Diana Fernández Fernández: encontrar el humor en plena calle
Algunas personas asocian las circunstancias del carácter a los astros, otros a la herencia, o al medio. En el caso de la escritora Diana Fernández Fernández, el que redacta estos apuntes las asocia a su fecha de nacimiento, porque llegar al mundo en Navidad es buena señal, un motivo de jolgorio familiar, un guiño del destino, y parece que algo de ello le penetró a la futura escritora, quien sin ser humorista ni pretender serlo, escribe para que el lector la siga con el entrecejo menos contraído y la buena estrella de saberse ante un argumento original, simpático, que se agradece.
Diana tiene una historia personal que se entrelaza una y otra vez con la de CubaLiteraria como redactora, editora y directiva. Se cruza pero sin chocar, más bien se incorpora y suma, a la manera del jinete y su cabalgadura.
Entre otros, ha publicado un libro de cuentos titulado Cuerpos de mujer en el tiempo (Editorial Letras Cubanas, 2010) que confieso no haber leído, no por falta de interés sino porque no lo he encontrado, pero sí me he tropezado con los trabajos de Diana en dos excelentes antologías — Espacios en la Isla (Editorial Letras Cubanas, 2008) y Nosotras dos (Ediciones Unión, 2011)— que incluyen un par de textos suyos capaces de convertirme en uno de sus lectores. El primero contiene el relato “Compañía urbana en la noche”, título incitador, y el segundo, “Encuentro casual”.
Ahora imagine usted la situación que se presenta en el primero: a una mujer le ha tomado la noche en la calle, teme a los riesgos de la oscuridad y se debate ante la encrucijada de eternizarse en la espera de una parada de ómnibus o decidirse por hacer realidad el antiguo adagio de que “la suerte está en los pies”. Opta por lo segundo:
Mientras abandona la parada-símbolo, un sonido-murmullo que estremece la P la hace estremecer asimismo a ella: los números saltan del cuadriculado metálico a la acera, se le aparean y caminan también, irremediable la acompañan. (Le ruego visualice esa imagen, más propia de un comic televisivo qu e de una situación dramática bien seria).
[...] Al comienzo son pocos números, pero a medida que superan nuevas paradas, el grupo crece, se nutre. A pesar de ir en crescendo, el raro bullicio no es capaz de despertar a la ciudad que duerme tras alambradas y postigos. ( Puro surrealismo, a la dama la acompañan algo así como los guerreros de terracota descubiertos en China. Seguimos).
[...] Tras algunos kilómetros de marcha, la ex solitaria mujer se detiene, ha llegado a su destino, por primera vez sonríe, abre la puerta de su casa sin verjas y se despide de la multitud de números que ya supera con creces la cantidad de guaguas de La Habana.
Ahora dígame usted si no hay humor ―negro, gris, del color que quiera― en la original situación que Diana narra y deja al lector con una sonrisa apenas perceptible, aunque agradecida.
Echemos un vistazo a esta otra situación, la del relato “Encuentro casual”. Dos mujeres jóvenes cruzan miradas. Una es pelirroja y la otra trigueña. Surge entre ambas eso que denominan empatía a primera vista. Las posibilidades económicas son bien distintas en una y en la otra. Pero ambas se detienen ante las estanterías llenas de productos de un mercado shopping de Miramar. Disfrútese como la autora maneja la situación:
La del cabello rojo simplemente parecía contrariada por absolutamente todo. (Es la de bajo nivel adquisitivo en el cuento). Y la trigueña, que en inicio tampoco encontraba lo deseado, porque en realidad no necesitaba nada —su casa era un puro abarrote de cosas necesarias e innecesarias—, menos lo encontraría ahora, distraída como estaba con la otra. En realidad la trigueña había entrado al supermercado por entrar, por mirar, por matar el aburrimiento. (Esta, evidentemente, es la consumista ociosa).
Más adelante, aunque no mucho más porque el relato es breve, caemos en el nudo del asunto, que con extraordinaria galanura se mueve en el terreno de la literatura homoerótica:
Lo primero que hizo la trigueña fue alabar los cabellos de la pelirroja. Lo primero que hizo la pelirroja fue contarle a la trigueña la consecuencia de haber teñido sus cabellos de aquel color que tanto atrajera a la otra. (¡Se había gastado todos los ahorros en el empeño de ser pelirroja!). Lo segundo que hizo la trigueña fue seleccionar dos latas de salsa para pastas y dos paquetes de espaguetis y se los ofreció a la pelirroja para el cumpleaños de su mamá. Lo segundo que hizo la pelirroja fue tratar de rechazarlo todo —verdaderamente arrepentida. Lo tercero que hizo la trigueña fue decir a la pelirroja que tenía deseos de acariciar sus cabellos, y la pelirroja agradecida y halagada, accedió y aceptó los espaguetis y la salsa.
No le vamos a contar el final de la historia. Solo asegurarle que pasará un buen rato.
Diana Fernández Fernández, y esto no está de más que usted lo sepa, aparte de ser escritora ―su narrativa por lo general está en la cuerda de la problemática femenina―, es profesora, traductora e intérprete de idioma ruso, editora y redactora periodística. También ha desarrollado una apreciable cuota de promoción cultural, en su perfil comunitario.
La dosis de humor, solo para esbozar una sonrisa y no la carcajada estruendosa, resulta evidente en la lectura de algunos de sus textos, y un pretexto para que la incorpore al catálogo de los autores que amenizan nuestra vida cotidiana.
