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William Blake

Enrique Saínz, 31 de julio de 2014

 

Esta gran figura del romanticismo inglés nació, vivió y murió en su país entre 1757 y 1827, dilatado período en el que logró crear una extraordinaria obra de fabulosa imaginación y de fuerza singularísima, con personajes cargados de simbología religiosa con una poderosa y estremecedora impronta visionaria. Fue un tenaz autodidacta, no obstante su ingreso en una escuela de grabado y el breve tiempo que pasó como alumno de la Royal Academy, donde se enfrentó a la estética neoclásica representada por el director, el célebre Joshua Reynolds. Comenzó a aprender el oficio de grabador con James Basire en 1772. Su vida no tuvo grandes acontecimientos personales en el orden social ni fue conmovida por hechos históricos trascendentes, pero sí por experiencias decisivas de carácter muy íntimo, conformadas por una subjetividad absolutamente fuera de lo común. Cuentan sus biógrafos que hacia 1765 el niño aseguró a su padre, hombre razonable y formado por una sociedad racionalista y descreída, que había visto al profeta Ezequiel en el jardín de la casa, uno de tantos episodios en los que el menor conversa y trata con seres celestiales durante sus caminatas admiradas por los campos, en contacto entrañable con la naturaleza. Tan despierta imaginación comienza desde temprana edad un diálogo altamente fecundo con grandes maestros de la cultura universal, tanto de su propia tradición (Shakespeare, Milton, Pope, Swift) como de otras lenguas (Dante, Swedenborg, Boheme, los profetas bíblicos, el Nuevo Testamento), y en no menor medida, inicia el novedoso poeta una relación de gran importancia con las obras de las más notables figuras de la pintura: Leonardo, Miguel Ángel, Rafael. De ese conocimiento creador y de la incomparable imaginación que le permitía ver a seres sobrenaturales en el patio de su hogar, integra este poeta mayor una obra lírica y plástica de estremecedora riqueza, con títulos que han pasado a la posteridad y llegan hasta hoy con la intensidad con que fueron concebidas y realizadas, como muestras de un talento que sus contemporáneos no alcanzaron a valorar siempre en su justa medida. En su momento, los libros de este hombre, al que llamaban “el loco”, transforman por completo el panorama espiritual de Europa y se anticipan a corrientes muy posteriores, como el surrealismo, incapaz de alcanzar los insólitos hallazgos de este desbordante maestro para el que no existen revelaciones y realidades inaccesibles. Contrae matrimonio en 1782 con la que será su compañera de toda la vida, Catalina Boucher, mujer ajena por completo a la vocación de su marido, pero capaz de comprenderlo y de sobrellevar los excesos y defectos de esta personalidad nada común. La vida económica de la familia no es holgada, pero tampoco parece que llegara nunca a la desesperación, pues el artista siempre tenía encargos de coleccionistas o de amantes de las artes que hallaban en sus creaciones la calidad y la belleza que buscaban. Si sus poemas alcanzaron una dimensión revolucionaria, sus obras plásticas también se caracterizaron por su novedad y la fuerza de su imaginario y, no menos, por el rigor y la precisión de su técnica, lograda con el continuo estudio y el incesante ejercicio de su arte.

Atentos ahora a su poesía creo que lo primero que debemos destacar es su modernidad, sustentada en una portentosa imaginación y en una libertad de creación que no admite límites ni convenciones más o menos prestigiosas. El poeta se mueve en enormes espacios con figuras de dimensiones sobrehumanas, desde una espiritualidad que rompe las normas de su rigurosa e intransigente época al mismo tiempo que reivindica un mundo de fábulas y creencias desechadas hace mucho por la investigación científica y por la intolerancia de un racionalismo a ultranza. Esos rasgos han hecho que la poesía de Blake sea considerada la de un prerromántico, por esa apertura más allá de los límites del conocimiento sensorial y sus imágenes desbordantes, con una vieja sabiduría que el poeta reivindica frente a la cerrazón que ha impuesto el iluminismo con sus estrechos márgenes. Desde sus llamados Esbozos poéticos (1783) vemos la magnífica tensión de esta poesía, la fuerza de su sobreabundancia. Acerquémonos a este ejemplo de esa primera etapa:

 

Al estío                                                                                              

¡Oh tú que recorres nuestros valles con

tu fortaleza, domina tus activos corceles,

alivia el calor que llamea en sus grandes fauces! Tú, oh verano,

a menudo has alzado aquí tu dorada tienda y a menudo

bajo nuestros robles dormiste mientras nosotros contemplábamos

con dicha tus miembros rojizos y tu abundante cabellera.

 

Bajo nuestras más espesas sombras muchas veces hemos escuchado

tu voz, cuando el mediodía, en su carro febril,

cabalgaba por las profundidades celestiales, junto a nuestras primaveras.

Siéntate, y en nuestros musgosos valles, en

alguna ribera, junto a un río claro, despójate de tus

drapeados de raso y corre a la corriente:

nuestros valles aman al verano en su gloria.

 

El pulsar de nuestros vates sobre el hilo de plata es afamado,

nuestros jóvenes son más temerarios que los zagales meridionales

y nuestras doncellas, más hermosas cuando ejecutan vivaces danzas.

No carecemos de cantares ni de instrumentos alegres,

ni de dulces ecos, ni de aguas tan claras como el cielo,

ni de coronas de laurel que nos protejan del calor sofocante.1

 

Todos los textos de esa compilación están escritos en el mismo tono exultante, con ese regocijo vivificador y ese dinamismo vital, de júbilo, por el que nos percatamos de que ya estamos en pleno romanticismo, no precisamente en su etapa previa, si bien por la fecha de escritura de esas páginas podemos calificarlas de prerrománticas. El mundo natural está en el centro de la mirada de Blake, más tarde desplazada hacia un mundo fabuloso con acontecimientos y personajes que nos rebasan y nos conducen a una época ahistórica, de un pasado mítico con profundas raíces bíblicas y nórdicas y una vieja sabiduría en la que se mezclan principios éticos cristianos y del Antiguo Testamento para conformar un cuerpo de preceptos fundados en la libertad, la justicia y el amor, elementos básicos, primordiales, de la poética de nuestro autor. En El libro de Thel (1789), verdadero torrente verbal incontenible, desconcertante, hallamos una grandeza que sobrepasa cualquier pretensión contemporánea de cantar a la vida y a la naturaleza, con un inocultable sabor que luego encontraremos en Whitman. Veamos este descomunal fragmento de los inicios, el lamento de una de las hijas de Mne. Seraphim:

 

“¡Oh vida de esta primavera nuestra! ¿Por qué se marchita el loto en el agua?

¿Por qué se marchitan estos hijos de la primavera, nacidos solo para reír

        y caer?

Ah Thel es como un arco acuoso, como nube que se aleja,

como imagen en un espejo, como sombra en el agua,

como el sueño del niño, como la sonrisa en el rostro infantil,

como la voz de la paloma, como el día fugitivo. Como la  música en el aire.

Ah, dulcemente quisiera tenderme, con dulzura posar mi cabeza 

y dulcemente dormir el sueño de la muerte y escuchar dulcemente la voz

de aquel que pasea por el jardín al caer la noche.”

 

Más adelante, en la cuarta parte del poema, leemos:

 

El formidable guardián de las eternas puertas alzó la barra septentrional.

Entró Thel y contempló los secretos de la ignota tierra;

vio los lechos de los muertos y el lugar donde la fibrosa raíz

de cada corazón terreno hinca su incansable serpentear.

Tierra de pesares y lágrimas, donde jamás se viera una sonrisa.

 

Erró por el país de las nubes atravesando oscuros valles y escuchando

gemidos y lamentos. A menudo se detenía a la vera de alguna tumba,

         de rocío bañada.

Permaneció en silencio para oír las voces de la tierra.

Por fin a su propia tumba llegó y cerca de ella sentose.

Escuchó entonces aquella voz del dolor que alentaba en la hueca fosa.

¿Por qué es incapaz el oído de permanecer cerrado a su propia destrucción

y el rutilante ojo al veneno de una sonrisa?

¿Por qué están cargados los ojos de flechas prestas

donde mil guerreros al acecho yacen?

¿Por qué está el ojo cargado de dones y gracias que siembran frutos

         y  monedas de oro?

¿Por qué la lengua se solaza con la miel de todos los vientos?

[…]

 

Esa incontenible imaginación pretende crear otra realidad, abrirnos nuestra precepción hacia regiones desconocidas por el conocimiento racional, ensanchar los espacios y los hechos más allá del mundo sensible, para que seamos capaces de ver otras dimensiones de lo real, no sujetas al causalismo de las ciencias, una postura que por necesidad se oponía a los dogmas establecidos en el plano social y en los planos científico y filosófico. De ahí que Blake fuese un defensor a ultranza de la libertad y del amor libre, no obstante su matrimonio dentro de los convencionalismos de la época. En esas muestras están los rasgos esenciales de su profusa obra escrita y de sus creaciones plásticas, si bien dos de sus textos más conocidos y traducidos, Cantos de inocencia (1789) y Cantos de experiencia (1793), no poseen semejante fastuosidad ni ese tono épico tan deslumbrante en aquellos momentos ni aun hoy, en plena época de rupturas y desacralizaciones de todo tipo. La voz del poeta en esos dos libros tiene una delicadeza más en consonancia con la que hallamos en los románticos posteriores y se funda en un humanismo de evidente raíz bíblica, como se manifiesta en el poema “El negrito”, de Cantos de inocencia, y en “El deshollinador”, de Cantos de experiencia, ejemplos de delicadeza y ternura genuinas, propias de un humanista del más alto linaje. Otro de sus libros más conocidos es Las bodas del cielo y el infierno (¿1790?, ¿1793?), obra de una riqueza en verdad inconmensurable y de una actualidad de gran fuerza, que seguramente perdurará no obstante esta postmodernidad banalizante y de fría tecnología. Coetáneo de ese texto es La revolución francesa (¿1790?), en el que introduce cambios significativos en el relato de los hechos históricos, pero insignificantes a la hora de apreciar sus valores como obra de creación poética, con aliento y energía similares a los de sus grandes páginas anteriores y posteriores. Estilo similar, de gran fuerza expresiva, hallamos en sus textos de mayor riqueza conceptual e imaginativa de aquellos años, como América, una profecía (1793), Visiones de las hijas de Albión (1973), Europa, una profecía (1794), El libro de Urizén (1794), Vala o Los cuatro Zoas (1797), Milton (1804-1808), Jerusalén (1804-1820), todos engrandecidos con una personalísima simbología en la que se evidencian, mediante un pensamiento liberal y rebelde en una sociedad establecida sobre el autoritarismo y la rigidez intelectual, el amor a la libertad y el rechazo a la convenciones sociales imperantes. En su obra plástica observamos asimismo el dinamismo de su pensamiento en las portentosas figuras creadas por su imaginación con una calidad sorprendente, en especial las ilustraciones que realizó para notables obras literarias de autores fundamentales, como Dante, John Milton, John Bunyan, Thomas Gray, Edward Young y para la Biblia y el Libro de Job. Entre las ilustraciones para su propia obra destaca El anciano de los días, al frente de Europa, una profecía.

Las bodas del cielo y el infierno posee una modernidad que lo convierte en un poema de nuestros días, por lo que podríamos llamar su urdimbre espiritual, el soterrado debate que se aprecia entre fuerzas antagónicas, expuesto con una prosa incesante en su movilidad y en el entrecruzamiento de voces y de aseveraciones, en especial las que leemos en los “Proverbios del infierno”, magistrales por la densidad y riqueza de sus ideas, fundadas sobre una sabiduría que fusiona diversas corrientes de pensamiento, como si estuviésemos leyendo a un profeta de las Sagradas Escrituras. Veamos este fragmento, de una prosa visionaria que estremece por su intensidad, de estirpe apocalíptica:

 

[…]

Gradualmente fuimos contemplando el abismo infinito, tan ígneo como el humo de una ciudad que ardiera. Debajo nuestro, a inmensa distancia, estaba el sol, negro pero refulgente, en torno al cual se veían encendidos senderos, en los cuales se movían grandes arañas que se arrastraban tras sus presas. Los mismos volaban, o más bien nadaban en la hondura infinita, asumiendo las más espantosas formas animales que brotaran de la podredumbre; y el aire estaba lleno de ellos y parecía componerse de ellos, que son Demonios a quienes se les llama Poderes del aire. Pregunté entonces a mi compañero cuál era mi destino eterno. La que está entre las arañas blancas y las negras, repuso.

Pero sucedió que entre las arañas negras y las blancas vi una nube. Brotó el fuego y se extendió por toda la profunda penumbra que estaba debajo de todo el resto, de tal manera que el abismo se hizo negro como un mar y se agitó como movido por negra tempestad en medio de un formidable estruendo. Debajo nuestro solo podíamos ahora divisar el prieto huracán, hasta que, mirando hacia el este, entre nubes y olas, vimos una catarata de sangre mezclada con fuego. […]

[…]

 

Ahí respiramos un aliento y contemplamos imágenes semejantes a las que nutren las páginas de los grandes profetas bíblicos y el infierno dantesco, fuentes esenciales en la formación de este poeta mayor, paradigma de una tradición con la que el siglo XVIII creyó que era preciso romper definitivamente, para que la civilización se encaminase por el sendero de un discutible progreso. Blake fue más allá de su momento histórico sin dejar de pertenecer a su época. Ya desde el propio siglo XVIII y durante el XIX fue admirado por las más lúcidas inteligencias y las sensibilidades más despiertas dentro de la cultura de lengua inglesa. En el siglo XX fue admirado por los representantes del movimiento surrealista, ninguno de los cuales alcanzó la fuerza y la riqueza de sus más perdurables poemas. El siglo XXI tiene en sus visiones y en su sabiduría un riquísimo espacio sin horizontes para que nuestro conocimiento rebase las limitaciones de estos años.           

 

Nota:

[1] Las traducciones y la mayor parte de la información que hemos consignado en este trabajo las  hemos tomado de W. Blake. Obra poética. Traducción: Pablo Mañé Garzón. Barcelona, Ediciones 29, 1980.

 

        

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