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Con mucha “matanceridad”

Ricardo Riverón Rojas, 27 de mayo de 2014

Cada ciudad tiene sus fantasmas literarios. Y a Matanzas no le faltan esas figuras, algunas de ellas oscilando entre la excelencia y la demencia. Baste solo pensar en José Jacinto Milanés, autor de piezas antológicas y, además, encandilado hasta la sinrazón por el desdén de Isabel Ximeno. También destaca singularmente el pintoresco Plácido, mulato peinetero, de quien Cintio Vitier, en Lo cubano en la poesía dijera que, a diferencia de Heredia representa “las aspiraciones modestas de un juglar sencillo”.1 Todos saben que Plácido fue un genial improvisador de décimas inusuales, como la del famoso pie forzado “la campanilla de qué”, o la que, como dardo, le lanzó al tal Moya que en Santa Clara lo calificara de “enfermero de animales” (de esa décima también da noticia Cintio Vitier en el citado volumen). El José Zacarías Tallet que compuso "Vesania zahorí" califica sin discusión para esa lista de poetas matanceros marcados por afanes extravagantes y lúdicos.2

La enumeración resulta imposible, pues en el siglo xx no faltaron tampoco esos personajes populares donde la poesía, moviéndose entre lo lúdico, lo lúcido, lo lírico, lo pintoresco, lo tremendista, lo original, marcaba el latir de una ciudad cuyos procesos culturales se han desarrollado siempre con visible autonomía en su relación con lo que hoy se conoce como canon nacional. Pensemos en algunas imágenes divertidas de Carilda Oliver en “Discurso de Eva” (como aquella de “hazme una llave turca”), o en las de Luis Marimón, y sabremos que por la atmósfera embrujada de Matanzas aún flotan esos imaginarios.

Por las razones antes mencionadas no resulta extraño que el poeta y editor Alfredo Zaldívar se lanzara tras las huellas de Seboruco, un bardo popular que vivió y escribió (sobre todo dijo) cuartetas y composiciones, geniales por disparatadas, a veces surrealistamente sublimes, en la bella ciudad del San Juan a finales del siglo xix y principios del xx.

Cautivado por la singularidad del personaje Zaldívar comenzó, según comenta en el prólogo de Con mucha melancolía (Ediciones Matanzas, 2013) atraído porque “Sus cuartetas habían llegado hasta nuestros días con su indeleble firma. No se habían perdido, como es costumbre, en el anonimato de la transmisión oral ni se habían confundido con otras”.3 Esa atracción lo llevó a publicar durante cierto tiempo, como sección fija en el reverso de contraportada de la revista Matanzas, las “Cosas de Seboruco”, con lo cual le daba un toque de distinción popular a la publicación, y aportaba validez a lo expresado por Álvaro Cuadra en La plebeyización de la cultura popular: “Para cualquier analista desapasionado resulta evidente que la noción de cultura popular merece ser revisada a la luz de los nuevos contextos histórico-sociales que han transformado la fisonomía cultural en las urbes de nuestro continente”.4

Pese a la existencia de los trabajos de Samuel Feijóo en el rescate de expresiones de este tipo, y al mantenimiento de uno de los proyectos que con ese fin alentó la revista Signos, el péndulo literario, en la década de los ochenta, estaba en su punto más alto, de regreso del coloquialismo hacia las esencias de los decires elevados, suntuosos, denotativamente vinculados con la llamada alta cultura, no con los ejercicios lúdicos de sujetos populares como Seboruco. No era un momento propicio para su rescate. Pero la reivindicación de lo popular, el advenimiento de nuevos paradigmas instaurados en la tardía postmodernidad poética cubana (terminología machaconamente repetida en los noventa), ha vuelto a conferirle peso histórico a las composiciones de un personaje de tal encuadre, figura sobre la cual, según investigó Zaldívar, pusieron su atención Medardo Vitier (con un trabajo en sus Valoraciones, publicadas en 1960), Fina García Marruz, Carlos M. Trelles, y –más acá– Urbano Martínez Carmenate, Ricardo Vázquez, Leymen Pérez y otros escritores matanceros.

Un cuidadoso recorrido comentado y contextualizado por las composiciones a las que Zaldívar tuvo acceso, nos da la imagen de un personaje sumamente singular, novelesco y a la vez tan creíble dentro del contexto de la época. Un personaje que según indagó el investigador “Había sido sereno de la plaza del mercado, tipógrafo, corneta del Cuerpo de Bomberos de Matanzas, compraba y vendía casas, solares y cuartos, y había declarado ante notario ser de oficio «escritor público»”.5 Algunas de sus composiciones han sido repetidas, no solo en Matanzas, sino en sitios diversos de Cuba. Aunque Zaldívar consigne la acreditación, también deja abierto un paréntesis de duda sobre la autoría de algunos textos, y solo por el espíritu disparatado, y el estilo, deduce que pertenecen a Seboruco.

Hasta este momento muchos cubanos no matanceros –entre ellos, también, Samuel Feijóo– atribuían algunas de estas composiciones a la tradición oral. Por ejemplo esta: “Sale el sol por el oriente./ Yuca, plátano y boniato./ Los sin narices son ñatos/ y el tiburón come gente”. O esta otra: “Pinto a Matanzas confusa,/ la cueva de Bellamar,/ pero no puedo pintar/ el nido de la lechuza”. O la que sirvió de pie a Fina García Marruz para componer sus “Décimas a Seboruco”: “El sol alumbra de noche,/ la luna alumbra de día./ Cuatro ruedas tiene un coche/ con mucha melancolía”.

No obstante la duda que pudiera quedar sobre la autoría de algunas estrofas, la mayor parte de ellas son acreditadas en fuentes confiables, como en el caso de los graciosos “Dísticos”, que recibieron el espaldarazo testimonial de Medardo Vitier y Miguel Ángel Macau. Otros poemas localizó Zaldívar en periódicos y revistas, y hasta en una investigación inédita de Ricardo Vázquez, que acreditan al curioso personaje como autor de los textos, unas veces firmados con su nombre, la mayoría bajo el seudónimo de El Vate Yumurino. En otros casos la confirmación se sostiene en la intuición crítica del compilador. Insisto en que el volumen logrado por Zaldívar nos dibuja a un sujeto popular, típico del folclor urbano, que se mueve en un interregno donde realidad y leyenda dialogan y dibujan, en la subjetividad del lector, la imagen de un personaje de novela.

Muchos pueblos de Cuba poseen sus personajes populares, al estilo de Seboruco, más deudores de la oralidad que de la escritura, creadores conocidos sobre todo por sus crónicas disparatadas en décimas, puyas, y por su capacidad de replicar a alguna pregunta o comentario con un cierre de cuarteta: Colón tuvo su Che Carballo, Santo Domingo su Casimbero, Calabazar de Sagua su Chanito Isidrón, Cabaiguán su Eréstamo Fajardín, Cienfuegos su Luis Gómez, Camajuaní su Felo García (El Muchacho de Falcón) y muchos otros que seguramente se me olvidan o desconozco, pero el caso de Seboruco parece único, porque como consigna el autor de Con mucha melancolía, tuvo una etapa inicial de lucidez en la cual sus composiciones cumplían todos los parámetros de la preceptiva, publicó asiduamente en periódicos e, incluso, dio a la luz una comedia titulada Un tipógrafo. Sobre esta última, pese a que el gran bibliógrafo Carlos M. Trelles dijera que se trataba de “un verdadero desatino dramático”, Zaldívar –que logró conseguir el folleto– la toma en cuenta porque opina que “Se trata de una obra escrita en versos, perfectamente rimados y medidos, por momentos concebida en décimas y en otros con gran libertad, pero siempre resuelta en forma orgánica, sin caídas”,6 para más adelante afirmar que “está muy por encima de lo que se escribe y representa en gran parte de los escenarios del momento”.7

Con mucha melancolía constituye uno de esos raros ejemplares donde la mirada del estudioso ubica bajo el microscopio literario a una figura cultural desplazada hacia esa periferia histórica a la que se dan el lujo de renunciar quienes solo estudian la cultura de un país ciñéndose a sus grandes nombres. Ya antes Zaldívar, con la escritura de Seboruco, una estrella en un cartucho evidenció su interés por vindicar en la gran crónica cultural de una ciudad (y de un país) a un tipo popular que, moviéndose entre la juglaría, el absurdo y –¿por qué no?– cierto espíritu de choteo vanguardista, animó la vida cultural de su entorno y su época.

(Santa Clara, 19 de mayo de 2014)

 

Notas

1 Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998, p.77.
2 Tallet dedica dicha composición a A. H. A., que son las iniciales de Antonio Hernández Alemán, nombre real de quien se identifica en Matanzas como “Seboruco”.
3 Alfredo Zaldívar: Con mucha melancolía, Ediciones Matanzas, Matanzas, 2013, p.8.
4 Álvaro Cuadra: La plebeyización de la cultura popular (La industria cultural y los nuevos imaginarios en las sociedades de consumo latinoamericanas) Cf. UNIVERSIDADARCIS IHEAL /CEPAL/ UNIVERSITE PARIS III; Programa de doctorado en estudios de sociedades latinoamericanas; http://acilbuper.webcindario.com/PTVBOOK.zip
5 Alfredo Zaldívar: Ob. cit. p.8.
6 Idem, ob. cit. p.82.
7 Idem, p.83.

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