España por tres meses: Costa de Oro y Sevilla (IV)
A las seis de la mañana del 18 de mayo salí desde Ronda en tren rumbo a la Costa de Oro. Para mí, era toda una aventura. Manolo Casillas había fijado ya mi itinerario, cambié de tren en Bobadilla bajo el frío y la lluvia constantes, y me dirigí a Arroyo de Miel, donde me debía esperar Juan de Dios, director de un instituto de segunda enseñanza, quien llegó una hora después, y me condujo a ofrecer una conferencia a un grupo de tercer año y luego a un grupo de trabajadores que estudiaban allí. En los dos grupos diserté sobre hitos de la literatura cubana. Creo no haberlos aburrido.
Ya en la noche, Juan de Dios me condujo a la casa del pintor y escritor cubano Felipe Orlando, de quien había leído algo y visto pocos de sus cuadros, pero al menos yo sabía quién era él, lo cual no era recíproco. Advertí que este y su esposa me recibían con cierta suspicacia: ¿Quién es este?, se dirían, ¿qué hacía por allí? A mí, sin embargo, me simpatizaron no más verlos. Nos sentamos a conversar, y al rato ya teníamos ese tipo de “confianza” que solemos dispensar los cubanos a desconocidos, como si siguiésemos una conversación ya antes iniciada. Hablamos de Cuba, de su arte, de la poesía y narrativa coetáneas. Creo que Felipe Orlando exploró si yo en verdad era o no “un intelectual”, pero a mí realmente no me desagradó nada, ni puse interés en el asunto, por lo que debieron ambos sentir naturalidad en mi diálogo, que duró hasta entrada la madrugada. Él no se sentía muy bien de salud, pero al día siguiente, antes de que Juan de Dios me viniera a buscar, quiso dar un paseo conmigo por la alta Benalmádena, con bella vista del mar observable desde la casa del pintor y novelista. Más distantes, Arroyo de Miel y Torremolinos. Sentí como buen privilegio haber sido su huésped.
Duró poco la estancia con los Orlando, porque antes de las 9 de la mañana del 19 de mayo ya estaba allí el Vice Alcalde de Olvera, llamado Paco Párraga, enamorado de Cuba. Luego de un bello viaje por la costa, entramos a un paisaje de montañas, desde donde se ve, extensa, Málaga. Entramos a la provincia de Cádiz, y Párraga me condujo al hotel Sierra y Sol, de la pequeña pero bella Olvera, ciudad entre fronteras provinciales, en la que se distingue una elevación sobre la que se encuentra la iglesia construida por los duques de Osuna. Más arriba, hay un castillo en ruinas, debajo de cuya muralla se ve un pequeño cementerio como un balcón de la colina, desde el cual se aprecia una vista maravillosa de campos sembrados de trigo. Tuve la revelación de la imagen de El Pequeño Príncipe sobre los cabellos ondeantes como campos de trigo.
En Olvera ofrecí dos conferencias, una de ellas en la casa central del municipio, pero se hacía allí un encuentro de poetas, cosa que solo supe a la llegada, y pude conocer, entre otros a la gaditana Pilar Paz, al sevillano Emilio Durán, con quien luego tuve un intercambio epistolar, y al poeta local, muy bueno como tal y muy joven, llamado Ildefonso. El alcalde, del PSOE, José Medina, fue sumamente amable, y a mi regreso al hermoso hotel, me declararon allí Huésped de honor, luego de lo cual paseé solo por el pueblo, recorrí lo que me importaba, la cúspide con la gran iglesia que parecía una catedral y, oh milagro, tuve que tocar en la puerta de una casa, entrar hasta el patio y allí recibir la llave del portón que cierra la entrada al castillo en ruinas, ¡el colmo del romanticismo, a fines del siglo xx! La señora que me la dio tenía un nombre no menos romántico: María la Campanera. Parece que también cuidaba de la iglesia. Ella me explicó que tocaba las campanas de diferentes modos, si el fallecido en el pueblo era hombre o mujer. Al darme la llave, su hijo allí presente me dijo que a mi regreso podría darle “algo a mi voluntad”. No era gratis el favor. Pero subí sin acompañantes y es uno de mis recuerdos españoles más hermosos.
En la tarde de Olvera, leímos poemas los poetas allí presentes, me dejaron una sesión solo y respondí muchas preguntas no sobre mi poesía, sino sobre Cuba. La intervención fue filmada para la televisión gaditana. Una de las preguntas versó acerca de un acompañante de Pizarro en la conquista de Perú, que era de Olvera, y del que yo no tenía ni idea de su remota existencia. En la noche, cené en la casa de Paco unas ricas codornices.
Regresé al amanecer a Ronda, donde me espera Manolo Casillas ya con los billetes de tren para irme a Málaga en la tarde, pero primero pasé tres días en Marsella, en la casa de la argentina Susana Malfetano, que tenía un pub en la ciudad playera. Esa tarde tuvimos una cena en la propia cafetería con un grupo de argentinos emigrados, fue todo muy grato. Me quedé en un apartamento en la alta Marbella, propiedad de una señora checa creo que llamada Jana Schindler-Ruzickova, que estaba de viaje en su tierra natal envuelta en el cambio de época y de sistema.
Susana dejó a su hija Lorena a cargo del pub en la calle Sevillano, y salimos de viaje hacia el sur. Ya había yo paseado esa mañana por el centro de Marbella y su avenida marítima. Ese día 22 estábamos en las faldas del Peñón de Gibraltar, pero la policía de fronteras no permitió que yo pasase con pasaporte cubano sin visado inglés. Regresamos para comer en Puerto Banús, con bella vista del mar y de la Sierra. Ya habíamos estado de paso por La Línea, y paseamos un poco por Algeciras (la más fea ciudad española que conocí), y estuvimos en el mercadillo de Sotogrande. En la alta Marbella, junto a la residencia de un árabe llamado Al-Casal, se construía una enorme mezquita, en una zona de millonarios, sobre todo kuwaitíes, raro retorno árabe a la Península. Agradecí tanto a la gentil Susana aquella estancia de real descanso, en aquella playa, capital del lujo veraniego. Esa noche regresé a Ronda, en compañía del dentista argentino Gabriel, dispuesto a proseguir rumbo a Málaga.
En la casa de Manolo Casillas conversamos hasta entrada la madrugada. Le leí unas redondillas y décimas que escribí andando por Andalucía: “Siento que tú me conduces / sur español, y yo sigo / la ruta que va contigo / al mar de los andaluces”, y un homenaje de gratitud a mis amigos, que los emocionó: “Voy vibrando con la luz / bajo este lujo del sol: / ¿Quién que es no es español?, / ¿Quién que es no es andaluz?” Al otro día, al amanecer, me vino a buscar el amigo José Mari Marín y su esposa, creo que llamada Isabel, y dimos un gran paseo por Ronda. De pronto se me ocurrió: “Cántame la sevillana / que en Sierra Nevada sopla / el viento de alguna copla / mientras crece la mañana”. Con las rondeñas Isabel y Nieves dimos un viaje colosal por la Sierra, quedé flipando, como dicen por allí. La conjunción de pueblos blancos me emocionó mucho: Alpandeire precioso, Faraján, Juzcar, Cartajima… Las romerías del Rocío hacían escuchar bellas coplas por donde quiera.
El 24 de mayo ofrecí sendas conferencias en los pueblos de Benaoján y Montejaque, y antes de llegar a ambos, se sentían altavoces anunciando las actividades, una en la tarde, otra en la noche. En una chacinería me regalaron unas hermosas morcillas que llevé de obsequio a Manolo Casillas. En ambos pueblos había mucha gente, pero la mayor parte de los concurrentes no sabía casi nada de Cuba, de modo que en Benaoján tuve que tratar sobre mi país y no sobre su literatura.
Al siguiente día, debería ir a San Pedro Alcándara a un encuentro festivo, pero preferí irme solo a Sevilla, a entrevistarme allí con un editor. Por el camino, todo el trayecto del autobús, escuchaba música cubana en las voces de Celia Cruz y Gloria Stefan, y solo ya próximo a Sevilla el chofer colocó un coplerío de sevillanas radiales, que me resultó buen complemento de las cosas que entreveía a la orilla de Grazalema, bajo una enorme niebla de amanecer. Entre trigales, girasoles y oliveras, pasamos por Villamartín, donde me hubiese gustado descender un rato. Me encantó una copla que copié fácilmente, dada su repetición: “Yo que tengo una vecina / que se levanta pa`regar / ¿Pa`rregá? / Sí, pa`rregá pa`rregá…”. En Sevilla, tenía cita con Antonio González, de Portada Editorial, en calle Placentenes, 23, con quien fijé el compromiso de hacer una antología de la poesía cubana; firmamos un contrato que me otorgaba el diez por ciento de las ventas (cosa que jamás llegué a ver). Le dejé mi currículo, algunos libros míos y al año ya estaba Poetas de la Isla, en buena edición. Al menos recibí luego en La Habana un grupo de ejemplares del libro en cuestión.
Desde allí, di un gran paseo por el centro histórico, arropado de un mapa: visité la Catedral con agrado y subí la Giralda, el Archivo de Indias solo lo vi por fuera, igual que la Torre del Oro. Pasé el ancho río de tanta historia americana y me fui directo al pequeño monumento dedicado a Bécquer en un parque bien tupido en vegetación, y cuya base se olfateaba muy orinada. Pensé que los poetas pueden terminar así en su posteridad, orinados por todos. Almorcé en un bonito lugar llamado La Giralda, con el profesor de la Facultad de Historia Antonio Mandly, a quien nunca más volví a ver, pero me dejó una grata imagen. Desde la Giralda catedralicia se ve muy bien Sevilla de manera extensa, ciudad realmente grande. La personalidad de Sevilla es masculina, diferente de la masculina Barcelona o la bisexual Roma, que ya había conocido antes.
Regresé a Ronda en la tarde-noche, posiblemente en el mismo autobús de llegada, porque el conductor tenía sintonizado Radio Sevilla, y se escuchaba de nuevo música cubana: “La soledad”, de Pablo Milanés, “Azúcar negra”, por Celia Cruz, y un mano a mano de Silvio Rodríguez con Aute. De regreso a Ronda, me preparé para pasar unos días en Málaga, antes, escribí una imitación de sevillanas, que resumía mi estancia andaluza. Quizás valga la pena reproducirlas en otra crónica.
