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El perfume de la tibieza

Alberto Marrero, 15 de julio de 2014

El cuento que hoy ofrezco a los lectores de este espacio se titula "La mujer invisible o los secretos del mirar atento" y parece escrito en otra época. El sabor de un lejano barroco o de una saga romántica, o quizás de una parábola con aires bíblicos, se funden en una historia concebida no como juego de erudición, sino como recurso para transitar distintos períodos de la existencia humana  a través de la mirada de una mujer. Su autora, la ensayista, investigadora y doctora en Ciencias Filológicas Ivette Fuentes de la Paz (La Habana, 1953), incursiona de nuevo en la ficción (ha publicado narraciones y poemas en revistas nacionales, y tiene dos plaquettes de cuento: En el umbral (Extramuros, 1990), Premio Nacional Eduardo Facciolo, y La mujer invisible o los secretos del mirar atento (Centro Editores, Madrid, 2013),  si bien su quehacer más conocido dentro y fuera del país se desarrolla en la esfera del ensayo literario, sobre todo en torno a figuras como José Lezama Lima, María Zambrano, Juan Ramón Jiménez, entre otros.

Aunque volviendo al texto que nos ocupa, la historia se desenvuelve en cuatro tiempos distintos (comienza en el año de Cristo), pero es contada por una misma persona: una narradora que interactúa con otros personajes desde la invisibilidad. Con un halo sin lugar a duda fantástico, el relato explora la sensibilidad femenina, su atrevimiento para la ternura y la comprensión del dolor humano y sus entresijos. No creo que haya una intención pura y ciegamente feminista de resaltar las virtudes del alma de la mujer. Pienso que el propósito está más allá, en el secreto del mirar atento, para que los pequeños detalles que también son parte de la vida no escapen, para que todos podamos percibir el perfume de la tibieza, el color ocre de la hojarasca, el olor de los árboles y de las hierbas, en especial en estos tiempos donde el progreso tecnológico mal empleado contamina y la mezquindad, el desorden, el despilfarro, la inclemencia y el egoísmo humano han puesto en peligro la propia supervivencia de la especie.

Regresar al pasado no parece ser la idea de este relato.  O quizá sí, pero para dejar entrever que la ceguera de hoy viene de más atrás como una maldición o una rémora de la que debemos librarnos si aspiramos a la salvación.   
 


 

La mujer invisible o los secretos del mirar atento


 

Ivette Fuentes de la Paz

 

Ya le conocía. Pero mucho antes de tropezarlo por vez primera, los hechos milagrosos, los asombros, la fama que le anunciaba, me atrajeron hasta él. Por eso ahora, cuando me acercaba a Jesús, experimenté un sentimiento más que de júbilo de triunfo, porque desde entonces supe que cruzaría con él las palabras que todos me negaban y su proximidad, que llenaba el espacio de donaire y hermosura, confirmaba mi anhelo.

Con tal certeza, me deslicé por entre las gentes y regresé a la casa a esperar la oscuridad, hasta que mi rostro se confundiera con una de sus sombras. Solo entonces salí al bosque a recoger los setos, el perejil, los claveles y geranios; cacé algunos lagartos, culebrillas, un ciempiés perdido. Pensé que quizás, si más tarde hubiera luna, podría llegar al río a recoger los musgos de la rivera. La luna llena sería el momento propicio, pero desconfiada de mi suerte, me adelanté al calendario y probé la rueda del azar. Con todo el arsenal en la cesta, retorné por el mismo camino sin hacer apenas ruido, llegada casi el alba, para no despertar aún la claridad del sol. Bajo los inquietos rayos, terminaba la primera parte de la faena. Entré a la choza y cerré con cuidado la puerta. Al encender la tibieza de la hoguera, froté una con otra las manos frente al caldero para calentar mi cuerpo mientras fraguaba al calor los pensamientos. Antes de conciliar los elementos, me até la larga cabellera en la oscilación de una trenza. Recogí presurosa los suspiros para que no cayeran como el aliento. Me aprestaba a comenzar.

Al mezclar los ingredientes, fui cantando las alabanzas a los dioses pequeños que acompañaban mi vida. Allí estaban la madera, la pimienta, la laguna, la tierra, el aire: el ánima de todo lo vivo brindaba algo de su divinidad. Y así, en el acierto, se vio un hálito subir, confundido con los afanes. Llegado ese momento, al ascender la fragancia de los olores que penetraba por mis poros, era el instante de mayor concentración, equilibrio de una obra que podría romper una sola lágrima, un solo aletear de la melancolía. Ninguno de los humores podía mediar, ofrecer su intensidad quebrada en dos, no, nada íntimo, nada interno fuera del regalo de la naturaleza, solo el ritmo de mi corazón al remover con la cuchara el sabor del brebaje.

Con precaución saqué el caldero para alejarlo del fuego. Al enfriarse, la sedimentación ahuyentó los vapores y algo de la impureza de la noche, y al colar el líquido quedó una pasta de un rarísimo perfume y de un brillante color. Con la paleta la fui introduciendo en un pomo oscuro que luego de tapar con firmeza envolví en una tela negra, y finalmente la até con cintas de tantos colores como los que ocultaba la blanca cera con que lo sellara. Dejé la pócima sobre la mesa para encaminarme hasta el pozo, a limpiar mi suciedad. A duras penas, mirando con mucha atención el reflejo en el centro de las turbias aguas, pude reconocer mi rostro deshecho en muecas por el vaivén de unas ondas que nublaban mi memoria. De golpe, huí de mi propio sueño. Recogí el trabajo, me cubrí la cabeza con un manto y partí.

Me temblaban las manos cuando llegué al portón de la casa donde estaba el Maestro. Sabía que aquellos también acudirían, que aquellos bienamados aparecerían como horda feliz por su lado sin saber de una extraña en sus fantasías. Tras subir los peldaños que alzaban la entrada, penetré en el recinto. Con temor de que descubrieran mi torpeza y atrevimiento, reverencié la santidad de aquel lugar infundida por su presencia.

Todos conversaban y se sentaban a su lado. Las otras mujeres, envueltas en hermosas túnicas estrenadas para la ocasión, le atendían y llevaban canastas con panes exquisitos, dátiles y uvas. Simón, el fariseo, no dejaba de hablarle y las palabras se extendían más allá de una conversación natural, pero él parecía no cansarse y sus ojos demostraban un interés que a ratos me parecía nacido más de su profunda bondad que de una humana paciencia. Todos le agasajaban, amigos y familiares del anfitrión, y tan ocupados estaban en el jolgorio que nadie atendió a mi llegada. Y así, sola en mi herejía, sola como una mujer ante Dios, me levanté de mi ostracismo y mi miedo y me adelanté hasta arrojarme a los pies del galileo, sin comprender su misterio.

De improviso ante todos, balbuceando algunas frases incoherentes, saqué de entre las telas el envoltorio y derramé sobre su cuerpo mi más preciado don. Aquel impúdico brebaje salido de la superstición, contenía la sabiduría del mundo. Porque en cierta forma yo comprendí que el dios de la pimienta, de la tierra, de la sal, de las sombras de la noche, eran modos de andar hasta aquella voz que siempre escuchaba. Con la inocencia de aquella ofrenda, supliqué por su mirada, un instante de atención, compasión siempre robada por esos que se decían sus discípulos.

Antes de que aquellos reaccionaran, yo había derramado sobre aquel hombre el perfume de toda mi tibieza. Por un momento se vio brillar a Cristo, redentor de sí mismo, abandonado por los hombres, dejado a las premoniciones del olivo, a la protección de la tierra. Se vio el cáliz limpio y sencillo, la copa de madera con que brindó su sangre. Se vio la primera piedra que cargó Pedro para erigir la Iglesia. Se vio la pirámide limpia por la que se labrarían luego tantos laberintos de confusión. Se vio al conglomerado de los sacramentados con un solo rostro en los ojos de aquel símbolo que la observaba. La pasión se transfiguró y olvidó los rasgos de un hombre perdido en sus propios enigmas, y me convertí en la atribulada razón que buscaba.
 

El milagro solo fue un fulgor. La mirada, regada con el aroma de mi amor, el perfume más verdadero, cayó sobre mis manos y la pócima, y antes de que pudiera disfrutar del asombro de sus ojos, los vecinos del fariseo me sacaron del entorno. Simón espetó al Maestro su consideración a mis estigmas de hechicera, y él, alerta a la estrategia y con breve paso por la vida, ocupado en los designios y en su misión, volvió mi dádiva de amor infinito una parábola más del perdón. Se levantó, envuelto aún en los olores de mi vida, impregnado su cuerpo de mí, y mientras caminaba, tropezando la brisa fuerte del camino que soplaba desde la puerta, los aromas se fueron confundiendo con otros vientos, otros olores que le traía el mundo.
 

Poco habría de caminar Jesús en la tierra, pero su paso siempre estuvo guardado por otras mujeres. Allí estarían María, la Magdalena, Marta, la hermana de su amigo Lázaro, Juana, la mujer de Cusa, el administrador de Herodes, Susana. Él nunca conoció mi nombre, no tuvo tiempo para reconocer mi voz, nunca supo distinguir mi rostro del de las otras que le rodeaban. Si acaso, alguna vez, el aire le llevara fragmentado el olor frío de una lluvia o de una madrugada, o en la soledad del Monte, transfigurado él mismo en olor de hierba recién cortada, me recordara. Porque yo no supe más que echar sobre su cuerpo todo mi perfume para que el camino estuviera escanciado por el sutil aroma de clavel, geranio, rocío, mujer invisible en una fragancia, ya casi olvidada.

 

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Viví en Antínoe, en el Siglo II. Dicen que cuando nací, la habitación donde mi madre me paría, se inundó de una fragancia exquisita, y que mis ojos, desde que vieron por vez primera la luz, se mostraron afanosos buscando un no sé qué perdido, brumoso como mi mirada infantil. Me atraía especialmente el olor de los árboles, y por entre ellos andaba corriendo, hurgando entre claveles, geranios, rocío de las hojas que mojaban mi rostro. Mis años de adolescencia los pasé desvanecida en tantísimas fragancias, esperando reconocerme en alguna. Un día, movida por la esencia de unos óleos, cercanos a aquellos tan vívidos de los montes de olivo, decidí transfigurarme en mujer. Siempre rehuía la compañía de las jóvenes de mi edad. Fui una desconocida que fijó en la luz un perfil, unos ojos almendrados rasgados a la sombra, desde que le descubrí en el olor de la madera. Pude escoger ser la dama pero fui la esclava, para así seguir los pasos del Maestro. Yo misma iba al monte a buscar los mejores gansos, sus grandes plumas, que le llevaba para que pasara los dedos por la suavidad de un momento. Luego regresaba a la arboleda y desgajaba las copas para armar un cuenco con caucho mojado en resina blanca y roja. Colocaba los utensilios en el banco de madera de roble, y allá, más lejos, sobre una piedra, me sentaba, inmóvil, suave, suplicante, mirando al pintor. Su embeleso se recreaba por mi cuerpo, mis cabellos, la túnica, y no oía más la voz de mi madre que me buscaba por el patio, confundida por las jóvenes que, como yo, miraban suplicantes a la vida, a los hombres, pidiendo solo quedar, un poco más, por entre el tiempo. Yo miraba de reojos el hacer del pintor, mis ojos de almendra hechizaban los pájaros y dejaban mi mirada entre las nubes. Él nada más veía el raro perfil perpetuado en esas nubes, pero no a mí. Como una flor torpemente apretada, me fui deshaciendo en aquel estirado vegetal que hacía las veces de una tela plana y lisa por donde me fui dejando caer. Las voces se fueron alejando extinguidas como un soplo muy dentro del viento, pero yo permanecía imperturbable, sumisa a la invocación de mi contorno. Allí quedé, muy quieta. Impasible, cruel, logró su hechizo el arte. Pero el frío de mi soledad fue desgajando mi mirada, robada por las nubes. Quise voltearme para encontrar la aprobación de algún observador, su atención. Cuando volteé los ojos no pude ver a quien me miraba, alguien me cegó con la luz fuerte de un daguerrotipo que fijó el óvalo de mi cara por sobre la blusa vuelta encaje, tejida en la tela blanca y exquisita, que dejaba escapar mi inquietud. Luego del estampido, observé los ojos del retratista, encajada su sonrisa por sobre la perfección de mi rostro, mi torso, la evocación de mi belleza. Con la brillantez del sol, con mi insistente mirada, quería despertar su interés, pero él parecía no verme y no se percató del temblor de las manos de las que caían, una a una, las flores del ramillete. Vagamente creí escuchar las voces de mi madre llamándome, creyéndome a salvo en el troncón de madera donde aún permanecía sentada, ahora transformada en la bella desconocida de un retrato. Un poco más de tiempo, sí, solo un poco más de tiempo y alguien sabría que estaba allí, y podría volver a buscar las resinas de colores en las que me haría argamasa, sabia de la madera, gajos y ramas, frondosidad, luz atrapada a hurtadillas en la foto, desde donde esperaría, con paciencia, a que alguien descubriera bajo la cadencia, inadvertida, tan sutil de mi pecho, que allí estaba.

 

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Desde lejos, desde mi quietud atrapada a hurtadillas por la luz, hacía años que veía a Pieter Janssens. Su fama le adelantaba y ya le conocía sin saber aún el peso de su mirada. La hubiera querido calibrar como la más penetrante caída sobre mí, rebotando por todos los espacios de mi cuerpo. Por eso me deshacía en tonos agudos cuando hablaba con voz casi chillona en la conversación de esquinas y esquinas sin apenas rozarme esa mirada. Por aquella época, y hasta tanto después, mi situación económica, antes holgada, a ratos se tornaba angustiosa y precaria, así que cuando supe que el Maestro buscaba una doncella para limpiar por las tardes su taller, no vacilé en presentarme en la casa. A pesar de mi pobreza, conservaba algunas prendas de valor con las que pregonaba mi orgullo, así que no dudé en buscar la bella blusa de encaje blanco, ya algo gastada por los años, que siempre preferí, y en untarme los lóbulos de las orejas con la suavidad de unos aceites que guardaba para las grandes galas. Me sorprendió no fuera lo que creí aquella enorme y vieja casona, que de lejos lucía enredada por los gajos del algarrobo como si huyera de mí. De cerca parecía humilde, pequeña, solo dos pisos cruzados por algunas escaleras, ventanales amplios que se confundían con las puertas, de maderas viejas pero limpias, pulidas, por donde resbalara mi mano la primera vez que las crucé. Me recibió alguien que parecía ser el ama de llaves o la encargada de la casona, y casi de reojos cató mi fortaleza y más aún mi decisión, o pudo haber sido que entendió por mi gastado atuendo, lo requerida que estaba de aquel contrato. Sin perder tiempo, buscó en su bolsillo un manojo enorme de llaves que tintineaban unas con otras confesándose sus secretos. Atinadamente se deslizó una de su escondite para abrir un gran portón casi al otro lado del jardín. El taller del pintor se completaba en una sola pieza, que hacía las veces de arsenal del diablo, pues dentro de él podía hallarse cuanto herraje hubiera huido de la casa. Al final, enredados con el polvo, algunos lienzos a medio pintar, bocetos a medio cubrir, revelaban los misterios del atelier.

Mi trabajo, según se me ordenó, consistía en velar la partida del artista y entrar en el gran salón para barrer las virutas de madera, enderezar los enseres caídos, limpiar los entresijos de pintura regados por el piso, organizar aquel caos. Por varias semanas me mantuve fiel a mi misión. Esperaba la partida del señor Janssens y allí, adentrada en el espacio de su fabular, permanecía hasta entrada la noche barriendo las torpezas de su día. Para no perder el trabajo resistía al deseo de cruzarme con él, pero la tentación de verme escudriñada, rodeada por su insolente mirada de pintor, se me hacía cada vez más fuerte. Con más audacia que valor,  inventé una estrategia y comencé a entrar más temprano, antes de que el señor Pieter llegara a su atelier, con la excusa de dejar el salón presto a sus vocaciones. El corazón me palpitaba al escuchar el gozne haciendo girar la llave, y sentir los pasos dueños del lugar, vueltos detrás de mí, justamente a mis espaldas, mientras mi inquietud marcaba el ritmo de mi escoba rasgando la impureza del piso. No me atrevía a virar el rostro, y solo percibía sus manos hurgando entre pinceles y telas, avisado a sus oficios. Cuando terminaba, con el mismo ritual del silencio y la impudicia de su mando, se desligaba de las piezas sin terminar y partía, dejándome en aquel escenario como uno más de sus lienzos.

Un día Pieter Janssens no me encontró más. No sé si me buscó o si alcanzó a entender el anhelo de mi rostro siempre volteado. Pero aquella vez decidí deshacerme en los colores que alcanzaban la mirada para recomponerme en sus anhelos. Escogí un tono ocre que apretaba dentro de sí la hojarasca del algarrobo, ya casi acostumbrada a tanta sombra, y entré dentro de él. A la hora acostumbrada, llegó el pintor. Cogió los pinceles y buscó el último lienzo en que trabajaba. Me sentí deslizada por entre los aceites del óleo, rehecha en los pedazos que alcanzaron su memoria. Nunca concibió mi alma. A ella no llegó su mirada. No pudo hacer mucho más y dio por terminado el lienzo que reflejaba el impecable orden de una casa holandesa en cuyo centro una mujer, con rostro desconocido, barría su ausencia. 

Mucho tiempo pasé esperando el milagro de ser reconocida y así soporté aquella infinita quietud, pero cuando murió el pintor, poco antes de 1682, decidí regresar nuevamente a la maravillosa fluencia de la vida y con ese propósito, me sumergí líquida en alguna tinta. Con la esperanza de hacerme visible, me dejaré poseer por la pluma de otro artista. Espero, atentamente, no diluirme en la demora de alguna inspiración.

 

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Frente al espejo, cada noche, me reinventaba. La tinta negra del rímel reforzó la línea baja de la mirada, las cejas, y la capa aceitosa del tubo labial realzó los contornos de la boca rojo bermellón, los pómulos del rostro devueltos a la vida por el polvo de resina que olía a geranio, como indicaba el anuncio comercial, pero que a pesar de su complicado proceso industrial, guardaba la fragancia de la naturaleza. Así me contemplaba en aquel diario ritual que componía mi fe de encontrarme.

Salí sin ser vista por la puerta de servicio, no tenía deseos de soportar las mismas frases soeces del ascensorista. La noche era de las espléndidas de luna llena, iluminada y fría, y su luz me daba la certeza de que reencontraría al Maestro. Con mi viejo anhelo, apresuré la marcha hasta llegar a la enorme y vieja casona, siempre huidiza, fugada de mí. Esta vez penetré el portón, a pesar del viejo temor por las enredaderas y la rara sombra del algarrobo. Me causó asombro que de cerca, la casa parecía más humilde, y más pulidas las maderas viejas. Al subir los peldaños y asomarme por uno de los ventanales, le vi. Desde hacía mucho tiempo, su fama y sus obras espléndidas, su amena conversación, el carisma de su persona, me habían conmovido y así fue que poco a poco esa devoción formó parte de mi existencia, dádiva de amor infinito que él, solo ocupado en sus designios y en su misión, convirtió en parábola de vida. 

Como siempre, todos querían hablar con el Maestro y robar su atención casi forzada, nacida de la profunda cortesía. El anfitrión le obsequiaba con los más exquisitos dulces de su repostería que las mujeres, con hermosos atuendos estrenados para la ocasión, le llevaban para agradarlo de forma que a mí se me antojaba excesiva. 

Venciendo mi ostracismo y mi miedo, me decidí a entrar de improviso y antes de que los invitados se dieran cuenta, me acerqué a él. Había preparado de antemano mi modo de asombrarlo, y le llevaba un relicario que, estaba segura, le agradaría. Su vocación por la pintura y muy particularmente por la fotografía, le haría elogiar aún más el bello camafeo con el perfil de una muchacha, que hacía tiempo guardaba entre mis reliquias. No era un regalo más. Con aquel objeto le entregaba mi propia vida.

Sin saber apenas cómo, balbuceé algunas frases incoherentes, cifradas como una plegaria, y me aproximé inescrupulosamente a aquel hombre, sin comprender aún su misterio. Ante el asombro de todos, saqué de entre las telas el envoltorio y en sus manos dejé mi más preciado don. Levantó su vista del letargo en que le sumía el gentío. Por un instante, aquel hombre brilló por el resplandor de la mirada que me reconocía. Nada más fue un fulgor. Casi instantáneamente, depositó los ojos en la joya, llamativa y exquisita, y acostumbrado a ser una y otra vez halagado, entretuvo a la audiencia con disertaciones vagas sobre los detalles del camafeo, que por la excelencia del retratista al captar el magnífico perfil de una joven de Antínoo, ubicó en el siglo II. De algún modo sentí en sus palabras la burla, captada vivamente por las mujeres que fueron cerrando círculos en torno al Maestro, excluida cada vez más de su espacio, como si no perteneciera a él. 

Con la misma sutileza con que entré, huí del lugar. Pero en la medida en que desandaba el camino a casa, se disipaba mi extrañeza y tenía la sensación de acercarme a mi propio lugar. De regreso, pasé nuevamente por la rivera aledaña al edificio y que la clara luz de la noche hacía más nítida. Esta vez observé los musgos de la orilla, y los limos, y me parecieron más limpios y cercanos a mí. Sentí caminar a varios ciempiés y culebrillas y dejé atrás mi soledad para estar junto a ellos. Nada era igual. Algo había cambiado en aquel ofrecimiento, como si dar mi mejor prenda significara un ritual de sacrificio.  

Veía las cosas desde otro ángulo, más profundo, surgido de otra dimensión. Nunca de mis largas noches me detuve en aquel río y por eso no había sentido el raro olor a resina, a madera virgen que salía de la orilla. Me atraía especialmente el hálito de los árboles, y por entre aquel, el aroma de claveles, geranios, rocío de unas hojas invisibles que mojaban mi rostro. 

Entré al edificio, y me arriesgué a tomar el elevador. Me asombré del desinterés del ascensorista, ajeno a mi persona. Como un autómata marcó el número del piso y tan súbito como entré, desaparecí fuera del aparato que rápidamente descendió otra vez. 

Ya en mi habitación, antes de coger las motas de algodón para sacarme el maquillaje de vuelta en la madrugada, me detuve a mirarme como a la mujer de todos los días. Siempre fui una desconocida que fijó en la luz un perfil, unos ojos almendrados rasgados a la sombra, desde que le descubrí en el olor de la madera. Pude escoger ser la dama pero fui la esclava, para así seguir los pasos del Maestro que nunca me supo mirar. El corazón me palpitaba al escuchar el gozne haciendo girar la llave, y sentir los pasos dueños del lugar, vueltos detrás de mí, justamente a mis espaldas, mientras mi inquietud marcaba el ritmo de mis anhelos. Al terminar las horas, con el mismo ritual de su silencio y la impudicia de su mando, me dejaba en aquel escenario como uno más de sus objetos.

De golpe, salí de mi propio sueño y observé el óvalo perfecto de mi cara, que enmarcado en el espejo semejaba una medalla. Cogí las motas de algodón y las mojé en el aceite. Mientras me observaba, con fuerza las pasé por el rostro para borrar las marcas superpuestas de tantos tiempos, que cayeron, una a una, como las flores de un ramillete. Invisible, extendí la mano buscando un pincel. Escogí un tono ocre que apretaba dentro de sí la hojarasca del algarrobo, ya casi acostumbrada a tanta sombra y deslicé en sus tonos la brochilla de pelos de ganso. Me sentí renacida por entre los aceites del óleo, rehecha en los pedazos que alcanzaron mi memoria. Entre ellos coloqué mi alma íntegra, salvada. 

De lejos, el espejo reflejaba el impecable orden de una casa en cuyo centro, si se miraba con atención, una mujer con rostro desconocido barría las virutas de sus recuerdos.

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