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Cuentapropismo y cultura, satanización y abulia

Jorge Ángel Hernández, 22 de agosto de 2014

Con  las transformaciones vistas en Cuba en el ámbito económico, han proliferado los  cuentapropistas, un sector que, si bien se halla mejor definido en el  capitalismo, tiene sus diferencias aún indeterminadas en el modelo socialista  en transición. Y aunque haya bases y experiencias de fondo en la esfera de la  comercialización, las medidas cubanas son por completo inéditas, por cuanto se  implantan en un marco social de considerable desarrollo en cuanto a niveles  educacionales, culturales y de práctica de derechos ciudadanos elementales, verdad  que con muy variables resultados de aprovechamiento.

Se  trata de introducir en la dinámica cultural de la sociedad, en una fase  importante de desarrollo, la percepción del avance social mediante el resultado  de la comercialización y la obtención de dinero incrementado. Es una relación  causa-efecto que, por su dinámica dialéctica, se transforma de acuerdo con el  advenimiento de escalas de mayor desarrollo en las propias relaciones de  comunicación social.

Al  ratificar la planificación económica como base de la economía, el sistema crea  un elemento de contención al proceso mediante el cual la producción mercantil  simple se transforma en continua reproducción del capital. No obstante, al  emplear esquemáticamente modelos de racionalidad capitalista, y normas de  control que en la práctica económica son letra muerta, pone en riesgo esas  bases que, desde el poder político, asegura. Pero economía y política no pueden  ir aisladas. Los pequeños productores que se han apresurado a formar parte de  la heterogeneidad de nuestra economía, y que se reproducen por toda la  geografía nacional, no resuelven, por sí mismos, el problema del desarrollo  social socialista, aun cuando ya van cumpliendo su papel de descargo de  producción y servicios a un Estado que se había recargado con ese tipo de  funciones. En principio, incluso, los cuentapropistas han regenerado un  crecimiento del costo de los alimentos y otros productos básicos bajo el  pretexto apenas declarado de que sus ganancias deben ser suntuosas. La mayoría  de esos servicios son de muy baja calidad y no pasarían una inspección  medianamente rigurosa; todos, casi sin excepción, gravan sobre la ciudadanía los  costos sumamente elevados. Así, descargan sobre el Estado la culpa de la  difícil variabilidad de precios en una sociedad acostumbrada por años al  asistencialismo productivo, pero ideológicamente confiada en las bases  esenciales del contrato social.

Sin  embargo, desde una perspectiva socialista, no es viable satanizar la producción  mercantil simple que activa la responsabilidad social de fuerzas productivas un  tanto parasitarias, sedentarias e, incluso, afines al asistencialismo que el  socialismo en transición naturaliza. Tampoco es factible ideologizar artificial  y aceleradamente ese destape comercializador. Pero sí es importante establecer  como objetivos necesarios las variables raigalmente sistémicas que contrarresten  el carácter economicista-liberal de soluciones forzosas, circunstanciales y  expuestas a atrofiar en la percepción popular la necesaria existencia de la  redistribución a todas las esferas de la sociedad civil. Y la comprensión, en  el ámbito de la conciencia social, de la vital importancia que constituye el  acceso universal y gratuito a la educación básica, a la asistencia en salud y a  las oportunidades en otras esferas relevantes para la sociedad, como el deporte  y las prácticas culturales artísticas, literarias y de reproducción de  tradiciones. Tanto rescatar los valores concretos ganados por la experiencia  histórica, como entender los elementos de imprescindible relación respecto a la  globalización neoliberal, son puntos ineludibles para que esos nuevos modos de  gestión económica consigan superar las conocidas limitaciones del capitalismo.

De  momento, un buen número de cuentapropistas se comporta como máquinas de  fabricar billetes, sin entender que aún la mayoría no comienza siquiera a  fabricar dinero. Hay una ósmosis relacional que condiciona los precios del  producto y, lo más lamentable, una visión insuficiente del sector estatal de  planificación. De hecho, los fenómenos que desvirtúan el carácter sistémico de  la actualización del modelo fueron previstos por diversos analistas, muchas  veces afines al proceso revolucionario en el poder, y, aun así, han estallado  en el rostro de la sociedad antes de que se apliquen medidas para su  atenuación. Y no me refiero a medidas de tranquilo consenso burocrático, sino a  soluciones concretas que le corten definitivamente el paso a esa anómica  especulación comercial y la transformen en una producción que contribuya al  desarrollo transversal del socialismo en transición.

En  tanto usufructuarios campesinos y cooperativistas mixtos tengan la posibilidad  de variar sus esferas y objetivos productivos de acuerdo con el monto de sus  propias ganancias, el caos se hallará a la vuelta de la esquina y las  relaciones nacionales que en esas producciones descansan se verán ante la  necesidad de nuevas reformas, algunas de ellas drásticas en cuanto a la  intervención ante la concentración solapada de la propiedad. Paralelamente, las  desigualdades sociales han comenzado a crecer y se ha debilitado la relación  entre ideología y cultura, sobre todo en las más jóvenes generaciones, que han  crecido bajo las arduas condiciones del Periodo Especial y han sufrido un  bombardeo de estandarización del gusto bajo la acción casi impune de los  referentes masivos de la industria cultural que las nuevas tecnologías colocan  a su disposición.

Las  condiciones de crisis son, en efecto, objetivas, y no se circunscriben a la  geografía nacional, aun cuando las circunstancias de bloqueo las agudicen  considerablemente, sino que están relacionadas con el trauma global del  acelerado desbalance que inyectó al imperialismo monopolista el derrumbe del  campo socialista europeo. De igual modo, la explosión tecnológica impone una  velocidad de transmisión que supera con creces las posibilidades de reproducir  un consenso educativo de interpretación de esos fenómenos que la industria  cultural a diario multiplica. Hay, pues, un retroceso en el orden del sentido  que no solo agrede a la búsqueda emancipatoria de las propuestas socialistas,  sino a las tradiciones humanistas de la modernidad burguesa, que son la base  del valor estético que le concede la dialéctica armonía a la cultura.

La  eficiencia de la actualización del modelo pasa por tener en cuenta la  imprescindible heterogeneidad que en el sistema se introduce. La coexistencia  de la propiedad individual y el objeto social colectivo de lo que culturalmente  devenga de estas relaciones es un fenómeno concreto que ya se manifiesta. De  ahí la necesidad de una condición socializadora que regule, estimulándolo, su  flujo productivo. Y se precisa, en fin, de un sistema de planificación  dinámico, interdisciplinario (no economicista por esencia), fuertemente  estructurado en su carácter sistémico, capaz de asimilar, desde su perspectiva  rectora, la transversalidad inevitable de sus decisiones y apto para asumir las  inmediatas, y con frecuencia transitorias, flexibilizaciones en la práctica  constante.

Y  esas prácticas, aunque con bases en la historia de la humanidad, sobre todo en  el modo de producción occidental, no son experiencias que sirvan de modelo  concreto, factible de una inspección que la superstición académica considera ciencia.  Es un absurdo insostenible pretender, no solo que los clásicos del marxismo  hubiesen establecido las recetas, sino que puedan decretarse recetarios  estables para avanzar en las nuevas circunstancias. Ello únicamente llevaría a  estandarizar el pensamiento que cuestiona las prácticas concretas del sistema y  propone las rutas de recuperación y desarrollo. Los recetarios ideológicos solo  conllevan al debilitamiento del propio sistema que dicen proteger ante la  permanente confrontación con la expansión imperialista y el incentivado  concurso de la ya renovada Guerra Fría.

Del  mismo modo, satanizar al sector emergente del cuentapropismo, por su actitud  ingenua de mercantilismo y su inocua abulia cultural, apenas conduce a aislar  sectores importantes de las fuerzas productivas que han de contribuir a salvar  las bases del modelo en un punto de retroceso clave para la transición  socialista. La imbricación con la cultura no es una opción, sino una necesidad  que debe ser asumida con urgencia y, sobre todo, con capacidad para rectificar  de inmediato las medidas que obstruyen —casi siempre porque producen un efecto  contrario— la conexión natural entre ideología y cultura. Esa, quiérase o no,  está bastante bien imbricada en el capitalismo y responde de inmediato a sus  preceptos racionales, lo que es preciso superar en un nuevo sistema de  relaciones sociales, incluso si no se trata, definitivamente, del proyectado  socialismo.

El  retroceso advertido es síntoma de la tendencia sedentaria, inmovilista, del  sector institucional cuya burocracia mantiene el poder de decisión y  reglamentación. La institución, que pone en práctica poderes y gestiones del  Estado, aún sigue aislando al resto de la sociedad civil de lo que es un  recurso de socialización fundamental para el desarrollo sistémico de la  sociedad y, sobre todo, de la evolución del modelo hacia un proceso de  transición socialista de mayor armonía. Invertir la dirección de los modos de  control y hacer que la sociedad civil regule y dinamice el trabajo de las  instituciones es un reto que el socialismo cubano no puede evadir en las  actuales circunstancias de actualización de su modelo económico. Para vencerlo,  debe tenerse en cuenta que la cultura es el más importante factor que habrá de  transversalizarlo.
 

María Virginia y yo
Sindo Pacheco
K-milo 100fuegos criollo como las palmas
Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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