Octavio Paz: mexicano universal
Octavio Paz, el mexicano universal cuyo centenario celebramos este año 2014, es una figura central en el riquísimo panorama de la cultura de su país y de toda Hispanoamérica por varias razones, entre ellas la extraordinaria calidad esencial de su obra y su enorme apertura a la diversidad y a las más disímiles corrientes del pensamiento de su época, para mí el rasgo de su quehacer que considero de mayor importancia porque nos abre, a sus lectores y en general a los estudiosos hispanoparlantes, múltiples espacios de conocimiento. Hijo espiritual de la cultura mexicana prehispánica, sangre de su sangre, así como de las más sólidas tradiciones literarias y filosóficas de Occidente y a su vez sabio asimilador de algunas de las expresiones de la sabiduría oriental, entre las que tendió un puente de diálogo fecundo, nos dejó libros admirables por su magnífica prosa reflexiva y la hondura de su poesía, ambas de acabado impecable y de cuantía ciertamente ejemplar e infrecuente. La lectura de las páginas de este espléndido escritor nos conmueve y nos imanta pos su maestría literaria y por la fuerza de sus afirmaciones y negaciones, expuestas con viva pasión y matices deslumbrantes que tienen como sustento lo que podríamos llamar vivencias de rango espiritual, más allá de sus frecuentísimos encuentros con creadores de las artes plásticas y de las letras y de las ideas. Sus libros más conocidos por los críticos y ensayistas que se interesan fundamentalmente por la poesía occidental del siglo XX: El arco y la lira. El poema, la revelación poética, poesía e historia (1956), Cuadrivio: Darío, López Velarde, Pessoa, Cernuda (1965), Los hijos del limo: del romanticismo a la vanguardia (1974) y La otra voz: poesía y fin de siglo (1990), paradigmas de cierto tipo de ensayismo que se propone dilucidar las génesis de la lírica desde finales del siglo XVIII y caracterizar algunos de sus representantes, poseen una capacidad de iluminación que emerge de dos fuentes, una de ellas las vastísimas lecturas del autor y la otra su singular capacidad de asociación, fusionadas ambas entre sí, de tal modo que se sustentan la una en la otra. Cuando comenzamos a adentrarnos en esos temas desde esta prosa iluminadora vamos avanzando en la exposición de sus juicios y caracterizaciones con una avidez que se nos despierta, en buena medida, por la misma nitidez de sus acercamientos, en los que se aprecia un dominio del idioma y una conciencia crítica que se tornan nutrientes de las tesis sustentadas.
No es esa la prosa de un ensayista de corte académico o de un investigador, sino la de un escritor, y en especial un poeta que se propone mostrar los alcances y la trascendencia de figuras de gran talla literaria. En esa misma línea estilística están los ensayos de T. S. Eliot, por ejemplo, maestro de Paz desde muy temprano, así como también los de Guillermo Sucre y Saúl Yurkiévich, si bien en estos se percibe una mayor indagación académica de fondo, muy visible en los textos que escribieron precisamente, para interpretar la obra del propio Paz. Como Eliot, el gran mexicano ofrece una reflexión libre, de enorme capacidad de incitación, en la que mucho nos satisface incluso la vocación que despierta en nosotros de matizar y hasta de, por momentos, rebatir sus criterios. Esa apertura de la que hablábamos en líneas anteriores es con exactitud esa posibilidad de que pensemos y abundemos desde nosotros mismos en el tema propuesto, estimulados por la propia luz que el autor de los ensayos ha vertido sobre las figuras de las que escribe. Ensayistas como Alfonso Reyes, con quien Paz sostuvo una agradecida amistad durante años y cuyos libros leyó siempre con admiración y provecho estilístico, o como Charles Du Bos, Albert Béguin o Roberto Calasso, todos de un saber también universal del que el mismo Paz es un paradigma de primer orden, poseen la virtud de crear en sus lectores una creciente curiosidad intelectual que nos conduce a ahondar en lo que se nos va revelando de los poetas, los movimientos y las problemáticas en cuestión. Excepción mayor es su monumental estudio Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982), rigurosa investigación en la que el autor no pierde las calidades de su prosa reflexiva, pero que descansa en documentos y búsquedas en archivos y fuentes de naturaleza no literaria. Los especialistas que han dedicado años a trabajar esa enorme figura hispanoamericana del pasado tendrán con toda seguridad discrepancias importantes con Paz, en lo referente a sus juicios y valoraciones en torno a la importante poetisa, pero ese volumen, más allá de aciertos y errores, alcanza una innegable jerarquía y pone de manifiesto las dimensiones del mundo espiritual de su autor, en el que destacan sus preocupaciones por México (El laberinto de la soledad, 1950; México: la última década, 1969), los conflictos políticos de nuestro tiempo (El ogro filantrópico. Historia y política, 1971-1978, 1979; Tiempo nublado, 1983), las artes plásticas (Apariencia desnuda: la obra de Marcel Duchamp, 1973; Sombras de obras: arte y literatura (1983), el erotismo (La llama doble: amor y erotismo, 1993; Un más allá erótico: Sade, 1994), la cultura oriental (Vislumbres de la India, 1995, y su versión de Sendas de Oku y de poetas chinos clásicos), la traducción (Traducción: literatura y literalidad, 1971).
Los hispanoparlantes tenemos que agradecer a Octavio Paz que no siguiera las recomendaciones de José Vasconcelos y de José Ortega y Gasset, quienes le aconsejaron, en los primeros meses de 1943 y 1953 respectivamente, que se dedicara a la filosofía. Paz continuó por los senderos de sus inquietudes, en las que reflexión y poesía son expresiones de la misma problemática, definible como una ontología verbal. Cuánta página espléndida nos habríamos perdido, derroche que el tiempo no hubiese sido capaz de rescatar, imposible ya el reinicio al cabo de los años. Como hispanoamericano raigal, Paz pertenecía desde temprano a una estirpe intelectual distinta de la europea. Por acá no se han visto los grandes filósofos sistematizadores al estilo de Hegel, sino pensadores que buscan la definición de su entorno espiritual y la solución de nuestros graves problemas políticos, sociales y económicos. Con ellos integra Paz una tradición de enorme riqueza sin las búsquedas de esas construcciones que quieren aprehender la totalidad. Su obra poética, elaborada en buena medida por unas cuantas preguntas esenciales, parte de inquietudes y de vivencias cotidianas no menos que de lecturas y cuestionamientos de las más fecundas tradiciones espirituales de las que se nutrió este maestro de las letras contemporáneas. Ensayo y poesía alcanzaron en él una coherencia que con entera seguridad se hubiese frustrado en un intento intelectual de otra especie, a la manera orteguiana.
De haber seguido aquellos consejos habríamos echado de menos Libertad bajo palabra (1949), donde encontramos muy explícitos signos de un angustioso transitar por la vida, poesía hecha de un discurso que dialoga a plenitud con la existencia en un mundo disperso, desestructurado, fuertemente influido el autor por las propuestas de la vanguardia, una etapa en su obra de búsquedas desde los hallazgos y posibilidades de la más inmediata herencia hispanoamericana y europea, ahora con un sentido diferente del lenguaje, como sucede igualmente con ¿Águila o sol? (1950), esas prosas absolutas en las que la imaginación nos ilumina intensamente la realidad o nos descubre algunas de sus más ricas posibilidades. Otra pérdida colosal que habríamos sufrido es Piedra de sol (1957), profundo poemario en lo que tiene de reencuentro de lo absurdo, lo inesperado, lo desconocido, lo nuevo, la otredad de un tiempo incontaminado, una preocupación que obsesionará a Paz hasta una escritura del caos y de la destrucción, pero capaz de reedificar el mundo desde sus propios presupuestos y elementos, inmenso texto este impregnado de vieja sabiduría y que va surgiendo de un juego de tensiones, como ha señalado Guillermo Sucre. No tendríamos, en fin, la obra poética sucesiva: La estación violenta, 1958; Salamandra, 1962; Viento entero, 1965; Blanco, 1967; Ladera este, 1969; Topoemas, 1971; Renga, 1971; Pasado en claro, 1975; Vuelta, 1976; Árbol adentro, 1987), donde se reiteran las preocupaciones y la conceptualización de los libros anteriores. La palabra, el erotismo —un erotismo total: naturaleza, mujer—, la superación de los contrarios, el tiempo circular y el tiempo lineal, lo contingente (Historia, realidad factual, acontecer íntimo) y lo absoluto, constituyen centros generadores de la lírica de Paz. La avidez de universalidad de Paz, imposible de interpretar como una actitud superficial, si se la considera como la respuesta a las interrogantes esenciales del joven escritor que a comienzos de la década de 1930 se inició en la literatura, es una experiencia definitiva, última, a la que se llega mediante la lúcida conciencia del movimiento dialéctico de la experiencia intelectual. Oriente y Occidente no son antitéticos en esta obra, sino fuentes de un mutuo dinamismo. No es injustificada entonces en este poeta la lectura de místicos e historiadores, de poetas y filósofos, de lingüistas y sociólogos, ni la escritura paralela de ensayos y poemas con diversos temas y tesis. Nada de pose intelectualoide hallamos en ese acercamiento entre ambas culturas, como tampoco se trata, en el caso de la importancia creciente que fue tomando en él la concepción del poema como una interrelación de palabras y espacios en blanco, de un juego infundado y de puro divertimiento, sino de todo un cuerpo de ideas de suma importancia. Estamos, en verdad, ante el intento de romper con los cánones de la escritura convencional para conformar otra, de signos (la palabra y el espacio) que se integran. Pasamos así del texto lineal al texto que se concibe en un espacio de diferentes dimensiones y que se interpreta de múltiples maneras. Espacio y tiempo se identifican en la página y se transforman en un todo cerrado, como el tiempo circular y el tiempo discursivo se convierten en absoluto en el diálogo amoroso.
Los problemas del individuo, tan activos en la primera etapa de su poesía, hasta La estación violenta, han iniciado un proceso de sustitución, desde Salamandra, por las preocupaciones en torno a la palabra, el lenguaje. Antes del libro de 1962 ya había referencias a esa inquietud, pero es a partir de entonces, que va cobrando relieve y se va haciendo centro generador. Se busca vislumbrar lo otro, los otros significados del texto, ahora de varias lecturas posibles. El discurso literario se ha vuelto primordial, posibilidad de llegar al origen en su relectura desde estos presupuestos. Salamandra es, pues, un tránsito hacia esa concepción del lenguaje que lo convierte en el verdadero universo del hombre. La acción (la historia) y el lenguaje (el texto poemático) se fusionan en unidad cerrada e indisoluble. La analogía es el fundamento de esta especulación intelectual que convierte a la palabra en la médula de la vida del hombre. Por ese camino el poeta llega a El mono gramático (1974), cuyo protagonista es el propio texto, como ha señalado la crítica. Hay ahí una búsqueda de los comienzos, de una pureza ontológica, intento de romper la separación que la realidad mantiene fuera del individuo y entregar, en consecuencia, la posibilidad invisible. Intentando una mayor claridad digamos que el poeta se propone suprimir la distancia entre el yo y el ser para hallar lo idéntico en el movimiento. Superación de contrarios, hallazgo y llegada a la “otra orilla”, poesía de la escritura, problemáticas todas, en las que confluyen las más importantes corrientes de pensamiento y las propuestas ideoestéticas de diferentes linajes y momentos de la historia de la cultura. Se crea así en la poesía de este singular mexicano una relación diferente entre lector y texto, una relación distinta que implica un replanteo del sentido de la realidad, percibida entonces como un hacerse continuo, no como un estar en el tiempo; se trata del ser en la dinámica de su génesis, visto en su otra configuración, una vez que ha ganado su sentido en el discurso verbal. De enorme significación en su obra es un largo poema publicado en 1967: Blanco, una de las claves de la escritura de Paz, del que no es justo afirmar que se trata de un ejercicio de experimentación. Más acertado y exacto es considerarlo un fruto de la reflexión y la madurez, del trabajo de años durante los cuales el autor fue depurando su poética. La primera impresión que recibimos de esas páginas es la de estar contemplando, con el creador, un paisaje desconocido y árido, como vacío de la familiaridad habitual. La naturaleza y el hombre alcanzan entonces una dimensión trascendental en el sentido del sobrepasamiento de toda circunstancia inmediata. Parece como si asistiésemos al nacimiento de todo, como si el cosmos múltiple solo pudiese ser interpretado o asumido desde esa luz originaria. Y en no menor medida la relación de la pareja se hace plena en esa experiencia que nos permite ver y escuchar el surgimiento de la realidad. El linaje de la obra total de Paz es uno de los aportes que la cultura hispanoamericana ha hecho a la cultura universal. De ella nos enorgullecemos los hijos de España y de Hispanoamérica.
