Otra vez Reina
El otorgamiento del Premio Pablo Neruda a la poeta cubana Reina María Rodríguez, viene a ratificar la importancia de esta escritora en el panorama lírico de la poesía cubana en los últimos cincuenta años.
Los que criticaron y cuestionaron el Premio Nacional de Literatura el año pasado, no podrán ahora ofrecer argumentos contra la poeta que es reconocida, mucho más allá de nuestras fronteras, por una obra que como bien ella misma afirmara celebra “el milagro de lo vivo”.
Y este galardón, que antes había sido otorgado a la sin par Fina García Marruz y al talentoso José Kozer, quien reside en Estados Unidos, corrobora asimismo, que la poesía cubana es una de las más sólidas en el mundo de habla hispana siguiendo una tradición que comenzó en el siglo XIX y llega hasta nuestros días.
Reina María es la representante de una generación que también tuvo entre sus integrantes a Ángel Escobar y Raúl Hernández Novás, pero ella se distingue por ser también una aglutinadora de voces que se renuevan constantemente e imprimen a sus numerosísimos libros el aliento de la transformación, sin que esto signifique que haya abandonado sus íntimos presupuestos que parten de una sinceridad a toda prueba.
Conocí a Reina María a finales de los setenta. Era aún una poeta inédita. No sé cuánto tiempo después obtuvo el primero de sus muchísimos premios: el 13 de marzo con su cuaderno La gente de mi barrio.
Aquel poemario proponía un vuelco en la mirada que hasta entonces estaba de moda. Reina apelaba a esos sujetos sin historia, que pululaban por las calles del centro de La Habana, y que constituían un giro con respecto a la epicidad y grandilocuencia de los temas que planteaba la promoción anterior.
Luego cambió un poco: se sumó a los coloquialismos, pero su forma de acercarse a esa corriente era nueva también. Partía de sus entrañas y la falta de oficio que aparece en libros como Para un cordero blanco (ganador del Premio Casa de las Américas) que, en vez de constituir una carencia, era la prueba de que la búsqueda de la perfección siempre será menos importante en la lírica, que ese mundo interior donde se proponen múltiples identificaciones con el receptor, cuando el poeta sabe desbordar esa entelequia tan desprestigiada que lleva el nombre de alma.
Para Reina María la poesía es una necesidad y no un ejercicio de virtuosismo. Los que la conocemos sabemos muy bien que todo lo que está en sus textos tiene una inhabitual correspondencia con su vida y sus lecturas, las que ha sabido asimilar en función de lo que quiere y no puede dejar de expresar.
Desde mi generación hasta las más recientes, han desfilado, primero, por su apartamento de la calle Ánimas y, después, por la azotea que construyó en ese mismo edificio para compartir con todos los que acuden a ella en busca de un oído siempre atento a experimentar sin traicionarse.
Celebremos, pues, este nuevo lauro para una mujer que será imprescindible cuando se escriba la historia de la poesía cubana. Una mujer que vive para escribir y regalarnos toda la esperanza y la desesperanza que la ha convertido en lo que hoy es: una de nuestras más grandes escritoras.
