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Yo soy el espacio donde estoy. Entrevista a Ileana Álvarez

Maytée García Vázquez, 12 de agosto de 2014

Dentro de los autores que conforman la literatura avileña de la llamada contemporaneidad se encuentra Ileana Álvarez (Ciego de Ávila, 1967), una de las poetas cubanas que, a pesar de haber empezado a publicar sus libros en la década del 90, cuenta hoy día con una obra prolífica y se le reconoce como una de las voces más notables de su generación. 

Su trayectoria lírica ha sido avalada por importantes premios y distinciones nacionales, la inclusión en destacadas antologías y la ponderación de diversos críticos. Precisamente, esta trayectoria ha sido resumida ya en una antología personal de toda su obra: Trazado con ceniza (2007), que ha visto la luz por Ediciones Unión, y ha provocado estudios fragmentarios y otros más integrales, por parte de críticos tan relevantes como Luís Álvarez, quien en su ensayo “El sueño y el laberinto en la poesía de Ileana Álvarez” ─incluido en el libro El sueño y el laberinto (Ed. Ávila, Ciego de Ávila, 2007)─, afirma que es “una de las voces jóvenes de mayor intensidad en la poesía cubana del tránsito del siglo XX al XXI”.   

La relación de Ileana con los espacios reales e imaginarios es muy recurrente y significativa en su obra; el propio Luis Álvarez ha señalado, refiriéndose a su poética personal, la “fuerte intensidad de las imágenes”,  pues estas van trazando ciertas perspectivas a través de una obsesiva referencia a los espacios, controvertidos, pero enlaces de todas las voces y dimensiones que por ella se desplazan.

Entre los referentes concretos y las entidades culturales con que trabaja, destaca la ciudad, configuración del espacio a la que confiere un papel protagónico como signo privilegiado, en un mundo que físicamente puede contener las aristas de la cotidianidad y las difuminaciones del sueño. El tratamiento de la ciudad se inscribe cual experiencia interior y, a su vez, exterior, como “lugar socialmente construido” que adquiere cierta trascendencia de las marcas epocales y culturales. 

Peinada por el viento y con una risa silvestre me recibe en su casa. Desde su balcón, tupido por una vegetación que ella misma ha cultivado, nos hacemos acompañar por el misterio de sus palabras.

 

¿Asume Ileana Álvarez la escritura como exorcismo, terapia, diálogo secreto con sus congéneres?  

La literatura es mi forma de estar en el mundo. Por esa poderosa y esencial razón no excluye la posibilidad de que en algún momento se manifieste a modo una expulsión de mis demonios (que son muchos), como terapia de choque, catártica, que libere lo que pienso o imagino sobre el momento que vivo, sobre los otros, sobre el futuro, la existencia, la creación y todo lo que rodea, derrumba o enriquece al hombre. La literatura, eso sí está claro para mí, es un diálogo, pero la palabra que ansía ser compartida con el otro, rehúsa el secreto en su sentido estricto, que no significa un rechazo al misterio, a introducirse peligrosamente en lo abisal desconocido. El escritor, como dice Sartre, habla para libertades sumergidas, ocultas, indispensables, y como las libertades del escritor tampoco son limpias, puras, cuando escribe intenta una especie de purificación, de transustantación, ser otro. Je suis ộtre, ya lo dijo Rimbaud, y con ello definió el sentido de su literatura y el de muchos escritores. La buena literatura siempre concibe una conversación desde un presente, desde un aquí, con hombres y culturas del pasado, del hoy y del porvenir. Así, la literatura es para mí todo eso que dices y mucho más, como dijera San Juan de Cruz, es un no sé qué que queda balbuciendo.

 

A través de tus poemarios se percibe una fuerte relación ausencia/ presencia con el medio que cual líquida pradera a borbotones se desliza por las grietas del día… ¿Hasta qué punto te sientes condicionada por el medio? 

Difícilmente, un hombre puede escapar a sus circunstancias. Y entre los hombres, nadie como el escritor, para indagar y llegar a conocer con lucidez las poderosas fuerzas externas que condicionan su mundo interior, su ser más íntimo, su psiquis. Aunque quisiéramos, no podemos escapar totalmente del espacio que nos vio nacer y coadyuvó a moldear nuestra personalidad y destino. Digo coadyuvó porque rechazo los totalitarismos y absolutos de todo tipo, sobre todo aquellos que tienen que ver con la vida humana que se concreta en un ser individual, diferenciado, único. Aunque no rechazo las leyes y generalidades, hay siempre una brecha que se escapa, que se abre a una zona misteriosa a la que no llega nuestra sabiduría, y por ahí va la explicación de determinados seres especiales que no fueron limitados por su medio. Pero no es mi caso, desgraciadamente el medio está ahí, el espacio con sus tentáculos detrás de mí. Parafraseando a Kavafis, a donde quieras que vayas, vas con él.

 

¿Pudiera decirse que Ileana Álvarez es un personaje que emprende el descubrimiento de la realidad externa con sus múltiples obstáculos? 

Bueno, eso de referirme a mí como personaje me gusta mucho, porque pone a circular la idea borgiana, o mejor platónica, de que no somos seres reales, sino ficciones, ideas de otro ser que nos está soñando, imaginando a su antojo y si es así, entonces tu pregunta no tendrá sentido, porque el descubrimiento de la realidad externa no depende de mí, sino de mi creador. A ver, a ver, leemos la novela de un escritor que coloca como personaje principal a una triste y patética escritora de provincia, condicionada por su medio que lucha con frenesí por imponérsele y vencerlo, y para ello tiene que realizar una terrible y peligrosa carrera de obstáculos. ¿Llegará Ileana Álvarez hasta el final, vencerá los obstáculos? No se pierda el próximo capítulo.  

No, Maité, no te enfurruñes, es solo un chiste. Mira, como a muchos cubanos, además de la quejumbrosa tristeza de la Zambrano, también me asiste el frío casaliano y la ironía virgiliana.  

Contestando, en serio, tu pregunta, y poniendo persona donde dice personaje, en esta, mi realidad, poco hay ya que descubrir, otros antes que yo se han desangrado haciéndolo. Solo te puedo decir que tengo una percepción: los obstáculos van a ser tantos que se van a compactar, aplastando la realidad sobre la que descansan y creando una segunda realidad sobre la que se sentarán a descansar seres que como yo se han pasando la vida saltando vallas, baches, lagunas, zarzales, etcétera. Y eso, como diría mi padre, es a lo que yo llamo esperanza.

 

Leer Libro de lo inasible es como transitar por un pueblo de provincia con columnas carcomidas por el tiempo. ¿Son esos espacios empobrecidos, que persisten, los que acaparan más tu atención?  

Este tipo de pobreza, donde aún late y alienta la dignidad humana, —que como diría Lezama es una “pobreza irradiante”—, desde bien temprano acaparó mi atención, por eso es una de las protagonistas del Libro de lo inasible. Esas columnas carcomidas por el tiempo, esos tejados donde abundan los nidos de golondrinas, esos muros que, a pesar de la hiedra y los ciclones, aún se mantienen enhiestos, aún permanecen realizando sus funciones de guarecerme, no son simples elementos arquitectónicos, se convierten para mí en símbolos de la existencia y el destino. Son como el espíritu humano, que aunque el cuerpo envejezca, los sueños hay que mantenerlos intactos, puros, incontaminados. A esto podría reducirse, lo que no podemos asir.

 

¿Existe una actitud consciente a la hora de discursar sobre los espacios inhóspitos que ofrece esta ciudad, en tanto pandemonio frente a un lugar ideal, arcádico?

El espacio donde nací, el cual no he abandonado nunca, está en mis huesos, forma parte de mi esqueleto. Alguien que tenga una mirada realista y para nada complaciente, se percatará de que es un territorio donde gran parte de las construcciones se han quedado detenidas en el tiempo de una manera lamentable y esa inmovibilidad te penetra el espíritu, lógicamente, va creando en ti una sensación de desamparo y no te sientes segura entre sus muros. No hay ser humano que no haya soñado con un espacio ideal, generalmente concreta ese sueño en una casa ideal, casa que simboliza el universo mínimo que es suficiente para tu vida. En mi mente y en mi cuerpo está ese lugar arcádico donde descansar, y tiene mucho de primitivismo, de comunión serena con la naturaleza y sus criaturas. Donde el monte y el mar se abracen parsimoniosa, amorosamente, ahí estoy.


Subyace una mirada de pesimismo, miedo, frustración a través de tus textos. ¿Puede ello emanar de la condición misma de la vida provinciana?


No creo que, como esencia, exista en mi poesía una mirada de frustración y pesimismo. Al menos conscientemente, no me he propuesto que mis versos dejen al lector sin esperanzas, sin salida. El horizonte, la aurora, el después del vacío, son palabras y expresiones que se repiten en las imágenes que concibo con la intención de batallar contra la nada, la oscuridad, la muerte, el dejarte vencer. Aun cuando no rebosen alegría mis versos, cuando no satisfagan todos los cuestionamientos y te levanten del piso como un resorte, aspiro a que el lector descubra en ellos la misma fuerza que me ha hecho permanecer, a mí, y sostener a mi familia, a pesar de todos los cercos, de todas las angustias, de todas los desasosiegos que me ha tocado enfrentar.

 

Si asumimos la ciudad como “un objeto estético susceptible de lectura, o sistema de significación, un discurso que habla a sus habitantes, un texto en el que podemos leer lo que fuimos y lo que somos”, entonces, dentro del tratamiento de la ciudad como tema en tu poesía, ¿cuál prefieres?, o mejor, ¿cuál te marca más?

Con Kavafis te reafirmo que la ciudad está en ti siempre, vayas a donde vayas, cruces los montes y mares que cruces, una vez que la hayas respirado, la haces tuya, va en tus venas. A esta, mi ciudad, Ciego de Ávila, aunque quiera, me es imposible renunciar, para ello tendría que olvidar casi toda mi vida. Bachelard, ese filósofo y poeta del espacio, cita un verso que me parece genial, porque define la importancia que ejerce el espacio que habitamos sobre el individuo. El verso de Noel Arnaud reza: Je suis l’espace où je suis. Yo soy el espacio donde estoy. Es una imagen definitoria, querida amiga, y entonces, yo soy Ciego de Ávila, así de sencillo. Habría que intentar definir mi ciudad y por equivalencia, me estaría definiendo a mí misma, claro que esto sería un esquema, y la imagen se retuerce, muere en lo metafísico. En realidad, no es tan sencillo, como dice también Bachelard, en ese libro inagotable que es La poética del espacio “lo de adentro y lo de fuera vividos por la imaginación no pueden ya tomarse en su simple reciprocidad (...) la dialéctica de lo de dentro y de lo de fuera se multiplica y se diversifica en innumerables matices.”

Entonces, cada uno de los poemas que tocan el tema de la ciudad —que tú me has hecho observar con tu estudio que son muchos—, apenas alcanzan la condición de tonalidades, fragmentos multiplicaciones de esa dialéctica, de esa batalla entre mi intimidad y lo exterior, mediante la cual intento encontrar mi centro, por lo que me es muy difícil definir cuál prefiero.

No obstante, hay dos textos que pudiera destacar: “Estación de Xola. Metro de México” y “Solo me fue dada la sangre”, en el primero, desde la otredad intento filosofar sobre el espacio y su relación cíclica con el hombre, que tiene sus leyes, sea el lugar o rincón que sea, e incluso el tiempo que sea; en el segundo, hay una visión amorosa sobre la pequeña ciudad y una intención explícita de refundarla a partir de mi concepto de ciudad ideal, o la ciudad de mis sueños.

 

¿Consideras evolución o no del tema de la ciudad en el decursar de tus textos literarios, desde El agua tampoco resiste los grilletes hasta Escribir la noche, tu más reciente publicación?

No creo que sea en sí el tema lo que ha evolucionado, sino el tratamiento que del mismo hago. Mi poesía, aunque algunos críticos han señalado una marca estilística en ella, no es la misma que cuando tenía 20 años, que era la edad que tenía cuando escribí los poemas de El agua tampoco resiste los grilletes; tampoco yo soy la misma, ni el espacio, a pesar de la inmovilidad aparente que mucho percibimos, es el mismo. Mi relación con esta ciudad de provincias, tampoco es la misma, y como el yo teje sus límites a través de ese “horrible afuera-adentro” que es el espacio, mi diálogo, con ella, debo confesarlo, se ha tornado menos complaciente, es más inquisidor, en la medida que soy menos benévola y más cuestionadora de mi propio ser.

 

¿Para Ileana Álvarez, existe algún poema en particular que considere el más evidente ─en toda su obra producida hasta el momento─ con el tema de la ciudad? ¿Por qué?


No, no lo creo, nunca he hecho de los temas algo demasiado consciente. Así que el tema de la ciudad viene unido a otros temas, a otros motivos y asuntos, estados de ánimos que lo multiplican como en una especie de espejo cuarteado por una piedra que una mano perturbadora lanzó.

 

Es la ciudad de Ileana un sitio que favorece las relaciones sociales. ¿Cómo evidencias esto en tu poesía?


Las plazas, los cafés, las calles, los parques, los medios de transporte donde entablas relaciones con otras personas, son muy evidentes en mis poemas, pero en ocasiones tengo una pretendida vocación de despojarlos de esa concepción elemental y darle una más simbólica. Por ejemplo, en el poema en prosa “Gatopardo”, cuya acción se desarrolla en un café, presumiblemente en Café La Fontana de Ciego de Ávila, intento trazar un círculo existencial entre mi ciudad y la vieja Sicilia de la posguerra, entre el provinciano príncipe Lampeduza, que escribió una novela magistral, y una oscura poeta de provincia que desea apaciguar su soledad y sus dolores, y lo que quizás sea más profundo, comprenderlo y sufrir con él, desde el tiempo y la isla diferente que le tocó vivir.

 

¿Cómo influyen en Ileana Álvarez los espacios reales, socialmente construidos de Ciego de Ávila, en tanto expresión de historia e identidad?


No hay muchos sitios con esas características aquí, en esta ciudad nuevecita, con una historia que no llega al medio siglo, pero hay ciertos lugares que lógicamente se reflejan en mi obra con un sentido identitario. El barrio marginal donde nací, llamado popularmente Chincha Coja, con sus potreros, su línea de ferrocarril, sus sucias cañadas, el río Machaca, donde aprendí a nadar, su gente, han marcado mi espíritu y mi obra; es el paraíso de la infancia, la patria del poeta y lógicamente, ahora, desde la distancia, tiene un matiz ideal, paradisíaco. Otros son la Trocha de Júcaro a Morón, La Turbina, la Iglesia San Eugenio de la Palma, el Café La Fontana, el Parque Martí. Todos esos sitios están en mis versos, implícita o explícitamente, es inevitable porque, te repito aquel verso genial, “Yo soy el espacio donde estoy”.

 

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