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Meditaciones al margen de El constructor de catedrales

Luis Álvarez, 07 de julio de 2014

Vivimos en tiempos de profunda transformación del pensamiento científico, en correspondencia con la crisis profunda de la Modernidad, asumida por algunos bajo el término —tan debatido y, por muchos conceptos, cuestionable— de Postmodernismo. De todo esto trata —en forma implícita o explícita— el nuevo libro de Marcia Losada, El constructor de catedrales (Ed. Universidad de La Habana, 2014),

Aunque no se compartan las posturas centrales de La condition postmoderne: rapport sur le savoir, el polémico, pero apasionante libro de Jean-François Lyotard, o las ideas más ominosas de The End of the History and the Last Man, de Francis Fukuyama, lo cierto es que el último medio siglo ha significado una crisis tan profunda, que sus efectos no podían menos que traducirse en una renovación decisiva de las ciencias sociales.

Esa transformación, por otra parte, venía ya desde las primeras décadas del siglo pasado, en que una serie de nuevas posturas conceptuales venían preparando ya decisivas transformaciones, entre las cuales debe mencionarse —pues El constructor de catedrales responde en alguna medida a ello— la confluencia de las ciencias particulares en conjuntos específicos —más dinámicos y abiertos, más ligados a perspectivas de lógica fuzzy y de nuevos enfoques de la cultura como lo que prefiero denominar macro-sistema de comunicación de valores— que han dado en llamarse dominios científicos, integradores de perspectivas metodológicas polivalentes y tendientes a enfocarse en los sistemas conceptuales humanos, que se expresan no en un área específica, sino en todo el amplio terreno de la comunicación humana, en la cual los sistemas tropológicos —y en particular la metáfora y la metonimia— no son, como se pensó durante siglos, un aditivo embellecedor, sino una verdadera estructura estructurante de todo el pensar humano, como en su día sustentaron Mark Johnson, George Lakoff, G. Fauconnier o Mark Turner, entre otros. Pues, en efecto, en esa semiosfera en que vivimos, según argumentó Iuri Lotman, el ser humano puede desarrollarse de manera socialmente eficaz gracias, entre otros factores diversos —económicos, históricos, culturales, éticos—, gracias a ese enigmático y a la vez luminoso dispositivo lingüístico —pero también muchos factores más, entre ellos los de carácter neural, cognitivo, creativo, cultural, expresivo, etc.— que llamamos metáfora, entidad traslaticia si las hay, mecanismo de conexión entre la pluralidad infinita de la existencia del hombre en la Naturaleza y la sociedad. En cierta medida la lingüística cognitiva no es solo una disciplina centrada en la investigación de la vida social a partir de una percepción más avanzada de la metáfora y las estructuras conceptuales —y también, por qué no, de comportamiento humano—. En realidad, la lingüística cognitiva es en sí misma una gigantesca metáfora, en la medida en que permite interrelacionar terrenos de indagación que por mucho tiempo estuvieron desconectados —estudios del lenguaje y neurociencia, psicología cognitiva y discurso artístico, axiología y sistemas de comunicación—.

Si bien diversos estudios de índole semántica han venido realizándose gradualmente en las últimas tres o cuatro décadas —hay que recordar aquí tanto la estancia del lingüista alemán Gerd Wotjak en la Universidad de La Habana, como, sobre todo, los estudios del malogrado lingüista Leandro Caballero en ese mismo centro docente—, lo cierto es que hemos dispuesto en Cuba de muy pocos estudios que se desarrollen desde esta necesaria perspectiva contemporánea en las ciencias sociales, de modo que la publicación de este libro de Marcia Losada viene a advertirnos de nuevos caminos que es preciso recorrer.

No es, desde luego, una invitación sencilla la que nos hace la ensayista. Conozco perfectamente cuán arduo resulta abrir brechas de actualización: tuve la satisfacción de que, durante mis cursos de Lingüística General en la Universidad de La Habana en la segunda mitad de la década del setenta, procuré que mis estudiantes de entonces se asomaran a uno de los dominios científicos más interesantes de las ciencias sociales en la pasada centuria, me refiero a la semiótica, en particular la pensada por Umberto Eco. Sin embargo, la semiótica tardó mucho en ser asumida como una asignatura en la carrera de Filología. Toda apertura significa una labor ensimismada y tenaz. Así que este libro da cuentas de que las ciencias sociales en la isla sí están buscando incorporarse al pensamiento científico de nuestra contemporaneidad. En este sentido, su publicación es, por sí misma, una muestra de un impostergable, cuanto necesario avance.

Este ensayo de Marcia Losada asume, desde una perspectiva personal, una voluntad de ejercer nuevas perspectivas. En buenas cuentas, una de sus afirmaciones fundamentales se refiere a la necesidad de manejar nuevos criterios de lectura científica; incluso podría eliminarse este calificativo, y pensar que la autora está llamando a renovar nuestro criterio de la lectura como hecho que es tanto individual como social. Uno de los primeros momentos del libro establece un criterio que merece especial atención:

La lectura es un acto complejo de naturaleza semiocognitiva y cultural, en el que es preciso la participación, en primera instancia, de un texto emisor con características de coherencia y cohesión como condición necesaria (no así de estructura cerrada), acto que se lleva a cabo interpretando un código socializado, que organiza los significados (puede ser un color, un memorema cultural, un indicio, una señal, un signo, un grafema, un número, etcétera) y un receptor-humano presente durante el circuito de comunicación.

Una cuestión clave en esta definición de lectura es la afirmación del carácter cultural de la lectura y su visión de esta como proceso hermenéutico. De hecho, todo el discurso de El constructor de catedrales ha sido organizado desde un ejercicio de lectura simultáneamente axiológica y hermenéutica. Debo subrayar, además, un asunto de cabal importancia: la ensayista llama la atención sobre la responsabilidad del lector —en tanto ente cuya formación es a la vez individual y social, biológica y cultural— y su carácter activo como sujeto decodificador —por tanto, también, implícitamente, codificador— y creativo. Hay un pasaje en que esta noción básica en todo el libro resulta expresada de una manera particularmente eficaz:

Pues el ser humano por su condición filogenética y ontogenética  es  quien está capacitado para decodificar y recomponer como tejido de alternativas y bifurcaciones, los sentidos expuestos o evocados que construye a partir de un significado, de acuerdo con su imaginario epocal, su grupo social e irrepetible experiencia individual sensorio-perceptual. Resultante de la interacción de los factores arriba mencionados: texto (tejido) y lector (receptor) mediante el acto “simbiótico” de la lectura, movilizan y generan y recuperan sentidos en una zona creada ad hoc. Entre el texto y el lector se re-crea, a partir de las instrucciones de significado, un espacio virtual y holístico resultado de la emergencia y textualización de dichos sentidos y que, fundamentalmente, asume connotaciones veredictivas, lúdicas y cognoscitivas.

Al definir así la lectura, los componentes que la autora advierte en el proceso de leer, son la fundamentación cabal de la necesidad de una perspectiva integrativa y multivalente —la que es propia de los dominios científicos  y no de las ciencias stricto sensu—. Al mismo tiempo, se subraya una cuestión importante: la lectura es un acto no solo de creación, sino también de carácter voluntario. Por eso la ensayista consigna con razón:

Mediante el acto de la lectura, que es también un acto de curiosidad, el lector crea sus propios paradigmas, pues el lector en el acto de leer es un constructor de paradigmas, que lo tensionan entre el ser y el deber de ser, y entonces a su vez se recrea lúdicamente porque crea, y además se instruye.
El acto de lectura como aprehensión cultural nos hace transitar y establecer (mediante operaciones cognitivas de remisión) conexiones, asociaciones desde estructuras presentes y evocadas: hipotextos, paratextos, contextos, hipertextos; nos insta el ficcional no nos obliga a seguir la huella del significado o a dejarla…

Es de crucial importancia que El constructor de catedrales subraye que la lectura es, simultáneamente, un proceso y un arte (un acto de creación), donde se produce una integración de operaciones psíquico-físicas —y me siento tentado a agregar físico-motoras, porque toda lectura entraña también operaciones musculares— y experiencias y saberes culturales. Es esta organicidad lograda en el proceso lector, solo puede, tal como afirma la autora, “hacerse de una manera única, a pesar de la diversidad de las tipologías textuales, estructuras de lengua y modernísimos soportes de socialización que nos llevan de una “ventana a otra”. La lectura, por tanto, es una autopoiesis y como tal solo puede realizarse desde una voluntad específica de enfrentar el proceso, de lo que deriva una potencial variedad de lo que me permito llamar efectos de lectura. En una palabra, Losada insiste en que la lectura nos involucra en el texto, como resultado de una serie de estructuras —buena parte de ellas sinápticas— que tienen que ver con nuestra propia condición humana, en su doble carácter individual y social:

La construcción de paradigmas de ficción nos permite sentirnos a salvo en ellos: aprobamos y desaprobamos comportamientos y conductas  nos enamoramos, aprobamos el asesinato, seguimos con atención una conducta irrefrenable, sufrimos, nos admiramos ante una postura inclaudicable a ultranza, viajamos en el tiempo, pero sobre todas las cosas, construyéndolos, aprendemos a comprender al otro.

El constructor de catedrales se propone un análisis complejo —multivalente— de varios relatos de Alejo Carpentier, autor cuya amplia perspectiva cultural y hondura de perspectiva sobre el devenir humano, exige en efecto un acercamiento desde una confluencia de saberes. La autora incluye en su examen la consideración de la presencia y funciones semánticas del mito en los textos carpenterianos. Este tipo especialísimo de narración ha sido conceptualizado de las más diversas maneras, desde Mircea Eliade hasta Juan Eduardo Cirlot o Jean Chevalier. El criterio escogido en este ensayo está relacionado, coherentemente, con puntos de vista de la lingüística cognitiva, la axiología y la semiótica:

El mito es la unidad cognitiva-cultural de transferencia de un patrimonio cultural intangible más antigua, reconocida por su valor paradigmático. De facto, el utilizar el paradigma mitológico en el discurso deviene intento de realizar la traducción valorativa de un mundo a otro, mediante rasgos generalizadores de un arquetipo o una situación arquetípica, y sobre todo, cuando el mundo como ahora se encuentra en estado de bifurcación, para cuestionar en hipótesis la permanencia del paradigma modelado y establecido anteriormente o para sugerir su transgresión en rasgos hiperbolizados que propician e incitan a nuevas tomas de decisiones, bien como recurso intertextual, como tema evocado o con la reinserción fragmentada de pasajes (sentido parenético en contextos atemporales).

Losada aspira, por tanto, a encarar el mito como un relato cognitivo, que consiste en “una forma de saber de realidad, que en el discurso de ficción se desplaza desde un saber retrospectivo hacia uno proyectivo, para codificar creencias y axiologías, que al resemantizarse se transponen en el terreno de la verosimilitud ficcional, más que en el de la verdad metatextual (aletheia)”. Ello es importante, dada el hecho de que los subtextos mitológicos, incluso los mitemas evidentes, son característica fundamental de tres autores de ancho aliento en la literatura cubana del s.XX: José Lezama Lima, el propio Carpentier y Severo Sarduy. De aquí la necesidad de abordar el problema del mito en sus obras respectivas.

El estudio de cada relato carpenteriano en este ensayo, además de un análisis desde una perspectiva compleja, expresa modos de lectura que ponen de manifiesto en cada narración funciones referenciales, afectivas, lúdicas, conativas, de manera de evidenciar en los textos estructuras y procesos de significación que funcionan como estímulos del pensar, el comprender (interpretativo) y el auto-conocimiento en el lector.

Es desde luego el caso del análisis específico del relato “El acoso”. La propuesta de la ensayista consiste en establecer los nexos diversos entre ese texto carpenteriano y las estructuras canónicas de la tragedia griega, para lo cual apela a una especie de sentido fractal implícito en dicha narración, de modo que el proceso de lectura propuesto aspira a revelar en un ciclo que haga coincidir la ficción literaria con la estructura temporal de la sinfonía de Beethoven aludida en el texto. De hecho, considero que es posible ver en “El acoso” una recursividad que, en efecto, resulta un elemento característico de la literatura fractal.

El matiz de texto fractal se hace aún más evidente en “Semejante a la noche”, donde ciertamente se advierten numerosas características de las que se consideran marca específica de la literatura fractal: estructura cíclica de la ficción —el personaje atraviesa diversas etapas históricas, pero siempre repitiendo la situación de inmersión en un conflicto bélico o de crisis política—, de modo que hay una indomable recursividad, a la manera del verso famoso construido por Gertrude Stein en su poema “Sacred Emily“ —y tal vez el factor esencial por el cual dicho texto lírico es recordado—: “A rose is a rose is a rose is a rose”. Pero al mismo tiempo hay una pertinaz visión caleidoscópica: el personaje está siempre en la misma situación, pero en cronotopos diferentes, de modo que el proceso de partir hacia la guerra o la conquista es visto como una historia interminable —en efecto, el libro de Michael Ende corresponderá, años más tarde, a una estructura fractal— presentada como un juego de caleidoscopio o un dinamismo en círculo o, todo lo más, en espiral. El personaje va avanzando cronológicamente en la historia humana, pero la situación se repite una y otra vez y se desdobla de modo que va pasando de un espacio-tiempo a otro, hasta que, como en un ciclo, el desenlace lo devuelve al cronotopo del comienzo. Losada señala un elemento semántico clave:

El tema de este relato es presentar los resortes que mueven las guerras de conquista en su verdadera connotación ideológica, propagandística  y  como empresas lucrativas. En descripción semántica se encuentra sustentado en 21 enunciados dedicados a desarrollar este propósito, desde diferentes posturas ilocutivo-modales.

Es de vital importancia la advertencia de la ensayista: la función de esa estructura fractal está puesta en función de “alcanzar un saber asumido como dogma  y no como interacción. Esta apropiación insuficiente de su saber,  lo lleva a sufrir  —en «determinación»—  verdaderas ironías históricas”.

Esa estructura recursiva es identificada también en el relato “Los advertidos”, personajes que, en diferentes culturas, “han sido avisados” de la catástrofe que, en forma de diluvio, ha sido desatada por los vicios del ser humano. El conocimiento de estos personajes está trazado en términos claramente axiológicos, pues, como hace notar Losada:

[…] Carpentier nos entrega sus reflexiones axiológicas sobre el comportamiento del ser humano en un momento histórico dado, en un contexto cultural, con una actitud para apropiarse de formas de saber como capacidad cognoscitiva en interacción y cómo mediante ellas  ejercer a través de ellas una influencia manipulatoria negativa. El saber se encuentra estrechamente relacionado con una actitud que debe ser mantenida, ante el conocimiento y su uso, lo cual trae como resultado en la enunciación de la proposición de una axiología de valores discretizables en el discurso.

La idea de que el interés subyacente en “Los advertidos” radica en la cuestión del saber y su redimensionamiento, aporta una nueva luz sobre este texto carpenteriano. La ensayista señala una cuestión capital: “El perfil de los elegidos dista de un maniqueísmo facilista. Dentro de este parénesis del conocimiento Carpentier propone, a través de la figura de Amaliwak, dos condiciones necesarias al saber: la curiosidad y la tolerancia”.

El examen multivalente de “Los fugitivos” se orienta igualmente a develar los componentes de una estructura destinada a destacar el problema de la relación entre valoración y actuación humanas, pues, como apunta Losada:

Alejo Carpentier desde una concepción ecuménica de la cultura, asume este abarcador interés en una gama notable de perspectivas ontológicas, pues el hombre en su decursar histórico es responsable de la factibilidad de una actitud ante el saber axiologizado en su concreción y validado en su alteridad.

La autora estudia minuciosamente los paralelismos —que, puede añadirse, funcionan también como modalidades de recurrencias fractales— entre los dos protagonistas, Cimarrón y Perro:

[…] ambos  convergen en un mismo espacio-tiempo pero que demanda diferentes contextos recreados. En Perro (perro- ficcionado, claro está, para poder contraponer paradigmas discursivos) y Cimarrón se  produce una asociación espacio-temporal, y en dueto asumen los desafíos  aparentemente semejantes para llevar a feliz término sus conceptos de libertad […]

El análisis que cierra el libro, se concentra en la construcción carpenteriana de una cuestión eterna: la búsqueda de la libertad. El análisis propuesto por la autora permite comprender gradaciones semánticas y axiológicas, unidas intensamente con otros elementos simultáneos, como las sinestesias de olores y colores, las estructuras metonímicas y otras peculiaridades de la arquitectura del texto, la cual, en el extraordinario estilo carpenteriano, a pesar de la brevedad aparente de la narración, adquiere la dimensión en ancho y altura de una catedral en sentido semántico e incluso filosófico. Losada insiste en ello al decir:

El desenlace es inevitable. La admonición carpenteriana no deja lugar a dudas: los actos de liberación  —para saber de qué1 realmente queremos ser libres— van aparejados a una necesaria evolución y toma de conciencia transformadora en y durante la recreación de nuevos modelos mentales  imprescindibles -lo cual no ocurre en este cimarrón- para alcanzar el nuevo escalón  de lo concreto pensado, que debe auto-organizarse  para llegar  a la libertad  de conciencia.

La diversidad de los relatos escogidos permite a Losada encarar la latitud enorme del discurso ficcional carpenteriano. Una de las conclusiones a que arriba es de particular interés:

Carpentier en estas variantes argumentales  presenta  al ser-en-la cultura, con las formas de saberes propios, generados en el curso de la actividad humana cotidiana, en dependencia de la dimensión de una superestructura simbólica e insiste en  que con esa cognición humana viene aparejada la aptitud y responsabilidad ineludible de ser capaz de autoorganizar su modo de vida.
No hay solución constructiva  posible  si no se está atento a las señales del entorno cultural y político y si se confunde el camino con falsos heroísmos  -los protagonistas de “El Acoso” y “Semejante a la noche”-  en la toma de decisiones y por ausencia de actitudes determinativas necesarias -¡nunca suficientes!- en un contexto o una circunstancia histórica dada, pues el sujeto carpenteriano debe asumir su responsabilidad histórica como hemos reiterado , en “el reino de su mundo”.

La propuesta interpretativa de la autora revela a un Carpentier de una insondable significación cultural y no meramente literaria. En la concepción de Losada, se trata de un discurso ficcional orientado hacia un estímulo-reacción de marcado carácter cognitivo, que responde, según explica, a “un universo mental autoral siempre en tensión analítica, que demanda igual respuesta del receptor”. De este modo, la ensayista arroja luz sobre una concordancia de mayor calado aun entre obra narrativa y obra ensayística en Carpentier. Desde la perspectiva analítica elegida por la investigadora, se revela una voluntad del autor de expresarse sobre lo que pudiera calificarse como universales de la cultura, lo cual le permite a Losada afirmar que Carpentier se interesa por abordar el problema  “del hombre con capacidad cognoscente y arquitecto de su socioesfera”.

El análisis de una serie de factores lingüísticos en el trazado del texto, evidencian un tejido textual de enorme carga semántica y noética, destinada a presentar al ser humano —lo cual incluye desde luego al lector— como un “constructor voluntarioso” de paradigmas morales y culturales.

En su complejidad conceptual y su enfoque contemporáneo del texto desde una confluencia de perspectivas científicas, El constructor de catedrales nos presenta a Carpentier en una dimensión más ancha, si cabe, de la voluntad creativa del autor de El siglo de las luces, y su estrategia discursiva de insondable riqueza y dinamismo. De modo que este ensayo tiene potencialmente diversos destinatarios: los investigadores de la obra carpenteriana, pero también los científicos sociales y los estudiantes universitarios de humanidades en general.   De aquí que Losada identifique en Carpentier una vocación antropológica “que señala hacia el progreso humano del hombre universal y latinoamericano en una versión siempre mejorada  de Amaliwack, Prometeo y Ulises”.

1 Véase el acertadísimo estudio introductorio a Guerra del tiempo y otros relatos de A. Cánovas para LiBRESA, Quito, Ecuador, 1996.

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