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Como capas de una cebolla o el relato de un tigre

Alberto Marrero, 15 de mayo de 2014

Como capas de una cebolla se superponen un grupo de historias que al final (en el núcleo central del bulbo) es una sola y ninguna en específico. Esto parece un galimatías, sin embargo, no hallo otra manera mejor de ilustrar la habilidad con está construido este cuento del joven narrador Yonnier Torres (Placetas, 1981). En el escenario de un restaurante pequeño, exclusivo, único en su tipo, un narrador omnisciente describe pequeñas historias de vida con frialdad objetiva, sin ahondar demasiado más allá de lo que observa o sabe desde su condición de omnisciencia. Nada de estallidos sentimentales ni de especulaciones digamos filosóficas o sicológicas. Los personajes van apareciendo en escena uno detrás de otro y cada cual aporta un fragmento de la atmósfera que poco a poco se va conformando. Con eficacia y sin forzarlos, el narrador los conecta, los pone a actuar en un complejo entramado de pasiones, miserias, engaños, saturaciones, anhelos y frustraciones. Un airecillo de frío desasosiego (que no es el aire acondicionado que describe el narrador) corre en la pequeño local encristalado y cubierto con cortinas que aíslan de la realidad. Para colmo, y desde un inicio del relato, asistimos a la presencia de un tigre de Bengala que camina libremente y solo ven los empleados y el niño cumpleañero (un guiño de homenaje de Yonnier al célebre cuento del gran narrador norteamericano William Saroyan).

  Escrito con un lenguaje minimalista, de frases cortas, telegráficas, precisas, la historia se desenvuelve sin tropiezos, o mejor, sin costuras visibles, saltando de  de un nivel de realidad a otro, de un tiempo a otro. Las numerosas escenas del tigre o de la tristeza que cae al piso y se rompe como si fuera algo material y que luego habrá que limpiar, los que ven al felino y los que no lo ven, los libros de poesía del Barman, el collar de perlas y sobre todo el final del relato (que no develaré, por supuesto), constituyen un amplio espectro de símbolos, metáforas y asociaciones de que el autor se vale para hacer que la historia vuele y adquiera la anhelada multiplicidad de lecturas que todo escritor ansía para su obra.

   Al lector le tocará comprobar su capacidad para ver o no a su propio tigre. Yo lo vi a mi lado mientras redactaba estas líneas y hubo un momento en que me pareció que sonreía cuando se dio cuenta de que lo mencionaba varias veces en el texto.

   Así de vanidosos son los tigres.

   Yonnier Torres es un narrador talentoso con una obra visible que adquiere cada vez más relevancia en el panorama de la literatura actual en nuestro país. Sociólogo de profesión, egresado del Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, ha publicados los libros de cuentos Delicados procesos (Editorial Extramuros 2011, premio Luis Rogelio Nogueras 2010), Esto funciona como una caja cerrada (Editora Abril 2011, premio Calendario 2010), Elementos comunes (Editorial Unicornio 2011, premio Felix Pita Rodríguez 2010), La oscura superficie (Editorial Ávila, 2012, premio Eliseo Diego 2011), Los cuatro puntos cardinales (Editorial La Luz, 2013), El juego perfecto (Editorial Sed de Belleza, 2013) y la novela Clavar los ojos al cielo (Editorial Mecenas, 2012, premio Fernandina de Jagua 2011). Cuentos suyos aparecen publicados en antologías y revistas de Bolivia, Argentina, Colombia, España y Cuba. Es miembro de la UNEAC.

Alberto Marrero



Torres de Marfil

Yonnier Torres

El restaurante Torre de Marfil es pequeño, exclusivo, único en su tipo.

El salón está compuesto por cuatro mesas y una barra. Detrás de la barra el Barman limpia las copas, prepara tragos de daiquirí, piña colada, Cuba libre, y esconde, bajo una botella de vodka, la colección de poesía latinoamericana que le regaló su padre.

Las paredes de cristal están cubiertas por cortinas rojas que producen una magnífica sensación de aislamiento. El aire acondicionado funciona perfectamente. Los clientes, al entrar, reciben un frío abrazo que borra de modo instantáneo la angustia del calor afuera, el sol que taladra las calles desiertas del casco histórico de la ciudad.

Las cortinas terminan en un ribete dorado, desde la grabadora llega la voz de Tracy Chapman y entre las sillas se pasea un Tigre de la India.

La Mesera revisa el menú, introduce con cuidado las hojas dentro de las páginas de nylon. Se alisa un poco la saya y comprueba el amarre de los cordones en los zapatos. Justo una hora antes había discutido de forma visceral con su novio. Ambos comparten un apartamento del sexto piso en un edificio de doce plantas, ¿o debo decir compartían? Su novio la engañó con una compañera de estudios en el curso de Francés de los martes y jueves en la noche. La compañera de estudios es atractiva, se tiñe el pelo de rojo, lleva uñas postizas, tiene una capacidad increíble para los idiomas, y ha concentrado todas sus esperanzas en ese viaje a París que le ofrecerán al mejor alumno. Hace meses que se acuesta con el novio de la Mesera, hace meses que prepara un trabajo final sorprendente: intenta traducir una selección de poemas de Baudelaire, del francés al español, o del español al francés.

El resultado debe ser el mismo.

Baudelaire es el poeta preferido del Barman, sin embargo no aparece en su colección. Escondía bajo la botella de vodka, hace tres meses atrás, un compendio de poetas franceses del siglo XIX; pero se lo prestó a una muchacha de su barrio que quería ganarse un viaje a París.

La Mesera tiene deseos de llorar, el Barman la mira con lástima desde la barra, hace un gesto de ofrecerle un trago, pero ella lo rechaza y promete ser fuerte.

Fuerte como un Tigre de la India.

En la cocina trabaja el Chef con dos ayudantes. Entre los fogones de gas el calor es intenso. El Ayudante Joven trabaja en camiseta, se limpia el sudor de la frente con una toalla pequeña, corta las carnes, rebana los pimientos,  y echa los desperdicios a la basura. En una sesión de trabajo debe salir varias veces al callejón del fondo; vaciar los cubos en grandes contenedores plásticos. Ha tomado la costumbre de separar los huesos y colocarlos sobre un papel periódico en una esquina del callejón. A veces se esmera y escoge la sección cultural o la página de lecturas. Nunca coloca los huesos sobre la sección deportiva.

El Tigre de la India odia los deportes.

El Ayudante Joven, mientras rebana los pimientos, tararea en voz baja algunas canciones de Bod Dylan y piensa en la guitarra que venden a plazos en la tienda de instrumentos musicales del boulevard.
 
El Ayudante Viejo trabaja codo a codo con el Chef. Cada vez que mira al joven picar el pescado con tal grado de sensatez y  responsabilidad, recuerda a su Hijo: ese tarambana que no hace más que perder el tiempo entre bares y cafés con su extraña manía de ser inventor, de convertir las flores en piezas de metal.

El Chef calcula el precio de los rabioles, las pechugas de pollo y la carne de cerdo. Saca cuentas e infiere, que para finales del mes, podrá comprarle a su mujer el collar de perlas que por el décimo aniversario de bodas le había prometido.

Los tres cocineros llaman al Tigre para que salga del salón.

Los comensales deben estar al llegar.

En la puerta cuelga un sonajero de campanitas plásticas. Dos Aeromozas, asiduas a la Torre de Marfil, ocupan la mesa número UNO. Han regresado de un viaje largo. En el avión apenas pudieron merendar. Le dicen a la Mesera que están muertas de hambre. Esa era la primera vez que volaban juntas, quizás la última, no lo podría afirmar con certeza. Lo único que puedo asegurar es que se miraban con solidez, casi con ahínco, como si estuvieran a punto de separarse para siempre.

Las chicas miraron el menú. Pidieron filete de pechuga de pollo con jengibre, habichuelas, brotes de soya, bambú, hojas de limón y salsa de coco. La Aeromoza de pelo negro baja la cabeza un rato, se entretiene mirando los decorados del mantel. La rubia le toma la mano y le dice:

—Por favor, no te pongas triste. Hoy será nuestra última noche. Se supone que la aprovechemos al máximo.

—Hay algo que nunca te he dicho. He estado a punto, de verdad, pero siempre me surge un nudo en la garganta, comienzo a sudar, se me caen las fuerzas— dice la chica de pelo negro.

La rubia le pasa los dedos por la mejilla:

—Cuéntame, soy toda oídos —y aunque el sonido de las campanas en la puerta apagan sus palabras, puedo afirmar que la Aeromoza de pelo negro le confiesa:

—Estoy enamorada de ti.

Se volvieron a mirar con solidez, con una dureza que dolía, como si se enfrentaran a una prueba de resistencia visual.

La mesa número DOS es ocupada por una familia de cuatro personas. El hijo menor cumpliría diez años justo a las doce de la noche. La Madre siempre quiso comer en un restaurante de lujo.

—¿Te gusta?— le pregunta el Padre.

—Me encanta —responde la Madre— es pequeño, exclusivo, único en su tipo.

Al Niño poco le importa la Torre de Marfil. Solo piensa en los regalos que le harán al día siguiente y en el pastel de chocolate que dentro de un rato deberán colocar sobre la mesa. Mira hacia el suelo y ve la cola de un Tigre que se asoma a través de la puerta en la cocina. Le dice al Padre que ha visto un Tigre, este mira las rojas cortinas pero no distingue ningún dibujo.
 
—Aquí no hay Tigres —le responde y el Niño infiere que quizás el animal sea parte de su regalo de cumpleaños.

El Hijo Mayor, desde que llegó al restaurant, no hace otra cosa que mirar a las chicas sentadas en la mesa número UNO. El Barman las observa, la Mesera también. Las Aeromozas están a punto de besarse. Todos esperan, pero ellas solo se miran con firmeza.

El Padre revisa el menú y le dicta a la Mesera: carne de res frita con pimientos, cebollas, zanahoria y anacardos en salsa de leche de coco. Para el postre un pastel de chocolate con diez velitas encendidas.

La Mesera toma nota, mira al Niño, hace una reverencia, o algo parecido a una reverencia, y se retira, mientras en la grabadora Tracy Chapman le da paso a David Bowie; y al cumpleañero se le hace la boca agua.

En la mesa número TRES se acomoda una pareja de jóvenes. Ofrecen un gesto de alivio, al unísono, cuando sienten el abrazo frio del aire acondicionado.

Él lleva una camisa blanca.

Ella un vestido malva.

Él mira el menú.

Ella pasea la vista por el salón, se detiene un rato en la manera extraña de mirarse que tienen las Aeromozas, en los ribetes dorados de las cortinas y en el rostro feliz del Niño, quien a cada rato mira al suelo, ve la cola del Tigre y sonríe.

—Este lugar me gusta mucho —dice Ella— ¿ves aquel Niño en la mesa de al lado?, ¿verdad que es lindo?

Él asiente, tose, carraspea. Intenta cambiar la conversación, le habla del contrato que va a firmar, de la tesis de doctorado y de ese maldito infierno en que se ha convertido su oficina desde que las aspas del ventilador de techo se averiaron. Pero Ella regresa al Niño, a lo maravilloso que sería tener un hijo y es la tercera persona en la noche que mira con solidez, con ahínco, mientras Él baja la cabeza, se refugia en el decorado del mantel y le hace una seña a la Mesera para dictarle: carne de pato con champiñones frescos, pimientos, bambú, cebolla y salsa curry roja de coco. Luego le pide al Barman un par de tragos.

El Barman cierra su libro de poesía latinoamericana, le pone encima una botella de vodka y en su bandeja metálica coloca dos copas de cristal. La chica insiste:

—Siete años. ¿Crees que siete años es poco tiempo?

Las Aeromozas piden la cuenta.

—Tengo treinta y cinco. No puedo esperar más, no quiero esperar más.

Las luces del salón se apagan. El pastel parece que flota en el aire. El Niño sopla las diez velitas. Abraza a sus padres.

—No me hables de condiciones. Si a partir de ahora quieres esperar, lo harás tú solo.

La carne de pato con champiñones frescos, pimientos, bambú, cebolla y salsa curry roja de coco se enfría sobre la mesa. Ninguno de los dos toma los cubiertos.

Él quiere decir algo. Hace el intento, respira, toma un trago pero el nudo en la garganta no se le deshace.

Ella le quita la vista de encima. Recoge su cartera. Se pone de pie. Torpemente deja caer la Tristeza al suelo. La Tristeza corre como sangre entre los mosaicos, mancha los ribetes dorados de las cortinas y la cola del Tigre.

La mesa número CUATRO es ocupada por el Hijo del Ayudante Viejo. Llega borracho, se cruza con las Aeromozas en la puerta, se acomoda sobre la silla, abre un bolso y anuncia que repartirá flores de metal para todos.

La Madre dice que la carne de res estaba exquisita. El Padre pide la cuenta. El Hijo Mayor ha perdido el interés desde que se marcharon las Aeromozas. El Niño no deja de llorar. Se dio cuenta que el Tigre no formaba parte de su regalo de cumpleaños.

El Barman levanta al borracho de la mesa CUATRO y lo lleva para la cocina.
 
El Ayudante Viejo siente vergüenza de su Hijo.

El Chef se lava las manos.

El Ayudante Joven le pide a la Mesera que le dé un aventón hasta la plaza del centro.

La Mesera lo invita a un par de tragos, no quiere regresar sola a su apartamento del sexto piso en un edificio de doce plantas.

El Barman cierra la puerta al salir.

Apago el aire acondicionado, la grabadora, tomo la escoba para barrer la Tristeza del suelo, reviso los cerrojos, agarro una botella de vino tinto y algunos tallarines de arroz frito con huevo, vegetales, carne de pollo y salsa de maní picante que sobraron de la comida. Le pongo la correa al Tigre y camino hasta la casa.

Subo las escaleras.

Tú esperarás desnuda en la oscuridad del cuarto. Haremos el amor hasta el filo del amanecer, pedirás que te cuente cómo me fue en el trabajo, inventaré una historia: podré ser Chef, Aeromoza, Barman, Cumpleañero, Mesera, Padre de familia, Ayudante en la cocina o Mujer de treinta y cinco años que quiere tener un hijo.

Tomaremos vino, comeremos tallarines frente la mirada escrutadora del Tigre. Tú dirás que mi vida es maravillosa, que mi Tigre es bellísimo. Dormirás sobre mi pecho hasta que suene el despertador y deba irme para limpiar la Torre de Marfil.

—¿Te vas tan pronto? —preguntarás desde la cama.

—Debo trabajar. No me esperes despierta. Seguro demoro. No intentes hacer nada en la cocina. Traeré pasta asada con carne de pollo, camarón, curry y verduras.

Cerrarás los ojos, te harás la dormida. Yo me vestiré de prisa. Tomaré al Tigre por la correa y saldré a la calle.
 

María Virginia y yo
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