A ochenta años de la “derogación” de la Enmienda Platt (II)
A partir de los presupuestos que impusieron los Estados Unidos en la renegociación de la Enmienda Platt fue poco lo que Cosme de la Torriente y Manuel Márquez Sterling pudieron hacer para ganar mayores cuotas de soberanía para Cuba. Torriente, haciendo un resumen de la jornada, analizaba las posibles ventajas y desventajas de lo acordado en este tratado de cara al futuro. Sus consideraciones revelan que su objetivo no fue desafiar en profundidad a Washington, su prioridad era salir oficialmente de la Enmienda Platt:
Cuba, pues, actúo como mejor podía actuar; y se obligó a aquello a que libremente podía obligarse. Por eso yo afirmo que el Tratado de 29 de mayo de 1934 fue el mejor que pudo celebrarse en el momento en que se llevó a cabo, y en que no era posible evitar que continuara arrendada a los Estados Unidos la parte de nuestro territorio que ocupa la estación naval de Guantánamo. Quizás algún día la abandonen los Estados Unidos, o quizás la conserven para ayudar a Cuba a defenderse de una potencia enemiga que la ataque y necesitemos nosotros que no la abandonen, aunque no tengan ellos ya interés en conservarla para su propia defensa.
Jamás ni Márquez Sterling ni yo, ni tampoco el propio Gobierno, que tenía depositada en nosotros su confianza, podíamos afrontar la muy grave responsabilidad que implicaba no aceptar en alguna forma lo que se refería a la estación naval de Guantánamo en la proposición americana.1
En las negociaciones en torno al tratado que derogó la Enmienda Platt hubo una especie de intercambio simulado entre Cuba y los Estados Unidos, a partir de las exigencias de Washington sobre las disposiciones aplicadas durante la primera ocupación. En realidad, desde el gobierno de José Miguel Gómez se había descartado la concesión de una base naval en Bahía Honda. Ahora los Estados Unidos, con todo eufemismo, presentaban nuevamente esa reclamación para liberar a Cuba de la Enmienda Platt si se admitía su dominio sobre la base de Guantánamo. Bahía Honda aparecería como moneda de cambio por Guantánamo en todo este trasiego demagógico, mientras Washington se mostraba como vecino generoso que renunciaba tanto a la Enmienda Platt como al hipotético derecho que le asistía de poseer una base militar en Bahía Honda. Al propio Torriente se le comprometió en esta maniobra, al respecto afirmó:
Desapareció igualmente el derecho que habíamos dado a los Estados Unidos de establecer una estación naval en Bahía Honda, en la provincia de Pinar del Río, manteniendo en vigor, mientras no se abroguen o modifiquen, los convenios sobre arrendamiento de estaciones navales o carboneras, pero sólo en cuanto a la estación naval de Guantánamo o mientras la misma no sea abandonada. Concedida por el tiempo que la necesiten, en cualquier momento ahora podremos proponer la abrogación o modificación de dichos convenios.2
Cuando se refería a este convenio, Cosme utilizó la frase: “podremos proponer la abrogación”. En ese sentido no hablaba de los cubanos, dueños originales de esa porción de territorio, sino de cubanos y estadounidenses que debían llegar a consenso sobre algo que siempre debió ser prerrogativa de los hijos de la mayor de las Antillas. Incluso sentía alivio de que al menos existía esa opción, porque cuando se firmó la Enmienda Platt no estaba dispuesto cambio alguno. Sin embargo, esta se mantuvo entre 1902 y 1934, mientras que la posesión de los Estados Unidos sobre la base de Guantánamo llega hasta nuestros días.
El “Buen Vecino” operó en Cuba de modo sui generis, en la práctica se mantenían algunos rasgos del Gran Garrote. En esencia, las cosas transcurrieron como a principios de siglo, cuando se aprobó la Enmienda Platt por temor a que se mantuviera ocupado el territorio por tropas norteamericanas; ahora se concedía por tiempo indefinido la base naval de Guantánamo para facilitar se eliminase el ominoso apéndice constitucional. Por otra parte, a la negociación se llegó de forma precipitada en medio de una gran reserva, la prensa apenas pudo intervenir para mostrar las interioridades de lo que se discutía y propiciar un debate público. Las razones a las que se apeló para mantener en secreto esa transacción estaban muy vinculadas al destino del otro convenio que simultáneamente se gestionaba con Washington, nos referimos al nuevo Tratado de Reciprocidad Comercial. Según Torriente, a la supresión de la Enmienda Platt se llegó mediante un compromiso de las partes interesadas:
Precisamente por petición que me hiciera le gobierno americano por conducto de Márquez Sterling, se mantuvo en reserva casi hasta el momento de la firma. Dicho gobierno tenía el temor de que pudiera surgir en su congreso, o en su prensa, opositores a la derogación que hicieran perder tiempo en negociaciones; y que todo ello sirviera de pretexto a los enemigos del azúcar cubano, que ya se agitaban contra el plan de mejorar el trato a nuestro principal producto en los Estados Unidos aunque en cambio se obtuvieran ventajas para la agricultura la industria y el comercio americanos en Cuba. Me costó mucho trabajo guardar el secreto, no sólo para complacer a nuestros vecinos sino también porque nos convenía; pero jamás a nadie del Gobierno, siempre enterado por mí, se le ocurrió oponerse al tratado, y menos aún al coronel Mendieta. No quería Washington, como yo mismo, adelantar mucho el tratado de abrogación mientras no tuviéramos la oportunidad de conocer los planes de los que combatían el convenio de reciprocidad proyectado.3
Ciertamente, se vivía un ambiente agitado en Cuba y había sumo interés para neutralizar la revolución en curso mediante concesiones políticas y económicas, pero a nuestro entender se procedió con demasiado apremio. La premura favoreció los intereses imperialistas de mantener la posesión sobre la base naval de Guantánamo. Washington no se conformaba con menos que eso y no quería entrar en discusiones que complicaran su dominio sobre Cuba. Al propio tiempo, era innegable que los productores de azúcar de remolacha en los Estados Unidos siempre habrían creado dificultades al azúcar de caña cubano. La hegemonía del “Buen vecino” requería de procedimientos expeditos, al menos para el caso cubano.
Con relación al nuevo Tratado de Reciprocidad Comercial, Torriente recordaba que durante el régimen de Gerardo Machado el embajador Welles había iniciado una serie de conversaciones que quedaron truncas cuando se inició el proceso de mediación política. Respecto a si era procedente haber adelantado esas negociaciones con la administración machadista, Torriente admitió eran necesarias pero que: “lo más urgente para Cuba en esos momentos era resolver su crisis política, ya que la coincidencia de ésta con la económica traería de nuevo la revolución”. Añadía también que le había referido al mediador que “la revolución estaba en condiciones de brotar potentemente, otra vez, si no se buscaba solución a la par tanto a la crisis política como a la crisis económica”.4
En nuestra opinión, la historiografía no ha encontrado el término más preciso para calificar el arreglo diplomático que en 1934 condujo a cambios en las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. ¿Fue en verdad derogada la Enmienda Platt cuando permaneció, entre otras cosas, el dominio estadounidense sobre la base naval de Guantánamo? ¿Acaso no sería mejor calificar este acontecimiento como la renegociación de la Enmienda Platt?
En la práctica fueron efectivamente derogadas algunas cláusulas y otras no. Aunque las disposiciones del tratado de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos no formaban parte de la Constitución cubana como lo fue la Enmienda Platt, se trataba de un compromiso internacional de primer orden.
De la nefasta Enmienda Platt nos quedaron sus remanentes en cuanto a la posesión por los Estados Unidos de la base naval de Guantánamo, sus implicaciones no pudieron ser más negativas. Además de poner en evidencia la prepotencia imperialista al ratificar la usurpación de un territorio contra la voluntad de sus dueños soberanos, su función actual de cárcel donde se violan los derechos humanos está requiriendo de pasos definitivos para su desmantelamiento definitivo. Es lamentable que los congresistas estadounidenses crean que la seguridad de sus ciudadanos está garantizada con este reducto carcelario de mala entraña.
Citas y notas.
1-En este artículo también rememora que si los Estados Unidos se hubieran complacido con estas concesiones en los primeros años de la República no hubiera hecho falta imponer la Enmienda Platt. Ver: “Cómo se abrogó el tratado permanente”, artículo publicado en Bohemia, 5 de junio de 1938. En: Cosme de la Torriente. Cuarenta años de mi vida. 1898-1938. Imprenta “El siglo XX” A. Muñiz y Hno. Brasil, 153 al 157. 1939. p. 400-401.
2-Ibídem p. 400.
3-Ibídem p. 399.
4-“El convenio de comercio con los Estados Unidos”, artículo en Carteles, 28 de agosto de 1938 En: Cosme de la Torriente. Ob. cit., p. 406.
