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Desarrollo cultural y transición socialista

Jorge Ángel Hernández, 26 de julio de 2014

Como he venido insistiendo, asumir como política un enfoque de eficacia economicista que no tenga en cuenta su necesaria relación dialéctica con el desarrollo cultural condiciona el paso al debilitamiento y posterior derrumbe del sistema de relaciones sociales. De igual modo, desdeñar la necesaria eficiencia productiva en un contexto de economía mixta, globalmente dominado por las bases del liberalismo económico, en nombre de un desarrollo cultural, le depara a este un corto tramo de ventaja. Son contradicciones objetivas que no se pueden barrer bajo la alfombra ni, siquiera, posponer para un hipotético futuro de condiciones propicias. Deben ser asumidas en su propia incidencia inmediata y transversal.

La decisión cubana de no renunciar a la esencia socializadora del sistema de relaciones sociales, tan criticada por gurúes y exégetas del racionalismo capitalista, concedió, sin embargo, la clave para la permanencia de un desarrollo cultural en el país. Con la economía nacional en caos impensable y el equilibrio familiar enfrascado en una desesperada, absurda, indescriptible lucha por la sobrevivencia, la cultura política nacional siguió reconociendo al socialismo como sistema legítimo de desarrollo y, al mismo tiempo, abrió las puertas para la interrelación con un mundo que había estado bajo un aura de demonización tabuada que mal permitía analizarla con sentido crítico.

Cuando, en 1936, la URSS proclamó el fin del periodo de tránsito, luego del acelerado primer plan quinquenal, rendía culto a un tipo de argumentación economicista que se camuflaba en un discurso de socialización artificial, propio del modelo de campaña política eleccionaria; perdía, con ello, la posibilidad de demostrar el verdadero adelanto que ese mismo modelo había desarrollado. Por eso, todo cuanto tenga que ver con el periodo estalinista se asume hoy como una especie de hueco negro ideológico, y cultural, y se tacha en bloque el periodo completo. Sin embargo, no es difícil comprobar que el atraso en que vivía la sociedad rusa, sobre todo en el ámbito educativo y cultural, fue superado. Estos avances, que la revolución en el poder declamó bajo esquemáticos tópicos de grandilocuencia futurista, no solo generaron mejoras en la población en general, lo cual es esencial para el sistema político, sino que también cambiaron la actitud del sujeto social ante cuatro puntos primordiales:

  1. La búsqueda de la satisfacción de sus necesidades personales básicas.
  2. La garantía de sus derechos de vida respecto a sus elementales condiciones como ciudadano.
  3. La adquisición de un alto grado de dignidad social, más que todo expresado en las reales y crecientes posibilidades de profesionalizarse.
  4. La posibilidad de acceso a un desarrollo cultural continuo y elevado.

Estos efectos explican, en cierta medida, por qué fueron posibles tantas y tan terribles arbitrariedades. Incluso por qué la burocracia institucional pudo intervenir y controlar con tal facilidad ese mismo entramado de derechos conquistados por el proceso de transformación revolucionaria.

La transición al socialismo es, aun con variables internas, regionales y nacionales de excepción, un periodo cuya duración se halla estrechamente relacionada con la permanencia del imperialismo monopolista, sobre todo con el alcance de sus posibilidades regenerativas. La revolución mundial marxista es posible solo a través de naciones aisladas que se suman al concurso global transformador. La diferencia cultural de esas naciones, y de las regiones en que ellas se insertan, revela la necesidad de asimilar dialécticamente las contradicciones que las perspectivas del sistema plantean y las posibilidades reales de avanzar en ese contexto económico global. No puede olvidarse que la esencia de la globalización es básicamente imperialista, dependiente de la expansión del poder de los monopolios sobre el poder político, el poder jurídico e, incluso, el poder militar. Ni desconocerse que se trata de un desarrollo concreto de la última fase de expansión monopolista, con la regeneración de nuevas geografías que, en un sistema de mercado global altamente interconectado y controlado, renueva, al menos en apariencia, los aires de presentación de la última fase del imperialismo.

Los monopolios mediáticos, por su parte, colocan el cuarto poder al servicio de la industria, y no a la inversa, como se ha afirmado en la segunda mitad del siglo XX por una buena ornada de analistas. Conjuntamente, la esencia de la globalización se sostiene sobre una ideología neoliberal que, a través de los monopolios de la información, se empodera del juicio natural universal. Por tanto, y por si no fuese suficiente, hay que tener en cuenta, además, que las soluciones en casos aislados, como los de los socialismos que aún perduran o aquellos que a través de las urnas del sistema de partidos políticos surgen en el contexto latinoamericano, necesitan desarrollarse bajo condiciones de asedio imperial monopolista y una constante y activa injerencia política. De ahí que cada uno deba solucionar en específico el carácter de sus variables, lo cual se presta, desde luego, a pasos adelante e inesperados retrocesos, y, sobre todo, a acuerdos no siempre armónicos con el resto de las naciones que privilegian las relaciones de solidaridad y respeto.

Si bien Cuba sigue estando férreamente bloqueada en el ámbito de sus relaciones comerciales, el resto de las naciones que, o bien proclaman de forma abierta el avance al socialismo, o se desvían un tanto de la ruta neoliberal de sometimiento hegemónico imperial para recuperar ciertas herencias del Estado de bienestar y dar a la ciudadanía mayor nivel de participación social, son asediadas por la subversión económica, política, cultural y, en no pocas ocasiones, terrorista, hasta alcanzar, si se precisa, el golpe de Estado. Los ejemplos se suceden: Venezuela, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Honduras, además de las intervenciones en el Oriente Medio, África e, incluso, en Europa, cuando han peligrado los regímenes adeptos del neoliberalismo que tienen el poder. Así, los monopolios mediáticos trabajan en función de los monopolios que dominan la esfera productiva, incluida la industria cultural, que, al alienar a los productores, se pone a disposición del capital.

Aunque el intento de llevar el papel del Estado a niveles de nulidad funcional es un objetivo parcialmente logrado por la globalización neoliberal, ha chocado con la necesidad de mantener, bajo los necesarios estándares de control social, un concepto operativo de nación, que es la base rectora del derecho, tanto hacia el interior como en el contexto de las relaciones internacionales, y de la legitimidad política. Así, ese Estado-nación recibe una constante invasión mercantil depredadora, sobre todo respecto a su capacidad de decisión en el área de inversiones y la obtención de beneficios que se reviertan en el bienestar común. A esto se le ha llamado regulación social a través del mercado y, por extensión, cuando se pasa al ámbito de la comunicación social, libertad de expresión y de comportamiento. Y para que la paradoja se torne aún más ineludible, se pone en riesgo el desarrollo cultural de la nación si su producción queda en manos de una actitud nacionalista, sobre todo en la esfera del consumo masivo. Es un error que puede ser identificado en Cuba en numerosos ejemplos, como el de calificar el fenómeno «salsa» como un modo de injerencia y colonización. El enfrentarlo abierta y esquemáticamente, dio como resultado el arrinconamiento de nuestras propias agrupaciones musicales, forzadas a mostrarse no “contaminadas” por esas “tendencias colonizadoras” y explícitamente fieles a lo que se consideró el auténtico son. De inmediato, las consecuencias mostraron un retroceso cultural sensible: el desfasaje en el gusto de las generaciones emergentes.

Paradójicamente, la inmensa mayoría de esos salseros que fueron satanizados como plegados a la colonización cultural trabajaba para contrarrestar la hegemonía de los ritmos anglófonos en el mercado musical global. Y una vez más, al no entender dialécticamente la paradoja informacional que une tradición cultural con ideología revolucionaria y que, al mismo tiempo, enfrenta alienación cultural con propaganda política, el socialismo ponía en juego su propio desarrollo.

Antes que a la esencia del mecanismo económico, aunque sin descuidar la producción eficiente y su desarrollo autónomo, la heterogeneidad de los modelos de transición socialista debe atender a la esencia sistémica de la distribución social de la producción que el propio sistema consiga generar. Y la eficacia de esa distribución depende de cómo se articule el desarrollo cultural de la ciudadanía en el complejo entramado de las relaciones sociales. En tanto la ideología no se imbrique como un componente dinámico de la cultura, la tendencia en el ámbito de las relaciones mercantiles privilegiará la racionalidad de la ganancia y el valor social del enriquecimiento. Y en el proceso comunicativo que la cultura requiere para crear pasarelas de acceso entre unos y otros estratos de la población, se insertan tanto los modos de comportamiento familiar, como el consumo cotidiano de la producción musical y audiovisual, hasta la asistencia a eventos de profundo nivel artístico.

Lo que se califica como ineficiencia en los sistemas socialistas, como el de Cuba, en muchas ocasiones no es más que la consecuencia de repartir con un grado importante de equilibrio el resultado de una producción que aún no cubre las demandas concretas de la población y que, paradójicamente, es víctima de redistribuciones indebidas y espurias. Pero esa redistribución es, justamente, la base de un nuevo ámbito de implicación entre ideología y cultura, en el cual la ganancia deja de ser cada vez más un estatus de valor, para reconvertirse en un instrumento facilitador de otros valores inherentes a las necesidades y derechos humanos. De ahí que un desarrollo cultural profundo, que evolucione hacia la percepción de lo complejo, sea imprescindible en el ámbito institucional, donde la eficacia inmediata suele pasar factura a lo que el racionalismo burgués ha considerado históricamente ocio.

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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