado.

Carmen no lo sabe. Se deja poseer por el perfume que su marido acaba de obsequiarle. Un regalo para que vaya acostumbrándose a su nuevo estatus. Lo compró en Nueva York, en una boutique de lujo. Él no le contará que para elegirlo le convenció el aroma de una chica de largo cuello. Una chica snob como las miles de chicas snob, puertorriqueñas como él, que viven en la Gran Manzana. Le confiará, sin embargo, que una gitana le ha advertido sobre el poder de seducción del perfume. Por eso le ha comprado otro regalo.

–– ¿No quieres que te seduzca?

–– Ya me has seducido. No quiero que seduzcas a nadie más. Es una pulsera, la llaman venturina y la gitana dice que mientras la lleves espantarás a los hombres.

–– ¿Y no te espantaré a ti?

No sabía de Carmen. Habíamos coincidido en aquel Coloquio sobre Terapias de Lectura y acaso nos habíamos cruzado en algún momento sin saberlo.

Miraba con apatía la pantalla, improvisada para una presentación. Las cifras saltaban como conejos entre la hierba e imaginaba con ansiedad que llegaría el cazador y se acabaría todo. Los aplausos eran los disparos salvadores. Quizás al reclinarme en la butaca, entre las palmas y el espaldar, sentí el perfume. No pude determinar su procedencia entre la fila de cabezas femeninas que me rodeaban, pero desde el primer instante confié en que provenía de una mujer. Quizás  de una de las encopetadas viejas de la esquina o de alguna de las extranjeras del otro lado de la sala.

Recordé el olor a violetas de mi infancia como único recurso. En casa, mi mujer escurría cada mañana una mínima porción de perfume, que había recibido de regalo mil años atrás, y que poseía con carácter exclusivo, sin ninguna resistencia. Ciertamente, no me tentaba,  podía prescindir de él como de tantas cosas.

Para ser justo, nuestras miradas se cruzaron sin pretensión y se detuvieron allí, como extrañadas de la coincidencia. A  los dos nos nació una sonrisa y el deseo de espiarnos, y supongo que algo de rubor. El cóctel era insípido, acaso los cubitos de hielo eran su única virtud y su posesión constituía el escaso pretexto para permanecer en aquel exiguo salón, lleno de fumadores.

Escuchaba los acuses de supervivencia que se intercambiaban los amigos al saludarse. En algún momento, incluso, alguien me palmeaba la espalda, me preguntaba sobre la familia o el trabajo y adivinaba pronto mi deseo de rumiar a solas el aburrimiento. Ella era, en fin, la única salida. Pero me intimidaba el abordaje porque me sentía tan desprovisto de palabras como de energías.

Nos sorprendimos otra vez mirándonos, pero ella volvía a su conversación sin contratiempos y a mí ya me costaba sostener el vaso semivacío. Comprendí que estaba necesitando su compañía y que no tenía a mano ningún pretexto original para alcanzarla.

No puedo recordar quién nos reunió en un momento. Sé que un conocido común le hizo un guiño desde mi estrechón de manos y me arrastró hacia ella con el propósito  de hablar con los dos simultáneamente. Un instante después se marchó detrás de alguien que llevaba una bandeja de bocadillos.

Nos quedamos solos sin siquiera habernos presentado y así pude descubrir que era ella quien llevaba aquel perfume. Nos contamos cuestiones esenciales y sobrevolamos el tema del estado civil y la familia en la primera sentada.

Vivía en una ciudad sin costas y cada vez que venía a La Habana, me dijo, respiraba todo el mar que podía. Escaparía en todas las oportunidades que se presentasen para hacerse de un poco de mar en los pulmones y en el corazón.

Le comenté del perfume y creí adivinar cierta satisfacción en sus ojos. Olvidé el nombre, embriagado por el movimiento de sus labios.

Los organizadores del Coloquio dispusieron un ómnibus para los participantes y resultó que estábamos en el mismo hotel. En el trayecto sentí que su perfume se iba posesionando de mi piel y, cuando nos despedimos,  no pude evitar la tentación infantil de retenerlo en mis brazos.

Ambos compartíamos las habitaciones con otros colegas y en lo más íntimo lo lamenté. Quise soñar que a ella le pasaba lo mismo y en cambio tuve una pesadilla: dejaba solo a mi hijo en una isla desierta y no lo veía sino veinte años después. Me desperté con una ansiedad molesta.

Desayuné solo, viéndola compartir la mesa con otras mujeres. Indiscreto, busqué sus ojos  y al final me concedió un saludo tan leve que me decepcionó. La observé mientras me ignoraba. Una larga y hermosa pierna dejaba descubierta a ratos su falda de motivos florales. El pelo caía, en abandono estudiado, sobre los hombros y el cuello. La boca movía, húmeda y ágil, los temas de conversación de un lado a otro de la mesa. Estaba alelado cuando pasó junto a mí y me alertó sobre la hora. La seguí sin terminar mi café y sin esperar el vuelto.

Me está matando tu perfume, le dije sin preámbulos, mientras un bibliotecario sueco disertaba sobre las bibliotecas móviles. Ella por primera vez miró mi boca y sentí que salivaba mares. Tendré que quitármelo, me respondió, no quiero ser una asesina. Soy una víctima sin remedio ya, le confesé. Y ella, negando con la cabeza con una sonrisa benévola, posó su mano sobre mi brazo, que hirvió en ese instante de roce, y sólo dijo: se te pasará.

Olvidé llamar a mi casa por segundo día. Imaginé que ella quería disuadirme sin ofenderme porque se las arregló para estar acompañada. Cuando no me quedó alternativa y me integré a una de sus tertulias, hizo reiteradas alusiones a su marido y a su vida doméstica, como para marcar el espacio infranqueable, y yo encontré la manera de hablar de mi familia. La sentí relajada.

En un momento, ya solos, le pregunté sobre la pulsera de colores y me dijo que era un regalo de su marido. En menos de un año se iría a Puerto Rico a reunirse con él. Enviudó de su primer esposo, del cual tenía una hija. Nadie sabía de su viaje, así que era una confidencia muy especial.

Me conformo con estar a tu lado estos tres días que quedan, le propuse de pronto sin sorprenderla. ¿Prometes que no intentarás nada?, me preguntó mirándome a los ojos y casi la beso al responderle. Está bien, me dijo tomándome de la mano como una niña, pero hoy iremos a ver el mar.

La acompañé en la comida. Sus dos compañeras de habitación eran de la misma ciudad. Lucían bastante mayores y parecían conocer bien a su familia. Les hablé de mi hijo; incluso conté el sueño del naufragio. Carmen puso su mano sobre la mía y me confesó que no creía en otra predicción que la de cada amanecer. Yo recordé, desorientado,  las palabras del notario que me casó.

La esperé en la recepción para nuestro paseo. Bajó más hermosa que todos los días anteriores y debió darse cuenta de  su impacto porque me palmeó en el hombro para sacarme del éxtasis. Estás muy linda, atiné a decir, y me tomó de la mano. En la calle el pulso siguió acelerándose y ella, como advertida, me soltó discretamente y me contó las ventajas de la ubicación del hotel, que permitía llegar hasta el mar sin tomar ningún vehículo.

En la esquina me compró una cerveza y me sentí un poco incómodo. No me daba jamás ese lujo porque reservaba todo el dinero para la comida de la casa. Eran tiempos demasiado difíciles para beber siquiera una cerveza. Se percató de mi desazón y quiso remediarlo contándome, lo más natural posible, sobre la solvencia que le permitía estar casada con un extranjero. Le conté que había escrito un poema sobre la resaca, sobre lo que deja el mar tras su paso grandioso, y se enfureció. ¿Cómo puedes escribir de sus desechos y no de su belleza? ¿No eres feliz? No pude responderle. Nos quedamos los dos en silencio, escuchando el batir de las olas.

Sobre el muro del malecón, muy cerca de nosotros, una pareja se besaba. A los dos debió resultarnos turbador porque cambiamos bruscamente la mirada. La noche era hermosa. A veces pienso que es el mar quien tiene ese perfume y sufro un poco pensando que cuando regrese me voy a frustrar tratando de encontrarlo, le dije. ¿Te gusta tanto?, preguntó. Nunca me había detenido a escuchar un perfume, le confié sabiendo la sinestesia. ¿Te gustaría igual si lo llevara, por ejemplo, mi compañera de habitación? Sonreímos. Hay una discretísima diferencia, bromeé.

Repetí que era una noche maravillosa para no decirle que era ella. ¿Rompemos mucho el pacto si fuéramos unos amantes sin sexo? Escuchó sin inmutarse: comienzas a hacer trampas, dijo. Yo aguardé. Hace más de seis meses que no veo a mi esposo, me confió entonces en voz baja. Relacioné los diálogos y me sentí oportunista. Callé otra vez, podría  parecer bajo. ¿Crees en la fidelidad?, me preguntó. Creo en el amor, le dije mirando a los amantes que se besaban sobre el muro.

Se hizo un poco más tarde entre estrellas que caían y gente que pasaba. La brisa se infiltró entre las telas y nos hizo acercarnos. Fue ella quien lo provocó porque en un momento trató de guarecerse sobre mi pecho y yo le abracé con ternura. Creo que no pudo resistirlo. Me dejó besarla con toda la dulzura de la que soy capaz cuando pongo mi corazón en juego y ella lo entendió. ¿Los besos están incluidos en tu propuesta de romance asexual?, dijo al separarse de mi abrazo, casi sin aliento. Tu lengua es dulce, le aseguré muy excitado.

Quiso regresar a pesar de mis ruegos. No quería llamar la atención excesivamente. Por el camino me tomó de la  mano y ya no me soltó hasta la puerta del hotel. Se detuvo dos o tres veces para besarme y yo hice otro tanto. Nuestros deseos habían incendiado cada poro del cuerpo y el roce producía una suerte de vértigo embriagador. Era ya imposible soportarlo cuando llegamos.

No más entrar, mis dos compañeros de habitación me asaltaron entre bromas y censuras. Me había llevado la llave conmigo y por si acaso no habían querido reclamar la copia de carpeta. Carmen, entre tanto, se escabulló discretamente a su habitación tras una despedida formal  y rabié en lo más hondo de mí. No dormí esa noche, poseyéndola desde todos los sueños.

No me importaba el Coloquio. Era su boca, su lengua. Era la tibieza húmeda de su mano. Era el perfume. Me senté a su lado en cada sesión, en cada comida, en cada receso.

He hablado con mi esposo, me dijo mientras bajábamos en el ascensor y sentí algo parecido a los celos. Una persona entró en el quinto piso y aproveché para no mirarla, para odiarla la porción justa. El hombre salió en el tercero. Entonces se lanzó sobre mí y me ofreció su lengua. Con lujuria. Paladeé su saliva hasta el primer piso.

Caminamos por la ciudad como dos novios. Pasaban la gente, las calles, las nubes. Pasaba el tiempo. Nos besábamos frente a las vidrieras, frente a las iglesias; en las aceras rotas, en los estanquillos. Los constructores nos gritaban obscenidades desde los camiones. Lloviznaba, escampaba. Bebimos cafés y refrescos. Tomamos ómnibus y jugamos a frotarnos como desconocidos entre el tumulto.

¿La amas a ella? ¿Y tú amas a tu esposo? ¿Qué estamos haciendo? Tratando de cumplir el pacto. Nunca me he humedecido con nadie, como ha pasado contigo, ni en mi matrimonio anterior ni  en este. Dime qué estás sintiendo tú. Quiero romper todos los pactos y lamerte toda. ¿Sólo sientes deseo? Muchos deseos. ¿Pero sólo deseos? Deseos dulces también, que no son como los otros. De esos estoy sintiendo más ahora; ¿quieres escuchar mi perfume? Quiero bebérmelo.

El tercer día llamé a casa por primera vez. Ella se notaba preocupada, nunca me había tardado tanto en telefonear. Carmen se levantó airada del asiento y el negro de camisa estampada, que estaba cerca, se apartó sorprendido hasta un rincón. Le pregunté con la sospecha de alguna propuesta deshonesta. No, es que algunos se confunden. Sólo necesitas vestirte bien y un buen perfume para que te crean una puta. Nos vamos al mar.

Estuve mucho tiempo sola, me contó. Creí que era el amor porque nadie había sido tan cariñoso. También estaba muy desamparada. Me ayudó con la niña; ella le quiere como si fuera su padre. Pero no sentí esto que siento. Te parecerá una locura o algo muy precipitado pero he tenido suficientes relaciones para distinguir una cosa de otra. Quiero ser tuya, me dijo; sin excitación, convencida. No ahora, no esta noche, te lo digo porque estoy muy segura y porque quiero que lo sepas para siempre. Quisiera ser tuya para toda la vida. Y se puso a llorar desconsoladamente sobre mi hombro mientras pasaba la gente y el mar tomaba un raro color gris.

La última noche celebraron una fiesta. Nos escapamos antes de la sesión de clausura para despedirnos del mar y para marcar los sitios que dejaríamos en la memoria. Aunque contábamos con nuevos amigos entre los colegas, decidimos que era nuestra noche. No quise interrogarla pero me percaté que había tenido diferencias con sus compañeras de cuarto, lo cual se hizo evidente en su relación hacia nosotros. Ella pareció pasarlas por alto en honor a nuestra última cita. Además de las bebidas ofrecidas por los anfitriones, hicimos varias colectas para comprar más, cuando aquellas se agotaron. Bailamos casi todas las piezas y nuestros cuerpos, mojados por el sudor, brillaban bajo la luz multiforme del local.

Queríamos alargar hasta el infinito aquel encuentro y entre el roce del baile y las caricias cada vez menos furtivas, volvimos a excitarnos. Con algún pretexto que no recuerdo, salimos de allí. Tomamos el ascensor sin compañía y nos lanzamos el uno contra el otro con fiereza. Nos estrujamos por encima de las ropas mientras lidiaban nuestras lenguas. Salíamos del ascensor cuando alguien lo abordaba y continuábamos entre los pasillos y las escaleras del hotel. Nos sentíamos a punto de derramarnos cuando algún intruso nos interrumpía. No teníamos opción en nuestras habitaciones porque ya dormían algunos de sus ocupantes. Desesperados, encontramos un cuarto pequeño de utensilios de limpieza y allí volvimos a la carga. Quería verla toda desnuda pero era imposible, así que debí conformarme con mirarla por partes. Mordí y lamí sus senos. Jugué con mi lengua en su ombligo. Hasta que caí arrodillado ante su triángulo.

Yo, que no distinguí nunca los aromas de las flores silvestres, que acostumbré mi pobre olfato a los olores del puerto y de los morrales salobres de los pescadores, aspiré en su pubis esa fragancia vegetal y marina, ese olor de algas mortecinas del atardecer, y lo bebí golosamente, hasta que ella estalló en una especie de canto de delfines. Luego quiso reciprocar y se abrazó a mis piernas, temblorosa, con sus labios ansiosos sorbiéndome los primeros jugos...

Escuchamos pasos. La levanté a tiempo antes de  que nos descubrieran y fingimos buscar unas frazadas para la habitación. No preguntaron pero seguramente no pudieron creer. ¿Sentiste mi placer? ¿Comprobaste lo que logró tu lengua? Sólo tú puedes lograr eso conmigo. Te lo juro. Yo sentí sus sollozos de satisfacción mientras se aferraba a mi espalda y sentí deslizarse, muslo abajo, toda mi lava tibia. Le mostré sonriente la mancha larga sobre el pantalón y ella, un poco pícara, metió la mano bajo el cinto…

Antes de irme en la mañana me abrazó conteniendo las lágrimas y me pidió que pensara en todo lo sucedido. Que una palabra mía decidiría. Que ella estaba en mis manos, si eso significaba burlar todos los pactos. Me dejó en una bolsa de nylon el estuche de aquel perfume y con letra cuidada su dirección y teléfonos. Prometía esperar mis noticias.

Hice un largo viaje de regreso, en un tren diabólico que se rompió tantas veces que no puedo precisarlas. Llevé el estuche conmigo, como un amuleto para enfrentar los terribles hedores del retorno. Le conté de mi travesía como de un naufragio sin ella. Luego mi hijo debió hospitalizarse por una hepatitis y estuve semanas sin noticias. Cuando le escribí, ya casi se iba. Le deseé la mejor de las suertes.

En las tardes, me voy hasta el muelle, donde las algas se abrazan a los grandes maderos. Sólo un perfume recuerdo entre todos los que nacen del mar.

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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