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Poesía de Rafael Esteban Peña

Roberto Manzano, 25 de agosto de 2014

Si hay poeta popular, el que ofrecemos hoy a los lectores es un magnífico poeta popular: solo pudo escribir cuando los cambios históricos se lo permitieron, pues su origen humildísimo lo encadenó desde temprano a la obligación y la penuria.

Si hay poesía concebida en términos coloquiales que pueda alcanzar una alta realización estética, aquí leerá el lector amigo poesías coloquiales de una expresividad increíble. Algunos de estos textos, como Derecho romano, no podrían faltar jamás en una antología decente del coloquialismo cubano. Ni de ninguna antología, más allá de sus rasgos de estilo.

Apenas pudo publicar, pero los pocos textos que de él poseemos sus coterráneos muestran una vocación irreductible y una gracia adusta, aunque trémula desde el punto de vista afectivo, para la expresión de la experiencia, la belleza, la justicia y la esencia humana.

Más allá de las palabras empleadas, de la sencilla curva entonacional, de la imaginación sin florituras, lo que el lector captará sin falta es una grandeza de alma envidiable. Se toca su alma leyéndola, y se lee con mucho estremecimiento y respeto, y dan ganas de aplaudirle en el silencio de la lectura esa sobrevivencia que muestran sus sentimientos, escritos con palabra compartida y cristalina.

Escribió mucho de los hombres y mujeres muy pobres, de los destinos fracasados, de los obstinados luchadores contra las impertinencias del destino, de la ciudad suya de callejas y campanarios que amó como pocos, de la belleza de la mujer en flor, que le llenaba de versos los ojos, y de su infancia y los niños en sentido general, tanto como del hijo que nunca tuvo.

Fui su amigo, y mi familia lo amó como una presencia entrañable. Era una transparencia por donde entraba la luz de la generosidad y el sacrificio por los demás. A su sombra de hombre solo, abandonado de muchos, cercado de multitudes silenciosas que le queríamos sin palabras, escribió sus versos, como quien solo da un sencillo testimonio de haber vivido sin enlodarse y haber crecido continuamente hacia la luz más alta.

Roberto Manzano

Rafael Esteban Peña (Camagüey, 17 de mayo de 1919-26 de enero de 1997). Autodidacta, de origen tabaquero, se graduó tardíamente de contador público en la Universidad de La Habana. Comenzó a escribir poesía en la década del sesenta. Obtuvo diversos premios en eventos literarios, entre ellos siete veces el Premio Rubén Martínez Villena. Publicó en revistas y periódicos. Presidente permanente del Taller Literario Rubén Martínez Villena, que sesionó durante más de veinte años en la ciudad de Camagüey. En 1984 publicó la plaquette Palabras de cambio, del Sectorial provincial de Cultura de Camagüey; en 1991 publicó el cuaderno poético Naufragios en la Vía Láctea, Colección Arpas Amigas, Editorial Ácana, Camagüey.

NOSTALGIA DE LA CIUDAD

Vértigo de techos rojos y calles empedradas,

musgo prendido en los ladrillos

donde el tiempo escribe sus memorias.
 

Nombres con sonidos de guitarras y machetes,

humo, ruido y agitación,

húmedo silencio de las bibliotecas.
 

Caminatas y esperas frente a las tiendas,

muchachos que hacen pajaritas con sus voces

para golpear los campanarios.
 

Son imágenes de la ciudad pero no son la ciudad.

La ciudad es esa punzada que nos hiere.

 

RENACER
 

Es temprano.

Las fachadas tienen aún

los ojos cerrados;

y vuelvo a las calles viejas

a repetir

los caminos de la infancia

y buscar

bajo el asfalto

mis pisadas en el barro.
 

Un niño cruza,

sonríe sin conocerme,

y eso basta para encontrar

de nuevo

el minuto perdido

entre las arrugas del cansancio.
 

Regreso…
 

Escucho el vuelo de las nubes

en el tiempo

y las primeras palabras de un poema

que se agarran al papel.

 

LLUVIA
 

Lluvia en el campo.

El fango acordona las pisadas,

se fatiga la bota

por el multiplicado peso de la suela,

y la humedad,

con cinceles helados,

esculpe los cuerpos en candorosa desnudez.
 

Lluvia en la ciudad.

Invisibles barrotes de cristal

cercan al aburrimiento

y la impaciencia sale a desafiar al tiempo

con un periódico como escudo

mientras

dormitan en las torres los relojes indefensos

y la ciudad se esfumina

en los trazos de un dibujo a creyón.
 

Lluvia en el recuerdo.

Regresan las calles de tierra,

los tranvías,

los mercados de frutas envejecidas por el desaire,

y vuelve el muchacho

que cambiaba bofetadas con el aguacero,

capitán de navíos que naufragaban

—rotas las quillas de papel—

antes de llegar al tragante de la esquina.

 

PRIMAVERA
 

Los domingos el parque es más hermoso

porque se llena de niños,

y el viejo que dormita en un banco

siente la alegría revoletear a su lado.
 

Giran los aparatos

en su encadenado mundo de cartón,

y los muchachos anticipan en el juego

hazañas portentosas.
 

El sudor empapa las camisas,

las caras se ponen coloradas

y es violeta,

orquídea silvestre,

                              primavera.
 

El viejo se levanta y al marcharse

golpea una piedra con la punta del zapato

y sueña.

 

VIA LÁCTEA
 

No fue culpa de los reyes

ni de mi madre,

pero nunca tuve una bicicleta

ni un par de patines;

cuando más —y no siempre—

un juguete de cuarenta centavos.
 

Yo quería tener algo bonito

y me hice dueño de la Vía Láctea;

pero eran tantas estrellas

que no podía cuidarlas.
 

Guardé una constelación

para el día de mi cumpleaños

y comencé a regalar las otras.
 

Feliz con mi riqueza,

gritaba a quienes cruzaban por mi lado:

¡Asómese esta noche al cielo

y si ve una estrella que le guste,

quédese con ella,

                       yo se la regalo!

 

PARADOJA
 

De muchacho,

también tuve hambre de gloria:

quería ser un músico famoso.
 

Pero el violín que me regaló

un viejo mendigo

reventó sus cuerdas,

y aprendí

que no era posible

tocar la serenata de Schubert

con el culo de una botella.

 

FERROCARRILES
 

Aquel muchacho quería ser ferroviario

y encontraba en la estación

un cofre grande para llenarlo de sueños.
 

Pequeño guardavía;

rotulaba las idas y venidas

de los viajeros de ojos arañados de paisaje,

y envidiaba al gigante de gorra negra

domador del dragón de los tiempos modernos:

al hombre de botas incansables

que despertaba a los pueblecitos

llamándolos por sus nombres,

y se sabía de memoria el color de cada río,

la canción de cada puente.
 

El hombre encanecido no tiene tiempo

para vagar por el andén,

pero sigue envidiando al obrero

de larga caravana sofocada,

y a los muchachos que esperan con el mismo asombro

el paso atronador de nuevos trenes.

 

EL LARGO TRECHO DE SUS CALLES LIMPIAS
 

Es bello el viejo que limpia las calles.

José Martínez Matos

En la noche,

mientras el asfalto parece dormido

con las aceras en silencio,

el hombre que barre las calles de mi pueblo

arrastra su escobillón

y encuentra en los residuos de la ciudad

fragmentos de novelas repetidas:
 

desnudos vasos de cartón que guardan

la frialdad de un adiós,

papeles estrujados por el fracaso,

colillas que dicen

el nerviosismo de una espera…
 

Pedazos de vida arrojados al pasar

que el obrero recoge, aunque sabe

que mañana los encontrará de nuevo.

 

MANUELA
 

Manuela regala flores.
 

Mientras su cuerpo andrajoso deambula

por las calles y su mente destrozada vaga

por quién sabe qué caminos, ella va

repartiendo flores de puerta en puerta.
 

—¿De dónde saca Manuela tantas flores?
 

—Las roba. Robín Hood de la poesía,

desvalija los jardines opulentos para alegrar

los días de la gente sin ensueños.
 

—¿Y por qué habría de robarlas,

si todos los jardines son suyos?

¿De cuándo acá necesita pedir permiso

para ser reina de España

o darse un viaje por las galaxias

sin naves complicadas?
 

—No hay que discutir inútilmente.

Manuela no toma las flores de ninguna parte,

simplemente las inventa.

 

CAMBIOS
 

En la plaza

los adoquines se mantienen impasibles

sin recordar siquiera

las manchas de llagas

que les dejaron unos pies descalzos.
 

A un lado

la iglesia sigue como antes,

cortando nubes

con sus torres arrancadas

de una vieja postal;
 

pero falta el chofer uniformado

en espera de la señora,

y tampoco está allí

la mujer con ojeras de arcilla

que acariciaba

dos cabecitas sin peinar

mientras suplicaba una moneda.

 

SIN PREGUNTAS
 

Llegó a nuestro lado

con el uniforme manchado de arcilla

y la sonrisa grande

de hombre que sabe a dónde va

y lo que busca.
 

No preguntamos su destino.
 

Tampoco él preguntó cuándo salía

ni cuándo regresaba...

porque no preguntó siquiera

si habría regreso para él.
 

Al partir

nos dejó el dolor prolongado

de un apretón de manos

y este orgullo que sigue creciendo.

 

CREDO
 

No creas en la predicación

del abate perfumado de heliotropo…

Cree sí en San Vicente de Paúl...

Almafuerte
 

Creo en la poesía del dolor,

de la soledad

y de la angustia

si el poeta se llama Vallejo,

que mordió las piedras del hambre

y la prisión;

compartió con la enfermedad

la palidez de su almohada,

y encontró entre los muertos

la más cordial compañía.

 

NOSTALGIA
 

Gauguin quizás.
 

Ahíto de luces artificiales

el pintor se asfixiaba

en su atelier de Montparnasse.
 

Abrió la ventana,

se asomó a la noche.
 

Y se quedó largo rato contemplando

las gardenias y pandanos

de la remota Nuka—Hiva.

 

CALIDOSCOPIO
 

La muchacha entró al comedor. Traía en su andar la prisa de una obrerita que marcha al taller y la gracia de una artista que repite su salida a escena.

Al llegar, no cesó el ruido, pero la música se hizo más traviesa, como si los artistas invisibles hubieran adivinado su presencia.

El poeta no supo qué era más hermoso en aquella mujer: si la majestad de nevado picacho que recordaba el paisaje de su patria lejana o el oro y la noche mezclados caprichosamente en su cabellera; o esa manera que tenía de sonreír como si estuviera hablando y de hablar como si estuviera sonriendo.

Una mosca interrumpió, saltando de mesa en mesa. Preguntaba con ansiedad por su amante, escapado anoche con una mosca rival. Sobre el mantel, una mancha de café divulgaba la torpeza de unos recién casados que esa mañana habían tomado juntos su primer desayuno.

Alguien observó la mosca y la mancha y dijo que el sitio era desagradable. El poeta siguió mirando a la muchacha, y pensó que era el lugar más hermoso de la tierra.

 

INFORMALIDAD
 

Si la joven del pulóver negro quisiera sonreír sería más bella, pero no sonríe.

El salón del palacio florentino se ha llenado de gente… gente que camina sin prisa, porque tiene muchas horas para gastar; pero ella está sola y mendiga los minutos al reloj.

En las vitrinas, casacas tatuadas de medallas añoran el brillo de la corte y se impacientan como si el minué estuviera a punto de comenzar; pero la muchacha piensa que esas ropas huelen fastidiosamente a peluca y rapé.

En el segundo piso, las banderas narran con insolencia las conquistas imperiales; pero a la joven no le interesa el ruido de los sables que conocieron las arenas del Nilo y la sangre congelada en los Alpes.

En el museo hay maravillas: cuadros regateados a El Louvre, muebles tallados con escalpelos, porcelanas que sonríen como prostitutas, bustos del capitán que quiso ser dios... Y flotan también el recuento de la miseria necesaria para alimentar tanta soberbia y las sombras de los soldados que callaron sus nombres bajo cruces transitorias.

Pero la muchacha del pulóver negro no ve nada y mira con impaciencia la puerta, porque van a dar las tres y el amante no acaba de llegar.

 

TU NOMBRE
 

Hijo mío:

no sé qué nombre voy a ponerte

el día que me nazcas.

Pienso que podría llamarte Yuri...

y soñar que alguna vez

te lanzarás a la conquista del espacio

tripulando un cuento

de Julio Verne.
 

O podría ponerte Cristóbal…

para ver tu nombre en la geografía

cuando encuentres la isla fabulosa

escondida en el cofre

de un viejo pirata.
 

O sería bueno que te llamaras Aníbal…

y empezar desde ahora

a criar muchos elefantes de papel

para que puedas cruzar los Alpes

con tu armadura

cubierta de nubes.
 

No sé, hijo mío:

hay tantos nombres

que no acierto a elegir uno…

aunque a veces

tengo unas ganas locas

de que te llames Rabindranath.

 

VANITY FAIR
 

Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Eclesiastés 1,2
 

Llegó a la plaza

y dijo:

Soy el Poeta

y este es mi sombrero.

Prohibidos

los arcos y las flechas,

las manzanas

y los hijos de Guillermo Tell.

 

PRÓLOGO PARA UN LIBRO QUE ESTÁ POR ESCRIBIRSE
 

Estos poemas

son mi firma en la cubierta de un libro,

huellas de mis pasos

en el cemento de la calle,

gaviotas pintadas con lodo

en la humedad de una cueva,

piedras enormes

amontonadas en el bostezo de la sabana.
 

Son mi nombre

arañando la pintura fresca de una pared,

profanando la solemnidad de un monumento,

haciendo sangrar la sombra de un árbol.
 

Un día

—más bien lejano—

algún caminante rozará mi olvido

y saltará mi voz

para gritar su presencia.

 

ESTATUAS
 

Bronces epónimos que blanden sus armas

para incitar a la batalla final que nunca llega,

porque después del último combate

siempre aguarda un nuevo reto.
 

Mármoles funerarios, compañeros del dolor y la tristeza;

lágrimas hermanadas con el rocío,

oraciones coreadas por el viento.

Ángelus perpetuo por el alma de los vivos y de los muertos.
 

Diosas paganas, pregoneras del amanecer;

cantos de alabanzas a Dionisio,

a Eros, a las ninfas y a las musas;

a los dioses que el hombre creó a su imagen y semejanza

como un himno a la vida y al goce supremo de vivirla.
 

Piedras, bronces, mármoles que el escultor

—dios sustituto—

insufla de vida con el último golpe de sus manos.

 

VAMOS A CAMBIAR EL TIEMPO
 

¡Vamos a darle candela al monte, al cielo!

Fayad Jamís
 

¡Anda, niña, vamos!

¡Vamos a remendar el tiempo

para que la mañana no se escape!

¡Vamos a despertar a los muertos

para que colmen de lunas la noche!
 

¡Pronto, niña, vamos!

¡Vamos a teñir de flores los caramelos

para que las abejas se queden con nosotros!

¡Vamos a llenar de árboles el viento

para que siempre haya primavera!
 

¡Vamos, niña, vamos!

¡Vamos a esconder el invierno

para que nadie lo encuentre!

 

DE LA SOLEDAD Y DE LA MUERTE
 

La vida es sueño.

Calderón
 

¿Cómo podré sentirme solo si no soy Robinson Crusoe

ni habito en una isla desierta?

¿Cómo deshacerme del amigo, del vecino,

de la mujer desconocida que deslumbra mis paseos,

del anciano que cruza por mi lado,

del indiferente que me desprecia?
 

¿Cómo despedir las alondras del recuerdo?
 

Para estar solo,

viajero perdido en la inmensidad del silencio,

tendría que entregar mi alma al Odio,

comprador más incompetente que Mefistófeles.
 

La soledad es hermana de la muerte.

Pero la muerte es un mito inventado por el miedo.

Nadie conoce su ficha personal,

nadie ha localizado su retrato en los archivos.

Ningún tribunal ha ordenado su captura.
 

El hombre teme a la muerte, pero es amigo del sueño.

¿Y qué es la muerte? Un sueño que se prolonga demasiado.

Despertar del sueño que creíamos vivir:

leve llovizna que borra el muñeco de tiza

que un niño dibujó en la acera.

 

MERCADO DE OCASIÓN
 

Todo te lo vendo, mercader:

Mis sandalias de caminante,

mi caramillo, mis galeras,

la miel robada en el jardín de Epicuro,

mis amaneceres y mi piel.
 

Te doy mis alegrías de invernadero,

el rocío de mis pupilas,

los poemas que dormitan en mi sangre,

mis soledades y mi sed.
 

¡No me pidas que te venda mis sueños!

 

DERECHO ROMANO
 

Los suaves garfios de una mirada encadenan el silencio.

Comienza la clase

y el profesor alza la voz, pequeña pompa que se eleva

por encima de sus cabellos blanquecinos.

La conferencia, magistral pase de lista,

va descorriendo la nómina recitada siglo a siglo:

Gayo y Justiniano,

                  jus civitatis,

                        res humani juris,

                                           Ulpiano y Pomponio...

momias ilustres, locuciones congeladas

que escurren la lentitud de la tarde.
 

Pero la vida sigue allí:

en algún lejano pupitre dos manos se encuentran

y alguien cavila

y se pregunta si el amor debe ser res mancipi

asediado de trámites formales,

o sencillamente res nec mancipi,

manantial que entrega sus aguas sin documentación previa.
 

La conferencia termina. El profesor calla

y callan los pensamientos.

Es el minuto de las preguntas.

La mirada del maestro recorre el aula

y el índice,

             severo como una acusación,

hiere a la muchacha de profundos ojos negros

y negrísimos cabellos,

la que sonríe con el secreto escondido por Da Vinci,

la que se sienta, solitaria,

en el cuarto pupitre de la tercera fila,

la del lunar en la mejilla izquierda.
 

Y ocurre el milagro:

la joven se levanta y repite nombres y conceptos;

sus labios, acariciados de rouge,

trazan al hablar la silueta de un beso

y su voz, tomada de no se sabe qué ninfa,

derrite la pátina de los folios enmohecidos.
 

El viejo profesor guarda sus lentes y se arregla la corbata.

Gayo busca en las Doce Tablas una definición de la belleza

no descubierta por los trovadores;

Justiniano disimula su rubor y esconde un clavel

entre los pergaminos del Digesto.

Confundidos, los sabios varones del Tribunal de los Muertos

se miran con extrañeza.

Acaban de descubrir —con diez siglos de retraso—

que en las páginas calcinadas del Romano

también florece la poesía.

 

FIESTA DE SANGRE
 

Tarde de circo. ¡Salve, César, los que van a morir

te saludan! Comienza la fiesta.
 

Los cautivos se enfrentan a las fieras

sin más armas que sus íntimas plegarias;

los gladiadores vuelven a la liza

afanosos de matar

para tener el derecho de vivir un día más.
 

El circo romano palpita todavía

aunque haya cambiado de rostro

y oculte su nombre verdadero.

Tarde de toros. Luces y mantillas,

ojos negros y olé, se reanuda la fiesta.
 

En la arena espera el bruto

aguijoneado por los picadores.

A su encuentro sale el toreador

con el corazón clavado en el capote.

¿Qué busca este hombre en el redondel?

Los aplausos por un pase de muletas

o la audacia de una verónica;

la heroica locura de apostar la vida

contra un par de orejas y un rabo;

prender su nombre, clavel y banderilla,

en una copla, un paso doble,

o en el romance de algún poeta gitano.
 

Bienvenidos sean los aplausos y las coplas,

los pasos dobles y los romances,

porque al salir al ruedo,

el torero se ilumina y ensancha,

y es Don Quijote, Cid Campeador,

El Hombre —universal y perpetuo—

que cada mañana sale a la arena

a desafiar la vida... o a desafiar la muerte

para alcanzar la flor que tiembla en el borde del abismo.

María Virginia y yo
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Francisco Blanco Hernández y Francisco Blanco Ávila
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