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La humedad de una gran obsesión

Alberto Marrero, 18 de junio de 2014

La relectura del cuento “En una estrofa de agua”, con el que el destacado narrador Jorge Ángel Pérez (Villa Clara, 1963) obtuvo el premio iberoamericano Julio Cortázar 2006, y que aparece recogido en su libro En La Habana no son tan elegantes ―texto que le valió el premio Alejo Carpentier de cuento 2009,  más el Premio de la Crítica 2010―, me incitó a investigar y a leer sobre las significaciones míticas de la lluvia y el agua. De la primera cabría decir que todas las culturas la distinguen como el símbolo de las influencias celestes, asociadas básicamente con la fertilidad del suelo. Para muchas civilizaciones controlar los flujos de la lluvia era un problema concreto y real, amén del halo maravilloso que lo envolvía. Enfrentar los caprichos del Monzón fue durante siglos un verdadero dolor de cabeza para lo pueblos de la India y del sudeste asiático, cuyos sacerdotes idearon diversos sistemas de predicciones e invocaciones que todavía hoy perduran. A la segunda, se le reconocen también dichos influjos y, además, ha sido objeto de una infinita serie de disquisiciones (filosóficas, mágicas, religiosas) a lo largo del tiempo. El griego Tales de Mileto, por ejemplo, la consideraba el elemento primordial. Para los aztecas la sangre humana era agua preciosa que había que derramar en sacrificios para la regeneración constante del sol. Entre los pueblos del Asia Central, era la madre del caballo (una innegable reminiscencia de sus ancestros mongoles). Jesús dijo: Quien beba el agua que yo le daré ya nunca tendrá sed (no olvidemos que su primer milagro fue convertir el agua en vino, gesto que de seguro le agradecieron los beodos de entonces). Quien niega agua morirá de sed, dice un viejo refrán. El agua del bautismo católico y el Mikveh judío representa un lavado místico de los pecados (ambos procedimientos derivan de la antigua inmersión). Para los hindúes, el agua del Ganges (que tiene su fuente que en el Himalaya, montaña de dioses) es pura, desde el origen hasta su desembocadura, gracias a la arena que la filtra durante su curso. Aquel que se lava en el Ganges con ánimo de contrición, adquiere su pureza. Cualquier lugar de culto, peregrinación o subsistencia tiene un nacimiento de agua. Las ciudades florecieron junto a los ríos.

   Recoger y almacenar, extraer agua de las entrañas de la tierra, soñar sus límites, soportar su carencia: he ahí varias de las grandes ansiedades del hombre en todas las épocas. Sin agua no hay vida. Nuestras Ma Dolores y Antoñica Izquierdo aliviaron no sé cuántas dolencias con su poder curativo. Muchas personas en Cuba lanzan un cubo de agua limpia a las doce de la noche del 31 de diciembre, para iniciar bien el año y alejar las desgracias y el mal de ojo. Abreviando, y de acuerdo con los textos que he consultado, la mayoría de las tradiciones la reconocen como fuente de vida, medio de purificación y centro de regeneración. Hoy se habla de que las guerras del futuro serán por el agua, un recurso que, como ya sabemos, es finito.  

   El cuento de Jorge Ángel es la historia de una obsesión, o tal vez la historia de una escasez convertida en obsesión. La vida parece ser una cadena de pequeñas y grandes obsesiones. La polisemia del relato se me antoja infinita. Cada lectura me ha conducido a nuevas revelaciones. El personaje de Esteban, o mejor, de todos los Esteban que conforman una suerte de parentela hídrica y fantástica, y a la vez trivial como la ausencia del agua en las cañerías, es el centro de una historia sabiamente hilvanada, giratoria, siempre in crescendo, que transita de lo inusitado a lo real y viceversa con una eficacia narrativa y de lenguaje que convence al más escéptico de los lectores. El simbolismo del texto es innegable, así como sus múltiples asociaciones. Una mirada penetrante podrá advertir que debajo de lo que el narrador expone hay otro cosmos de consideraciones, o ramificaciones ocultas que conducen más allá de la anécdota en sí. La terrible insuficiencia de agua es solo un pretexto para abordar la falta de abundancia en general y desplegar otras indagaciones sobre la condición humana, sobre sus infortunios, contradicciones y zozobras, aunque para los habitantes de la ciudad y, en particular para Esteban, no haya   otro deseo que no sea una buena ducha que lo libre de inclinarse hacia un maldito cubo con un jarro en la mano. Desea, además, cantar, cantar bajo la ducha, y que el canto solo se interrumpa cuando el agua penetre en su boca abierta.

   Esteban escribe más de treinta mil veces la palabra agua en las paredes de su cuarto. Ha pintado nubes en el techo y espera que alguna vez revienten y caiga la anhelada lluvia. Ha pintado también cascadas en la puerta y arroyos en la ventana. Siente culpa por la muerte de su padre. Su padre se ahogó, pero él piensa que simplemente se convirtió en pez, como sus antepasados, si bien esa idea no lo tranquiliza del todo porque en el fondo intuye que debió socorrerlo antes de que el agua se lo llevara para siempre. El agua, siempre el agua, por eso insiste en nombrarla todos los días de su vida. Por eso quiere gritar, patalear, protestar, cuando no hay agua. Por eso la pinta con su acuarela una y otra vez. Por eso habla de París al aguador que le vende dos cubos de agua a treinta pesos. Por eso quiso abrir un pozo en el zaguán del solar donde vive creyéndose el profeta Isaac. Por eso conversa con el busto del alcalde habanero que se dio un tiro cuando no pudo cumplir la promesa de resolverle definitivamente el problema del agua a los habaneros. Por eso Esteban es un hombre triste sin su padre y sin agua. Por eso no se levanta de la cama cuando el incendio comienza a devorar el solar, ignorando los gritos de los vecinos y las sirenas enloquecidas de los carros de bomberos.

   En una estrofa de agua está la vida, o se nos va la vida, parece decirnos Jorge Ángel en este magnífico cuento que cada vez que leo me ilumina con la humedad de una gran obsesión.

Alberto Marrero

 



En una estrofa de agua

Jorge Ángel Pérez



A todos los desaguados de La Habana,
a sus aguadores

 

Su padre nunca escuchó hablar de Anaximandro de Mileto, sin embargo, entraba en el agua asegurando que el hombre descendía de los peces. El hijo lo miraba nadar: una braceada y luego otra, agitados levemente los pies. Rítmicos los movimientos de su padre en el avance, en la conquista de la otra orilla. El hombre desciende de los peces, decía, y tomaba entre las manos un poco de agua para que el niño contemplara aquella transparencia, entonces se hundía en las profundidades para reaparecer en un salto erguido, en largos silbos que imitaban al delfín.
    Y se sumergía otra vez.
    Esteban contemplaba embelesado las habilidades acuáticas de su padre, y también se reía escuchándolo decir en cada salida, en cada salto, que era tilapia, que era jurel, tiburón, sardina. Esteban disfrutaba de cada pez que era su padre. A veces decidía él mismo:
    —Ahora serás cangrejo.
    Aunque el padre prefiriera el nadar fluido, era capaz de complacer al hijo, y abandonaba el agua. Con sus manos hacía patas y tenazas, separando bien el pulgar del resto de los dedos juntísimos, y de lado corría acercándose al hijo que esperaba con carcajada y una nueva decisión:
    —Ahora serás anguila. —Y manos y brazos eran aletas que impulsaban el buceo.
    Alguna vez no regresó de la zambullida, ni siquiera sabiendo que en la orilla, sentado y con los ojos fijos en el agua, estaba esperándolo el muchacho. Lentas las horas y él quietísimo sobre la yerba, sin atreverse a entrar. A fin de cuentas su padre descendía de los peces, su padre era un pez que en cualquier momento le daba la sorpresa, salía a flote y mostraba la más húmeda sonrisa. Nunca pensó ofrecerle ayuda y mucho menos pedírsela a otros, solo levantaba los ojos para mirar al cielo, a las blanquísimas formas de las nubes. Lejana advertencia las llamaba su papá, y salía corriendo cuando estaban a punto de brotar. Siempre esperaba al agua en el agua, porque el agua es la naturaleza que conduce, también decía.
    Esa vez, Esteban supo el preciso momento en que se desbordarían las nubes para caer metiéndose en el río, fijándose para siempre a la corriente en donde hacía un rato había entrado su viejo. Siguió creyendo que saldría jadeante y chorreando agua, que aspiraría un poco de aire para volver a sumergirse, y así sucesivamente hasta que se cansara, hasta que le advirtieran los pulmones, el dolor en las piernas y en los brazos. Esteban miraba al agua y luego al celaje, a las blancas formas que lo habitaban. Esa vez no volvió, aunque supiera que el niño lo esperaba en la orilla, sentado, sin moverse, preguntándose a qué lugar lo conduciría esa naturaleza, mirando la transparencia de las gotas que alimentaban la abundancia.
    No podía contar lo sucedido, de ninguna manera iba a traicionar la confianza del padre que lo llevó esa vez para que viera su última zambullida y seguir luego la corriente. Esteban quería que el pez en que se había convertido el padre nadara tranquilo, siguiendo el rumbo de las aguas. Él no iba a traicionar su voluntad, lo dejaría allí para siempre, a fin de cuentas los hombres venían de los peces y en ocasiones volvían a ellos. Para estar seguro, entró Esteban a la corriente y se dejó llevar por ella. Él, que siempre había preferido mirar desde la orilla, nadó buscándolo entre las algas, en las conchas del fondo, en los ojos de cada pez.
    Cuando estuvo seguro volvió a su casa.
    Lo difícil fue soportar los gritos de la madre, las amenazas. Encerrado en el cuarto escuchó cada lamento, un llanto quejoso. Y Esteban quieto, silencioso. No quería flores para su padre, prefería nubes desbordadas alimentando la abundancia de esas aguas, uniéndose a la corriente. Suplicante lloraba la madre y pedía auxilio. Fueron sus dudas las que lo traicionaron. La madre chillando, y él encogido, preguntándose: ¿Qué debo hacer? Y el miedo lo llevó a rendirse, y contó que su padre decidió no volver, que entró al agua y que allí se convirtió en pez.
    —Tu padre se ahogó —gritó la madre de Esteban y lo llamó imbécil.
   Y fueron todos a hurgar en las profundidades, y como no lo encontraron, porque el cuerpo tomó por rumbo la corriente, agarraron un pedazo de madera livianísima y encima le colocaron una vela grande y encendida, y siguieron su curso, tanto como duró el trayecto, y allí donde se detuvo la madera tan liviana y se elevó la llama de la vela, volvieron a husmear en las profundidades y sacaron el cuerpo de Esteban, y lo llevaron a la casa, y toda la noche lo lloraron reunidos, y lo dejaron luego en las honduras de la tierra, y volvieron a llorar, y cada vez que pasó un año  pedazo de tierra donde dejaran al ahogado, para poner flores y para llorar otra vez.
    Esteban cree que no debió decir una palabra, no era una vela lo que añoraba su padre, y mucho menos que lo sacaran del agua para llevarlo a un abismo cavado en la tierra, ni que le pusieran flores y lo lloraran una vez al año.
    Esteban debió haber callado. Ahora su padre no iba a perdonarlo.
    Y escogió Esteban las preguntas o quizá lo fueron asaltando. ¿A qué lugar el agua, la naturaleza que conduce, habría llevado a su padre? ¿Acaso estaba su cuerpo de pez difuminado en las regiones seminales del mundo? ¿Acaso disuelto en los átomos del agua? ¿Era su padre un hombre? ¿Era un pez? ¿Era un tiburón o era un delfín? ¿Era vivo? ¿Era cadáver? ¿Era esqueleto de espinas? ¿Qué era? Si era cierto, como decía su padre, que el agua era la naturaleza que conduce, hasta Esteban trajo dudas, muchas dudas, y sobre todo carencias. Era su culpa, al menos creía eso. Él abandonó al padre que ahora lo castigaba con penurias, con lagunas de carencias.
    Agua, agua, agua, repite, suponiendo que la reiteración, la insistencia, le traerá las respuestas, y también el agua.
    Reiteración, repetición, énfasis, insistencia..., eso habita en los muros de su casa: Agua, water, aqua, eau.
    Esteban llena de reclamos sus paredes.
    Con caracteres fenicios, griegos, cirílicos y romanos que vierten agua, demanda Esteban. Con alfabeto latino escribió agua, y hay letras góticas y unciales de hermoso trazo, en el techo y en el piso, que hacen leer agua. En la puerta una cascada, y en las ventanas arroyos. Un fondo marino coincide con el fondo de su palangana. Él mismo compuso las figuras del aguamanil que tiene forma de flamenco con las alas desplegadas. Perfiló el rostro de Isaac, el cuerpo todo; con el índice muestra el profeta el valle Gerar, indica a sus pastores el lugar donde deben cavar, descubrir el manantial. Y con tonos más fuertes dibujó a los pastores de Isaac trabajando, y también a los otros, a los que siempre habitaron el valle, cuando saturaban de tierra el hoyo, cuando sofocaban el manantial que encontraron los pastores del profeta. Y de nuevo extiende Isaac el dedo e indica cavar. Y los unos cavan y los otros tapan, hasta que se reconcilian después que el hebreo mostrara por tercera vez el índice, después que diera la orden de cavar. Esa vez ninguno tapa lo que otros cavan. Y debajo del pozo que perforaron todos y que pintara. Esteban en su aguamanil, escribió «Libertad» para celebrar la reconciliación y el agua que brotaba.
    Todo eso dibujó, y solo después del último trazo colorido le dio uso. Parecía una garza hundiendo al revés su cabeza en el fondo marino de la palangana. Agua, agua, agua, lee Esteban en las paredes y en el techo, mientras deja escapar un chorro pequeñísimo desde su vasija coloreada. Extasiado mira el fluir lento que cubre en transparencia el fondo de la palangana. Por un rato más se queda mirando y mete las manos y al sacarlas deja colgando los dedos y disfruta de las gotas en la caída y la hondura que provocan en el agua estancada del fondo de su palangana. Unción divina, se dice, y mira el arroyo dibujado en la ventana y las  promete una avalancha. Agua intuye en cada rincón. Insistir, porque solo la insistencia llevará a buen fin su obsesión. ¡Qué perturbado Esteban por el agua! ¡Qué triste el hombre cuando lleva las manos a la palangana y descubre otra vez la transparencia que tiene entre sus manos, y salpica su cara, refresca su nuca y mira el aguamanil en su interior! ¿Cuánto queda?
    Siempre queda poco.
    El infeliz no conoce la abundancia y se culpa, el desdichado suplica la armonía del chorrito, que sea la moderación, que venga la prudencia, pero solo recibe la escasez. Mientras quede un lugar vacío, libre de esas cuatro letras, no terminará el infortunio. Hay espacios sin el trazo de letras. Toma el pincel y lo hace deslizarse. Lentísimo resbala, no hay mucha agua para diluir la acuarela. Lento, pesado, torpe el pincel en su trayecto. Agua escribió en el blanco de la pared, y se pregunta si debe contar las veces que lo ha hecho, solo así sabrá cuánto falta, cuántas veces más deberá ligar con agua sus pigmentos de color.
    Podría cubrir todas las paredes, todo el espacio, con la clara imagen del agua cayendo luminosa desde el techo: un salto, una cascada gigantesca rompiendo en el suelo, en el fondo acuoso de su habitación. Gotas y gotas que de tan juntas y exaltadas se tornen blancas y espumosas. Agua, agua, agua, balbucea, esperando inundación o al menos una imagen.
    Esteban se impacienta.
    ¿Cómo tapar aquellas letras con una catarata? ¿Con qué agua va a diluir esos pigmentos? ¿Cómo enjuagar su cara y refrescar su nuca? ¿Qué hará sin dibujarla? ¿Qué hará sin atraerla? Le gustaría el óleo para dibujar en sus paredes, pero con qué va a comprarlo si el dinero apenas le alcanza para el agua. ¿Qué hará si se termina? Deberá suponer su transparencia en las paredes o marcharse para siempre. Lo peor es que otra vez tiene que borrar los rastros de pintura de sus manos. Otra vez la palangana, el aguamanil. La garza deja escapar un chorrito, solo un poco, debe ahorrar, conseguir que no caiga fuera. Esa misma alcanzará para otra vez. ¿Llegará el momento en que no pueda lavar sus manos?
    Esteban se desespera.
    Debería gritar, exigir, pedir ayuda. Vocear desde el balcón con todas sus fuerzas. Aunque pierda la voz debe gritar. Gritar agua, alargar la a mientras tenga aliento. Y no importa que la policía venga a averiguar el motivo de los gritos, debe gritar también cuando ellos lleguen, cuando se acerquen y pregunten, y si lo amenazan debe gritar más, y mucho más, y si van más allá de la amenaza, chillar, hacer escándalo. Quizá deba pedir perdón a su padre usando toda la potencia de su voz. Podría decirle que está seguro de que los hombres descienden de los peces. Podría ir al mar y zambullirse, podría ir al río para hablarle:
   —Perdóname, papá.
    Esteban debería gritar, un grito en medio del silencio sería justo, mas para él es demasiado, conoce sus limitaciones. Nadie en el barrio escuchó antes su voz, solo el aguador, la única persona que subió en años las destartaladas escaleras.
    El Crema se anuncia desde abajo y Esteban abre la puerta, le da los buenos días y un sorbo de café. El aguador es amable, lo considera su mejor cliente; al contrario de Esteban, nunca pronuncia la palabra agua, prefiere la mímica para indicar lo que propone: hace sonar un silbato y flexiona la mano con movimientos rápidos, de arriba abajo indica una llovizna. A veces silba, despliega los brazos como si fueran aletas y empina la cabeza imitando a un delfín que se yergue en la superficie del agua, pero a Esteban no le gusta esa manera, y el Crema no soporta la palabra, dice que si la nombra le pesan más los cubos, por eso prefiere la mímica e intenta no mirar a las paredes de la casa. Muy bien conoce el aguador la ansiedad de su mejor cliente, su infinita desgracia. Está enterado de su historia, de la culpa que lo atosiga. Todos en el solar conocen la desgracia. Esteban cree que está pagando, que es su padre quien lo juzga y que no basta con dibujar en las paredes. Esteban cree en la posibilidad del grito, en el reclamo, pero conoce sus limitaciones y por eso calla.
    «¡Qué hombre tan triste!»
    Eso piensa el Crema y le dice que en la casa hace falta una mujer, que cualquier día lo invita a tomar cerveza para que olvide. «Te hace falta una mujer. Las mujeres y la cerveza son buen remedio». Es que el Crema conoce muy bien la desgracia de su mejor cliente. Sabe de su padre, de la desaparición y el enterramiento. Escuchó los cuentos de Mojarrita. Así llamaban al padre de Esteban, quien realmente se nombraba igual que el hijo: Esteban.
    Porque Esteban es nombre de pez.
    Y también el abuelo era Esteban, y el bisabuelo. Muy bien sabía el Crema que todos estuvieron obsesionados con el agua y que siempre iban a ella, que si algo los diferenciaba eran sus apodos. Mojarrita el padre; el abuelo, Tiburón.
    El Crema siempre llega con agua y con monserga. Prefiere los chistes y no hace caso a las quejas del cliente. Escoge el parloteo para culpar a la ciudad de su pobreza. ¡Qué verboso el Crema! Cada vez sugiere a Esteban que abandone tanta ofuscación, esa manía de poner las cuatro letras en cada lugar de sus paredes. Asegura que La Habana es una ciudad embrujada, castigada, como Sodoma, como Gomorra. Solo que Dios no determinó aniquilarla con fuego, lo que habría sido mejor, mucho más rápido. «Dios es caprichoso», y dice también que prefirió destruir con la sed a sus pobladores. Para ilustrar lo que sostiene explica, después de echar toda el agua de las cubetas en el tanque, que los habaneros conocemos muy bien nuestra desgracia.
    —Fíjate si es así —insiste—, que muy cerquita de la estatua de Albear, el primero que intentó seriamente darnos un átomo de oxígeno con dos de hidrógeno, levantaron la de    Supervielle, el alcalde que se suicidó por no cumplir con la humedad que prometió a los habaneros.
    El Crema se pierde entonces por las escaleras.
    Cuando regresa con dos cubetas repletísimas, asegura que a nadie más se le ocurrió darnos un poquito, al menos un rocío, ni levantar estatua. El monumento reverencia la promesa incumplida y también la ausencia. El Crema pregunta a Esteban si alguna vez se detuvo a pensar en eso y no lo deja responder porque se pierde nuevamente.
    Para el Crema, conversar es como llenar de agua un tanque:
dos cubetas,
                    silencio,
                                 dos cubetas,
                                                           y retoma la conversación en el mismo punto donde había quedado. El Crema replica, comenta el suceso, su trascendencia, mientras echa en el tanque el agua de las cubetas. El Crema supone que la escultura es un convite. El disparo que a punta de pistola se hiciera el alcalde fue inmortalizado con toda intención. El aguador ve en el mármol de la estatua una propuesta a los que en la ciudad no tienen agua: un tiro a punta de pistola, una explosión que acabe con la angustia.
    Esteban piensa en Supervielle y jamás consigue imaginarle una sonrisa. Esteban piensa en Supervielle: siempre angustiado y con ganas de pedir perdón, pero no lo hace, si suelta una lágrima se arrepiente y aleja el cañón de la sien. Supervielle está decidido, como debía estarlo Esteban. Supervielle aprieta el gatillo, sin respirar, y el proyectil rompe, atraviesa, se instala, mientras el alcalde grita, se retuerce, se deja caer, boquea, abandona a sus ciudadanos y los condena a la sed. Esteban piensa en Supervielle y le pone el rostro de su padre, le dice al Crema que quiere hacer lo mismo, pero el Crema le aconseja que espere un poco, que después de pagarle puede darse un tiro. Esteban continúa pensando en el suicidio:
    — ¿De dónde saco una pistola?
    —Entonces morirás de sed —responde el Crema y se marcha.
    Esteban quisiera darse un tiro y acabar con su desgracia pero conoce bien sus limitaciones. Nunca acercará a sus sien un arma, ganas tiene pero le faltan bríos.
    Está harto del cubito y del jarro que hunde en el agua para luego dejarla caer sobre el cuerpo, rápida y grosera, sin sutilezas. Lo que más desea es una ducha. Él mismo hará la suya alguna vez, cuando tenga agua, mucha agua. Desde hace años guarda una lata de sardinas que, según dice, está revestida de estaño y por eso brilla cuando la pule. Milimétrica es la distancia entre las líneas que trazó Esteban en la base de la lata de sardinas. En cada cruce de las líneas horizontales con sus contrarias abre un hueco bien pequeño y lima sus bordes, redondea el agujero que espera por el agua. Una ducha es su mayor deseo, y no tener que inclinarse hacia el cubo y con el jarro. Una ducha, para mirar hacia ella y que el agua le salpique la cara, y untarse jabón con las dos manos, y hasta cantar. A Esteban le gustaría cantar debajo de la ducha y dejar que le corra sobre el cuerpo el agua. Cantar, y que el canto se interrumpa por el agua que cae en la boca abierta. Cantar, cantar, cantar, recibir el agua de la ducha. Está harto del cubo y de la miseria, sueña con ponerles fin, aunque tenga que acabar con su vida, como Supervielle. Para no hacerlo escribe en sus paredes, las pinta, y sale de su casa después que el Crema aparece con el agua, después que le paga treinta pesos.
    Desde su casa, en un solar de la calle de Aguiar, muy cerca de la loma del Ángel, camina por la Avenida de las Misiones y mira al yate Granma que ya no flota sobre el mar, ahora descansa en un pedestal y ha quedado resguardado del agua por gruesísimos cristales. Luego bordea el palacio de Bellas Artes y las tantísimas instalaciones que lo rodean. Solo una le interesa, una carretilla parecida a la del Crema pero más grande, como suelen ser las carretillas en las instalaciones de arte, y sobre ella dos tanques gigantescos: uno negro, el otro rojo. Una carretilla y dos tanques acromegálicos burlándose del mal que agobia a la ciudad.
    Por fin, y después de dejar atrás el edificio Bacardí, llega al parquecito donde está el busto de Supervielle que levantaron los habaneros. Al principio sentía vergüenza y dudaba si regalarle el girasol. Después de mucho tiempo ha dejado de turbarse frente al busto. Ahora llega decidido y le dedica la flor enorme, y unas gotas que algunas veces son sándalo y otras vetiver, entonces le habla, bajito, casi al oído. Nadie consigue saber lo que le cuenta ni de dónde viene tanto afecto. Los asiduos al parque no saben quién es Supervielle y creen que Esteban es su descendiente, lo miran conmovidos. Cierta vez escuchó a una mujer asegurando que era el nieto del difunto. Esa confusión le divierte. Por eso vuelve cada día con una flor y le habla al busto. Lo que nadie sabe es que ya Esteban le contó de su desgracia al alcalde muerto. Ya le susurró a ese oído durísimo y marmóreo acerca de los buenos oficios de los aguadores de La Habana, siempre le menciona al Crema, al Bemba, a Eloy.
    Cuando cae una llovizna, Esteban corre al parque y mira el busto, revisa las comisuras de los labios del alcalde. Imagina traqueado el mármol de las comisuras, supone al alcalde intentando sonreír. Alguna vez vio lágrimas saliendo de los ojos de Supervielle, escurriéndose en el mármol frío, y otra vez le preguntó si recordaba la fuente de La India, y aunque no recibió respuesta habló de los cuatro delfines de la fuente y de sus bocas abiertas.
    —Muy abiertas pero secas, muy secas.
    Esteban se queja con Supervielle de las fuentes desaguadas de La Habana. Dedica muchísimo tiempo a la conversación con Supervielle, es que tiene mucho que contarle. Está seguro de que el hombre no lo creerá un loco cuando sepa que escribió agua más de treinta mil veces en las paredes de su casa, y que no le basta con escribir las cuatro letras, y que por eso dibuja un río, una cascada. ¿Por qué va a creerlo un loco si ya le habló de Esteban, el Caimán?
    Echando atrás el tiempo, la familia descubrió al Caimán. Cuando se montó en el barco que trajo a la expedición de Pánfilo de Narváez a La Florida aún se llamaba Esteban. Lo del apodo vino después. Esteban se llamó hasta el momento en que el barco navegó las aguas del Mar de los Sargazos. Fue allí donde se despidió de todos. Dijo que se quedaba y nadie le creyó, ni siquiera cuando subió a la proa y saltó por encima del mascarón.
    «Había estado mirando el mar durante días, hasta que se decidió. Y créame, Supervielle, no hubo manera de persuadirlo, ni siquiera la autoridad de Pánfilo de Narváez consiguió que Esteban volviera al barco. Nadó y nadó alejándose cada vez más, y dicen que en su nadar era acompañado por miles de peces. Eso vieron los marineros, y Pánfilo de Narváez. Hasta Álvar Núñez Cabeza de Vaca lo miró perderse en la lejanía, y escribió luego lo que había visto. Y también alguien contó, quizá ese mismo Cabeza de Vaca, que llegada aquella expedición a La Florida, y caminando entre pantanos para llegar a tierra firme, fue perseguida por un cocodrilo, y que no había disparo de arcabuz que traspasara del gigante la piel, y que más tarde todos quedaron asombrados y en silencio. ¿Y usted sabe, Supervielle, cómo fue roto ese silencio? Pues un marinero aterrado pronunció un nombre, y ese nombre fue Esteban, y cada uno de los marineros que miraban sin nombre de Esteban. Si Narváez no lo veía, jamás iba a darlo por seguro, por eso lo llevaron al pantano, para que viera él mismo y no pensara que era fábula de marinero. Y quedó boquiabierto Narváez sin poder creer lo que veía, y hasta Núñez Cabeza de Vaca, aunque este al parecer quedó más convencido, y por eso dejó escrito, al menos eso decían en mi familia los que leyeron, que Esteban apareció tendido boca abajo en el pantano, con la cabeza levantada, y que parecía hocico su cara, y que sus manos aferradas a los mangles eran de una piel muy gruesa y hosca, y que él mismo vio cómo esa piel iba cambiando el color, se volvía más suave, más rosada, más humana. Eso decían en mi familia que había escrito Cabeza de Vaca. ¿Usted lo leyó alguna vez? Yo no, pero tampoco me atrevo a negarlo. Y también decían en mi familia que esos comentarios de Cabeza de Vaca tenían relación con los que dejara escritos mucho antes otro español. Era un tal Isidoro de Sevilla. Resulta que Isidoro comentó sobre una familia de Gibraltar donde los hombres tenían preferencias acuáticas, todos se llamaban Esteban, y a cierta edad desaparecían en los mares o los ríos. La verdad es que yo no doy nada por seguro, pero tampoco voy a negarlo. ¿Usted es de los que piensa que vista hace fe? Pues yo vi perderse a mi padre, y él al suyo. Eso es bastante, y quizá por dudar de que el agua era el lugar de esa familia es que vez sea por eso que escasea en mi casa el agua. ¿Acaso será que me quieren con ellos, convertido en pez? ¿Acaso usted se llama Esteban, Esteban Supervielle?»
    Así le habla Esteban al alcalde muerto, aunque los asiduos al parque piensen que está loco o que es pariente. Siempre se despide con la promesa de volver, y camina contando los cien pasos que lo llevan hasta un Albear levantado sobre corola de mármol. Al ingeniero no le ofrenda girasol ni le derrama aceites olorosos. A él parece increparlo, al menos eso sugieren los gestos con que acompaña su cháchara. Y hasta le pregunta al ingeniero si está seguro de que alguna gloria se labró en Vento.
    Ya en su casa de Aguiar y de vuelta del paseo, abre todos los balcones y queda tendido en la cama escuchando cada ruido. El que mejor conoce es el de las carretillas; pequeñas ruedas de hierro rodando en el estropeado asfalto, encima van los tanques repletos. Tendido en su cama, no le cuesta imaginar al Crema, al Bemba, a Eloy o a cualquier otro empujando sus carretillas. Siempre el mismo rumor de hierro contra el asfalto, y en la tarde otra algazara: los aguadores se emborrachan para no pensar en el chirriar de ruedas que ensordece, para olvidar el peso de cubetas y las escaleras infinitas. Esteban escucha esa armonía de chirridos y mira al techo. Tendido en su cama observa su celaje, indaga el instante en que pueden estallar. Espera el desbordamiento. Aunque fijó esas nubes en el techo de su casa, nunca se están quietas. De tanto mirarlas descubre nuevas figuras cada vez, las ve andar por el  quiere saber si frunce el entrecejo o esboza una sonrisa. Espera que el padre, una vez trocado en pez, venga transformado en agua, a fin de cuentas el agua desciende de los peces. ¿Eso decía su padre? Él, desesperado, lo imagina aguacero, diciendo que se convirtió en pez para mudarse en agua, y Esteban espera una salpicadura, una inundación. Tremendo es que la cara del padre se le pierda siempre entre los blancos cúmulos, por mucho que lo busca el hombre termina desapareciendo. Es que los viejos se parecen a las nubes, se dice intentando algún consuelo, y como no lo consigue se torna inquisitorio. Indaga en los nubarrones que dibujó en el techo, les pregunta, les reprocha, y también al abuelo tiburón, y a cada Esteban de su familia perdido en las aguas de los ríos y los mares. Hay días en que ve temblar cierta luz entre las formaciones blancas, y escucha truenos, entonces se mete debajo de las sábanas y llora, llora por su padre, por sí mismo, y siente miedo.
    Pudo haber sido el miedo lo que llevó a Esteban a creerse el profeta Isaac y a pretender que sus vecinos cavaran un pozo donde antes estuvo el zaguán, cuando la casona no era ni vieja ni solar. Con el índice extendido señala un punto y los conmina. Si no lo atienden hace batir el dedo y les grita llamándolos pastores y les pide que abandonen las ovejas, que agarren palas, picos, que penetren la tierra, que excaven.
    —Nadie puede tener agua si no excava —chilla el infeliz y los otros no lo atienden, pero insiste y se hace notar en lo alto de la escalera mientras mueve el dedo índice.
    Los vecinos están hartos del palabreo. Los vecinos lo prefieren como antes. Prudencia es lo que piden, nada más. Lo que no están dispuestos a soportar son los lamentos. Silencio, reclaman silencio, y acuden al policía.
    Una vecina se encargó de la denuncia, y todos de que lo llevaran preso.
    —Quizá el encierro le traiga resignación —dijo una negra gorda, y también que si Ochún no quería, nunca tendrían agua.
    Y es posible que llegara la resignación: Esteban no quiere abandonar la cama ni salir de bajo las sábanas. No quiere mirar el celaje que él mismo dibujara, le angustia ver las cascadas, las miles de veces que aparece repetida la palabra agua. Está cansado de invocar y de esconder su violencia digestiva con el agua de fregar. A Esteban lo desespera la peste que hay en su casa pero no puede pasar toda la vida apretando su nariz. A Esteban lo desespera la peste en sus axilas, en todo el cuerpo, pero no puede pasar toda la vida apretando su nariz. Lo hace llorar la hediondez de su ropa tirada en un rincón de la casa, debajo de la cascada que trazó cayendo del techo. No quiere atender a los olores, no quiere que le importe el polvo. Menos ahora que supo lo del Crema.
    Quizá haya sido su culpa, otra más. Fue él quien contó al laborioso de los tantos aguadores de París. Él tuvo la culpa. El Crema sacó del bolsillo una pintura pequeñita que había recortado de algún álbum. Era un cuadro de Velázquez donde aparecía un hombre con tinajas, decían que era en Sevilla un aguador. El Crema preguntó si se le parecía y dijo que quería ir a Sevilla. Esteban habló de los aguadores de París. Al mencionar París notó el brillo en los ojos del aguador y no se detuvo. Su error fue la insistencia, el énfasis en las descripciones, y el aguador callado, atentísimo, escuchando los detalles de aquello que los parisinos llamaron voie d’eau. Y era lo mismo, pero al Crema lo deslumbró París, el empeño que puso Esteban en las delineaciones de la ciudad, y el vigor con que sostenía que allí no era necesario esperar a que viniera un tanque grande para llenar los pequeños y luego subir los cubos. Parecía fluir el Sena en su discurso. Veinte mil aguadores, y el Sena plenísimo atravesando la ciudad que veía el Crema. Bellísima la vio, mucho más bella que la que tenía delante, y los edificios no estaban en peligro de caer, con sus escaleras empinadas, segurísimas. El Crema veía a París y a sus aguadores, se veía.
    —Así cualquiera carga agua —dijo, y nunca más volvió.
    Si era cierto lo que decían, si el aguador estaba en París, era su culpa. Nunca le contó que ya París no precisaba de aguadores. Eso era historia vieja, del siglo dieciocho.
    Por eso ha decidido no levantarse. No abandonará su lecho. ¿Para qué hacerlo si están vacíos los tanques? Ahora no puede dibujar nubes ni escribir agua en las paredes. ¿Con qué agua hidratará sus acuarelas? «¡Ay, si pudiera pagar el óleo, si pudiera pagar el agua!», dice metido debajo de las sábanas. Ni siquiera los mismos vecinos que lo denunciaron cuando se creyó el profeta Isaac han conseguido que se levante, aunque le cuenten de las ofrendas para Ochún él sigue en la cama. No podrá ver los cientos de girasoles cubriendo la escalera destartalada. Ya no le importa el mal olor ni el polvo disfrazando la casa, incluso las nubes dibujadas, y los arroyos, y el agua fijada con letras góticas y unciales de hermoso trazo. Mucho polvo y mal olor pero Esteban no lo distingue, no lo siente. No se va a enterar, no se entera, del fuego en el piso de arriba. Un cigarro sobre un colchón han dicho, y que pudo ser intencional. El alcohol siempre arrebata a Pedro. Cuando descubrió la pequeña llama avivó el fuego con las manos, con un silbido su boca. Entonces las llamas crecieron lentas, vertiginosas luego. Un poco de agua habría bastado pero Pedro no atendió a su crecimiento, únicamente se detuvo a mirar los colores de las llamas. ¡El alcohol siempre lo exalta! Hay quien dice que no fue el borracho quien provocó el fuego; hay quien dice que fue Corina, la hija de Ovidio, que también vive en el solar, hay quien dice que fue en casa de Jorge Ángel, que celebraba una fiesta de cumpleaños.
    Esteban advierte el calor y se esconde debajo de las sábanas. Escucha las quejas, los lamentos. Se oculta más. No quiere mirar. ¿Para qué escuchar a los vecinos clamando por el agua? Sabía que en algún momento iban a darle la razón, pero ahora no mostrará su dedo índice, ni indicará un punto del zaguán, primero se arranca el dedo. Esteban ya no es Isaac, y no le importa que todos se mueran de sed. No va a escuchar los gritos de terror ni las sirenas, no va a mirar las luces girando incesantes en lo alto del camión. Nunca sabrá del vertiginoso despliegue de tantos hombres con capas negras que suben empinadas escaleras. La inteligencia de tantas llamas gobernando el solar, y él sin percatarse. Altivas las llamas que acribillan la madera haciéndola chirriar, quebrándola en su fuerza, y él debajo de las sábanas.
    No percibe nada. ¿Para qué hacerlo? ¿Acaso trazó el fuego con letras góticas y unciales? ¿Acaso escribió fire, feu, fuoco?
    A pesar del calor tiembla debajo de las sábanas, y las chispas que caen cerca de su cama son como relámpagos. No va a salir. Por nada del mundo abandonará la cama, ni siquiera porque intuye que esas gotas que lo rozan caen de las nubes fijadas en el techo. En cualquier momento llegará la tormenta, y con ella un susurro de su padre. No va a responder a los gritos de los vecinos que preguntan por Esteban. Bien sabe que es el día diecisiete del segundo mes, y que va a llover tanto que se inundará su cuarto, el edificio, la ciudad. Esteban espera por una lluvia de cuarenta días con cuarenta noches. Y no habrá crujir de madera, sino truenos. ¿Por qué iba a notar desprendimientos en medio de tanta felicidad? El fuego son relámpagos, truenos el desplome, la caída es un sueño, la prosperidad. El viento, un susurro de su padre que trae olor a tierra mojada.
    Luego, el barro silencioso.

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