La Literatura en la historia de las prisiones
Siempre que vemos la imagen de la justicia la encontramos con una venda en los ojos, ello significa o quiere significar la imparcialidad de sus actos y decisiones, y el propio sentido equilibrado que debe tener, considerando que administrar justicia es aplicar adecuadamente las leyes en los juicios y luego hacer cumplir las sentencias.
Pero leyes hay y ha habido muchas, por cierto, muy variadas, y hasta contradictorias. En el pasado se usaba la ley del Talión, esto es “ojo por ojo y diente por diente” o sea, una venganza a rajatabla, sin importar las circunstancias en que se había desarrollado el hecho delictivo.
En la Grecia Antigua se condenaba al ostracismo, que significaba que la persona condenada debía irse de su ciudad y no regresar nunca más; y fíjense si esta medida era poco aceptada socialmente, que en su contrario, el acusado podría optar por suicidarse. De ahí la historia de Sócrates, que acusado de socavar los buenos valores morales de los jóvenes atenienses, optó por tomarse la cicuta tibia y morir, antes de irse al exilio.
Desde hace mucho tiempo estas leyes y estos métodos han ido cambiando, y hoy en ningún lugar del mundo se condena al ostracismo o al suicidio, ni se aplica la ley del Talión, y en su lugar existen nuevas leyes y se adecúa la justicia con su venda en los ojos incluida.
El final de este proceso es la prisión, que trae consigo la separación del condenado de la sociedad, con el argumento de que es un peligro para ella, y además, mantenerlo encerrado una cantidad de meses, años, decenios y a veces la prisión es perpetua hasta la muerte, o también la muerte en el pelotón de fusilamiento, la silla eléctrica, la horca o la crucifixión, que de nuevo se ha puesto de moda por los yihadistas que hoy quieren tomar Bagdad.
Y esta situación que presenta la prisión contemporánea trae varias cosas deficientes que son, por cierto, muy difíciles de resolver:
Primero, el hombre generalmente no se reeduca en la prisión, todo lo contrario, sale de ella totalmente desmoralizado para con la sociedad, y traumatizado con la aberrante existencia que ha vivido. (He visitado y visito, en mi condición de escritor, varias prisiones, incluso algunas de máxima seguridad, y hay una pregunta que al hacérmela siempre me aterra: ¿cómo será la vida cuando cae la noche aquí adentro?).
Segundo, la condena al ser humano, que a veces por determinadas circunstancias no deseadas ni acaecidas se ve inserto en este tipo de proceso, no solo cae sobre el reo, también es condenada su familia, que sufre, se abochorna, se afecta síquica y económicamente, y debe enfrentar un nuevo inconveniente, atender a este familiar en desgracia con toda la parafernalia que ello constituye en la actualidad.
Tercero, la sociedad a partir de ahora tiene que destinar una cantidad de dinero y recursos, incluso humanos, para hacer cumplir la sentencia a cabalidad. (He conversado con muchos guardianes de prisiones y me han confesado que ellos también se sienten a veces como si fueran reclusos del propio penal que vigilan).
Cuarto: la prisión saca de circulación a personas con grandes capacidades para dirigir, conocedoras profundas del ambiente donde se han movido hasta ahora, fuerza de trabajo profesional y altamente calificada que se aleja de la producción y los servicios, y se pierde entonces su capacidad, su ejecutoria y su experiencia, yéndose a anquilosar en una solitaria mansión de iniquidades.
Quinto: el poder judicial, que debe ser justo, imparcial y equitativo, en ocasiones no lo es porque está presionado por poderosos intereses, (solo recuérdense el amañado caso de los cinco cubanos presos en USA y condenados a largas condenas sin la comprobación de sus causas, o el caso de Griesa, el juez norteamericano que hoy defiende a los poderosos fondos buitres contra el estado argentino); o carece de imparcialidad a la hora de administrar justicia, manifestando posiciones racistas, homofóbicas o de menoscabo al sexo femenino. O también se da el caso de corrupción abierta, situaciones de las que pudiera poner muchos ejemplos pasados y que no lo hago porque hoy mismo y ahora mismo están ocurriendo casos similares en muchas partes.
Desgraciadamente no tengo la capacidad para proponer cuál debe ser el cambio más adecuado para este sistema penitenciario asumido en casi todo el mundo, ni tengo el poder ni la resonancia para influir en grandes decisores de este complejo asunto, pero creo que si tengo el derecho de, cómo hacían los narradores cubanos del siglo XIX y principios del XX, manifestarme en esta suerte de “realismo crítico” que pretende hacer mover las ideas al respecto.
Considero que la literatura cubana se ha ocupado muy poco de abordar este espinoso tema social, quizás por miedo a mirar ese rincón oscuro.
De lo que quizás pudiéramos llamarle la narrativa clásica cubana recuerdo dos títulos sobre el tema y que son fundamentales, el primero El presidio político en Cuba de nuestro José Martí, y el otro también clásico, El presidio modelo de Pablo de la Torriente Brau.
Hoy hasta me encuentro con escritores que por nada del mundo quieren visitar las prisiones, y mucho menos conocer reclusos, es como una fobia, como si fueran la peste bubónica, como un decir “este no es mi problema y nunca voy a tropezar con ese escollo”, cuando en verdad la posibilidad está ahí mismo, quizás escondida en la casualidad y el azar concurrente, pero late, está viva.
Yo conozco solo cuatro textos cubanos contemporáneos que abordan el tema, (si alguno de mis lectores conoce otro u otros, me gustaría que me lo hicieran saber). El primero es Hombres sin mujer, escrito en 1937 por un gallego que residía en Cuba desde los siete años, Carlos Montenegro, quien estuvo once años cumpliendo su condena en la terrible prisión del Castillo del Príncipe, una construcción de la época colonial famosa por su régimen inhumano. En la nota de contracubierta del libro en su versión original se lee: "Hombres sin mujer… pertenece también a una de las etapas de su vida, larga y angustiosa como pueden ser once años de encierro en el Castillo del Príncipe. De estos años transcurridos al margen de la libertad, tenemos ahora esta novela que es todo un estudio sobre la asombrosa capacidad del ser humano para sobrevivir a las más rígidas limitaciones, y de cómo, cuando el hombre ha sucumbido a las peores aberraciones sexuales propias de las prisiones, siempre permanece, aunque cubierto de mugre, un destello de libertad, el reconocimiento de que el ser humano es punto de partida para cualquier tabla de valores".
El propio Montenegro nos dice en una nota al lector: “No me interesa quien se sonroje o indigne por la lectura de estas páginas, mientras se considere ajeno a la realidad ominosa que divulgan: a su agitada moral de superficie opongo, en la medida de mi capacidad, el propósito auténticamente moral de desenmascarar la ignominia que supone arrojar al pudridero a seres que más tarde o más temprano regresarán al medio común, aportando a este todas las taras adquiridas, opongo también la desesperación de esos seres, su dolor humano y su inevitable regresión a la bestia, opongo el interés mismo de la humanidad.”
Habría que decir para quien no lo sepa que Montenegro fue a prisión por matar a un hombre que había violado a su hermana, y que la publicación de este texto, y la repercusión que tuvo entre la intelectualidad cubana de la época, le valió un indulto presidencial que le conmutó su larga condena.
Otro libro que conozco es Huellas de la noche de Evans Penabaz, un interno que aún hoy cumple condena, aunque ya finalizando su martiriio.
Penabaz nos cuenta en su libro la situación vivida en varias prisiones de Estados Unidos. Emigrado por el Mariel, ya en territorio norteamericano, determinadas circunstancias lo hicieron víctima del sistema judicial y penitenciario de nuestro vecino del norte. Evans participó en la sublevación de presos cubanos en la prisión de Atlanta, y cuenta esta odisea en su texto, que desgraciadamente no ha tenido la repercusión que en su época tuvo Hombres sin mujer.
En uno de los párrafos de su libro, Evans Penabaz nos dice: “Los intentos de suicidio, las auto agresiones con cuchillos y otros objetos, mantenían el ambiente, si no con olor a sangre permanentemente, sí con las huellas de ésta constantemente en nuestra conciencia. El índice del homosexualismo creció y la claustrofobia, comenzó a dar señales de existencia, causando graves daños a las personas afectadas, que cuando caían en crisis, además de gritar y pedir que las sacaran afuera, se golpeaban manos y rostros con los balaustres de los cubículos.
¿Qué más poder incluir que refleje una visión más clara de los bruscos cambios de carácter, diversidad de pensamiento y conflictos externos e internos que se nos presentara en esa etapa? ¿Qué agregar sin dejar una idea macabra del “Hades”, o quitar sin que por ello el cuadro que se pinte sea el de “la tierra prometida?”
Hay un tercer título Los hijos que nadie quiso de Ángel Santiesteban Prats, Premio Alejo Carpentier en cuento en el 2001, y que tiene dos cuentos, “La puerca” y “La perra”, que abordan el tema de las prisiones. De “La perra” les copio el siguiente fragmento:
Desde sus galeras los presos observan inquietos la golpiza a través de las rejas de la inmensa puerta de cinco metros que han escalado. El penal está sumergido en una extraña quietud, un silencio que la sirena de un barco rompe de repente, avisando su entrada al puerto, Los guardias dejan de golpearlo porque se acerca el jefe Eleuterio, que llega, agacha su corpachón inmenso, lo agarra por los pelos con una mueca de asco, y le levanta la cabeza: te lo había advertido, pero eres testarudo, esta vez si la cagaste.
Hay una cuarta novela que no he leído, obra de la escritora pinareña Anisley Negrín, y que aborda el tema de las mujeres en prisión, lo cual es algo novedoso, tan novedoso que no conozco otro abordaje del tema por algún escritor cubano.
Mucho tendríamos que escribir de este método, que como me dijo cierta vez un recluso condenado a una larga estancia en prisión: “ es el cementerio de los hombres vivos”, o la historia de aquellos que cuando han cumplido y salen en libertad, le dicen a un amigo: “fulano, guárdame la cuchara”, y ello quiere decir que más temprano que tarde volverán al “precinto”, porque ya ese se ha hecho su hábitat natural, y no pueden o no les interesa reinsertarse en la sociedad, lo cual es muy triste y también muy inhumano.
En fin, amigos, queda mucho por recorrer en este campo de acción, pero la solución de un conflicto comienza por ser reconocido, y solo a eso aspiro por el momento.
Editado por: Heidy Bolaños
