Perrault o el secreto de trascender
La literatura universal está colmada de grandes nombres cuyas obras dan testimonio de épocas, experiencias o simplemente de tendencias de pensamiento. La obra del francés Charles Perrault tomó un camino mucho más complejo para permanecer en el tiempo: penetrar el universo infantil y recrear la complejidad del mundo real en historias colmadas de fantasías y moralejas.
Sin embargo, no fue hasta sus 55 años que el autor de Cuentos de mamá Oca comenzó a escribir para los niños, o mejor dicho, a tomar estos relatos de la tradición oral y llevarlos al papel con espontaneidad y frescura.
Este erudito, cuya vida no pudo estar más alejada del argumento de un cuento de hadas, nació en París precisamente un 16 de mayo pero del año 1628. Su onomástico no pasa inadvertido en ninguno de los continentes, su obra no conoce fronteras.
Estudió Literatura en el colegio parisino de Beauvais, donde descubrió su facilidad para las lenguas muertas; y aunque luego se graduó de Derecho y ejerció la abogacía por un tiempo, esta no era definitivamente su verdadera vocación, sino las letras.
A lo largo de su burocrática y aburrida existencia de funcionario privilegiado, predominó la escritura de discursos, odas, diálogos, poemas, y obras que halagaban al rey y a los príncipes. Si bien este desempeño no le garantizó trascendencia ni gran valor intelectual, sí le propició una vida colmada de beneficios y honores que él supo aprovechar perfectamente.
Fue secretario de la Academia Francesa desde 1663 y en dos años después pasa a ser el primero de los funcionarios reales, de lo cual obtiene también considerables prebendas. En 1671 lo nombran académico y muy pronto es elegido canciller de la institución hasta que en 1673 se convierte en bibliotecario de la misma. Y Ya para la década del ´80, Perrault tiene que ceder su puesto privilegiado de primer funcionario. Además, por esta fecha también se enrola en una controversia literario-erudita con Boileau, debido a una divergencia de opiniones que se traducen en su obra crítica Paralelo de los Ancianos y de los Modernos, en la que se contemplan las Artes y las Ciencias.
A finales del decenio escribió el poema "El siglo de Luis el Grande", y en 1688 "Comparación entre antiguos y modernos", un alegato en favor de los escritores "modernos" y contra de los tradicionalistas.
Pero la historia es testigo de que ninguna de estas obras, ni aquella que nombró Memorias de mi vida, trascendió como aquellos cuentos infantiles que rescató de la tradición oral - "Cenicienta", "Piel de Asno", "Pulgarcito", "La bella durmiente", entre otros-; donde le dio vida a ogros, hadas, animales parlantes, brujas y príncipes encantados, en un universo de fantasía que ha formado parte de la infancia de todas las generaciones desde entonces.
Se trata de cuentos morales, indudablemente, pues al final de cada relato, el autor incluye una enseñanza moral referente al contenido de cada historia, pero sobre todo llenos de un encanto que perdura y de un registro histórico revelador de costumbres de una época en el que la mayoría estaba inconforme con su situación.
