Werner Aspenström
La poesía sueca del siglo XX cuenta con nombres de talla universal, leídos y admirados en toda Europa, Estados Unidos y América Latina. Las obras de figuras como Pär Lagervist y Gunnar Ekelöf, ambos de la más alta jerarquía literaria, han enriquecido de manera notable la gran tradición de occidente y han llegado a constituirse ellas mismas en magníficos exponentes de una manera de escribir y de interpretar la realidad. Entre esos poetas que ostentan una obra de calidad y de fuerza expresiva está Werner Aspenström, nacido en 1918 en un pueblo de Suecia llamado Norrbërke. Su educación formal transcurrió, a sus inicios, en una escuela primaria como tantas y más tarde en un centro especial para campesinos con características que los destacaban en los estudios. La triste experiencia de la muerte de su padre y el dolor de su madre por esta pérdida y la de un hermano marcaron los primeros años de su vida, por lo que muy pronto el niño percibió esas formas del sufrimiento, pasos preliminares de una sensibilidad que posee, como uno de sus rasgos distintivos, el cuestionamiento de la existencia y cierto sabor irónico en su diálogo con la realidad. En la universidad de Estocolmo obtuvo el grado de licenciado en Literatura y en Teología Comparada. Por entonces, comenzó su obra con narraciones, poemas y artículos para la prensa. Su entrada en la creación artística estuvo matizada por posturas y gestos de índole política ante ciertos acontecimientos de la época, como la guerra de Corea, la que generó la iniciativa suya y de otros poetas (Artur Lundkvist, Karl Vennberg) de publicar un libro –Tercera posición– con sendos artículos de rechazo a Estados Unidos y a la Unión Soviética, en tanto representantes de la llamada Guerra Fría. Perteneció al grupo que redactaba la revista La década de los 40. En 1980 ocupó un asiento en la Academia Sueca, más tarde abandonado como protesta por la actuación de esa institución en el caso de las amenazas recibidas por Salman Rushdie de parte de ortodoxos islámicos. Recibió el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Estocolmo como reconocimiento a su rica y dilatada obra literaria, constituida por obras de teatro, poesías, cuentos, ensayos y textos para niños ilustrados por él mismo.
Su voz lírica, muy suya dentro de la propia tradición sueca y del resto de Europa, está reunida en varios volúmenes, entre ellos Snölegend (Leyenda de nieve, 1949), Litania (Letanía, 1952), Hundarna (Los perros, 1954), Dikter under träden (Poemas bajo los árboles, 1956), Om dagen om natten (De día de noche, 1961), Trappan (La escalera, 1964), Inre (Interior, 1969), Skäl (Razones, 1970), Under tiden (Mientras tanto, 1972), Ordbok (Diccionario, 1976), Tidigt en morgon (Una mañana temprano, 1980), Sorl (Susurro, 1983), Varelser (Seres, 1988), Enskilt och allmänt (Privado y público, 1991), Ty (Parque, 1993), Israpport (informe sobre hielos, 1997). Se ha señalado que la crítica de su país lo situó como representante del pesimismo que caracterizó a la generación de 1940, década en la que comenzó a hacer su obra más notoria, cuyo volumen inicial fue el que apareció en 1949. Sin negar en sus mejores textos la presencia de esa visión pesimista que también se evidencia en creadores de otras latitudes, sometidos, en muchos casos directamente, a los rigores de la Segunda Guerra Mundial –como sucedió a los autores franceses profundamente marcados por una filosofía de la vida que tuvo su más sustantiva expresión en las corrientes existencialistas de la segunda mitad de aquel decenio–, la palabra poética de Aspenström es mucho más que esa negación de las posibilidades del ser humano. En su obra, salpicada en sus más ricas páginas por una lucidez que enriquece notablemente sus apreciaciones y juicios acerca de la cultura y de la historia, hallamos una fuerza extraordinaria, sustentada por lo que podríamos llamar el relato de su cotidianidad, de calidades excepcionales por la frescura y la intimidad que nos comunica ese diálogo del poeta con sus circunstancias inmediatas, familiares, personalísimas. Si nos detenemos en su entrega de 1949 veremos imágenes inquietantes y escucharemos un tono matizado por una leve angustia más que por el pesimismo o la conciencia de un destino fatalista. Ahí está quizá lo mejor de su expresión de esos años, en esa contención de una sensibilidad que se ha cuestionado la vida y que ha percibido de manera singular presagios ante lo indefinible de nuestras vivencias. Veamos este fragmento de uno de los poemas de su libro Leyenda de nieve, el titulado “Hay en el rostro de los durmientes”, la primera parte:
Hay en el rostro de los durmientes una evidencia
que nos atrae y nos horroriza al mismo tiempo.
Hay una sonrisa inalcanzable: ¿es
la sonrisa de las quimeras o la del niño,
alguien que se cree transportado por alas
o que ha sido transformado en piedra?
Abrimos con cuidado la puerta.
Nos inclinamos sobre los que duermen.
¿Por qué calles pasean ahora?
¿En qué tiempo?
¿Estás crucificado en sus sueños?
¿Has resucitado en esa constelación?
Intacta
impenetrable se extiende la superficie del mar.
Contemplar
no es hundirse realmente.
Nos levantamos. Nos vamos
para regresar de nuevo.
Hay en el rostro de los durmientes
una evidencia que nos persigue constantemente1
Las líneas sucesivas hablan de un enorme desastre natural que el poeta ha visto irrumpir con devastadora fuerza, pero a una distancia que nos protege, si bien está presente además como una potencia que nos amenaza y que puede destruir todo a su alrededor mientras las aguas avanzan. Esa presencia del mar inundando nuestros paisajes y nuestra vida posee una carga de angustia harto elocuente y se erige como algo frente a lo cual nada podemos hacer mientras estamos sumidos en un letargo apacible, como nos dice el propio autor de sí mismo en este momento: “y ahora estoy en la ciudad dormida”, y más adelante: “¡Queridos oyentes / querida bandada de jaspeadas palomas callejeras! / Les arrojo un puñado de palabras. / El tiempo ya está medio desperdiciado. / Pronto hasta yo me veré vencido por esta somnolencia”. Hay un angustioso contraste entre el inminente peligro y nuestro estado de sopor, de sueño, un desasosiego inquietante, porque mientras dormimos no somos capaces de percibir el horror que nos acecha, la presencia de la muerte sustentada en un desajuste irrefrenable. Pesimismo y miedo se conjugan en este poema como figuras aniquiladores contra las cuales es preciso reaccionar adquiriendo una lucidez que hemos perdido, una conciencia de nuestro estado y de nuestras circunstancias reales. Ese sabor trágico de sus primeros textos relevantes reaparecerá en lo sucesivo, pero de manera más atenuada, como una fatalidad inevitable, pero con menos capacidad imantadora. Entran entonces en sus páginas realidades nuevas, si bien son las de todos los días, ahora presentes con otro significado y con mayor frecuencia e intensidad.
Diversas y cuantiosas son las alusiones a la realidad que el poeta tiene delante, al día a día, al paisaje y sus habitantes cercanos o lejanos, visto todo ello con una resignación escéptica y otras veces como si quisiese iniciar un canto a la naturaleza que no acaba de realizarse porque el poeta siente el peso de la fugacidad, una experiencia que alcanza quizá su más alto momento en un magnífico poema titulado “La pregunta infantil”, perteneciente al libro Porque (1993), donde leemos:
[…]
Si la aniquilación no existiese
yo debería sentir a través de la fina suela de las sandalias
la respiración de los muertos.
[…]
En su jaula encristalada, a mitad de camino del cielo,
el operario de la grúa tiene mayor perspectiva que nosotros.
Con su largo brazo va apilando piso sobre piso.
Para el otoño la casa estará terminada.
Más adelante, cuando el empapelado se haya descolorido,
la pregunta infantil volverá a surgir:
¿adónde fue a parar la llama apagada,
hacia dónde corrió en su vestido amarillo,
seguida por cálidas sombras?
Las propias vivencias y la percepción de un vacío que el poeta no logra colmar con su angustiosa metafísica, de un dinamismo que le hace volver la mirada hacia reflexiones desesperanzadas y acontecimientos que entrañan muerte y aniquilamiento, han transformado la cosmovisión de este creador desde una fe más o menos profunda en su primera juventud hasta un escepticismo al parecer irredimible. Los estudios que cursó de teología comparada tenían, al parecer, más razones exclusivamente culturales que religiosas. En el poema “En relación con el Ser Grande”, perteneciente al libro Seres (1988), se nos evidencia su radical incredulidad en relación con la vida trascendente, convicción que se hacía perceptible a lo largo de toda su obra, en especial por la reiterada presencia de esos paisajes nevados, de blancura invasora, signos de una Nada de la que ningún credo podría redimirlo. Esta página elocuente, “La infinitud y el pan”, del que haya sido su último volumen de poemas, Informe sobre hielos (1997), confirma ese rasgo decisivo de esta poética. Allí nos dice Aspenström:
Enfermo en la cama, atado con dos tubos,
trato de imaginarme la infinitud.
Levanto el tejado del hospital
como el astrónomo abre de noche la cúpula del observatorio.
La eternidad no ha cambiado mucho
desde la última vez que pensé en ella:
cabello blanco, sin arrugas, ni hombre ni mujer.
A lo lejos en la inmensidad de hielo de la infinitud
el astrónomo ve acercarse a alguien.
Es su mujer, ella respira serena.
También respira lo que lleva en la mano,
un pan, recién horneado, con pasas de Corinto.
Conversacionalismo, juego, ironía, cotidianidad, escepticismo, lucidez, metáforas inteligentes, desolación, angustia, inquietudes políticas que en verdad son inquietudes profundamente espirituales en busca de un orden que pueda darnos un sentido de la vida menos desesperanzado, todo ello está presente en la obra poética de este autor que nos conmueve y nos lleva a reflexionar de un modo diferente acerca de nosotros mismos y de nuestro destino.
Nota:
[1] Para esta y las restantes citas de poemas utilizo la versión de Francisco J. Uriz que aparece en Werner Aspenström. Uno tiene que saber dónde vive. Antología. Traducción [y selección] de Francisco J. Uriz. “La sardina en el metro” [por] Francisco J. Uriz. [S.l.] Ediciones Bassarai, 1999. De su prólogo extraigo asimismo los datos biobibliográficos que incluyo en este trabajo acerca del poeta.
