Los primeros cien años de Cortázar
Era yo una jovencita de veinte años, cuando realicé mi primera entrevista. Iniciaba así un largo recorrido ─que aún no termina─ por los caminos del periodismo cultural.
Recuerdo que asistí emocionada a una lectura de cuentos que el gran escritor argentino Julio Cortázar ofrecía en la Casa de las Américas, institución que fue el gran puente entre el autor de Rayuela y Cuba a lo largo de muchas décadas de honesta solidaridad y amistad.
Al finalizar la lectura me acerqué a ese hombre de elevada estatura y ojos tristes y pequeños y le pedí con timidez que accediera a contestarme unas cuantas preguntas. Trabajaba yo entonces en la Agencia Informativa Latinoamericana Prensa Latina.
Me llené de una alegría sin límites cuando él, inmediatamente, me citó para el día siguiente en el Hotel Nacional.
Recuerdo que pasé toda la noche tratando de hilvanar seis o siete preguntas inteligentes. Quería impresionar a aquella figura de leyenda que era uno de mis escritores de cabecera, desde que tropezara con una novela, leída después por mí más de tres veces y de todas las maneras posibles que proponía su autor a los lectores.
Rayuela era y es para mí más que un libro entre tantos de los muchísimos valiosos que han caído en mis manos y he disfrutado como se disfrutan los momentos felices que la vida nos propone. Era y es una lección para aquellos que se acomodan a los convencionalismos de la existencia y de la escritura. Una sacudida en medio de tantas normativas absurdas y tantas engañosas tentaciones de la banalidad.
La novela ha vivido medio siglo desde su primera edición. Y el hombre gigantesco que con tanta sencillez me enseñó a utilizar la grabadora con la que realicé aquella entrevista memorable, cumple el mes próximo los cien primeros años de su muy probable inmortalidad.
Todo cuanto escribió ha dejado huellas en mi manera de entender el mundo. Sus cronopios, sus “Cartas a Mamá”, ese libro que debería ser una guía para todo aspirante a cuentista y que se titula Final del Juego o la aventura intergenérica que constituye ese volumen maravilloso q
ue él tituló La vuelta al mundo en ochenta días.
Aprecio también los poemas sinceros y cargados de su profunda sensibilidad que Cortázar reunió en Salvo el Crepúsculo. Cuando los leo me parece estar escuchando esa voz cadenciosa que arrastraba la r, como si el autor de esas piezas tan poco valoradas por la crítica, las estuviera leyendo en mi oído, como si quien las escribió regresara de un viaje largo para estar de nuevo entre nosotros.
¿Y es acaso que Julio Cortázar no se encuentra entre nosotros?. Como el personaje de “Cartas a mamá” que no pudo ser enterrado por su hermano y su ex novia, aun cuando la distancia y la lógica ratificaran su desaparición, el autor de Rayuela es una presencia que todos esperamos en ese andén fantasmagórico que vence a la muerte en virtud de otras leyes que no son las de los hombres.
Cada año un concurso de cuentos auspiciado por el Instituto del Libro y la Fundación que en su memoria creó Ugne Karvelis, nos traen a un Cortázar que para los latinoamericanos es más que un escritor descomunal.
Porque a sus virtudes como literato se unen las de un ser humano leal, sensitivo, que supo ser fiel a su Utopía y estar siempre junto a las causas de los diferentes y de los olvidados.
En mi caso, todos los años envío un cuento a ese certamen. Aunque nunca reciba el premio, seguiré haciéndolo. Es mi manera de homenajear a quien nunca me defraudó como lectora. Al ser que permitió que mi primera entrevista apareciera en un montón de periódicos de toda América Latina y hasta de Europa. No por mis preguntas “inteligentes”, sino por las geniales respuestas de un hombre todavía muy joven que ahora llega a sus primeros cien años.
