Yanier O. Palao: he tenido amor gracias a la poesía
Esto está rodando, Yanier.
Le dije a la vez que encendía la grabadora. Nos acomodamos en un banco de la Plaza de Armas, parapetados detrás de libros y tarimas improvisadas con tablas viejas, todo a nuestro alrededor parecía polvoriento y vetusto, salvo el canturreo de las aves en las fuentes y ramas cercanas y el murmullo de los turistas, porque los rostros cargados de incertidumbre de los libreros al acecho son siempre los mismos. Voces, algarabía, gritos, palomas que vienen a picotear a nuestros pies, chorros de transeúntes con sus cámaras colgadas o en ristre, “soperos” desafinados, casi andrajosos y andrajosos casi sin sopa alguna, perfilaban el mediodía; el sitio resultó ingenuamente sosegado, nos sentamos a conversar en un rincón frente a las obras de restauración del Palacio del Segundo Cabo, encima nos quedan los frondosos laureles del parque, en diagonal y en primer plano una de las fuentes en la que sacian su sed palomas y gorriones, y más allá la estatua prominente de Céspedes, pétreo mármol blanco que se alza en el centro de la plaza y roba la atención de nacionales y foráneos que atraviesan el lugar.
Lo demás es trasiego de materiales y libros, algún vendedor de golosinas, maniseros que pregonan afinados, traperos con ansias de trovadores que improvisan desentonados, personal al servicio de la restauración y las instituciones en derredor y algún que otro anciano que se mueve sin rumbo cierto, con la mirada perdida en un ayer sin mañana. Aun así, mi entrevistador prefiere estos escenarios donde la vida pasa como una experiencia estremecedora.
A Yannier O. Hechavarría Palao se le puede ver caminar bajo el sol intenso de las calles y plazas habaneras, con una jaba colgada del hombro; sus pasos, forrados de altas y robustas botas de trabajo, parecen conducirlo a ningún lugar o a cualquier sitio y los ojos abiertos tragándose lo observado parecieran estrujar recuerdos y expectativas en la misma página, su percepción del orden ─presumo─ es el caos; suele mirar los comercios y negocios que encuentra a su paso como si viajara en ferrocarril o a vuelo de pájaro, pero en todo caso se le puede observar dueño de ese escenario que para él es la vida, en comunión con el zig zag que tejen su itinerario y un saludo, una conversación que se le anteponga. Detenerse a saludarlo y cambiar el rumbo de su trayecto es lugar común en él, lo mismo alista su bitácora para un café al que te invita que para la redacción de El Caimán Barbudo. Su sentido del destino pareciera ser ese “ahora” que prescribe en su poesía.
Me recuerdo feliz, jugando solo…
Fue un niño de soledades cercanas (cercadas) a su alrededor, la distancia era la proximidad más inmediata a sus recuerdos y los pocos habitantes de su localidad concurrían como fragmentos distantes para sus juegos y aprendizajes, todo lo cual le obligó a realizar sus primeros estudios aun más lejos porque no había niños para que alcanzara a completarse un aula; sus primeras vivencias las rememora muy domésticas y relacionadas siempre con la naturaleza, suele recordar, como un detalle de su infancia, sus entretenimientos en solitario, al principio me costó trabajo, pero me recuerdo feliz jugando solo…estos son algunos trozos de una infancia nacida en el poblado de Diputada, en el municipio Báguano, provincia de Holguín, un 29 de enero de 1981 (casi, casi).
Sus referentes institucionales más inmediatos fueron la CCS “Fortalecida” y una lechería y su cercanía a la literatura se produce a partir de la llegada, a veces, del periódico, en el que se recuerda leyendo noticias o las revistas Bohemia y Mujeres; a la literatura infantil la conoció en algún que otro viaje con su madre a Santiago de Cuba, en la librería de la calle Enramada se recuerda con nitidez oteando libros; de regreso a su “estero” continuaba construyéndose una infancia casi despoblada, de juegos impares que le costaron resignación primero y cierta dosis de contentura después.
Será cosa de imaginarlo solo para asistir a la escuela, largas las caminatas por el monte, los ríos, descubrir animales que le acompañan, la presa que le reta la distancia última de límites físico y espiritual con que desafía los consejos maternos, la vida llegándole primero que la literatura a las páginas de la memoria. Casi sin percatarse iniciaba sus primeros e interminables itinerarios, al principio hacia su interior, en voz de la madre, luego la sensación de escurrirse por entre las montañas, los trenes, las ciudades, los talleres, el tremendismo de la soledad con los primeros poemas, las primeras y nerviosísimas lecturas entrecortándole la comunicación, las costas y otras aguas. A veces he deseado ser como esas aguas, irme no sé dónde, ni por qué, solo irme.
No es hasta su etapa de preuniversitario donde se recuerda escribiendo, extrayendo poemas de los diarios que redactaba y aunque no ha realizado estudios universitarios conserva la costumbre de escribir aquellos diarios por cuyos linderos viene su poesía y se le ahonda hasta hoy con las lecturas de Ángel Escobar, Raúl Hernández Novás, Eliseo Diego, los poetas norteamericanos cuyas textos, según refiere Palao ser pueden tocar o los diarios de campaña y los apuntes de José Martí, y los textos tanto ensayísticos como poéticos del gran escritor mexicano Octavio Paz. Se sincera y me acota: Mis poemas salen de un texto que ya estaba escrito con anterioridad.
Mientras trabajo inmerso, atareado con los poemas de Yanier, escucho su voz en el grabador, hurgo en la memoria nuestros encuentros anteriores, escudriño en las palabras que utiliza en su poesía, en cómo las ordena o desenfrena en función de la evocación, la presencia de sus ausencias, el tiempo, su realidad, me salta a la memoria la respuesta precisamente de Octavio Paz, cuando en una entrevista que le concediera a Joaquín Soler Serrano para el programa televisivo A fondo, en España, el autor de Libertad bajo palabra, El laberinto de la soledad o El mono gramático, entre otras imprescindibles obras y precisamente sobre la importancia que el escritor mexicano le concede a la palabra como instrumento fundamental del poeta, respondiera: “(…) la lengua es la realidad substancial del escritor y al mismo tiempo es su irrealidad total”, para acto seguido matizar esta definición con la lectura de un fragmento de un poema suyo perteneciente al poemario Pasado en claro:
Alcé con las palabras y sus sombras una casa ambulante de reflejos, torre que anda, construcción de viento, el tiempo y sus combinaciones, los años y los muertos y las sílabas, cuentos distintos de la misma cuenta. Espiral de los ecos, el poema es aire que se esculpe y se disipa, fugaz alegoría de los nombres verdaderos.
Porque la poesía de Yanier que se podrá disfrutar en su poemario Esteros, merecedor del premio Calendario de Poesía 2013, que otorga la AHS y que publicará la Casa Editora Abril en su colección de poesía, es justamente un compromiso del individuo con la palabra que nombra, desde la procacidad del tiempo, los muertos, sus ecos, sus alegorías la razón de las resonancias de la madre y sus “cuentos” para que habite (en)el poema, la realidad substancial del escritor que viene desde el lodo de los esteros natales para construir una especie de arqueología que va a encontrarse con el lenguaje de los recuerdos de su madre, de sus orígenes.
Chirridos de carretas y voces de fondo anuncian que los libreros se comunican entre ellos, consultándose a viva voz los libros que ofrecen unos y otros, algún turista hace fotos, esquiva la mirada de los nativos, ignora las manos extendidas, sonríe mirando a los celajes y se confunde con la muchedumbre mientras avanza hacia la calle de madera.
Miro al mendigo que recoge latas de cerveza, miro el sol proyectado en ellas; esa luz es como pequeñas porciones de Dios, solo la pobreza genera tanta divinidad. A lo lejos el hombre echa a su saco la luz. Él sabe de la cerveza el olor, las sobras que algunos dejan. A mí llegan fragmentos, cosas en desuso, residuos destinados para la poesía o el amor. Soy como ese hombre, como muchos otros que suelen dar largos paseos por el litoral para ver si encuentran algo que les haga más placentera la existencia.
No camines más allá de la presa
Vamos a conversar entonces sobre los poemas acopiados en el libro Esteros, ese poemario con el que te otorga la AHS su premio Calendario 2013; a mí me parece un conjunto de textos interesantes porque son varias visiones las que, en mi modo de leer, recoges en ese poemario, pero sobre todo es la visión desde la lejanía, el dolor, la memoria, desde la niñez, desde esa relación interior con tu madre, de hecho el libro está dedicado a Josefa, tu mamá, es un homenaje a ella. Háblame un poco del él, de esa relación sujeto lírico-autor. ¿Qué hay de biografía en esos versos, cuál es tu relación con ese juego de memorias?
Yanier levanta la vista hacia el coposo follaje, escudriña, se pasea por su reminiscencia con cautela, remueve su memoria, ensimismado, como calafateando recuerdos.
Estero es un propósito que yo quise armar, que yo quise construir, nace también de una especie de arqueología que voy haciendo, con recuerdos de mi madre y cuentos que ella me fue haciendo de su infancia y de su juventud; que transcurren en un lugar que se llama Estero Ciego, en Lengua de tierra, eso es por allá por Antillas; un lugar costero, pero una zona del estero, esa franja cenagosa, poco estable donde ella de niña y joven junto con otros pobladores del lugar se entretenían en tirar objetos pesados o pierdas a esa franja pantanosa y ver como se hundían por su propio peso. Por ahí va el libro, es una reconstrucción de la infancia y la juventud de mi madre y también es una especie de diálogo mío con ese territorio que, paradójicamente, aunque es un lugar cercano al mar, con mucha salinización, en él se dedican al cultivo de la caña de azúcar; sin dudas me marcó ese lugar, que se llama Dumois, pero tiene varios nombrecitos por la costa, Lengua de tierra, Estero ciego…
Antes de ese libro apareces involucrado en una antología de poesía, y eso me daba un poco la visión tuya de trashumante, La Isla en verso, que en alguna medida selló tu existencia como intelectual, como poeta, y este recorrido que les permitieron a Luis Yuseff y a ti, pienso que haya influido en tu vida, en tu manera de ver la realidad, y en tu manera de “leer” la isla en versos. ¿Qué me puedes contar de esa experiencia y de cómo marcó tu vivencia, constatar esas otras realidades, desde la obra de los poetas y desde la existencia misma de esos lugares?
La Isla en verso fue una idea bellísima que se nos ocurrió a Luis y a mí, yo tenía una idea vaga, que por algún tiempo estuve pensando en llamar “Poemas de la resignación”, en una antología que se nombrara así mismo, por aquel verso de Virgilio Piñera que tiene esa carga de resignación, “la maldita circunstancia del agua por todas partes”, es un verso desde la resignación, pero que tiene mucha fuerza, y yo creo que esto no se aleja mucho de Esteros, es constantemente el sabor salado, la salinización, por las cuatro esquinas del país, de alguna manera, esa bendición del mar, pero también la maldición de las penetraciones del mar por algunas de sus costas y luego el efecto del óxido, cómo se va corroyendo todo alrededor; eso quise ponerlo de alguna manera desde esa visión de Virgilio, es decir, desde la resignación, por eso quería nombrarlo de ese modo, pero pensando con Luis, colegiando ideas, surge la propuesta de hacer juntos La isla en versos; que nace en su casa en una tarde bonita, nunca pensé que lo pudiéramos armar tan rápido y que nos fuera a dar tantos frutos, de modo que le agradezco a Luis y a la vida el haberme puesto en ese sondeo por todo el país, en la búsqueda de jóvenes poetas que tratan el tema de la Isla, ya sea física o espiritualmente, desde la geografía o desde esa especie de resignación. La isla en versos ha venido a saldar aquella deuda conmigo de hacer una antología de poesía joven que tratara el tema de la resignación.
Esto te permite también un paneo digamos por el “litoral”, como tú decías ahorita, físico y literario de la Isla, entonces me gustaría saber qué te han aportado tus incursiones por el litoral como ser humano, esas realidades que has podido otear, que has podido conocer y que en alguna medida has podido traducir en tu obra?
Parece que yo soy una persona de litorales de la “orilla”, y no me da pena decirlo, no me da ningún tipo de vergüenza, más bien siento orgullo por decirlo, por publicarlo y por asumirlo, he estado por esa senda, no solo por la senda del mar, del litoral, sino también por la senda del borde, del margen, por decirlo de alguna manera, y en Esteros hay una especie de justificación de por qué yo vuelvo a los mismos temas, porque aunque provengo de una familia, de una madre que estuvo cerca de ese mar, cenagoso y cerca del fango; de una familia campesina y pobre, tiene su riqueza venir de esa familia, y también tiene ciertas asperezas que te marcan como puede marcarte el mismo efecto del mar que corroe.
La vida que veo desbordarse
Un verso tuyo que me gustó mucho dice, “escribo pensando en los enlaces que tengo con la realidad”. Claro, te refieres a los enlaces que tienes con la realidad de tu mamá, entonces, sacando el verso de contexto o de circunstancia, me gustaría saber cuáles son esos enlaces con la realidad que te compulsan a escribir?
Yo creo que mis poemas no son perfectos, incluso lo supe desde la primera vez que asistí a un taller literario y me dijeron que se podía quitar esto o aquello, y yo lo sé, pero también siento que cada vez estoy cercano, y quiero estar cercano a la vida…
Hace un gesto de exacta incomprensión mira al pregonero que vocea el turrón de leche con maní, mueve las manos con lentitud sobre su propio hombro, recogiéndose la manga del saco morado que lleva puesto y sigue con la mirada unos segundos al hombre.
…Me aferro a ella, aunque esa palabra no me gusta, porque me gustaría que la vida se me diera fluida, no con el esfuerzo de “aferrarse”
Escribo con los enlaces que tengo con la vida porque en ese mismo libro ningún poema mío es mayor que la vida que veo desbordarse, es decir, ninguna obra, ninguna película, ninguna exposición llega a estremecerme tanto como sentarme debajo de un árbol, en un parque, sentarme solo y ver a los demás; para mí eso es una experiencia estremecedora, ver cómo los demás son felices o tratan de serlo, a su manera, por supuesto, haciendo todos los ejercicios que la gente puede hacer para ser felices. Eso llega a estremecerme y es para mí mucho más conmovedor que sentarme en un cine a ver una película, que tanto lo disfruto. Yanier preferiría siempre sentarse solo a ver la vida.
Tú hablabas de los talleres literarios, me gustaría saber cuándo te vinculas a ellos, coméntame un poco de tu experiencia en el paso por esa institución. ¿Qué te aportó empezar a mostrar tu obra en un taller literario?
“¡Perro chulo!”, se siente en voz de fondo, manera de saludar un librero a otro que pasa con una caja de libros a cuestas. Yanier lo mira estupefacto, pero sigue el hilo de mi pregunta sin inmutarse, se acomoda una pierna debajo de la otra, entrecruzada, coloca el bolso de lienzo con las iniciales AHS estampadas en rojo entre ambos muslos, introduce una mano, hurga en el jolongo y extrae un paquete de pastillas que pone en el banco.
Metoclopramida para el estómago, pero están vencidas, me las muestra y vuelve a introducirlas en su bolso. Sus manos y su piel parecen rociadas tenuemente con salpicaduras de tierra, el pelo lo lleva enhiesto, de un ambarino casi cobrizo que airea a su antojo exponiendo largos y helicoides rizos al vaivén del viento; la redondez de su rostro se acentúa con una barba antojadamente delimitada por debajo de la mandíbula y despejada en lo que fuera el bigote, lo que advierte en su rostro una serenidad congruente con los gruesos lentes de sus espejuelos. Miro mi reloj con un gesto discreto de la mano y repaso otra vez, para mis adentros primero y en voz alta luego, la pregunta.
Empecé en los talleres literarios en Báguano, en el batey azucarero, un proyecto cultural que se llama “El árbol que silba y canta”, vinculado a la Casa del Joven Creador y allí estuve vinculado a ese evento literario, siempre fue un encuentro entre bondad, resentimiento, temor; enseñar lo que tú haces, a mí todavía me cuesta mucho trabajo enseñar lo que yo hago, es decir, yo lo escribo y eso es tremendísimo, el placer que tengo al escribir mis poemas, pero en soledad; ya después, cuando tengo que hablar de ellos o leerlos en público, siempre estoy muy nervioso y siento cómo la comunicación de mi obra se me hace difícil. En ese sentido, los talleres literarios me ayudaron muchísimo a socializarme con los demás y a socializar lo que yo hacía, pero también hubo una dosis de enfrentamiento, ahora con el paso del tiempo, yo veo que sea lógico que haya ese enfrentamiento, porque tú vienes con una propuesta, y los demás no tienen por qué estar de acuerdo con ella, pero en ese enfrentamiento es donde crece el poema, o se disuelve, en la medida que el autor no es lo suficientemente fuerte.
La primera vez que leí mi poema el asesor literario me dice: “No pero eso no es poesía”.
Hace una pausa, torna la cabeza hacia arriba, tuerce los ojos y se pasa los dedos por la barba, aprovecho para tomarle una foto, casi robada, desde el apremio y la atención, contra picada y sin mirar apenas al display de la cámara. Regresa sobre su gesto y mirándome continúa.
Y yo me quedé con dudas porque no supe si era poesía, si era prosa, si era “algo”, preferiría que los críticos se ocuparan de eso. No le pongo muchas etiquetas a los textos ahora, pero en aquel tiempo eso me desniveló, porque yo me decía, bueno, si no es poesía qué cosa es entonces. Eso fue lo más difícil del enfrentamiento, ponerle etiqueta a algo que nace de ti y cómo tú, de una experiencia vivencial puedes, o no, hacer poesía, atraparla, capturarla.
¿Cómo llegas a La Habana, cómo te sientes en La Habana, a qué te dedicas en La Habana?
Yo había venido a La Habana muy pequeño, mis padres me trajeron por un asunto de médico, pero de esa visita no recuerdo nada, y regresé por segunda vez a la Habana cuando pasé el Taller de Creación Litertaria Onelio Jorge Cardoso en su 7ma edición. A esa experiencia yo le agradezco muchísimo, a ese taller literario, como creo que mucha gente le está agradecido, porque encontrarnos un grupo de muchachos a lo largo y ancho de todo el país con inclinaciones literarias y artísticas, y vernos una semana al mes fue una experiencia que todos los que pasamos el Onelio la recordamos con mucho agrado, de esa experiencia tenemos amigos que desde ese encuentro hasta ahora te acompañan y es hermosísimo, porque no solo son los encuentros literarios, sino también que se edifica el plano sentimental, entonces el Onelio tiene esa dualidad de sentido, es decir la formación literaria, cultural, que te ayuda con excelentes profesores, excelentes conferencias, pero también la experiencia humana de la entrega de la amistad y el amor que surge allí.
Poner en tela de juicio las cosas
¿Qué vivencias te guardas, incluso como anécdota, de esa relación que te permitió establecer el Onelio con otros escritores, sobre todo con los puntos de vista disímiles que trae cada uno desde sus lugares de orígenes.
Los debates. Eran siempre fuertes, había una especie de combate en el aula, el aula se convertía en una especie de encuentro y siempre en un encuentro hay diálogos, pero a veces el diálogo se rompe porque es el encuentro con el otro, con lo diferente y por supuesto veníamos de diferentes ciudades, con diferentes experiencias de vida, en ese sentido hubo debates muy fuertes y acalorados. Pero ahí estaba el crecimiento, y ahí también estaba la parte pedagógica de Eduardo Eras León para alcanzar una reconciliación, hasta llegar a un sosiego y reconocer que todo era para mejorar, si se puede decir así, la escritura. A veces se vertían criterios desangrantes para minimizar alguna que otra propuesta, algún que otro cuento, alguna que otra obra, claro, todos éramos muchachos jóvenes, con aspiraciones de ver publicados nuestro primeros libros, y allí surgió esa suerte de laboratorio, de coloquio, de discusión y ese encuentro le hace muy bien a la literatura cubana, es decir, poner en tela de juicio lo que tú escribes, porque a veces uno se envilece mucho en lo que uno escribe. ¿Y por qué no ponerlo en tela de juicio? El taller Onelio Jorge Cardoso hace eso. Mover nuestros cuentos, saber hasta dónde pueden llegar, también allí te daban sus técnicas, las herramientas para poder escribir un cuento, pero a veces los criterios eran de percepción, subjetivos, y eso es importante, porque la literatura no solo es un campo intangible, inasible, es decir el taller era la parte más objetual y más práctica de ver la literatura, no por gusto es Taller. Una especie de laboratorio. Y yo creo que eso le hace mucho bien a la literatura, también puede hacer mucho daño, porque puede que una obra muy personal y genuina se empiece a parecer a un colectivo de gente, pero ¿por qué no moverlo?, es decir, poner en tela de juicio las cosas.
¿Te parece factible crear, en la misma medida en que está creado el Taller de Técnicas Narrativas Onelio Jorge Cardoso, un taller o un laboratorio para la escritura de poesía, hasta qué punto lo crees realizable, posible, idóneo? Digamos que la pregunta concreta sea: ¿se aprende a escribir poesía?
Como yo veo la poesía últimamente, a mí me parece que es cada vez más difícil decir que sí o que no; hay una parte en mí que te dice que sí, porque escribir un texto, un poema, lleva reglas, una armazón que hay que cumplir de alguna manera, pero otra parte te puede decir redondamente que no, porque la experiencia del poema tú la llevas al papel, pero en mí caso muy personal, yo primero veo el poema, yo no siento la letra escrita, yo primero lo veo en mi cabeza, o surge delante de mí y después lo transcribo, aunque después mis poemas nacen de otros textos que ya previamente había escrito. Yo sigo escribiendo diarios, entonces mis poemas nacen de una escritura ya escrita.
Acerca de la utilidad de la poesía tú referías, entre otras cosas, que la poesía sirve para “fijar lo imaginado o darle olor a las letras”, y está expresada en imágenes que a mí me parecieron atrayentes en sí mismas, pero sobre todo pienso que te valen como interrogante de para qué otra cosa crees tú que sirva la poesía sobre todo en estos tiempos en que se viven tantas ordalías, y tantas situaciones de desagrado, tanta putrefacción.
Con una vida como la que he llevado hasta ahora, con mis 32 años de edad, la poesía ha sido fuente y objetivo de una existencia, es decir, un muchacho que sale de su casa, que no tiene un objetivo muy preciso en la vida, si no hubiese leído un poco de libros de buenos autores, algunos libros de poemas que han marcado y continúan marcando su existencia no sabría en qué iba a emplear su tiempo libre o no sabría a qué iba a dedicarse durante tantos años, entonces la poesía ha sido objetivo de vida en mí, me ha dado la posibilidad de extender lo que yo pienso, lo que yo creo y también me ha permitido conocer amigos, es decir, he tenido amor gracias a la poesía. Ha sido la fuente que me ha permitido beber de ella, de su parte más espiritual, pero también de su parte más pragmática.
Hablando de pragmatismo, cuéntame un poco de ti, a qué te dedicas, qué haces y qué te gustaría hacer. ¿Cómo sostienes la existencia?
Yo vivo como cualquier otra persona, hago muchas cosas para poder sostener una renta, poder comprar algo de comida ─en eso se me va casi todo el tiempo─ y algo que puedas robarle al descanso, al sueño para poder leer, seguir escribiendo, es una especie de ejercicio diario en el que tienes que hacer muchas cosas constantemente para continuar viviendo, y esas cosas pueden ser lo mismo un trabajo doméstico en una casa, que en una paladar, que de asistente de dirección en un cortometraje, es decir es una especie de poliedro laboral en el que uno vive.
Vamos a hacer un regreso breve para revisar algunas ideas. Con Esteros apostaste por el Premio Calendario y en alguna medida, yo pienso que el jurado apostó también por Esteros, de modo que hay ahí una comunión de intereses, entonces me gustaría saber ¿cómo recibiste el Premio, qué connotación tuvo para ti recibir este Premio Calendario 2013, qué nos puedes comentar de este certamen?
El año antes pasado yo envié el mismo libro al concurso y había obtenido la primera mención, eso hizo que de alguna manera esperara con agrado el premio; es un premio que yo quería obtener, pues en más de una ocasión había mandado mi obra, es decir, ya la había enviado como en tres ocasiones y es un certamen al que muchos jóvenes escritores de todo el país mandan sus obras, y es difícil ganar porque mucha gente joven está escribiendo y son muy buenos los libros que escriben. El concurso tiene un punto a su favor y es que para participar no hay que ser un poeta inédito, como en el premio David. El premio Calendario para poetas jóvenes que hayan publicado o no, que sean miembros o no de la AHS, hace que el nivel de la competitividad sea difícil.
¿Qué proyectos te traes entre letras, entre páginas, qué salvas de los “esteros” de la memoria para los lectores?
Estoy escribiendo un libro que se llama “Óxido”, otra sola palabra, es un libro donde aparecen esos enlaces entre Oriente y La Habana y esa relación no solo con el mar, sino también con el efecto del mar tanto en nosotros como en la ciudades, en su parte más tangible, el óxido, lo que se corroe, la belleza de lo envejecido, de lo caduco; cómo en esa fuerza de lo caduco a veces nosotros encontramos un afán por conservar una historia que ya no está, ese aferrarnos a lo envejecido, a lo vetusto. Entonces “Óxido” dialoga con eso, es decir, con la dicotomía de si está o no está, y es también ese diálogo con lo oxidable, en ese sentido es un libro superficial, porque trato que sea muy de texturas, un libro en el que vuelvo a la prosa y que también dialoga con la gente de aquí, es el libro donde están la gente que van al gimnasio, que se cuida solamente la belleza física, ese constante tratamiento de lo externo, de lo puramente hermoso, de lo que se ve.
Cruzo la vista con él, acaricia la piedra transparente que pende de su cuello, esboza una sonrisa y pierde la mirada por donde entra el frío aire que nos ha estado azotando por más de una hora de conversación, siento mis manos casi entumecidas, apenas encuentro manera para oprimir el stop de la grabación, pero me las arreglo para tenderle la mano y agradecerle la paciencia de la que ha hecho derroche. Quedamos en acompañarnos hasta la UNEAC, se presenta el último número de La Gaceta de Cuba y ambos estamos interesados, luego se llegará hasta mi casa, tiene habilidades para la artesanía, pero una de las pinzas que necesita, que le resulta indispensable para otra de sus destrezas, la bisutería, la tengo yo; como recompensa se la voy a obsequiar.
