Rubén, o la ironía al servicio de la sociedad
A raíz de un brevísimo encuentro con el dictador Gerardo Machado para reclamarle la libertad de Julio Antonio Mella —entonces detenido y en huelga de hambre— acuñó Rubén Martínez Villena la más cortante, revolucionaria e irónica de sus metáforas: "un asno con garras," que en adelante sobrenombró al tiránico mandatario. La mordacidad confirma el talento de Rubén para crear imágenes que demuestran cómo el sarcasmo, el humor ácido, pueden también ser una punzante arma en el combate.
Vivió solo 34 años (20 de diciembre de 1899–16 de enero de 1934). Nació en Alquízar y tuvo una niñez apacible. La agudeza de su inteligencia le abrió las puertas del Instituto de La Habana a los 13 años, a continuación matriculó y se graduó de la carrera de Derecho.
Siendo aún estudiante trabajó en el bufete de Fernando Ortiz y llegó a ser secretario del ya maduro sabio polígrafo cubano. Allí trabó amistad con Pablo de la Torriente Brau, quien también trabajaba para el doctor Ortiz. La lectura de las travesuras —incluidos juegos de pelota— que uno y otro hacían cuando el bufete quedaba vacío, solo para ellos dos, nos descubren la alegría y jocosidad de sus personalidades, por demás tan atractivas.
Poco después la relación fraterna comprendería a Juan Marinello. Ya Rubén escribe versos y como señala el crítico Max Henríquez Ureña, llegará a ser “el poeta que con mayor hondura y maestría técnica hizo vibrar la nota de la ironía sentimental”. Téngase un ejemplo por excelencia:
“Canción del sainete póstumo”
Yo moriré prosaicamente, de cualquier cosa,
(¿el estómago, el hígado, la garganta, ¡el pulmón!?)
y como buen cadáver descenderé a la fosa
envuelto en un sudario santo de compasión.
Aunque la muerte es algo que diariamente pasa,
un muerto inspira siempre cierta curiosidad;
así, llena de extraños, abejeará la casa,
y estudiará mi rostro toda la vecindad.
Luego será el velorio: desconocida gente,
ante mis familiares inertes de llorar,
con el recelo propio del que sabe que miente
recitará las frases del pésame vulgar.
Tal vez una beata, neblinosa de sueño,
mascullará el rosario mirándose los pies;
y acaso los más viejos me fruncirán el ceño
al calcular su turno más próximo después…
“Poema dolido e irónico en el que el poeta se burla diabólicamente del velorio y la muerte —escribe Raúl Roa—, sin ser su mejor creación, es la que más extensa popularidad ha disfrutado y disfruta. Como él mismo dijera, burlón, a Pablo de la Torriente Brau, es su Niagarita”.
Otro episodio de su vida, no por divulgado puede obviarse. Ocurre el 18 de marzo de 1923. En la antigua Academia de Ciencias se rinde homenaje a la escritora uruguaya Paulina Luissi. El secretario de Justicia, Erasmo Regüeiferos, intenta decir unas palabras pero es Rubén quien lo interrumpe y le niega autoridad moral para hablar por haber propiciado, poco antes, junto al presidente Alfredo Zayas, la realización de un negocio escandaloso: la adquisición del edificio en ruinas del Convento de Santa Clara. Al día siguiente se firma la célebre Protesta de los Trece, documento de denuncia que frontalmente enjuicia la corrupción gubernamental.
Él es también líder del Grupo Minorista de intelectuales. Minorista, según explica él mismo, “por el número corto de miembros efectivos que lo integran; pero (...) ha sido en todo caso un grupo mayoritario, en el sentido de constituir el portavoz, la tribuna y el índice de la mayoría del pueblo”.
Si el talento de Rubén se reconoce tanto como su firmeza política, menos conocida es su obra narrativa, sus cuentos y crónicas, su correspondencia con Asela Jiménez, la esposa, toda ella reveladora también de su fibra de narrador elocuente y dotado de gracia.
De su crónica “La lluvia en las calles” entresacamos esta muestra:
El lodo trepa desesperadamente a las ruedas de los vehículos y en júbilo de liberación, abrazado a la fuerza centrífuga, se lanza cariñosamente sobre los peatones. En su temible alegría, el agua y el lodo se divierten: desalmidonan los driles rígidos y constelan los casimires severos de graciosos lunares coquetos.
Gracias a esos divertidos episodios callejeros se puede sufrir el tedio de los días de lluvia.
Y de la correspondencia con su amada Asela es esta otra, fechada el 4 de junio de 1924:
¿Sabes? Estoy trabajando, de operario en la cervecería de Salvador. Él no quería de ningún modo, pero nosotros se lo exigimos. ¡Si me vieras! Uso con bastante desparpajo mi overol mugriento, del trabajo. ¡Yo que tanto he censurado ‘las botellas’, me muevo entre millares de ellas! El destino tiene graciosos sarcasmos. Es para desternillarse de la risa.
¿Es pertinente hablar de un Rubén humorista? Primero, reconózcase que escribir con humor en modo alguno desmerece el nivel cualitativo de la literatura. Segundo, que Rubén fue un intelectual de talento multifacético, en el que tuvo cabida, por qué no, el humor como instrumento de denuncia.
¡Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado!
(¡Ya dormiré mañana con el párpado abierto!)...
