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Cuando la polémica hace mover el pensamiento

Emilio Comas, 17 de junio de 2014

Hace unos días se suscitó en los medios intelectuales cubanos una polémica muy interesante y que tenía que ver con la literatura del compromiso. Se hablaba que no se debe jugar a la política desde el arte, de los artistas comprometidos de una manera militante con un partido, filosofía o poder, que terminan siendo – o casi – marionetas de ese  poder, y otras ideas novedosas, discutibles algunas, aceptables otras, pero atractivas casi todas.

Como considero que el tema lo amerita quiero brindarles a mis lectores algunas reflexiones que sobre estos tópicos se han hecho en otros tiempos, y también en los tiempos actuales, pero en otras latitudes, a fin de colaborar a que tenga una mayor intensidad la luminosidad en el movimiento de la ideas.
Quiero empezar con cierta historia “antigua”.

En enero de 1966 se publicó en el editorial Arca, de Montevideo, Uruguay; un texto de narrativa cubana titulado Aquí  once cubanos cuentan, y que fue una antología seleccionada por Pepe Rodríguez Feo a instancias del intelectual uruguayo Ángel Rama  y que tenía la premisa de ser un texto “que reflejara la realidad cubana a partir de 1959”.

Los once escritores cubanos que participaron en este compendio del cuento cubano fueron Virgilio Piñera, Onelio Jorge Cardoso, Calvert Casey, José Lorenzo Fuentes, Cabrera Infante, Edmundo Desnoes, Ambrosio Fornet, Lisandro Otero, Humberto Arenal y Jesús Díaz.

Pepe Rodríguez Feo no hizo solamente la selección, sino un prólogo que resulta muy interesante porque es reflejo vivo de la época, y de cómo se manejaban ya determinados conceptos sobre la manera de concebir la literatura en la nueva época que vivía Cuba.

Paso a brindarles algunos párrafos del prólogo copiados de su página once:
   
“Hay que señalar que muchos de los temas más interesantes que nuestros narradores podían abordar en sus obras – como el abuso de poder, los errores de algunos de nuestros dirigentes, el dogmatismo y otros temas que nuestro Primer Ministro (se refiere a Fidel) ha señalado repetidamente en sus discursos --  resultan conflictivos por los problemas políticos que tocan y ante los cuales muchos escritores se inhiben por temor de hacer una crítica que podría interpretarse como una deslealtad hacia la Revolución. En este sentido varios escritores se han censurado en el pasado más bien por temores infundados que por objeción de nuestros dirigentes”

“Una de las preocupaciones de muchos de nuestros escritores ha sido presentar la realidad revolucionaria con la mayor franqueza. Esto implica describir realísticamente la forma en que se comporta y habla nuestro pueblo. En algunos casos se ha intentado hacerlo a través de un estilo conversacional que abarque todas las formas de expresión. Como el cubano tiene la tendencia de emplear muchas palabras, estos cuentos han resultado chocantes a ciertos funcionarios que quisieran que en Cuba solo se escribiera una literatura edificante. Un falso moralismo ha impedido a veces la publicación de cuentos
“atrevidos” en nuestras revistas literarias”.

“Cuando Jesús Díaz ganó el premio cuento en el concurso de Casa de las Americas   el año pasado, la literatura cubana sintió un gran alivio”.

“Díaz es un revolucionario, profesor de marxismo de la Universidad de La Habana, a él no se le puede reprochar el intentar hacer una literatura pornográfica o querer pervertir a las masas.”

“Los argumentos esbozados en nuestra narrativa, por lo tanto, no siempre han aludido a aspectos sociales y políticos del momento.”

“El realismo socialista no parece haber sido del agrado de la mayoría de nuestros escritores. Tampoco hay que olvidar que Fidel  Castro en su esclarecedor discurso “Palabras a los intelectuales” sentó las bases para una literatura y un arte en los cuales cada artista podía ejercer plena libertad en cuanto al tema y al estilo a emplear. Esta libertad de expresión impulsó  a nuestros creadores  a experimentar con todo tipo de método con el cual enfocar la realidad”

Abordando otra arista del problema  quiero mostrarles los criterios emitidos por Silvia Molloy, Profesora Emérita de la Universidad de Nueva York y autora de un ensayo titulado Acto de presencia que trata sobre la autobiografía de los siglos XIX y XX en Hispanoamérica. En este texto la autora expone el auge de la escritura testimonial y la voluntad de lograr el efecto de lo verdadero, cuestiones estas que definen buena parte de la literatura del siglo XXI. Destaca además lo sintomático del rótulo relativamente creciente de “escrituras del yo”  que ha ido reemplazando la noción de escritura autobiográfica, “algo desgastada y no muy favorecida” en América Latina”.

“El auge del yo, ficcionalizado o no, que convierte la intimidad en literatura, una mirada no ideológica sobre la política, ritmos más propios del viaje iniciático que del exilio y variedad de historias pequeñas , fragmentarias,… dominan las tramas.”  

Otro aspecto que quiero manifestarles se refiere a los argumentos del profesor Ricardo Follari, Doctor en Filosofía de la Universidad de Cuyo, y que saliera publicado en el periódico El País de España con fecha 3 de junio del 2014.

Y dice así; “Todos tenemos ideología. La creencia de que la ideología es sólo cuestión de quienes se interesan en política es una ingenuidad. Como profesor de Teoría del Conocimiento, no puedo cansarme de enseñar a mis alumnos universitarios que la ideología más fuerte es la de aquellos que creen no tenerla.

Es que la ideología no es una idea acerca de la política, sino las nociones que todos tenemos –y no siempre de manera plenamente consciente– sobre qué es la sociedad, qué es el individuo, qué es la justicia social, qué es el poder, etcétera. Para sostener esas ideas, no se requiere pensar explícitamente en política. Todos vivimos en sociedad y tenemos un modelo implícito de qué es bueno y qué es malo para la sociedad, aunque jamás hayamos dicho una palabra específica sobre el sistema político.

De tal manera no existen las personas “independientes”, no hay quienes no respondan a ideología alguna. Todos dependemos de nuestras ideas, y –lo peor– es que no todos somos conscientes de que las tenemos y mucho menos de cuál es el origen de las mismas, no sabemos a menudo por qué pensamos como pensamos.

Las ideas no nos vienen del cielo ni del interior de nuestra cabeza. Son la resultante de una serie de influencias que hemos pasado en nuestra vida: el sector social al que pertenecemos, el género, la época, las escuelas a que fuimos, las iglesias a las que pudiéramos haber pertenecido, los clubes, los amigos. Todos ellos han hecho que seamos los que somos. Nadie se inventa a sí mismo: a lo sumo, cada uno recombina a su manera las ideas que no ha producido por sí solo”

Y por último voy a hablarles de un tema muy  actual,  el pasado 31 de mayo, el periodista Javier Rodríguez Marcos, publicó en El País de España un trabajo titulado ¿Libros para cambiar al mundo?, y en el mismo hace referencia a los argumentos siguientes:

“La crisis económica ha abierto un hueco en las librerías a novelas, ensayos y poemas atravesados por el paro, los desahucios o la precariedad laboral. Entre ellos emerge casi como un emblema la última novela de Rafael Chirbes, En la orilla, mejor libro de 2013 para varios periódicos españoles —éste incluido— y reciente premio Nacional de la Crítica. Sorprendido de su propio éxito, el escritor lo atribuye a la desolación y el cabreo de la gente: “En momentos menos feroces me verían como a un peligroso radical”. Chirbes tiene 62 años, pero las sensaciones de las que habla están presentes también en el nuevo poemario de Elena Medel, que tiene 29 y ha ganado el Premio Loewe a la creación joven con Chatterton.

En su libro, dice Medel, está más presente lo colectivo que lo generacional a partir de “coordenadas personales” concretas: “La precariedad laboral y sentimental, el modo en que las relaciones de trabajo —qué ofrezco/qué recibo— se han trasladado a las relaciones a secas”. Y al fondo una pregunta —“¿cómo hemos llegado a este punto?”— teñida, esta vez sí, de una desazón con edad propia. “Pensábamos que viviríamos mejor que nuestros padres y no es así”, reflexiona. “Me pregunto en qué momento se torció todo y no tengo respuestas. Incluso cuando no se escribe literatura social se escribe contra algo. Yo escribo contra esa sensación y contra mí misma porque hemos seguido un modelo enloquecido, sabemos quiénes son los culpables y nuestra repuesta ha sido bajar la cabeza, la sumisión”.

En otro momento del ensayo el periodista dice:

“El resurgir de la literatura comprometida en España ha vuelto los ojos hacia los autores que la practicaron bajo el franquismo. Sería el caso de Ángela Figuera y, también, el de Armando López Salinas, cuya novela La mina, una crítica de la explotación laboral publicada en 1960, se reeditó por primera vez en septiembre pasado sin los cortes de la censura. López Salinas murió en marzo pasado, pero el responsable de esa nueva edición, David Becerra Mayor, recuerda que la recuperación de La mina parece hecha a propósito, pero que ya en 2011 —“curiosamente, tres días antes del 15-M”— se celebraron unas jornadas de homenaje a su autor, referente de esa literatura social de la posguerra que pasó de ser tendencia dominante —de la mano de Blas de Otero, Gabriel Celaya, Antonio Ferres o Jesús López Pacheco— a ser denostada por, según sus críticos, privilegiar la denuncia frente a la estética. Contra La mina, dice David Becerra, se esgrimieron argumentos literarios que encubrían argumentos políticos: “Es una novela que molesta porque impugna el relato fundacional de la Transición, reducida a grandes gestos de grandes hombres. López Salinas nos recuerda quién resistió, quién luchó”.

Autor del estudio La novela de la no-ideología, Becerra es además uno de los firmantes del opúsculo colectivo ¿Qué hacemos con la literatura?, que forma parte de una colección de la editorial Akal —la misma que ha recuperado La mina— destinada a pensar qué hacer con la ecología, la educación o la financiación de los partidos. Entre esos firmantes está también Marta Sanz, cuyo nombre es, junto a los de Belén Gopegui e Isaac Rosa, uno de los que más se repite al hablar de literatura política (o de intervención o, ella no tiene reparos en utilizar el adjetivo, “urgente”). Eso sí, rechaza que esa urgencia se traduzca en descuido de la forma o en uso panfletario del contenido. “La literatura es en el 90% una cristalización de la ideología dominante, marcada por el consumo y por el despliegue de una cultura abaratada como ocio y espectáculo”, sostiene la escritora. “Eso se traduce en un canon que coloca el arte en un lugar sagrado, inofensivo. Todas las novelas son ideológicas, pero solo se señala la ideología cuando molesta”.

Con todo, Marta Sanz reconoce no haber encontrado respuesta a la pregunta que se plantean todos los autores de literatura social desde que existen la sociedad y la literatura: ¿para quién se escribe? David Becerra recuerda que trató muchas veces el tema con López Salinas. ¿Qué hacer cuando los lectores potenciales de una obra —mineros, emigrantes— no pueden acceder a ella? “Armando trabajaba con esa contradicción en la cabeza”, cuenta Becerra. ¿Cómo la resolvía? “Pensando que no le correspondía a él arreglarlo sino al Ministerio de Educación. Ahora es distinto: el analfabetismo de la posguerra ya no existe”.
“Muchos libros supuestamente críticos no son más que la estetización de problemas políticos”, replica Patricio Pron
Cuenta Elena Medel que en ocasiones tiene la impresión de escribir para los convencidos, y esa misma expresión es la que usa Marta Sanz para reivindicar la necesidad de no ser previsible y dar una vuelta de tuerca a los prejuicios”. Sanz, no obstante, tiene claro el público que querría para su obra: “El de Sálvame”. También tiene claro que es imposible: “Si haces una literatura no complaciente no pasas de ese lector dispuesto a que los libros le abran los ojos y no le anestesien, y al que no le importa mancharse y sufrir porque sabe que el dolor del conocimiento ayuda a reparar el daño”.

¿La literatura comprometida debe experimentar con el lenguaje o ser lo más clara posible para que su denuncia sea eficaz? Aunque la obra de un poeta como Juan Gelman —llena de audacias gramaticales— sería una buena síntesis entre experimentación y compromiso, la nicaragüense Gioconda Belli subraya que el problema es común a toda la literatura: “Encontrar la calidad dentro de la expresión, porque cuando se vuelve panfletaria pierde fuerza y se descarta a sí misma. Hay obras coyunturales que si tienen calidad sobreviven a la coyuntura y se aplican a otras latitudes y situaciones. Yo escribí poemas durante la dictadura somocista que he visto reproducidos en Chile y ahora en Venezuela”. Hace poco, cuenta, vio en Twitter la foto de una pared en Caracas con los versos de su poema Huelga: “Quiero una huelga donde vayamos todos. / Una huelga de brazos, de piernas, de cabellos, / una huelga naciendo en cada cuerpo…”. “Otros poemas”, añade, “no los vuelvo a leer ni yo”.

En otro momento el autor expone:

“Para el narrador guatemalteco Rodrigo Rey Rosa la literatura puede aspirar a influir a las clases dirigentes más que al gran público, “así la experimentación con el lenguaje no constituiría una barrera”. Lo dice antes de recordar que el 50% de la población de su país es analfabeta y después de señalar con ironía que la influencia de la literatura en la política no tiene por qué ser algo necesariamente positivo. “Esta clase de preguntas parecen hechas casi siempre desde un punto de vista biempensante de izquierda. Si la influencia que la literatura puede ejercer es de tendencia derechista o fascista, puede ser una suerte que su difusión sea limitada, ¿no?”. Rey Rosa, que reunió hace unos meses en Imitación de Guatemala cuatro novelas cortas, ha sabido manejar los recursos policiacos para narrar las matanzas de indígenas, el tráfico de niños o el secuestro de su propia madre. Cada vez que se plantea la tensión entre mayorías y minorías, surge la idea de Gramsci de que una literatura con pretensiones de cambiar el mundo debería partir de los géneros populares para llegar a todo su público potencial. De ahí que no tarde en sumarse a la conversación el que para algunos es el gran espejo de las miserias sociales: la novela negra. Tras recordar que escritores comprometidos como la propia Sanz o Manuel Vázquez Montalbán la han cultivado, David Becerra subraya que el molde no garantiza nada: “Hay autores que hacen una lectura patológica —el asesino es un enfermo aislado— y otros que tratan de desvelar la violencia invisible del capitalismo”. Lorenzo Silva, uno de los más señalados autores españoles del género —acaba de publicar, con trama política de fondo, “Los cuerpos extraños” —, tiene una opinión parecida y, además, apunta que las novelas nacen con la limitación de serlo: en una ficción nadie se da por aludido. Para ilustrarlo, recurre a su propia experiencia. Tras una larga carrera buceando en el delito como novelista, la primera denuncia le llegó por un libro de reportajes sobre “criminales y policías”.

Sin embargo, a continuación se manejan estas otras opiniones:

“Respecto al papel de la literatura social, Pron es contundente: toda literatura interviene en su época y toda crítica debe ser primero autocrítica. “¿Por qué deberíamos esperar un cuestionamiento eficaz de nuestros modos sociales de existencia por parte de una literatura sin interés en cuestionar sus propios modos sociales de existencia?”, se pregunta. En su opinión, no hay alternativa sin cuestionar la institución literaria, “reflejo de la institución política”. De ahí que prefiera los inclasificables trabajos de César Aira o Mario Bellatin frente a —“por hablar de cuatro buenos escritores”— los más explícitamente políticos de Ricardo Piglia u Horacio Castellanos Moya. A ello habría que añadir que la literatura trabaja “con otros plazos: si quieres intervenir en los asuntos de esta semana, llegas tarde; para eso está la prensa. El lector contemporáneo no necesita leer novelas para saber de la crisis. Muchos libros supuestamente críticos no son más que una estetización de problemas políticos”. ¿Estetización? “Sí, también hay una estética de la fealdad. Contar las cosas crudamente no es ser menos retórico”.

Patricio Pron insiste en que la literatura ha perdido relevancia, y el nicaragüense Sergio Ramírez explica que ése es el estadio más desconcertante para un escritor: “Donde el terreno es más difícil, es en aquellos países donde los regímenes autoritarios son indiferentes a la literatura porque no la consideran peligrosa. En una democracia la exploración en busca de temas es más ardua, porque ha perdido sus pretextos. Qué haríamos en América Latina sin corrupción institucional, sin autoritarismo iluminado, sin carteles de la droga…”. No es raro, pues, que en la charla que mantuvo con el israelí David Grossman en la última Feria del Libro de Guadalajara, Mario Vargas Llosa sostuviera que tanto en Latinoamérica como en Israel la idea de que escribir es una manera de influir mantiene su vigencia. Otra cosa es desde qué tribuna. Sergio Ramírez fue vicepresidente de Nicaragua con el Gobierno sandinista entre 1984 y 1990. ¿Después de pasar por el poder ha cambiado su idea sobre la capacidad de la literatura para mejorar la sociedad? “Ahora creo más firmemente que la literatura no es para convencer a nadie, sino para hacer preguntas”, dice. “Veo mejor el asunto cuando el escritor, desde la tribuna que le da la literatura, se expresa como ciudadano. La creencia de que el mundo puede ser cambiado desde los libros es una arrogancia. Mejor creer que el mundo debe ser interrogado desde los libros”.

Quiero terminar este compendio de ideas con un poema categórico y escrito por una gran personalidad literaria a nivel mundial.
 
La Premio Nobel de Literatura en 1996, la poetisa polaca Wislawa Szymborska (1923-2012), fue precisa y contundente en señalar el carácter político de los hombres en la historia. En su poema “Los niños de la época”,  perteneciente a la obra Gente en el puente de 1986, expresó:

Somos niños de la época,
 la época es política. 
Todos los asuntos diurnos y nocturnos,
 tuyos, nuestros, de ustedes,
 son asuntos políticos. 
Si lo quieres o no,
 tus genes tienen pasado político,
 tu piel matiz político,
 tus ojos aspecto político.
 Lo que hables, tendrá resonancia,
 lo que pienses, tendrá importancia
de un modo u otro, política.
Incluso cuando vas muy lejos,
 das pasos políticos
 sobre el político suelo.
Los versos apolíticos también son políticos,
 arriba brilla la luna, 
ya el objetivo no es lunar.
 Ser o no ser, he aquí la pregunta.
 Qué pregunta, querido, responde.
La pregunta es política.
Ni siquiera tienes que ser humano
 para ganar en importancia política.
 Basta con que seas petróleo,
 forraje concentrado o productos derivados.
 O también una mesa de sesiones sobre cuya forma 
se ha estado discutiendo durante meses:
 ante cuál negociar sobre la vida y la muerte,
 si debe ser redonda o cuadrada.
Mientras tanto perecía la gente,
 morían los animales,
 se quemaban las casas 
se yermaban los campos
 como en épocas muy remotas
 y menos políticas.

Espero que esta “ensalada mixta” les haya servido para reflexionar, si lo he logrado, solo me queda decir como el amigo Taladrid: “saquen ustedes sus propias conclusiones”.

 

      
 

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