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Descartes sin “metatranca”

Ricardo Riverón Rojas, 29 de julio de 2014

Hará unos veinte años se puso de moda en nuestro país –con cierto desfase, como en casi todo– una devoción ferviente, casi extática, por el “recién” descubierto altar postmoderno. Dicha postura, más deudora de la crítica y los estudios literarios que del acto creativo, fue constantemente satirizada en los corrillos del gremio, y entre los aportes más trascendentes de tanto comentario zumbón nos quedó el delicioso neologismo con que los creadores y críticos “no teóricos” estigmatizamos el mandoble categorial teorético: lo etiquetado como “metatranca” alude, desde entonces, a ese discurso vetado al lector común, del cual solo los pescadores semióticos especializados podían, en su etapa naciente, extraer peces digeribles.

Pero lo cierto es que más allá de esas devaluaciones y aquellos excesos valorativos, existe en realidad un ejercicio creativo, asumido a posteriori como escritura postmoderna, que ha venido aportando textos de calidad, y cuyas cualidades serían, entre otras: la revalorización de la cultura popular y el humor –en cuyo ámbito se desarrollan tramas y argumentos–; el texto autorreferido en su propio cuerpo (metatrancosamente llamado metatexto); la apropiación textual de referentes literarios o del cancionero (también metrancosamente llamada intertextualidad); la devolución a la trama policiaca de su condición de alta literatura; la reevaluación de lo cursi y la mixtura genérica, entre otras cualidades. Al respecto recordemos someramente y de pasada la “novela” El cazador, de Raúl Luis, publicada en 1986.

Casi todas las características arriba mencionadas están presentes en Descartes, de Jorge Luis Mederos Betancourt (Editorial Capiro, 2013), libro del cual Jesús David Curbelo dijera, al presentarlo en la pasada feria del libro –parafraseando a Roberto Bolaño–, que constituye un exponente de “poesía policial en prosa”. Sumemos en este caso a los rasgos señalados, la disolución del autor, autosacrificado en las últimas páginas por obra y gracia de dos mudas temporales del narrador (¡ay, la metatranca!), gracias a la cual, tras perecer asesinado, traslada su voz a la del oficial que investiga el crimen. Y finalmente, yendo más lejos, a la de un narrador omnisciente, desconocido, que en un ejercicio hermenéutico inesperado da a conocer el informe del investigador más otros documentos del “caso”.

Descartes es una obra de estructura compleja donde, al parecer, el mayor reto que enfrentó Mederos es el de imitar la voz del supuesto plagiador, José Luis Serrano, quien, como sabemos, es autor de una obra de suma singularidad y altos valores en la décima que actualmente se escribe en Cuba. Con evidente intención lúdica, incorpora a su escena a escritores e intelectuales vivos y actuantes, y los (nos) involucra en una trama novelesca donde el plagio es el crimen mayor, cometido por Serrano en el noventa y nueve por ciento de las veces. De todos esos  crímenes, el autor es víctima, y también lo es un personaje incorporado cerca del final, aunque este último “delito” transcurre en una subtrama que se enlaza orgánicamente con la trama principal.

El fingimiento constante, la parodia sarcástica con personajes reales sitúa todo el cuerpo textual de Descartes en una zona de riesgo que el autor asume con intrepidez casi suicida, pues muchas sutilezas de la obra, de momento, solo resultan captables por los contemporáneos del autor y por los posibles seguidores de la literatura cubana –escrita en provincias, para obstáculo mayor–, y siempre sujetas al azar de la posible trascendencia de las personas-personajes insertadas en el devenir del conflicto. Confieso que me fue imposible hacer una lectura desprendiéndome del vínculo de los personajes con las personas cuyo disfraz asumen, y que el mayor deleite lo hallé en lo ficcional maledicente, de burla cariñosa y socarrona a que Mederos los somete. Pero no puedo dejar de preguntarme si esa lectura me hubiera resultado de iguales connotaciones en caso  de que los personajes actuantes, en vez de llamarse José Luis Serrano, Ronel González, Alberto Peraza, Otilio Carvajal o Ricardo Riverón, se hubieran llamado Juan Machado, Pedro Aldana, Remberto Ventura, Marino Carrillo o Heberto Lazo. O si lo enfrentara un lector ajeno al contexto –espacial y temporal– de la vida literaria cubana de hoy mismo. Y llego a la conclusión de que esa respuesta no existe, por lo que me consuelo concluyendo que tal vez estemos ante otro rasgo postmoderno –la naturaleza efímera del mensaje artístico– al cual Jorge Luis Mederos se acogió, renunciando con ello a la tan perseguida trascendencia.

Pero lejos de consideraciones teóricas, ya rechazadas de inicio, me place decir que estamos ante un ejemplar logrado, no solo por la mixtura genérica, sino también por la habilidad con que Mederos conduce el suspense de un capítulo a otro. También por la caracterización de los personajes, con especial destaque para el padrino del protagonista en Alcohólicos Anónimos, con el cual se construyen los mejores pasajes de diálogos. Igualmente sobresale la habilidad para imitar el estilo de José Luis Serrano, con lo cual gana credibilidad la versión de que sus libros son plagiados al autor de Descartes, a Ronel González y a Otilio Carvajal. Se trata de poemas de una calidad notable que ponen de manifiesto la segura mano de Jorge Luis Mederos para la poesía, especialmente para la décima, aun cuando alguna que otra imprecisión formal se advierta: digamos, una décima de nueve versos, algún verso corto, un “ay”, a todas luces exclamativo, que aparece con “h”, lo que me lleva a pensar en una de esas erratas que le modifican el sentido al texto. Respecto a estas imprecisiones considero que pudieron salvarse en proceso de edición más riguroso.

De lo anterior ya habíamos tenido noticias, primero con El tonto de la chaqueta negra (Ediciones Capiro, 1993) y Otro nombre del mar (Ediciones Capiro, 1993). Y de la voluntad de búsquedas formales para rodear la poesía de ámbitos iluminadores por extrañamiento, nos habíamos sorprendido agradablemente con El libro de otros (Editorial Capiro, 2008). En el primer cuaderno podemos leer pasajes de humor y sarcasmo que motivaron a algunos a valorarlo deudor de la antipoesía, esa corriente tan popular en América Latina y tan cara a la promoción anterior a la suya. Pienso sobre todo en la sección “Algunos ejercicios de calentamiento”. En el segundo, que constituye uno de los más logrados decimarios escritos por sus coetáneos, se aprecia una discreta voluntad experimental en momentos en que estas búsquedas con la espinela comenzaban a ser vistas con malos ojos, como corolario de los excesos a que se sometió la estrofa tras la publicación de Alrededor del punto, de Adolfo Martí Fuentes, en 1972. Como ya dije, el gran mérito de El libro de otros, además de los buenos poemas que contiene, se basa en rodear estos de un entorno de ficción con las prosas introductorias, portadoras de la graciosa virtud de enajenarnos al sujeto lírico y ponernos frente a un heterónimo anónimo que, a su vez, se llama Jorge Luis Mederos.

En el caso de este poeta, me complace verificar que los quince años de silencio que mediaron entre la publicación de sus dos títulos de 1993 y El libro de otros, junto con los otros seis que transcurrieron entre este último y Descartes, no fueron un periodo de esterilidad sino de maduración intelectual y de perfilar un oficio largamente rumiado desde La romanza del malo, su primer cuaderno, de 1987. Esas distancias temporales nos colocan ante un ciclo creativo de larga incubación durante el cual el autor, además de hallarse sujeto a las actividades pedestres de la subsistencia desde quehaceres no literarios, y de la lucha enconada por erradicar de su vida el hábito del alcohol (de ello habla en la zona más testimonial de Descartes), también discurre de espaldas a las prisas. Esta virtud nos deja el buen sabor de alguien que no usufructúa la literatura como un modo de vida, sino como una responsabilidad consigo mismo y con el lector, pues si se tratara de un escritor que decidiera vivir de sus honorarios, Descartes no se hubiera escrito: su autor-protagonista hubiera muerto, de manera real y no asesinado, antes de hacerlo en la trama del texto.

Finalmente apunto que, aun cuando en un futuro alguien pudiera hacer lecturas confusas de fechas, personajes y hechos, este libro constituye una curiosidad literaria, un ejemplar único en la literatura de estos días y de esta región. Ojalá sepan los investigadores de épocas venideras deslindar cuánto de broma elegante hay en estas ficciones. Y espero que también sepan valorar la fuerza de un estilo y el trasfondo filosófico humanista de unas estrofas tras las cuales un buen poeta se “descarta”.

Editado por: Ruth Lelyen

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