Carta de Rilke a Roberto Méndez
Nota del compilador:
Estas cartas fueron encontradas en el metro de París por una anciana de la que se me negó su nombre. Se dice que estaban en un cofrecito de ébano y marfil, unidas por una cinta de color rosa, y que la nieve había borrado todo vestigio de quién las había escrito. Por mis investigaciones pude esclarecer que fueron vendidas en subasta, a un precio casi insignificante, por un comerciante a un turista, el cual las trajo en un viaje a Cuba y se las entregó a un escritor de provincia, cuyo nombre quiero conservar en el anonimato, quien las tradujo al reconocer la firma de Rainer Maria Rilke. Pero era muy difícil augurar si se trataba de sólo diez cartas o si existían más; por las investigaciones que realicé, opino que eran un muestrario del tractus poético de la Isla, que el autor de las cartas de Franz Xaver Kappus había destinado a unos escritores cubanos; pero el poseedor de las mismas, después de traducidas, las había distribuido entre amigos y poetas, quienes las conservaron hasta el día de hoy. Mi intención fue buscar todas las cartas, volver a colocarlas en el cofrecito de ébano y marfil, descifrar si ciertamente era Rilke su autor, y dar fe de todo ello, a destiempo, en esa apuesta por la poesía y los poetas de hoy.
Furuborg, Jonsered, Suecia,
4 de noviembre y 1904
Estimado señor Roberto Méndez:
Acabo de poner el punto final a una carta que le envío a Kappus, en la cual precisaba la idea de que no había podido escribir por falta de tiempo, argumento que no me exime de responder siempre la correspondencia. Recibí su libro Epístola para una sombra,* que siempre agradezco porque muestra la necesidad de dialogar desde una extraña distancia, ahora que la nieve se aferra a los caminos. Por la ventana descubro lo difícil que resulta residir en estos territorios si no se tienen aunque sea unos versos para entender el paso de las horas. Es precisamente el tiempo la razón de mis escrituras en esta temporada. Tengo pensado titular mi próxima entrega El libro de horas, pues estimo que pudiera meditar desde estos viajes incontinentes alrededor de lo que resulta necesario para un hombre como yo. Le confieso que los años no pasan en vano y pienso en la imagen de la vejez, como esa añeja alcahueta que nos va llevando a donde no queremos. Otro viaje, pienso, alrededor del tiempo indomable, y esas otras razones, infiero, me hacen explorar el ser, su otro lado, allí donde residen sus magras experiencias.
Pero volvamos a su poemario, que tiene algo que ver con el tiempo, la soledad que rumia un hombre que se siente sombra, el vendaval de otras sonoridades. ¿Para qué vamos a descubrir la imagen final de estos años? ¿Quién se nos interpone entre el poeta y su trazo finisecular por los pasillos del poema? Usted capta esos estandartes y los domestica como si fueran animales y no raros cuerpos intangibles. Hay, en sus búsquedas, ese desprendimiento que no logra la sombra; de allí la epístola como muestrario de esas percepciones. Me agrada recibir su libro, es un gran empeño volver sobre las escrituras sagradas bajo el aliento de una persona que conoce de arte, que es capaz de fisgonear cualquier escondite del ser, así lo infiero. Y es de lo que se trata, estimado Méndez, de intentar, contra viento y marea, descifrar estas encrucijadas.
Definitivamente, hay en su obra un tratamiento de lo místico, al estilo del Padre Gaztelu, del gran Lezama, pero buscando una justificación en la muerte como destino final; de allí también la sombra. En el poema “Del viernes”, retoma estos motivos, aunque de modo altisonante: “Dios es siempre excesivo, de ahí el escándalo de su muerte, sin coros conclusivos ni ángeles que conforten”. Pero allí no descubre que no hay exceso en Dios, pues Dios quita y Dios ofrece. No hay por qué replicar lo que los hombres deben reconocer; si no lo entiende usted, querido poeta, vaya y pregúntele a Job.
Ese misticismo, que aquí está entre líneas, se asume de modo peculiar desde el coloquialismo de su generación de los ochenta, donde usted fraguó sus inicios. De allí que “Lydia Cabrera y Eugenio Florit bailan un vals en la noche vieja” me recuerda otros títulos de poemas de autores de su promoción en la Isla. Pero eso no importa, es simplemente la clave para entender su universo, ese cosmos que usted deleita en su escritura en un raro viaje perifrástico, donde los tiempos no conducen a otro, sino que se adulteran para dejar solo la sombra, a la manera de una película silente, donde cada escena pudiera no conducir a otra, aunque definitivamente definan. Su poética es esa otra definición, la del hombre que siempre intenta justificar el ser. Un ser que pudiera anularse, quedarse incluso como una sombra, como alguien que también mira, o que nada dice. No importa.
Su poemario Epístola… da muestra de ello, de sus múltiples lecturas y su ingenio en este tiempo cuando también las cosas inanimadas pudieran justificar cuán intensas son las verdaderas utopías. Así le auguro buena ventura.
Suyo,
![]()
Nota:
* Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2013.
