Charles Baudelaire
Este extraordinario poeta, padre de la poesía occidental moderna, tuvo una vida de poco más de cincuenta y seis años. Nació (1821) y falleció (1867) en París. Su formación intelectual no nos revela nada excepcional, fuera de lo común en jóvenes de su condición por aquellos tiempos. Su vida, de singular complejidad tanto en el plano literario cuanto en el plano personal, estuvo fuertemente marcada por sus contradicciones, sus desavenencias familiares, las múltiples amarguras y los padecimientos que le provocaron las terribles enfermedades que sufrió, presentes desde muy temprano, por los desórdenes de una práctica cotidiana desentendida de los cuidados necesarios. No obstante esos rasgos, o quizá gracias a ellos, la obra de Baudelaire alcanzó una estatura estética y conceptual de primer orden, verdadero monumento de las letras universales. Muchos de los mayores poetas y ensayistas del siglo XX se han detenido en el extraordinario legado de esta figura para destacar su importancia y los aportes que hizo a la sensibilidad y a la concepción de la poesía. El consenso general es que sus textos fundamentales abren una nueva etapa en la poesía occidental, en especial su célebre Las flores del mal, cuya primera edición data de 1857. En un magnífico ensayo de Paul Valéry titulado “Situación de Baudelaire” (1924), el autor de “La joven parca” (1917) destaca, entre otras virtudes de su predecesor, la calidad musical de su poesía, el hecho de haber reaccionado “muy afortunadamente contra la tendencia al prosaísmo que se observa en la poesía francesa desde mediados del siglo XVII” (1). Esa virtud que subraya el ensayista es la que sustenta sus propias tesis de la poesía pura, centro de las más relevantes creaciones que nos dejara en su obra poética y en sus prosas a la manera de Mi Fausto, Eupalinos o el arquitecto, El alma y la danza, La tarde con M. Teste. Otras calidades pueden señalarse en Baudelaire, y de hecho el mismo Valéry se refiere a ellas en ese trabajo; pueden destacarse las espléndidas prosas de sus Pequeños poemas en prosa (1869) y sus textos acerca del arte romántico y de la obra de Wagner, así como las páginas que tituló “Curiosidades estéticas”, que lo convierten en un importante crítico, acaso el mayor, de las artes plásticas de su época. Sus cartas y sus diarios íntimos (“Mi corazón puesto al desnudo” y “Cohetes”) nos abren el mundo interior del poeta con tanta fuerza y claridad como sus textos poéticos y sus ensayos críticos, con sus frecuentes contradicciones, expuestas con total nitidez en el diálogo que sostuvo con la vida a lo largo de los años. Los juicios y criterios que se despliegan en esas páginas nos hablan de un hombre lleno de inquietudes y desasosiego, con cuestionamientos y angustias disímiles, reveladas a veces con ironía, otras con desenfado y otras con amargura, actitudes que pueden resumirse en lo que podríamos llamar una metafísica del diario vivir frente a misterios esenciales y de naturaleza desconocida.
Su gran libro, Las flores del mal, piedra angular de la poesía moderna de Occidente, como ya apuntamos, posee una inmensa riqueza conceptual y artística. En primer lugar debemos destacar, más allá de la filosofía que subyace en estos poemas y de las escuelas literarias que reúnen, los extraordinarios cuadros e imágenes que sus versos logran plasmar, cuidadosamente trabajados y pletóricos de una rara voluptuosidad, sensuales en la contemplación de paisajes y en los personajes que aparecen en el relato que las estrofas van desplegando. Sus cuadros parisienses (“Paisaje”, “El cisne”, “Los siete ancianos”, “Los ciegos”, “El crepúsculo de la tarde”, “Danza macabra”, “Brumas y lluvias”, “Sueño parisién”, “El crepúsculo de la mañana”), nos entregan espacios vitales, dilatados, luminosos, con figuras que encontramos igualmente reales en grandes exponentes de la pintura de esos años, como ya vio a propósito de la obra toda de Baudelaire, Roberto Calasso en su formidable libro La folie Baudelaire. Esos textos y en general todos los que recoge el célebre poemario nos traen las angustias y visiones del poeta, sus gratificaciones y al mismo tiempo sus amarguras, y en no menor medida, el fin de una época –el romanticismo que habían representado los alemanes y los ingleses (tesis sustentada por Octavio Paz en su libro Los hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia, de 1974)– y la apertura hacia otra: la modernidad, visible no solo en los rasgos que señalaba Valéry, sino también en el simbolismo –que posteriormente veríamos en Mallarmé y en otros creadores relevantes de los años subsiguientes–, en la presencia creciente del poema en prosa y en la influencia renovadora que el poeta francés alcanzó en maestros de la vanguardia, como T.S. Eliot. Ironía y analogía, lúcidamente explicadas por Paz en el libo mencionado, se encuentran fusionadas en los poemas de Las flores del mal, como se hallan asimismo fusionados el clasicismo y el romanticismo, la muerte y la voluptuosidad, la sobreabundancia del sentimiento y la búsqueda de la perfección formal.
La sensibilidad del poeta se desplaza en muchos de esos textos desde la contemplación y las percepciones del entorno hasta la búsqueda del concepto abstracto, donde alcanza una profundidad de múltiples implicaciones. Como ejemplo de esa mirada detenida en un acontecer inmanente, paisaje cercano y reducido a una imagen puramente sensorial, podríamos citar “Una carroña”, del que reproducimos estos fragmentos:
Recuerda aquel objeto que vimos, alma mía,
un día estival y soleado:
al borde de un camino, una carroña infame
en lecho de piedras sembrado.
Con las piernas al aire, como una mujer lúbrica,
quemante y sudando veneno,
abría de manera abandonada y cínica
su vientre de emanaciones lleno.
El sol resplandecía sobre esa podredumbre
como para cocerla a punto,
y devolver al céntuplo a la Naturaleza
cuanto ella había puesto junto.
Y el cielo contemplaba la osamenta magnífica
expandirse como una flor.
Creíste desmayada caer sobre la hierba,
tan fuerte era el hedor. […]
–Y sin embargo, igual serás a esta basura,
a toda esta horrible infección,
¡estrella de mis ojos, flor de mi vida entera,
tú, mi ángel y mi pasión!
Sí, tal habrás de ser, oh reina de las gracias,
después de los últimos sacramentos,
cuando bajo la hierba florida y lujuriante
te enmohezcas entre las osamentas.
Entonces, oh mi bella, diles a los gusanos
que te devorarán a besos,
¡que yo guardé la forma y la esencia divina
de mis amores descompuestos (2)
El ejemplo de la búsqueda del concepto abstracto lo hallamos en la parte VIII de la sección “La muerte”, donde leemos:
¡Oh Muerte, vieja capitana, es tiempo, levemos el ancla!
Este país nos hastía, ¡oh Muerte! ¡Aparejemos!
¡Si el cielo y el mar son negros como la tinta,
nuestros corazones, que tú conoces, están llenos de rayos!
¡Trae hacia nosotros tu veneno que nos reconforta!
¡Queremos, tanto este fuego nos incendia el cerebro,
sumergirnos hasta el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa?,
al fondo de lo desconocido para encontrar lo Nuevo (3)
Todo el poemario mantiene esa estatura y esa atmósfera tensa, con cuadros extraordinarios que son ya, en aquellos momentos, de una singular novedad, de una perceptivi
dad que volveremos a encontrar en maestros de los decenios subsiguientes, como por ejemplo Pierre Reverdy, en quien es muy evidente la impronta de Baudelaire, no solo de su libro mayor, sino también de sus poemas en prosa, verdadero tesoro de la vida de la capital y de la condición humana, representada por el poeta en una particular dimensión. La diversidad de esas páginas insisten en la riqueza de preocupaciones del autor, siempre inquieto por problemáticas sociales, éticas y religiosas, resumibles en su caso, en las apreciaciones estéticas de sus críticas e incluso de sus poemas, como ha afirmado Michael Hamburger en su importante libro La verdad de la poesía. Tensiones en la poesía moderna de Baudelaire a los años sesenta (1969), donde expresa: “Así pues, Baudelaire cayó en la confusión, que es mi principal interés en este capítulo, de atribuir un significado social, ético e incluso religioso a preocupaciones que eran de hecho estéticas.”(4) En esta cuantiosa obra tenemos a un hombre de su momento y de siempre, pleno en sus miserias y en sus alegrías, enfermo y hedonista, lúcido y perturbado, insatisfecho y al mismo tiempo colmado en sus secretos y evidentes anhelos, extremadamente sensible a los misterios y a la descomposición de la realidad, a la luz y a las tinieblas. Percibió al ser humano integrado a una Totalidad de la que no podía separarse sin lesionar su más profunda esencia, quiso penetrar en los oscuros símbolos de la Naturaleza –esa Totalidad que nos rodea y nos define– para hallar una armonía que para él era posible poseerla sólo mediante el conocimiento. Ese deseo estuvo siempre en el centro de su creación y de su existencia en una sociedad que ya tenía una rica tradición espiritual. Acaso ningún otro poema suyo nos entregue esa necesidad como el célebre soneto “Correspondencias”, que traduzco:
La Naturaleza es templo donde vivientes pilares
dejan a veces salir confusas palabras;
el hombre pasa allí a través de bosques de símbolos
que lo observan con miradas familiares.
Como ecos dilatados que de lejos se confunden
en una tenebrosa y profunda unidad,
vasta como la noche y como la claridad,
los perfumes, los colores y los sonidos se responden. Hay allí perfumes frescos como carnes de niños,
dulces como el oboe, verdes como praderas,
–y otros, corrompidos, ricos y triunfantes, que tienen la expansión de las cosas infinitas,
como el ámbar, el almizcle, el áloe y el incienso,
que cantan los transportes del espíritu y los sentidos.
A veces sombrío, otras iluminado por una intensa claridad, siempre en busca de una plenitud que no se nos revela de inmediato, pero que subyace en prácticamente el corpus íntegro de su escritura, su ejemplo ha quedado como un paradigma del poeta, el crítico, el hombre de letras que abrió los caminos por los que hoy transitan sus herederos y antes, en el siglo XX, transitaron los más insignes autores de las grandes literaturas de Occidente.
Notas
[1] Paul Valéry. “Situación de Baudelaire”, en Reflexiones. Selección, traducción y prólogo Glenn Gallardo. México, Universidad Nacional SAutónoma de México, 2002, pp. 87-107. La cita en la página 105.
[2] Utilizo la versión de Nidia Lamarque, tomada de Charles Baudelaire. Las flores del mal. Prólogo de Guillermo Rodríguez Rivera. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1977. Me tomo la libertad de cambiar dos palabras, ambas en la penúltima estrofa: sacramentos en lugar de rezos y osamentas en lugar de huesos.
[3] La traducción es mía. Para realizarla me auxilié en algún momento de la versión de Nidia Lamarque.
[4] Michael Hamburger. La verdad de la poesía. Tensiones en la poesía moderna de Baudelaire a los años sesenta., Traducción de Miguel Ángel Flores y Mercedes Córdoba Magro. Méwxico, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 27.
