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Al filo de todo

Alberto Marrero, 15 de agosto de 2014

Un hombre viejo, cansado, desengañado, insatisfecho de su vida y cuya única compañía es un gato, es asaltado en su propia casa por un ladrón que lo golpea en la cabeza y le provoca la muerte. El ladrón no encuentra nada que robar y huye decepcionado. El viejo es pobre y el delincuente de seguro piensa que ha perdido su tiempo matando a un ser tan desvalido, tan miserable, que no le ha reportado otra ganancia que un problema mayor con la justicia. Sin embargo, el finado se lo agradece, porque no siempre un ladrón puede ser considerado un enemigo, siquiera sea circunstancial, opina un narrador sarcástico que, además, considera que el verdugo le ha hecho un favor al hombre sacándolo de una existencia sin sentido. El alma del viejo no lo abandona de inmediato. El alma se mantiene, según creencias de aquí y de allá, cierto tiempo en el cuerpo antes de partir definitivamente. ¿Qué hará el personaje durante ese lapso? ¿Cómo asumirá su propia muerte? He aquí en síntesis la historia que la reconocida narradora y periodista María Elena Llana (Cienfuegos, 1936) nos regala hoy, bajo el título “Al filo de la muerte”.

Con la probada maestría de su oficio y ese aliento imaginativo, sugerente y filosófico que caracteriza toda su obra (los lectores recordarán Casas del Vedado, aquel libro tan celebrado y del que muchos escritores bebimos en su momento y que aún hoy nos resulta paradigmático), María Elena experimenta ahora, con un tono mordaz, sin exabruptos, pero mordaz hasta el dolor. Y a mi juicio lo hace buscando una voz capaz de trasmitir la complejidad del vivir: sus paradojas e ironías no pocas veces insalvables. Para ello se vale de un narrador en segunda persona que funciona con absoluta eficacia y es parte, tal vez, de la historia. Un narrador ambiguo, cómplice, amargado, incisivo, que parece ser el mismo personaje hablando de sí mismo, invocándose a sí mismo.  La muda a lo fantástico no priva al texto de un realismo angustioso, si bien esto que acabo de afirmar suene incoherente. Lo que quiero decir es que lo fantástico y lo real se funden con naturalidad, sin que el lector se sienta confundido ni, mucho menos, defraudado. María Elena sabe muy bien manejar los recursos de la narración y su lenguaje es fluido, ajustado a la historia que cuenta, cincelado hasta la saciedad, sin amaneramientos culteranos.

 

La obra narrativa de María Elena Llana es ampliamente conocida y valorada por los lectores y la crítica especializada. Abarca títulos como La Reja (Ediciones Revolución, 1965); Casas del Vedado (Letras Cubanas, 1983), que resultó Premio de la Crítica en 1984; Castillos de naipes (Ed. Unión, 1998); Ronda en el malecón (Ed. Unión, 2005); Apenas murmullos (Ed. Letras Cubanas, 2005); Casi todo, antología personal (Ed. Unión, 2007); En el Limbo (Ed. Letras Cubanas, 2009);  De pájaros invisibles (Editorial Popular, España, 2009);  Sueños, sustos y sorpresas (Ed. Gente Nueva, 2012).

Actualmente están en proceso editorial “Tras la quinta puerta” (Ed. Unión) y “Desde Marte hasta el parque” (Gente Nueva), así como la tercera edición de Casas del Vedado, (Ed. Letras Cubanas).  Cuentos de estos libros aparecen en antologías de género, desde 1966 hasta la fecha, editadas en Cuba, Portugal, España, Italia, Argentina, México, Estados Unidos, Inglaterra e Islandia, entre otros países.

Su narración “En familia”, de Casas del Vedado, fue llevado al cine, en formato de video, por el grupo Arte Público de Los Ángeles, en 1996, con el titulo In the mirror. Lecturas de estos relatos se incluyen en los cursos de Literatura Hispanoamericana de las universidades estadounidenses de San Diego, Los Ángeles, Indiana y Pensilvania.

 

María Elena Llana

Al filo de la muerte  

 

No siempre un ladrón puede ser considerado un enemigo, siquiera sea circunstancial.

En el caso de que usted se sienta cansado, desengañado, traicionado, ignorado, desahuciado, insatisfecho de usted mismo ─lo que viene a ser el cómputo de los anteriores estados de ánimo, o más bien su causa verdadera─, una entrada furtiva en la casa, insinuada por un torpe tropezón y la instantánea puesta en guardia del gato, resultan el prenuncio de todas las soluciones. O la Solución.

Para evitarse el último agravio, cuando el intruso advierta su precariedad económica, usted simulará que se rebela, que hace resistencia y correrá hacia el teléfono ─como si no le hubieran cortado el servicio─ al tiempo que le lanza improperios al malhechor y hace todo lo humanamente posible para que se abalance sobre usted con un soez viejo de mierda y ¡zas!, le aseste el golpe fatal, esperado, deseado, liberador.    

Ya con un viejo ─obviemos el calificativo─, tirado en el piso, en precaria ropa interior, con la cabeza rota y sangrante, el hombre solo atinará a irse por donde vino, dejando al gato sin entender nada. 

Pero usted sí entenderá. Justo en ese momento, oirá la voz del padre Juan ─su maestro de quinto grado─, y recordará que el Juicio Particular se efectúa en el momento mismo de morir, por eso se ha visto a más de una persona confesar sus pecados en un balbuceo, justo en ese fugaz lapso.

Es decir, que en el llamado postrer instante, usted aún no está del todo muerto, que algo le queda por ahí adentro. Y a su mente volverá la teoría de aquel médico devenido profeta de Nueva Era, según la cual el alma se mantiene veinticuatro horas en el cuerpo y él lo constató al ver las muecas de una anciana a quien se le practicaba una autopsia, a todas luces prematura.

Eso, de cierta forma, se aviene con la arraigada creencia campesina según la cual, cuando el muerto deja dinero enterrado su ánima se queda rondando el lugar… Aunque por supuesto, usted no corre ese riesgo.

También recordará haber visto por si mismo, sin que nadie se lo contara, cómo los (sino) descendientes sostienen un funeral inmediato, mientras el espíritu se mantiene en el cuerpo ─o por los alrededores─, y después, cada cierto tiempo, repiten sus homenajes ante la foto del fallecido, sin duda para ayudarlo a ganar altura.

Usted igualmente recuerda al amigo que al ir envejeciendo se volvió hinduista  y vio como a su  esposa –más bien ex esposa pues ya lo había abandonado─,  mientras estaba de cuerpo presente en la funeraria, le salía el último aliento por la chacra de la cocorotina.

No puedo asegurarle que “cocorotina” sea una exacta traducción del  sánscrito para designar el punto ubicado en lo más alto del cráneo, pero  en las condiciones que está usted no debe preocuparse mucho por el idioma… ni por nada.

Sea como sea, en uso del legítimo derecho del fallecido a utilizar todo lo posible el alma que lo ha acompañado desde su nacimiento, usted se levantará, sin preocuparse del charco de sangre ni de otros estropicios dejados por el pobre asaltante; sí, “pobre”, porque el infeliz todo lo que quería era rapiñar unos pesos para bebérselos alegremente con los amigos y por causa de un insolvente como usted, ahora es un prófugo sobrio y triste.

En fin, como pueda, se dirigirá al baño, encenderá la luz, se asomará al espejito sobre el lavamanos y, cuidando de no borrar las huellas del crimen, procederá a afeitarse todo lo concienzudamente que a esas alturas se lo permita el voltaje de su alma. De esa manera evitará que por la ventanita del ataúd se le note demasiado el mal semblante del depresivo.

¿Cómo dice? No, no, el hecho de haberse quedado tan abandonado, tan olvidado ─sí, todo eso─, no indica que nadie vaya  a molestarse en ir a la funeraria y su capilla se quede patéticamente  vacía mientras usted espera el turno para ser despachado ─a toda velocidad─, sin flores ni séquito.

¡Qué va! Eso no va a ocurrir, porque una muerte violenta despierta el morbo; la gente acude a ver cómo quedó la víctima y en su caso querrán salir de dudas pues no acaban de creer que un asesino haya perdido su tiempo con un tipo como usted.

Además, piense en la reencarnación ─posibilidad en la cual creen millones de personas mucho más cultas que usted─, y dígame si al dejar su actual envoltura física en tan mal estado, podrá aspirar a un reciclaje que valga la pena. 

Pero sigamos.

Una vez recuperado su rostro de persona decente, pobre pero honrada –una desgracia nunca viene sola─, tendrá que volver a tenderse en el piso de la sala.  No se ponga a buscar su sillón preferido, ni mucho menos vaya a la cama, pues eso dificultaría la labor de los peritos, los pondría sobre pistas falsas, tendrían que trabajar horas extra.  Conténtese con haberle arruinado la vida al ladrón, no exagere.

Y cuando apenas le quede una lucecita, un hálito o un remanente de alma por allá adentro, congratúlese.  Al menos pudo ver su cara ─su, de usted─, bien acicaladita, por última vez.

Sí, por última vez, pues cuando se le abra la cocorotina, o cuando termine el Juicio Particular ─que, bien visto, es como el tribunal de urgencia del más performático Juicio Final─, entonces comenzará el lento despegue ─recuerde el velorio del chino─ y se irá quedando allá abajo, cada vez más lejos, más insignificante, más olvidado, más desahuciado…

 

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