Notas sobre Waldo II
Waldo vuelve sobre la trilogía pasado-presente-futuro con una metáfora realmente extraordinaria en “Cuarto menguante” de Intimidad de la madera, al comparar su crecimiento como individuo con el de un cedro del Líbano que él mismo sembró siendo niño: Fuimos creciendo torpemente: / él hacia el cielo / y yo hacia una distancia desconocida…. En “Conversación con Omar Lara” de ese mismo poemario, le recuerda a su interlocutor cuando llegaste, muchos años después, / muchas muertes después, muchos versos después, / y descubriste que la memoria es una trampa, / que la vida se hace a cada paso / y la única nostalgia verdadera es la nostalgia del futuro.
En un bellísimo poema en prosa de El rasguño…, recrea el célebre episodio de la magdalena de Proust; pero no a través de un sabor, sino de una palabra. Aquí pasado, presente y futuro confluyen nuevamente y otorgan una gravitación inesperada al acto más simple: Sucede que empiezas a pelar una naranja humilde, desechable, y salta desde el fondo de la infancia una palabra: bergamota, y con ella un aroma (…) Te baña las manos el jugo que recoge la lengua de una niña que dejó de existir y que regresa, sin rostro, envuelta en la palabra bergamota, como un roce (…) que vuelve a abrir los poros de tu cuerpo y te hace ventear, como aquel día, la tibieza de un aire que invitaba a correr, a desnudarse, a morir hecho un temblor sobre la hierba. Sucede que empiezas con las uñas a pelar la bergamota, sin sospechar siquiera que será una humilde y desechable naranja del futuro.
“La noche irremediable” (Cuando el cristal…) apunta al futuro, haciéndolo sinónimo de utopía, y al propio tiempo se promete fijarlo, cristalizarlo, transformarlo en memoria: Si me es dable llegar al porvenir que me sedujo / convertiré en memoria lo fugaz.
La idea de entregarse a los demás, de amarlos, de ser amado por ellos, atraviesa la poesía de Waldo: en el ya citado “Solo de flauta” de El rasguño… nos confiesa amargamente, con esa sinceridad descarnada que ya apuntamos: Yo nunca fui feliz. He buscado desesperadamente la / felicidad. Pensé que la mejor forma de hallarla era entrar /en el amor de la gente, repartirme en ellos, dar lo que / nunca he tenido, vencer mi ausencia llenando la de los /demás, pagar por una risa ajena toda mi capacidad para / reír Ha sido inútil. No soy feliz y aquellos que me tocan / tampoco pueden serlo. En “El rumbo de los días” (Cuando el cristal…), reitera estas ideas: Provoco la infelicidad, es mi costumbre, / pero busco, por encima de todo, / el amor de los otros (11).
Por esa razón, entre los demonios más odiados que recoge la poesía de Waldo están las traiciones, las deslealtades, Temo a la noche, al olvido, a la traición, nos dice precisamente en “El rumbo de los días”. En el texto desgarrador “Del que tal vez” de El rasguño…, asegura que: Lo terrible de una guerra prolongada / no es el hambre del cerco, / ni el cansancio, ni la desesperanza, / ni los muertos que quedan en el polvo / en terreno de nadie. / Lo atroz, lo insoportable, / lo que quita las ganas de vivir, / es que conoces el color de los ojos, / el gesto, la íntima camisa, / del que tal vez mañana se pase al enemigo. “Agradezco la noche” (Cuando el cristal…), en cambio, nos muestra cómo De aquello que fue el rostro del amigo / queda una mancha, el tatuaje / dejado por la máscara en la piel.
Al enumerar las cosas que teme, ya lo vimos, Waldo incluye “el olvido”, es decir, la pérdida de esa apoyatura por momentos grata, a menudo agridulce o francamente hiriente, que lo acompaña siempre, la memoria. Teme también, aunque no lo dice aquí, a la distorsión de la memoria, tanto de la personal como de la colectiva. En “Homérica (o monólogo de Aquiles)”, el semidiós se queja ante el cadáver de su enemigo y revela una sorpresiva verdad: Ah, Héctor, defensor de los muros, / la historia la contaron de otro modo. / Los dioses, aburridos en sus largas veladas, / inventaron el cuento. Hasta Homero fue falso (…)/ y ahora yo soy el héroe clavando eternamente / la pica poderosa sobre mi propio pecho. Y es que hay que tener en cuenta el anverso y el reverso de la moneda (“Cara o cruz”, Cuando el cristal…): El riesgo de este juego [nos advierte Waldo] es que uno mismo llega a ignorar que la moneda existe y que puede girar sobre sí misma, porque tiene un anverso y un reverso.
En otro texto memorable pasamos de la Épica desfigurada a la reconstrucción infiel que se ejercita en la memoria íntima: Tú sabes que uno nace / cada vez que recuerda y que el recuerdo rehace / o, mejor, reconstruye con cierto encanto cruel / aquello que no fuimos, porque nadie es aquel, / siempre seremos aquel que espera el desenlace. (“Sinestesia”, Cuando el cristal…)
El “desenlace”, es decir, la muerte, es sinónimo de olvido, de una desmemoria sin fondo, sin final. En “Fieles difuntos” de El rasguño…, Una persona muere y la dejamos / que se vaya perdiendo en la memoria / hasta que sólo sea una palabra, / un gesto irrepetible, un modo inmaterial / de estar presente, /de ser, en fin, aquella que no fue. Sin embargo, Waldo cree que el amor puede vencer al tiempo y a la disolución y de lograr que “Cada segundo” pueda ser “toda la vida”. Por eso pide a la amada “Toca mi rostro y sálvalo en la memoria de tus manos” (“Monólogo final”, Cuando el cristal…) y afirma: Tengo un pacto / trazado con la muerte: hasta encontrarte (“En la dorada luz, breve, de octubre”, Cuando el cristal…). Por eso deja, junto a la puerta de la Isolda de Raúl Hernández Novás, “un mensaje de amor contra el olvido” (y también, por supuesto, contra la Muerte: “Las hortensias azules” de Cuando el cristal…). Por eso también cumple puntualmente el ritual de ofrecer a sus muertos más queridos un chorrito de ron: a poetas que murieron muy jóvenes, muchos años atrás, y a muertos más recientes (…), / que nos dejaron definitivamente huérfanos. / Pienso en Joel, en su ternura brusca, / en su cortante lucidez, en su diálogo constante con los loa, buscando una explicación para sí mismo, / para nosotros, para esta Isla entrañable que nos duele. (“A modo de Elegía”, Cuando el cristal…) Este poema elegíaco está muy relacionado con “Las nuevas cicatrices”, de Intimidad de la madera, donde el hablante poético verifica con dolor que Veinte años atrás, si algún amigo decidía morir, / era una herida que cerraba sola, / Pocos eran entonces los amigos que morían. / (…) Ahora la muerte es más frecuente, más lentas / las nuevas cicatrices. / ¿Será mayor el amor a los amigos / o es que pensamos en nuestra propia muerte?
En Intimidad de la madera su relación con la muerte es más cruda, casi brutal, Mañana he de morir, eso se sabe, nos dice. No obstante, reconocer esa implacable “Finitud” (así se llama el poema: “Finitud”) no le impide seguir creando para hoy y para el futuro: Mañana he de morir, / y sin embargo hago proyectos / para los días sucesivos. / Mañana he de morir / pero falta por terminar algunas cosas / que precisan tal vez de mucho tiempo. Pero, a pesar de todo esto, Waldo sigue creyendo que el amor puede alcanzar milagros: Si en este instante / se extinguiera el sol, /en esos ocho minutos / que anteceden las sombras / podría perpetuar la memoria de tu voz, / sembrar en tu vientre/ la semilla que nunca brotaría. // Qué mejor epitafio / para el pobre universo que habitamos (“Contra la duda”).
Otros temas aparecen aquí y allá de manera reiterada, aunque enfocados desde ángulos muy diversos: el viaje, el camino, el transitar sin un rumbo definido, es tratado una y otra vez para demostrarnos la farsa de la Historia lineal, de la teleología, y la índole cambiante del peregrino (Véanse, por ejemplo: su comentario en forma de soneto a un dibujo de Kcho, Hay tanta soledad en el paisaje, tanto mar detenido, tanto viaje sin ida ni regreso…; el texto “Paisaje”, en De la máscara…, donde el viajero reconoce que yo no soy el que regresa / ni tampoco el que partió; y, en Intimidad de la madera, un texto muy sugestivo, Vi cómo un hombre, haciendo una cabriola, / renunciaba al camino…); otro tema tiene que ver con el transcurrir del tiempo, de Cronos, el implacable, como asesino de ingenuidades (en “El clown y el espectador”, 13, de De la máscara y la voz se exclama ¡Ah, tiempo, cómo destrozas / la inocencia de los dos!; y, por otra parte, la Utopía como ideal, como proyecto colectivo, como sueño de muchos y como pieza esencial en la vida de un soñador empedernido, se nos presenta en un atormentado proceso, que ocurre dentro y fuera del poeta. “La luz en el cristal” (El rasguño…) nos enseña que el llamado “compromiso” solo tiene arraigo verdadero si nace desde dentro: respeta la verdad de los que van contigo, / pero respeta sobre todo tu verdad, / porque ella es, de algún modo, / la verdad de los que van contigo. “En la fidelidad a sí mismo, reencuentra el poeta la clave para seguir practicando la fidelidad a la causa de los otros, para no traicionarla, para no traicionarse ni traicionar el sentido todo de su vida” (del prólogo).
Pero ya en De la máscara… se asegura Este tiempo en el que vivo / no es el tiempo que soñé, / el porvenir que busqué / tiene un horizonte esquivo…, mientras que en “Solo la luz me salva” de Intimidad de la madera, cuando el hablante poético mira hacia el porvenir, lo ve como un lastre poblado de espectros, Los fantasmas del futuro / pueblan la noche. / Si pudiera ascender al nuevo día / sin ese puente, sin ese hueco, / donde acechan / las trampas de la sombra. Hay un texto brevísimo e intenso de este mismo poemario, “El mundo al sur, el tiempo al norte”, donde ocurre un terremoto (metafórico o real, no importa) y la Historia con mayúscula se cruza con la historia personal del hablante poético. La única solución posible está en aferrarse a la identidad propia, ese núcleo misterioso del ser: Se desquició mi cama, la casa, / las plantas del jardín, mi vecindario, / cada kilómetro cuadrado del país, el mundo al sur, el tiempo al norte, / y yo en medio con los brazos en cruz / regresando a mí mismo. En este tema, donde se entrecruza la Épica con la biografía del Waldo poeta, del Waldo ciudadano, del Waldo revolucionario, por encima de dudas, de zozobras, de obstáculos, brilla en la poesía y en la vida del autor una eticidad a toda prueba. Waldo se parece a su poesía, como debe ser. A pesar de que pudo ver más de una vez “la íntima camisa” del futuro traidor, es de los que cree, de los que sigue creyendo, como Martí, en el mejoramiento humano. Y desborda amor, generosidad, limpieza de alma, bondad, y sabe conducir su melancolía con la mayor dignidad, sin concesiones, sin sensiblerías. Es un privilegio tenerlo entre nosotros, como gran poeta y como gran amigo.
