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Entrevista al escritor Enrique Núñez Rodríguez, a propósito de cumplirse 91 años de su natalicio

Luis Baez*, 14 de mayo de 2014

La Habana, (PL) Por varios siglos el humorismo nacional cubano ha prodigado hombres y mujeres que mas allá de sus profesiones y roles, se han dado a manos llenas y alcanzaron la condición de artistas.

Con el paso del tiempo, muchos obtuvieron gran dominio del oficio, técnicas, códigos, temas, motivos, personajes; popularidad y fama pero sus impactos resultaron efímeros y no trascendieron.

Otros se inscribieron para siempre en la memoria colectiva del pueblo, cuando al talento natural sumaron la autenticidad, la ética y un palpitar perpetuo con lo más raigal de la nacionalidad cubana; redimensionaron valores, cualidades y percepciones en su accionar y resignificaron en sus creaciones.

Entre estos seres privilegiados que parecen poseer el don de convertir en éxito todo lo concebido o interpretado, hoy recordamos a Enrique Núñez Rodríguez.

Estudió Derecho en la Universidad de La Habana, profesión que abandonó para dedicarse a escribir. Sus primeros guiones fueron trasmitidos por la COCO y luego por CMQ, donde alcanzó gran popularidad con la serie de aventuras Leonardo Moncada.

Pero su popularidad en el terreno del humorismo le sobrevino con el programa Casos y cosas de casa, que durante muchos años atrapó la atención de los televidentes cubanos. También es autor de varios programas de verdadero arraigo popular.

Es un autor extraordinariamente popular. Escritor de éxito. De muchos éxitos, fino sentido del humor. Profesa un sincero interés por el ser humano. Siempre tiene a mano el comentario simpático, la frase oportuna, la observación sagaz. Su rostro da una luz de bonachón que despierta admiración y simpatías.

Hacía mucho tiempo que deseaba entrevistar a Enrique Núñez Rodríguez. Desde hace más de 30 años tengo una deuda moral con él. Nunca he olvidado la nota elogiosa que sobre mi persona escribió en su sección de la revista Carteles en los momentos en que yo comenzaba a abrirme paso en el periodismo. Lo hizo sin conocerme, sin pedírselo.

Esa ha sido su conducta toda la vida: ayudar a los demás, tenderle la mano al que empieza. Hoy, a sus 68 años de edad, puede sentirse feliz. No tiene deuda alguna con la vida. La vida sí tiene cuentas pendientes con este hombre que tanto ha hecho reír a sus compatriotas.

En esta conversación, entre amigos, me confesó que no guarda absolutamente nada de sus escritos. No tiene archivos.

Es muy malo para las fechas. Se autocalifica de escritor coyuntural, de momento, de actualidad. No considera que su obra tenga un valor literario como para conservarla.

Es del criterio de que la radio y la televisión, medios en que ha trabajado, no dejan historia, pues ahí se pierde todo, lo contrario al periodismo.

Hombre lleno de bondad, nada egoísta, ha dado más de lo que ha recibido.

Enrique Núñez Rodríguez será recordado no solo como el hombre de estatura pequeña con corazón de gigante, sino también como uno de los grandes escritores cubanos de radio, televisión y teatro. Aunque él piense lo contrario.

Hábleme de su infancia.

Me trajeron al mundo el 13 de mayo de 1923, en Quemado de Güines provincia de Villa Clara. Heredé de mi padre, telegrafista, la sensibilidad artística, el humor, la sencillez. Tuve que desempeñar labores y oficios muy humildes. Con diez años fui colaborador periodístico y vendedor de periódicos. No solo los vendía, sino que también me sentaba en las aceras a leerlos. Así conocí la existencia de numerosos periodistas. En 1936, ya pertenecía a una revista literaria de izquierda y más tarde colaboré en publicaciones nacionales como Carteles y Bohemia. Quizás esto haya estimulado mi vocación de escritor. También fui obrero azucarero.

¿Desde cuándo tiene la vocación de escritor?

Empecé a escribir muy joven. Mandaba colaboraciones a los periódicos de La Habana, desde mi pueblo de Quemado de Güines.

Siempre escribí en los murales del colegio, después en el Instituto de Sagua la Grande en un periodiquito llamado Mensaje. La vocación de escritor nació conmigo.

¿Había en la familia esa tradición?

Ya hombre me puse a investigar. Descubrí que mi padre, telegrafista, había sido en Matanzas colaborador de un periódico donde escribían el poeta Agustín Acosta y Waldo Medina, quien también era telegrafista.

Alrededor de 1915 papá vivió en San Antonio de los Baños, donde fue jefe de la estación de ferrocarril. Allí conoció a Abela y a Alfonso, ambos caricaturistas. Es en esa época, precisamente, cuando se gestó el movimiento de dibujantes de dicha localidad. Papá se integró a ese grupo, colaboraba en un periodiquito que se llamaba El Zorro Viejo y en otras publicaciones. Estaba metido en ese mundo.

Él me contaba que uno de sus orgullos era haberle hecho una entrevista a la Chelito
vedette muy famosa del teatro musical en Matanzas. La he buscado en los archivos, pero no la he encontrado.

Además, era agente del periódico El Mundo y de la revista Bohemia. No solo vendía los periódicos, además los leía. Parece que el viejo tenía el bichito dentro.

¿Llegó a terminar alguna carrera?

En 1960 me gradué de abogado aunque nunca he ejercido. Estudié la carrera para complacer a mamá, quién insistía en que tener un titulo siempre es bueno. Había pasado los 40 años cuando terminé en la Universidad de La Habana.

Siempre le he guardado un gran cariño a un tío tabaquero que me ayudó cuando viajé a la capital en busca de nuevos horizontes. Durante algún tiempo viví en la casa de este sencillo trabajador.

¿Pasó necesidades en su juventud?

No puedo decir que pasé hambre en el pasado capitalista. No sentí, en mis propias carnes, la explotación. Es más, ni siquiera me fue difícil abrirme paso en el terreno profesional, donde llegué a ganar un sueldo casi astronómico.

¿A qué edad comenzó a escribir en la radio?

A los 25 años.

¿Su primer programa?

Empecé haciendo un programita humorístico en la COCO, de Guido García Inclán que se llamaba ¡Cuba en Llamas!, un suplemento del Periódico del Aire.

¿Le resultó difícil abrirse campo?

A mí no me resultó difícil. Estaba en déficit el humorismo de radio y televisión, aunque había hombres como Cástor Vipo, que era un magnifico autor humorístico, quizás el mejor de Cuba en aquella época. Y sin quizás también.

Al igual que Eladio Secades, un extraordinario costumbrista, pero que no se atrevía a hacer radio ni televisión. Esa labor diaria era incapaz de afrontarla. En una ocasión me preguntó cómo yo lo hacía, y casi con las lágrimas en los ojos me dijo que él no podía hacer eso. No podía escribir diariamente un libreto.

Una tarde me mandó a buscar José Manuel Roseñada, que era director del semanario humorístico Zig Zag. Cástor Vispo se había enfermado. Me pidió que le hiciera una parodia para el periódico de esa semana. Me dio tres días para que se la llevara. Me fui a la bodega de la esquina y pedí papel y lápiz. Se la escribí.

A los pocos minutos de hacer el pedido, Roseñada tenía en sus manos la parodia. La leyó. Le gustó. Esa misma tarde me contrató. Fue un momento de gran felicidad, pues Zig Zag era la meca de cualquier humorista.

¿Cuántos programas escribía diariamente?

Hubo una época en que tenía tres programas diarios de radio: Cascabeles Candado, Leonardo Moncada y Chicharito y Sopeira. Eso significaba escribir de 40 a 45 cuartillas en el día.

Si me preguntaras cómo podía hacerlo, te podría responder cómo lo hacía, pero era algo casi imposible. Tenía que dedicarme todas las horas del día y de la noche a pensar en los programas. Era un esclavo de la máquina de escribir.

Los juegos de béisbol terminaban a las 11 ó 12 de la noche. El libreto de Chicharito y Sopeira tenía que estar listo a las 10 de la mañana para que lo ensayaran Garrido y Piñeiro. Me acostaba tarde y me levantaba temprano.

Físicamente, sentía náuseas a la hora de escribir, pero como en el capitalismo la economía es esencial hacía ese sacrificio, ya que me pagaban bien.

¿En qué momento surgió Leonardo Moncada?

Salió al aire en 1948. No es una creación mía, lo escribía Leovilgido Díaz de la Nuez. Tuvo problemas en la empresa y se fue a trabajar a otro lugar. Me llamaron para que lo hiciera.

Hablé con Leovilgido, que era el creador del personaje. Me informó que no iba a hacerlo más. Empecé a escribirlo.

¿Se escuchaba mucho?

Fue un programa que llegó a agarrar tremendamente al pueblo. Las familias campesinas iban a caballo leguas y leguas hasta donde hubiera un “radiecito” para oírlo.

Ese programa lo hacíamos con mucho cariño un grupo de gente: Eduardo Egea, Ramón Veloz, ambos fallecidos, Antonio Hernández y otros. Estuvo en el aire entre 14 y 15 años.

¿Cómo llegó a escribir Chicharito y Sopeira?

Le había mandado a Antonio Castell, el autor del programa, algunas colaboraciones por conducto de un hijo de él que trabajaba en la misma compañía de seguros que yo.

Cuando enfermó, Castell propuso a los patrocinadores que me utilizaran a mí durante su ausencia. Fatalmente tenía cáncer, y murió. Me quedé escribiendo los libretos de Garrido y Piñeiro.

¿Qué tal eran Garrido y Piñeiro?

Dos seres muy distintos. Garrido, populachero, simpático, lo que se llama un jodedor cubano. Piñeiro, también un hombre muy simpático, como actor quizás mejor que Garrido, pero mucho más reservado, discreto. Gran negociante al margen de su labor como artista.

En el orden personal los recuerdo con cariño. Empecé con ellos cuando era muy joven. Ya eran dos grandes cómicos; sin embargo, llegamos a tener una gran amistad. Lamenté mucho que se fueran de Cuba. Lamenté más sus muertes.

¿Los patrocinadores le decían qué escribir?

En algunos casos, sobre todo cuando se trataba de temas que la empresa tenía interés en que no se tocaran. Pero en mi trabajo contaba con relativa libertad.

En ocasiones elevé a Crusellas proyectos para el programa Leonardo Moncada, que se desarrollaban en bateyes de ingenio y en los que se marcaban las diferencias de clase entre los cubanos y los norteamericanos.

Me dijeron que no lo hiciera porque eso no les iba a interesar a las lavanderas que compraban el jabón Candado, que era el patrocinador del programa. La última palabra la tenían siempre los anunciantes.

¿Qué sueldo devengaba al triunfar la Revolución?

Dos mil 500 pesos mensuales como autor exclusivo de Crusellas y Compañía; pero podía vender libretos al extranjero. Por ejemplo, Leonardo Moncada se trasmitía en Puerto Rico, Venezuela, Panamá, El Salvador y otros.

¿Le hicieron ofertas para que se fuera de Cuba?

En los primeros años del triunfo de la Revolución me llamaron de la Pepsícola de Venezuela. Me ofrecieron que escribiera programas humorísticos para la televisión y otro, diario para la radio.

¿Cuánto le ofrecieron?


Cinco mil dólares mensuales También me reponían la casa que tenía en Cuba.

¿Les respondió?

Les dije que consideraba muy alentador el ofrecimiento, pero que no me iba de mi país.

La mayoría de sus amigos escritores se fueron…


Ese es un problema de ellos.

¿Por qué se quedó?

Lo primero que debo decirte es que, en mi caso, no constituye ningún mérito haberme quedado en Cuba. Yo no sé vivir en ninguna otra parte. Cuando el capitalismo, viajaba todos los años a ver comedias musicales en Brodway y los juegos de béisbol de las Grandes Ligas.

A veces tenía el propósito de quedarme un mes o más en New York. A los 15 días ya estaba loco por regresar. Me despertaba en el hotel, miraba hacia el techo y me preguntaba: ¿yo qué hago aquí? Ese mismo día iba a la compañía de aviación a adelantar la fecha de regreso.

Eso me ha pasado después en la Unión Soviética, Alemania o México. Donde únicamente me sentí como en mi propia casa fue en Nicaragua. Pero, de todos modos, tenía deseos de regresar.

¿Se debió a razones ideológicas?

El hecho de haberme quedado en Cuba no respondió a razón alguna de tipo ideológico. Claro que, ideológicamente, no he tenido tampoco motivos para abandonar mi país.

¿Su cubanía juega un papel importante en esa decisión?

Nunca he podido vivir en ningún otro país. Incluso, desde el punto de vista profesional soy un autor eminentemente nacional, cubano.

Todo mi humorismo está basado en un costumbrismo que mamé desde la cuna hasta los 68 años que tengo en la actualidad. Si hubiera pensado irme en algún momento, habría valorado esta realidad, y quizás en otro lado no hubiera triunfado. Además, siempre he estado muy convencido de los principios de la Revolución.

¿Tuvo el valor de quedarse?

Creo que en casos como el mío se necesitaba más valor para quedarse. Lo fácil hubiera sido irse a los Estados Unidos o a Venezuela a ganar grandes salarios como escritor de radio y televisión.

Quedarse y afrontar las dudas de quienes pensaban que uno tenía necesariamente que defender los intereses de la burguesía, soportar todo tipo de prejuicios, saber que lo que escribía tenía puesta la mirada de gentes que me consideraban sospechoso, al ver elevarse en jerarquía y autoridad en el sector a personas incapacitadas o dogmáticas, para eso sí se requería valor.

¿Un momento amargo?

Cuando Playa Girón fueron a detenerme. Resulta que tenía un vecino que había conspirado contra Batista y al que había acercado al Movimiento 26 de Julio por sus condiciones de ex militar del ejército constitucional, con relaciones en Columbia.

Lo hice mediante mi amigo el doctor Rodríguez Maribona, odontólogo, activista de la clandestinidad, al triunfo de la Revolución aquel hombre, ya viejo, vistió el uniforme de las milicias, para mí eso fue una satisfacción. Pero el viejo se olió que íbamos el socialismo, y esta vez, sin decirme nada, se puso a conspirar.

La noche de Girón miembros del Departamento de Seguridad del Estado lo fueron a buscar. Ya él había huido. Su esposa, quizás ignorante de la verdad, dijo muy asustada que su marido era revolucionario y quien podía dar referencia sobre él era yo, su vecino.

Como había pruebas suficientes de que él estaba conspirando
un hijo suyo vino en la invasión, los operativos del caso me fueron a buscar a mi casa, en horas de la madrugada, y decidieron tirarme para la Ciudad Deportiva.

¿Y qué hizo?

No podía hacer nada. Lo único que se me ocurrió fue llamar al poeta Manuel Navarro Luna al hotel Colina. Le informé que me llevaban preso por contrarrevolucionario. Su respuesta aún resonaba en mis oídos: "¿A ti, por contrarrevolucionario? ¡Ay, no jodas!". Me comunicó que salía inmediatamente para mi casa.

¿Cómo terminó la situación?

La casualidad quiso que pasara por allí, a aquella hora, una oficial del Ministerio del Interior. Al ver lo que pasaba, se enfrentó a mis captores diciéndoles que ella me había investigado y estaba segura de que yo no era "gusano".

Decidieron llamar a algún lugar, no sé cuál, a consultar el caso. Poco después regresó el que fungía de jefe del grupo. Me pidió disculpas por la molestia. Me dijo por último: "Puede irse a dormir tranquilo".

¿Durmió tranquilo?

Aquella noche me desvelé.

¿Después de 1959 pudo seguir viajando?

No. Estuve más de 20 años sin salir al exterior. Nunca me lo he explicado ni me lo han explicado. No soy una persona que esté detrás de los viajes. En el ICRT había una política de mandar a viajar a los funcionarios administrativos.

Para ir a hablar de radio y televisión designaban al chofer de la piquera, porque era el que más caña había cortado en la zafra. Nunca el ICRT me envió a ningún sitio.

Situación muy desagradable.

Durante mucho tiempo pensé que no había confianza en mí. Había desconfianza, quizás pensaran que me quedaría en el exterior o pudiera hacer declaraciones hostiles a la Revolución.

Eso no era un problema de la Revolución.

Siempre estuve muy claro en ese punto. Estaba convencido de que no era un problema de la Revolución, sino de ciertos hombres que estaban dentro de la Revolución.

Nunca he creído en esos que se abroquelan en la palabra Revolución para justificar sus actitudes políticas o administrativas. La Revolución es más grande que todo eso.

Si llego a pensar que la Revolución desconfiaba de mí, hubiera sido una cosa terrible en mi vida. Era cuestión de hombres que ocupaban posiciones clave. Ya nadie se acuerda de ellos a pesar del daño político y humano que hicieron.

¿En qué momento viajó?

Mi primer viaje fue a Bulgaria. Me envió la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) por iniciativa del compañero Elson Concepción.

La vida no le ha sido fácil.

Tampoco difícil. A veces me ocurrían cosas que me indignaban. Hoy cuando las recuerdo me tengo que echar a reír.

¿Ejemplos?

Un buen día se me acercó el presidente del CDR de mi cuadra. Era el momento del éxodo masivo de los escritores de radio y televisión. Se quedó contemplando la casa. De buenas a primeras me preguntó: "Y tú, ¿cuándo te vas de Cuba para quedarnos con esta magnífica residencia?”. Mi respuesta debe haberla entendido. Le contesté: "¿Y cuándo te vas tú?".Y él se fue.

O el caso de una funcionaria del Consejo Nacional de Cultura que cuestionaba mucho mis libretos de teatro. Un día le pregunté si los cuestionados eran mis chistes o era yo. Me respondió categóricamente: "Tú. Eres tú. Yo no puedo creer que tú seas revolucionario, porque tienes un auto marca Buick".

¿Esos solos?

Hay muchos más. En una oportunidad me dieron la responsabilidad de escribir un programa en que participaba el payaso Choricito. En la trama, su padre, también payaso, había fallecido. Se me ocurrió un libreto en el que Choricito decía que él hubiera querido ser ingeniero para poder construir un puente muy alto, muy alto, y poder llegar donde estaba su papá para decirle que en Cuba todos los niños tenían la oportunidad de estudiar.

Me llamó el director de la televisión
de cuyo nombre no quiero acordarme y me dijo que quién me había dicho a mí que los que morían iban al cielo. Aquella conversación resultó chocante, irritante. Recuerdo que le respondí: cuando hablas de tu mama muerta, ¿miras hacia arriba o hacia abajo? Discutimos fuertemente. Me planteó que si no cambiaba el final, el libreto no salía al aire. Comprenderás que no cambié absolutamente nada. Y como él, a pesar de su incapacidad, era el poder, el libreto no salió.

¿Qué ha pasado con el humorismo en Cuba?

Ha tropezado con muchas dificultades. Una de las cosas peores que han sucedido en el humorismo fue cortar las raíces.

La desaparición del Martí, como teatro cubano cómico, constituyó un bache histórico. Se fueron muriendo las figuras que allí se hicieron populares, extraordinariamente populares, como Candita Quintana, Alicia Rico, Carlos Pous, Enrique Arredondo, y no hubo relevo.

Como Carlos Montezuma, entre los más jóvenes, por ejemplo, que arrancó desde allí, que seguía esa línea de humorismo, también muere muy temprano. Al no haber fogueo para los actores y actrices humorísticos, ese modo de hacer el humor fue desapareciendo.

Fue un grave error ese bache, ese desconocer, ese tildar de chabacano aquel género muy enraizado en la cultura nuestra. Cultura con todas sus letras. Es muy triste que todo eso haya desaparecido por decisiones de funcionarios administrativos. Hasta que resurge con Virulo, en el teatro Carlos Marx, con un nuevo tipo de humor.

El lógico fluir de la tradición humorística cubana se pierde en un momento determinado. No te voy a hablar de los obstáculos con que se ha tropezado, de criterios de funcionarios que veían un fantasma en el humor, ni la hipersensibilidad de la gente que era criticada en los programas humorísticos.

Hay mecanismos que son terribles.

Más que terribles, te diría que infernales. Hemos tropezado en la radio y televisión con funcionarios que no solo no entendían el humorismo, sino que tampoco sabían reír. Hemos tenido que luchar contra eso durante mucho tiempo.

Alguna gente se cansó. Otras tomaron el camino de irse de Cuba. Los jóvenes no sentían que el humor tuviera una valoración social, como realmente debe tener. No tenían estímulos para iniciar ese camino.

Ahora ya hay un movimiento. Hay grupos que están tomando un camino que a mí me hace tener esperanzas. Realmente no soy de los pesimistas.

¿Un gran escritor humorístico?

Cástor Vispo. El mejor, sin dudas.

¿Otro?

Eladio Secades.

¿De los escritores radiales?

Simpaticé mucho como escritor y hasta personalmente con alguien que es una institución, muy combatido, muy criticado, se llamó Félix B. Caignet.

Considero que Caignet todavía está vigente. Cuando veo una telenovela brasileña que tiene un éxito tremendo en Cuba, me acuerdo de él, y me digo: ¡Eso lo hubiera hecho él muy bien!

A mi juicio creó una escuela. Ahí está El derecho de nacer que ha recorrido el mundo. Al igual que Chan Li Po y Ángeles de la calle.

Tenía un estilo barroco.

Es verdad, pero eso no le quita su inmenso valor. También lo tuvo Góngora. Si lo analizas fríamente puedes encontrar que es ridículo, entonces se lo decían también, pero sabía lo que se traía entre manos en el medio en que se desenvolvía.

¿Cuál es el programa que recuerda con más cariño?

Pudiera ser Leonardo Moncada. También el serial Finlay, que se trasmitió por televisión y donde pude reflejar la vida y obra de este sabio cubano tan controvertido, por el interés de los norteamericanos en intentar ocultar que él fue quien descubrió que el mosquito Aedes Aegypti es el agente transmisor de la fiebre amarilla.

Cada uno de los programas que he hecho se lleva un poquito de cariño y recuerdo.

¿A qué hora escribe?

Actualmente, por la mañana Me levanto bien temprano, escribo hasta la hora de almuerzo. Antes lo hacía de noche, pero me fui dando cuenta de que me desvelaba mucho.

Porque, aunque parezca increíble, a los 42 años de estar escribiendo, cada vez que me siento a la máquina estoy tenso.

¿Le gusta escribir para teatro?

Mucho. He escrito Voy abajo, El bravo, Gracias, doctor. Recuerdo con mucha satisfacción la temporada del grupo de Jorge Anckermann en el teatro Martí, en 1963, y ver las colas que le daban la vuelta a la manzana para adquirir una entrada. Personas durmiendo en la calle desde el día antes, para esperar que abrieran las taquillas. Eso alegra a cualquiera que se dedique a una profesión de este tipo.

También he publicado algunos libros: Sube, Felipe, sube; Yo vendía mi bicicleta y otros.

Algunas de sus obras son "calientes".

Entre ellas Dios te salve comisario. En esta obra se produce un enfrentamiento entre el dogmático del partido y el de la religión. Fue muy controvertida, pero tuvo un éxito extraordinario.

Por cierto, nunca olvidaré la noche en que Juan Almeida fue al teatro Martí a ver esta obra. Me encontraba hablando con él en un pequeño salón, cuando de repente entró una mujer. Le planteó que tenía un hijo preso de manera injusta. Él le dijo que le enviara un telegrama y la recibiría con mucho gusto.

Cuando la señora se marchó le digo: "Comandante, perdone usted esta interrupción". Almeida me respondió que no tenía que darle ninguna explicación, pues él conocía lo que es la angustia de tener un familiar en la cárcel.

Desde entonces, además de todo lo que me unía con él, por ser el autor de “La Lupe”, expedicionario del Granma, sentí por Juan Almeida especial admiración. Es un hombre de extraordinaria sensibilidad.

Actualmente tiene en televisión Conflictos.

He ahí una demostración de que se puede hacer humorismo. En el programa no están los artistas tradicionales del humor. Sin embargo, Luis Alberto García, Isabel Santos y Beatriz Valdés han asumido de manera estelar sus papeles, han tenido un éxito tremendo. El público ha podido notar que con este tipo de programas el humorismo reverdece.

¿La gente agradece el humor?

Muchísimo. Hace pocos días me encontré en la esquina de la heladería Coppelia con una mujer ya mayor. Me detuvo, de repente me besó las manos, a la vez que me decía: "Déjeme besar esas manos que me hacen reír. Con tantos problemas que hay en la vida, usted me hace reír". Eso me impactó.

¿Cómo valora la obra de Efigenio Ameijeiras?

No soy crítico literario, pero me gusta lo que escribe. Pone su alma en lo que hace. Fina calidad humana. Ha demostrado, con los hechos, ser un revolucionario cabal. Es un cubano de “tres pares”.

¿Qué tal sus relaciones con Raúl Ferrer?

Excelentes. Era mi hermano: maestro, poeta, ensayista, improvisador de décimas guajiras y, sobre todo, un río abierto de cordialidad criolla. Cuando Raúl estaba al borde de la muerte, el enemigo inició una campaña internacional, pidiendo que quitaran a Fidel, que debía ser sustituido por un hombre más joven, que debía propiciar elecciones en las que él, Fidel, no fuera candidato, etcétera, etcétera.

Raúl, comentando esta campaña conmigo, me dijo:

-" ¿Cuándo tú has visto, en la pelota, que quiten a un pitcher porque lo pida el equipo contrario?”

Y agregaba, riéndose:

-"Si quieren que lo quitemos es porque el pitcher de nosotros está por la goma. ¡Y durísimo!

¿Escribe poemas?

Tengo muchos. Están guardados. Los mantengo inéditos.

¿Los dará a conocer?

Jamás. Son cosas muy íntimas.

¿Muy enamorado?

Siempre..... de la vida.

¿Alegría?

Cuando me otorgaron el Premio Nacional de Periodismo José Martí. Imagínate, que a mi edad me dieran ese premio!

¿Se lo dieron por su edad o por sus valores?


Puede haber una mezcla de las dos cosas. Es posible que haya influido que alguien dijera: "Este se muere el año que viene". Pienso que la sección que tenía en el periódico Juventud Rebelde haya desempeñado algún papel. Además, del almanaque, hay algunos méritos.

¿Es usted un hombre bueno?

Eso dicen.

¿Lo cree?

Tengo un buen corazón. Siento con la gente que necesita apoyo. He sido solidario con las mejores causas. Amo a mi país, a mi familia, a mis amigos.

He vivido una vida, sin ser católico, ajustada a los conceptos. Si me analizo interiormente, no soy una mala persona.

¿Su gran amigo?

Herminio Santana, mi maestro de primaria de Quemado de Güines.

¿Su gran enemigo?

No tengo enemigos. Solo los gratuitos que tiene todo ser humano. No creo tener un gran enemigo personal. Si está por ahí, me sorprenderá el día que me entere.

Mi gran enemigo es mi hipersensibilidad, susceptibilidad en el orden profesional. Eso me ha costado muchas luchas, muchas dificultades. Soy muy quisquilloso cuando tratan de quitarme algo de un artículo, cuando los artistas quieren recrear mi obra. Ese es mi gran enemigo.

Juicio sobre la envidia.

Te voy a repetir una frase de Félix B. Caignet en los años 50. Un día hablando de este tema me dijo: "La envidia es admirar con rabia. El rayo no le cae a la verdolaga, le cae a la palma".

Eso quiere decir que la envidia es una especie de admiración impotente quizás, de alcanzar el nivel del envidiado. Por eso se produce en esa forma rabiosa.

En determinados momentos he sentido la envidia. Claro que nunca ha cambiado el rumbo de mi vida. Me han puesto obstáculos, ha habido maledicencia. Considero que es parte del precio que hay que pagar por el éxito.

¿Ha envidiado?

Con rabia nunca.

¿Y sin rabia?


A Juantorena. Quisiera haber sido un magnifico corredor. No lo soy, ni lo puedo intentar. El concepto general de envidia no creo haberlo tenido.

¿Orgulloso?


Hipersensible sí, orgulloso no.

¿Qué piensa Enrique Núñez de Enrique Núñez?

Pienso que he sido un escritor de la inmediatez. Cuando me entierren en el Cementerio de Colón o en el de Quemado de Güines, o lancen mis cenizas al firmamento, a los dos meses ya nadie se va a acordar de Enrique Núñez Rodríguez. Si alguien lo hace, que me recuerde como el escritor humorista.

¿Es militante del partido?

No.

¿Cuál es la causa?

Bueno, Luis, cuando me hablan de este tema siempre recuerdo una vez que le preguntaron al Che en la televisión si era comunista. Dijo que si ser militante era tener un carné, él no era militante, pero si ser militante era una actitud ante la vida, entonces si era militante

No soy militante porque no he aspirado a la militancia. Si ser militante es reconocer las cosas tremendamente positivas de la Revolución, me creo y me siento militante.

¿Con Raúl ha conversado?

Él me entregó la réplica del machete Máximo Gómez. Raúl es una persona afable, muy criollo. Tan distinto a la imagen que quieren hacer de él en el exterior.

¿Ha creído en Fidel?

No siempre.

¿Por qué?


Pensé que era una locura lo del Moncada. Él tuvo la razón. Estimé que la lucha contra el ejército era imposible para un grupo de jóvenes. Él tuvo la razón. Consideré que era una locura intervenir las empresas yanquis. Él tuvo la razón.

Di por cierto lo que dijo Adlai Stevenson, el embajador norteamericano en las Naciones Unidas, cuando afirmó que eran aparatos cubanos los que bombardearon las bases aéreas cubanas horas antes de la invasión por Playa Girón. Fidel dijo que eran aviones yanquis. Él tuvo la razón.

Cuando la Crisis de Octubre valoré que Fidel debía ser más flexible para evitar una confrontación nuclear. Fidel se mantuvo en la línea de la dignidad. Él tuvo la razón.

¿Y ahora?

A partir de entonces, prefiero que sea él quien piense. Es lógico que tenga más razón que quien, como yo, se ha equivocado tantas veces.

Notas:

En las elecciones celebradas el 24 de febrero de 1993, Enrique Núñez Rodríguez fue electo diputado al Parlamento cubano. También fue elegido militante del partido.

Falleció en la Ciudad de La Habana, el 28 de noviembre de 2002, a la edad de 78 años.

* Prestigioso periodista cubano

Tomado de Prensa Latina

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