Vampiros y un número revelador
Un escritor que ha ganado un premio literario importante, organiza una fiesta en su casa adonde acuden la flor y nata de la vida cultural habanera y otros advenedizos que siempre, en todas las épocas, han acompañado a la llamada farándula artística. El convite es pródigo y escandaloso. Mujeres hermosas, lascivas, excéntricas, locas, refinadas y menos refinadas, muchas con zapatos de tacones altos y pelo estirado gracias a la queratina (una sustancia mágica de moda cuyo precio roza las nubes) se mueven de un lado a otro, conversan en voz alta, bailan la música disco de los 80 o se restriegan con hombres sedientos en los rincones. Así comienza la historia cuyo título es un enigmático número 159. Su autor es el reconocido y multifacético narrador, crítico y ensayista Yoss (seudónimo literario y ya de vida de José Miguel Sánchez Gómez, La Habana, 1969), un biólogo devenido escritor o un escritor que se hizo biólogo para finalmente continuar siendo escritor.
A la fiesta del escritor asisten también dos personajes que pronto se convertirán en el centro del relato. Uno de ellos es el narrador de la historia y su mirada es la de un cazador que elige con paciencia una presa: ese y no otro es su objetivo, la razón por la que ha respondido a la invitación de su am
igo el escritor anfitrión. De paso también reflexiona, ironiza, critica, se burla de aquella mezcla o collage de seres inteligentes y algunos insípidos que pululan a su alrededor. El sentido del humor de este actor matiza el cuento, le da un tono tragicómico, rayano en el más duro sarcasmo. El otro personaje es una mujer, la elegida. Al principio, nuestro cazador no puede descifrar quién realmente es esta mujer que a todas luces lo está cazando también a él. Solo al final lo sabrá, pero ya para entonces será tarde. Aquí comienza el juego. Un juego macabro, absurdo, escalofriante, lleno de peripecias sexuales y acrobacias insólitas. Nuestro narrador personaje es un vampiro (de eso nos enteramos con absoluta naturalidad, sin descripciones caricaturescas), pero ella… ¿quién es ella? No lo revelaré. Me muerdo la lengua para no revelar el atractivo mayor de esta singular historia y mucho menos su asombr
oso desenlace.
Además de la fuerza subyugante que tiene la anécdota en sí, de lo fantástico y hasta inusual del tema de monstruos en nuestra literatura, yo vislumbro en este cuento un trasfondo filosófico, aunque el autor no se lo haya propuesto o simplemente fluyó de su imaginación, fruto de la cultura acumulada o de la sabiduría que el ejercicio de la literatura y el pensamiento proporcionan al artista. ¿La verdad es engañosa? Lo que parece evidente, palpable, simple ¿acaso en realidad no es lo contrario? La vida está colmada de paradojas, la vida misma es una gran paradoja, puesto que vivimos para morir o vivimos constantemente muriendo. A veces no podemos huir de lo que tememos. A veces lo que se ama y lo que se odia se convierten en una suerte de par ordenado, de binomio indisoluble. A veces terminamos encadenados a lo inesperado, a lo desconocido. Solo vemos y creemos aquello que queremos ver y creer, dice el narrador personaje del vampiro. Nada nuevo en materia de filosofía, por supuesto, pero contado a la manera de Yoss, con el oficio, la garra, el humor y el desenfado de Yoss, resulta una lectura inquietante, sugestiva y sagaz.
El retozo final con los números es muy bueno. No lo voy a contar pero es muy bueno y, sobre todo original, revelador del sustrato filosófico que le adivino a la historia, si bien parezca un chiste, un mero chiste para cerrar con una sonrisa un relato estremecedor.
El Yoss, como lo llaman sus colegas del gremio y el público lector que lo conoce, es un escritor de textos de ciencia ficción, fantásticos y realistas (además es rockero, tocador de armónica y vocalista de un grupo de heavy metal) con una obra que abarca el cuento, la novela y el ensayo. Sus libros han obtenido varios premios y menciones, tanto en Cuba (Premio David de ciencia ficción, 1988; Premio Revolución y Cultura, 1993; Premio Ernest Hemingway 1993; Premio Pinos Nuevos, 1995; Premio Luis Rogelio Nogueras de ciencia ficción, 1998; Premio Cuento de Amor de Las Tunas, 1998; Premio Aquelarre de texto humorístico, 2001; Premio Farraluque de cuento erótico, 2002; Premio Calendario de ciencia ficción, 2004; y Premio La Edad de Oro, de divulgación científico-técnica para niños y jóvenes, 2011) como en el extranjero (Premio Universidad Carlos III de ciencia ficción, España, 2002; Premio Domingo Sant
os de cuento de ciencia ficción, 2005; Premio de novela corta de ciencia ficción, España, 2010; y Premio Julia Verlanger, Francia, 2011).
Sus textos han aparecido en diferentes publicaciones periódicas de Cuba y otros países. Sus narraciones han sido inc
luidas en más de una decena de antologías nacionales y extranjeras. Ha sido antologador de numerosos volúmenes de cuentos.
Entre sus libros más conocidos se encuentran Timshel (cuentos de ciencia ficción, Ediciones UNION, 1989); Los pecios y los náufragos (novela de ciencia ficción, Ediciones Extramuros, 2000); Se alquila un planeta (cuentinovela de ciencia ficción, Editorial Equipo Sirius, Colección Tau, España, 2001); Al final de la senda (novela de ciencia ficción, Editorial Letras Cubanas, 2003); Pluma de león (novela erótica de ciencia ficción, en Ediciones Neverland, España, 2007; y Letras Cubanas, 2009); Las quimeras no existen (cuentos para niños y jóvenes, Ediciones Extramuros, 2010); Leyendas de los Cinco Reinos (cuentinovela de fantasía heroica); La espada y sus historias (divulgación científica, Editorial Gente Nueva, 2012; Condonautas (novela de ciencia ficción, Casa Editora Abril, 2012); La quinta dimensión de la literatura (ensayos, artículos y crónicas sobre la ciencia ficción en Cuba y el mundo, Editorial Letras Cubanas, 2012); La voz del abismo (novela de terror fantástico, Editorial Gente Nueva, 2012).
159
Por Yoss
Para todos los fans de los vampiros
que se ríen de Stephenie Meyers
La fiesta estaba convocada hacia media tarde; una hora absurda para mí, por no decir insultante. Así que, como es lógico, no me aparecí hasta bien caída la noche; mi excusa por la tardanza, si alguna hubiera hecho falta, habría sido que ya he aprendido que los cubanos, con respecto a la puntualidad, son muy religiosos. O sea, que llegan cuando Dios quiere.
Pero, para mi sorpresa, cuando crucé el umbral de la casa del escritor anfitrión, temeroso de ser el incómodo primero, el jolgorio estaba en su apogeo. Por una vez algo en esta isla había empezado realmente temprano. Y además, había bebida como para desbordar el río Almendares. Ron, vodka, cerveza, whisky, hasta ginebra, y por cajas. Cuánta generosidad.
No bebo, pero agradecí el detalle; con alcohol en el sistema todo se me hace más fácil. En pocas palabras, cuando ha bebido lo suficiente, la mayoría de la gente se vuelve menos suspicaz y está más dispuesta a confiar en cualquiera.
Incluso en mí.
Sé que con mi rostro imberbe inspiro tranquilidad, pero las apariencias engañan.
Como de costumbre, no me costó mucho mezclarme con los auténticos invitados. El secreto es adoptar el aire de tener todo el derecho del mundo a estar ahí, ir lo suficientemente bien vestido y, sobre todo, saludar con confianza a tres o cuatro de esos personajes con cara de importantes a los que todos conocen o quieren conocer. Así nadie cuestiona tu presencia en ninguna parte.
Y había bastantes de los “saludables”, dicho sea de paso. Nunca ha sido mi prioridad mantenerme al día en el Who is who de la farándula capitalina, pero incluso así, a ojo, reconocí al realizador de los cortos de Nicanor (alguien me dijo que él además escribía) con su novia adolescente, al mulato gordo que siempre hace esos cuadritos de botes y remos, y al flaco narizón que toca todos los instrumentos en su banda de pop, con el hermano, que va por el mismo camino con un grupito propio.
La flor y nata de la vida cultural habanera. Cineastas, plásticos, músicos y, en especial, escritores; el gremio del anfitrión, claro. Como esos salen menos por TV, no los podía identificar a todos. Sin embargo, descubrí entre ellos a un par de Premios Nacionales, de edad más bien provecta, como es obvio.
Afable, fui extendiéndole la mano a cada uno, empezando por el escritor, que aprovechó para soltarme uno de sus habituales chistes subido de tono. Se cree gracioso, desde que lo conozco siempre trata de parecer un tipo gracioso. Y luego continué saludando al resto de los Vips.
Funcionó, siempre funciona: figuras públicas al fin, los de esa clase están más o menos habituados a que los salude un montón de gente a la que no logran ubicar. Antes de notar cómo había sido, ya estaba yo conversando con una rubia con cara de ángel, embarazada de varios meses, y en consecuencia con unas venas deliciosamente salidas en las piernas, que me contaba muy oronda que era soprano en la Opera de la Calle. Y yo la escuchaba con cara de “qué interesante”, pero en realidad analizando el entorno con ojo de cazador, mientras fingía beber de la botella de Bavaria que el dueño de la casa me había puesto entre manos, tras soltarme otro chistecito más, esta vez no tan bueno como el primero y agradecerme por haber venido a festejar su premio. Y no me pregunten cuál; algo grande de literatura fantástica, en España, con un nombre que me sonó vagamente a pioneros y esas cosas anticuadas.
El caso es que ya llevaba casi una hora inmerso en la pachanga general, y hasta había bailado un par de temitas de los 60, primero con la soprano embarazada y luego con una mulata rapera con un short tan pequeño y desflecado que debía ser ilegal, pero cuyo corazón latía con singular fuerza, cuando Ella llegó. Ya para entonces, en aquel apartamentico de planta baja en el Vedado había más gente que en el camarote del clásico filme de los Hermanos Marx (¿no lo han visto?, ¿qué esperan?) y el nivel de alcohol y otros euforizantes andaba por la estratosfera. Algunas parejitas se devoraban en los rincones.
En fin, una fiesta genial.
Cuando Ella apareció en la sala, acaparó la atención de todos y se produjo un extraño silencio en medio del bullicio. Fue tan breve, que la mayoría ni siquiera debió notarlo. Pero yo sí. Tengo un oído sensible, al igual que el resto de mis sentidos. De todos modos, no fui el único que le clavó los ojos, ni remotamente; no reparar en su presencia habría sido tan imposible como pasar por alto a un aura tiñosa blanca. No sabría decir qué es lo que la distinguía tanto, desde luego no era su peinado, ni la ropa ni los zapatos que usaba. Llevaba una media melena oscura, vulgar y bastante descuidada; un vestidito de jean por la rodilla, de esos llamados tos tenemos, de seguro comprado en rebaja a los merolicos y, para rematar el fashion crime, calzaba unas zapatillas sin tacón que hasta medio marimachitas parecían.
Tampoco era el modo de caminar, con ese aire de perdida. Se notaba a la legua que no era de aquel ambiente. Casi daban ganas de acercársele y soltarle a boca de jarro el clásico: ¿qué hace una como tú en un sitio como este?, ¿quién te invitó aquí?, ¿cómo te colaste?, a ver si se asustaba y se ponía a llorar ahí mismo, se mandaba a correr o qué.
Casi. Pero no lo hice. Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Y no vale la pena aclarar aquí de cuál de los dos tengo más. Ante la duda, la espera alerta es la opción más prudente. Tardé muchos años en aprender esa lección. Así que preferí quedarme al acecho, observando divertido cómo los predadores de siempre (anfitrión incluido, aprovechando que su novia hablaba en ruso con una colega de la FLEX) sí caían en el tópico y se le acercaban uno tras otro. Todos llegaban de manera falsamente casual, hacían su movida y ella los rechazaba con cierta elegancia.
No, no iba a ser tan fácil como muchos creyeron.
Diferente y esquiva. Pues bien; si a la primera ojeada ya me había llamado la atención, era señal que me gustaba de verdad y que podía considerarla en serio como mi prospecto para la noche. Al carajo la linda rubia soprano y sus venas en relieve, si bien las embarazadas tienen un morbo especial que me atrae. Y la rapera del minishort deshilachado y el latido de doble bombo también.
Lo intrigante, repito, es que ni lejanamente podía decirse que Ella fuera la más linda o la más buena de la fiesta. Porque la competencia estaba fuerte. La lírica grávida y la cantante de hip hop no eran tampoco lo mejor de la noche, ni mucho menos: en la sala había otras de una belleza apabullante, aunque hubiese más queratina por metro cuadrado que en muchas peluquerías, y si se sumara la longitud de todos los tacones altos de las distinguidas damas presentes, seguro que cubriría por lo menos la mitad de la distancia Tierra-Luna.
Una fiesta premiada, al menos para cualquier macho varón masculino cubano. Buenos especímenes de verdad; ni en la Fábrica del Arte Cubano suelen verse tantas y tan disponibles, con perdón de Equis Alfonso. El escritor anfitrión sería todo lo egocéntrico y extravagante que se quiera, con su pelambre castaño oscura que ya blanqueaba a los lados de la frente y su insistencia en la ridícula moda de los 80, pero desde luego, debía ser bueno en lo suyo, y el premio ganado importante. Se había gastado el baro en aquel party, y vaya si tenía control de las niñas. Me hice el propósito de volver alguna que otra vez por allí. No estaría mal entablar amistad con alguien así. Podría convertirse en un proveedor regular.
Llámenme machista, si quieren, porque lo soy. Pero desde que llegué, incluso antes de empezar a conversar con la soprano embarazada, ya había tomado nota de tres o cuatro ejemplares femeninos, clase extra, todas en apariencia ideales para un banquete de fin de semana. Aunque preferí no abordarlas directamente. Hábito de cazador, supongo, que sabe que el rodeo, como un círculo que se estrecha, es la mejor manera de acorralar a la presa.
Estaba, por ejemplo, aquella rubia (teñida, sí, pero ¿quién puede aspirar a la autenticidad total en estos tiempos?), de piernas interminables, con su vestido rojo de falda tan breve que más bien era un cinto ancho. Ya con suficientes tragos, bailaba encima de una mesa, rodeada de moscones que se babeaban con el show de su ínfima ropa interior, extrañamente blanca. Toda una rarity, en eso mi olfato no me engañaba.
Y la otra pelirroja con la mitad de la cabeza rapada y aquel blusón verde botella suelto, como para dejar bien claro que su agresivo par de misiles frontales no necesitaban de ninguna ayuda para desafiar la gravedad. Tenía un tumor cerebral inoperable y aún no lo sabía, la pobre. Si la eligiera, creo que le haría un favor.
Más aquella mulata achinada con la pasa alisada y recogida en una trenza casi por la rodilla y el jean amarillo, elastizado y ceñido, a tal grado, que seguramente habría necesitado lubricante para poder entrar en él. Sicklémica, con glóbulos rojos en forma de medialuna, algo especial, todo un boccato di cardenale para los de mi condición.
Sí, había para elegir.
Y sin embargo, todas aquellas diosas de carne y hueso parecían opacarse frente a Ella. Tal y como la luz de las velas se avergüenzan cuando se enciende una potente lámpara de arco voltaico en una habitación.
Estaba todavía tratando de determinar qué era lo que tenía de especial aquella muchachita cuando, tras media hora de verla darles parones elegantes pero firmes a todos los Capitanes Garfios que se le acercaron enarbolando sus colores piratas, vino solita hacia mí.
No pude evitar sonreír. Siempre es mejor cazar al acecho que perseguir a la presa. Y ya lo dijo Merimée: las mujeres son como los gatos, que no vienen cuando los llamas, pero cuando no los llamas, enseguida están maullándote entre los pies.
Vi la decisión en sus ojos cuando se me acercaba, abriéndose paso entre la multitud como un rompehielos por la banquisa congelada, así que esperé a ver cómo iba a empezar.
Fue muy original y todavía más atrevida:
─ A que buscas a una más o menos como yo ─ me soltó a quemarropa, la muy kamikaze.
Su acento era extraño, y no es que su español fuera imperfecto, sino el acento, la manera de pronunciar las palabras, lo que me dio a entender que no era su lengua nativa. ¿Francés, inglés? Tampoco. ¿Entonces qué era?
Advertí también que sus ojos tenían las pupilas más oscuras que haya visto nunca. De cerca, su raro magnetismo era incluso más fuerte. No era belleza, ni sex appeal, sino algo más. Pero, fuera lo que fuera, supe que esa noche iba a ser mía hasta la última gota. Soy bueno consiguiendo lo que quiero. Muy bueno. Sobre todo porque son muy pocos los que pueden oponérseme y seguir viviendo.
─No digo que no─ me hice el duro, evitando mirarla a los ojos ─, pero podría haberla encontrado ya.
─Lo dudo─ replicó a su vez, con seguridad desafiante ─. Tú sabes bien que ninguna de esas pitufas me llega a los tobillos, como ninguno de esos mamertos con Converses están tampoco a tu altura. Son vulgares como los marpacíficos. Mientras que tú y yo somos de otra liga, simplemente. Rosas y tulipanes, si lo prefieres. ¿Qué te parecería entonces un pequeño choque de titanes, esta noche?
Por primera vez en décadas me quedé un instante sin saber qué decir.
¿Qué hace un cazador de patos, acostumbrado a que las aves levanten el vuelo con nerviosismo ante su aparición, cuando inesperadamente una de ellas da la vuelta y se arroja en picada contra el cañón de su escopeta?
Nunca he cazado patos, pero supongo que haría lo mismo que yo hice ante su inesperada propuesta.
Apretar el gatillo.
¿Quería ser directa, la muy suicida? Pues yo lo seré más.
─Pues, querida rosa, este tulipán acaba de constatar que quedan por lo menos cuatro horas hasta el amanecer- calculé, fingiendo una concentración que no necesito; sé la hora al minuto sin necesidad de reloj─. Así que tal vez tengamos tiempo suficiente para los preliminares, claro: quitarnos los pétalos, acariciar los estambres y pistilos, todo eso. Sólo queda aclarar un detalle ¿tu casa o la mía?
─Ni una ni otra─ volvió a sorprenderme Ella, ya adhiriendo su cuerpo al mío como una lapa se adhiere al casco de un supertanquero –. Hoy me siento aventurera. Llévame a otra parte. Y, por favor, usa la imaginación y no me decepciones. Nada de hoteles ni de cuartos de los que alquilan jineteras y pingueros.
Sonreí; me encantan los retos. Me hacen sentir joven. ¿Con que la bebita quería aventura? Tal vez saltar la cerca de Zapata y 12 a las 3 de la mañana fuese exactamente lo que necesitaba, y con lo fresco que es el mármol de las lápidas en el sereno de la madrugada…
─Y, por favor, que esté más cerca que el cementerio agregó todavía, restregándose insinuante contra mi muslo ─. Tenemos prisa ¿verdad? Y de todos modos la Necrópolis de Colón ya está un poquitico devaluada después de tanto friki black metalero y emo llorón sin fantasía que acampan en ella cada noche. Sorpréndeme, príncipe tulipán.
¿Acaso leía mis pensamientos? Disimulé mi asombro y le dije, ya echándole con soltura el brazo por encima de sus hombros: Princesa rosa, conozco el sitio ideal y ya podemos ir caminando. Entonces tomé su barbilla entre los dedos y la besé. No colaboró, pero tampoco se resistió; sus labios eran fríos, refrescantes. Me gustó la sensación: era agosto. Por toda Infanta, después de Zanja, o más bien de Zapata, porque no hay que cruzarla, caminando no serán más de 10 minutos; por suerte no llevas tacones, le dije y agregué: Por cierto ¿cómo me dijiste que te llamabas?
─No te dije, ni importa─ fue su respuesta dirigiéndose hacia la puerta con una decisión y una fuerza inesperadas.
Fue en ese momento cuando debí empezar a sospechar, pero, ya se sabe: los dioses ciegan y ensordecen a quienes quieren perder. Y esa noche todos los dioses de todos los panteones habidos y por haber estaban apuntando sus pulgares hacia abajo por mí.
La seguí sin más, y antes de darnos cuenta estábamos atravesando el hervidero de gente retorciéndose al ritmo pesado de la banda de rock favorita del anfitrión, unos neoyorquinos, creo, Man of War o algo por el estilo, qué se le va a hacer, si ya la música barroca pasó de moda ¿no? nadie es perfecto.
El escritor gozaba más que Gozón, moviendo la cabeza como un salvaje en trance. Al pasar lo rocé, y casi con alegría me devolvió el empujoncito multiplicado. Creo que es un baile de rockeros de ahora; lo llaman hardcore, o pogo, no estoy seguro. Para no decepcionar las muchas horas que pasaba a diario en el gimnasio, fingí tambalearme, consciente de que, aunque mis bíceps no fueran tan voluminosos y espectaculares como los del anfitrión, podía hacerlo un nudo ahí mismo, y tan rápido que estaría muerto incluso antes de saber que lo estaba.
Al menos pude salvarme de un tercer chiste verde. Si es que le quedaba alguno por contar.
Salimos sin más incidentes a la calle, que como en toda celebración habanera en planta baja estaba tan llena de gente al igual que la sala, el comedor y los pasillos del inmueble. Una señora sentada en una silla plegable le juraba teatralmente a todo el que quisiera oírla, que esa era la última fiesta que daba su hijo en la casa, porque si la quería volver loca, ella no le iba a dar el gusto, no señor, ella se iba a ir primero para el asilo y, muerto el perro, se acabó la rabia.
Nadie es nunca realmente un héroe para su madre.
A menos de dos cuadras estaba Infanta y San Lázaro, y ya llegamos cogidos de la mano. Mi rosa tenía una mano tan fría como sus labios. Me pregunté qué le parecería el tacto de la mía. No somos célebres por nuestra calidez, precisamente.
Claro, pronto aquella iba a ser la menos importante de sus preocupaciones.
─Es una noche hermosa ¿no? a pesar del calor ─ dije, por decir algo, cuando ya caminábamos por los portales frente al Multicine, con un travesti detrás de casi cada columna.
─Soy de un país incluso más caliente que este─ aclaró ella, y sólo entonces pude ubicar su acento: definitivamente, de Tierra Firme…digo, de América. Me sonaba, de mucho tiempo atrás...
Rastreé en mi memoria. Lo malo de la edad es que los recuerdos más viejos tienen un modo especialmente insidioso de volverse elusivos, así que demoré varios segundos en espetarle, casi seguro:
─ ¿Hablas nahuált, princesa?
─No quieras saber demasiado, príncipe─ me reprendió, burlona ─.Digamos sólo que el de Cervantes no fue el idioma que me enseñó mi madre, y es evidente que tampoco la tuya, mon cheri.
Ya estábamos a la altura de la pajarera, así que me detuve en seco y le espeté, casi amenazador:
─ ¿Quién eres?─mientras hundía los dedos de mi mano derecha en el bolsillo y los sacaba enredados en la cadena del viejo crucifijo familiar, con ademán teatral ─. Nadie había notado mi acento en mucho tiempo.
─Ni el mío─ respondió Ella y acarició primero mi mejilla y luego el añoso rosario de bronce, como para dejar claro que aquella fruslería no podía dañarnos en lo absoluto ─. Nuestros oídos no son como los de ellos ¿verdad?
─ ¿Ellos?─ fingí dudar, mirándola a sus sombrías pupilas, disfrutando inmensamente la pantomima de hacerme el asustado y el suspicaz.
─Ellos─ insistió, pícara ─, los humanos, nuestro ganado, nuestra comida.
No respondí. ¿De veras quería jugar a aquello? Vaya terrible coincidencia.
Caminamos otra cuadra en silencio, a despecho de los siseos y silbidos de los travestis. Los de Infanta son patéticos: más de uno usaba bigote y la mayoría tenían unos brazos de estibador que habrían humillado al escritor de la fiesta que acabábamos de abandonar.
Al fin, decidí seguirle la corriente, a ver qué pasaba. Hacía años que no me divertía tanto
─ ¿Quieres jugar un juego conmigo?─ su silencio me pareció tácita aprobación y empecé a explicarle: –Se llama “Y si fuera”. Tienes que pensar en un personaje, sin decirme cuál es, y yo debo adivinar quién es, con preguntas del tipo…
─ Y si fuera una fruta, cuál sería─ completó Ella, cansina─ .De acuerdo, comienza tú eligiendo a alguien, príncipe.
Así que sazonamos nuestra caminata con algo de diversión.
Era buena; le bastaron once preguntas para adivinar a Winston Churchill. Tal vez no debí responderle que si fuere un perro sería un bulldog. Pero yo no me quedé atrás y sólo necesité nueve para Cleopatra. Otra vez los animales delataron: no debió decir que si fuera a suicidarse usaría un áspid.
De todos modos, era irrelevante. Creo que los dos sabíamos adónde queríamos llegar.
A la altura de la panadería de Zapata me hizo la verdadera pregunta:
─Y si fuera un vampiro ¿cómo sería su vida?
Estaba esperándola, así que declamé con soltura:
─ Se llamaría Paul La Fere, vizconde, hijo mayor de un refinadísimo, pero casi arruinado, conde de Perigord. Habría nacido bajo Napoleón III, y en la guerra franco prusiana de 1870 un capitán vampiro de las huestes de Bismarck lo habría mordido, aunque una explosión de granada hizo pedazos al alemán, regalándole a un asombrado Paul ( aún adolescente) la juventud eterna y la inmortal no vida que nunca pidió. Luego vino a Cuba y esto fue una verdadera hazaña para seres que no pueden cruzar el mar habitualmente ni soportar la luz solar. Aquí peleó bajo las órdenes de Quintín Banderas y, si bien no era moreno, en la llamada república se sumó a la asonada de Estenoz e Ivonet, una guerrita que terminó en una horrenda carnicería allá por el 1912. Los guardias rurales que lincharon a cerca de tres mil negros en Oriente también lo dieron por muerto a él. A pesar de estos sangrientos episodios y otros inconvenientes, la isla le encantó y decidió hacerla su nuevo hogar.
Y entonces, cuando cruzábamos Zapata justo en la esquina donde nace, rompí las reglas.
─Ahora dime tú, o mejor, tu personaje, si también fuera una vampira ¿cómo sería?
─Se llamaría Enriqueta Concepción Ibargüengoitia y Elizagaray─ dijo Ella, sin dudar un instante y continuó: dama vizcaína de augusta prosapia, criada en el virreinato de Nueva España. Siempre quejándose que se aburría entre las legiones de criados de su enorme casa solariega, sin más futuro que el matrimonio con otro noble hispano. Hasta que de repente se vio atrapada en tornado de la historia y lloró de añoranza por su pasado aburrimiento. Las turbas harapientas de Hidalgo, el cura insurgente, entraron en su casa y mataron a toda su familia; a ella la violaron muchas veces, y tal vez habría muerto, pero su nana, una mestiza versada en las artes oscuras de los sacerdotes de las antiguas pirámides mayas, tuvo compasión de su miseria y vergüenza. Cuando la sangre de su honra mancillada aún estaba líquida en sus vestiduras rasgadas, la succionó sin vaciarla, trasmitiéndole su don y su maldición, y haciéndola prometer que en lo adelante sólo se alimentaría de hombres, para vengarse. Cosa que cumplió y cumplirá…
─Eres buena improvisando─ la interrumpí con una sonrisa burlona ─.Es una historia hermosa y, supongo, que hoy me toca ser tu cena, vampira feminista Enriqueta Concepción Ibargüengoitia y Elizagaray.
─ Y yo la tuya, vampiro Paul La Fere ─ me devolvió el golpe sonriendo también. Luego alzó la vista y miró en derredor, curiosa: ─ Infanta y Zapata─ leyó en voz alta el rótulo de la esquina y a continuación el del negocio de reparación de celulares, lógicamente cerrado e esa hora─. Así que esta era tu sorpresa, pero ¿acaso me has visto cara de teléfono móvil? No me gustan esas brujerías tecnológicas modernas, ni siquiera tengo uno…
─Yo tampoco; ven─ le dije, y bordeamos el ruinoso edificio en cuya planta baja está la Clínica del Celular, hasta llegar a la reja del improvisado parquecito con el que el gobierno de Centro Habana ha intentado en vano borrar la memoria del edificio que allí se derrumbara apenas dos años atrás.
Entonces, con esa soltura tan nuestra que cualquier gimnasta hubiera envidiado, trepé a la verja y, ya encima de ella, le tendí una mano a mi acompañante.
─ No temas, te ayudaré─ le grité.
─ No temo ni necesito tu ayuda ¿has olvidado quién soy─ contestó ella sonriendo y acto seguido saltó por encima del obstáculo, sin siquiera rozarlo.
Créanme, la reja era enorme. Ni Bruce Lee ni mucho menos Jackie Chan lo habrían logrado con tanta facilidad. O quizás si, pero solo al cabo del noveno o décimo intento. Sin embargo, ella lo consiguió desde el primero.
Además del asombro que me provocó su habilidad, debió también despertar definitivamente mis sospechas, pero embriagado por la aventura mi corazón no hacía otra cosa que latir con una fuerza inusual. Mi sentido de tribu no se activaba junto a ella. Las aletas de mi nariz no captaban el conocido olor de mis semejantes. Ingenuamente supuse que era una atleta fuera de liga y, al final de la noche, una cena cómoda y espléndida: sangre rica, bien entrenada, toda una prelibatezza.
Solo vemos y creemos aquello que queremos ver y creer.
─Paul ¿tu idea del placer es hacer ejercicios a dúo en plena madrugada?─ ironizó Ella, observando los equipos de gimnasia empotrados en el cemento en un rincón del parquecito, tras el único árbol.
No me molesté en responderle, en decirle que si me daba la gana podría arrancar todos aquellos aparatos del concreto y lanzarlos a la calle sin apenas jadear, sin que me faltara siquiera el resuello (claro; temía que la emoción que estaba sintiendo se rompiera ahí mismo). Me limité a señalarle un gran agujero en la pared de ladrillos, a la altura del segundo piso.
─Allí estaremos seguros, tranquilos; nadie sube, solo hay peligro de derrumbe, pero ambos somos ligeros ¿no?─ le dije.
Ella no me respondió. Tomó un pequeño impulso y apoyando un pie en verja, saltó de nuevo con pasmosa destreza hasta el primer piso, y desapareció en la oquedad. Todo con elegancia, con la etérea gracia de la mejor bailarina del universo.
Ahí sí que debí recapacitar; ningún humano podría haber hecho eso, y menos con tan refinada soltura. Pero en su vuelo había alcanzado a entrever la línea de trasero. No llevaba ropa interior y un tropel de imágenes picaras, frenéticamente eróticas embotó mi habitual precaución. ¿Qué podía temer? Pese a su cháchara y agilidad, ella no olía ni se comportaba como uno de nosotros y, de cualquier forma, un no muerto no mata a otro no muerto, es una de nuestras escasas leyes. Por otro lado, tampoco tenía pinta de cazadora ni en el entorno había nada que pudiera servir como estaca. Por eso intuí que no había peligro. Por eso lo vi todo como el juego de una nenita con ínfulas de vampira. Pues bien si quería jugar a eso, se iba a llevar una gran sorpresa. La última de su vida.
Salté siguiéndola, con la misma facilidad que Ella desplegara. A fin de cuentas yo sí era un vampiro, un auténtico vampiro. Pese a la oscuridad, mis ojos localizaron su silueta. Me esperaba desnuda: demasiado seno, talle grueso, falta de caderas, piernas delgadas. Nada espectacular, como otras beldades que vi en la fiesta del escritor. No obstante, su cuerpo me atraía como la luz de una lámpara a la polilla. Sus arterias hinchadas de sangre luminosa. Imposible resistirme al llamado de su fuerza vital. Y sus manos, aunque frías, eran tan sabias, y su lengua tan astuta.
Jamás podré recordar cómo me desnudé. Normalmente ni siquiera me tomo el trabajo de llevar el teatro tan lejos; sin sangre que circule, no hay erección posible. Pero esta vez valía la pena mantener la ficción hasta el final: bastaría con un solo trago de su elixir para subsanar aquel problema; ella realmente se merecía lo mejor.
Me sorprendí deseando penetrarla, un deseo vehemente de penetrarla, algo que creía haber olvidado en los últimos dos siglos y medio.
Ah, si hubiera escapado entonces.
No lo hice. Estaba en sus manos, y aún sabiéndolo, por un largo instante fue agradable dejar que ella me manoseara. Era fuerte, muy fuerte; me tendió sobre mis espaldas y se montó sobre mí a horcajadas, pero cuando quise apartarla para evitarle la decepción de un tejido seco y frío, giró su cuerpo y su lengua comenzó a lamer mi méntula deshinchada, como proponiéndome secundarla en la travesura. De repente comprendí que debía poner fin a la farsa. Su arteria femoral, a un lado del muslo, justo junto a su vulva espumosa, latía tentadoramente. Después de todo, sangre es sangre venga de donde venga ¿no? Sin pensarlo más, clavé los colmillos casi en la ingle, con la suave destreza de siglos de práctica, y comencé a chupar su vida, sintiendo como mi cuerpo se hinchaba con su sangre. Como siempre, yo no sentía culpa. Ella moriría satisfecha. ¿Acaso no era eso lo que ella misma había elegido? ¿Acaso no era ese el juego que me había propuesto?
Éramos el signo de Piscis. El mítico 69.
Ella gimió, pero su boca no se separó de mi tejido ahora revivido, colmado de su vida robada. Me basta con el placer que siento cuando me alimento de hombres o mujeres. Será por eso que los seres de la noche, como suelen llamarnos, prestamos tan poca atención al sexo. Con solo chupar nuestra comida logramos el placer. Sin embargo, experimenté de nuevo aquella sensación casi olvidada. En mi poético francés natal se le dice petit mort, y nunca antes lo entendí tanto como entonces. Morí brevemente en su boca, cuando partes de mi cuerpo que llevaban siglos sin funcionar se activaron, vaciándome de ese otro líquido vital que Ella tan sabiamente estaba cosechando y absorbiendo. ¿Quién dice que un vampiro no puede tener un orgasmo? ¿Quién dice que dos vampiros no pueden tener orgasmos? ¿Quién dice que un vampiro no puede alimentarse de otro vampiro? Y, sobre todo ¿quién dice que existe solo un único tipo de vampiro?
Es irónico.
Han pasado tres semanas desde aquella noche y aún seguimos aquí ensamblados, sin que ninguno de los dos haga algo por zafarse. Y si alguien piensa en el perro y la perra enganchados en plena calle, acertará. Solo que esto es peor, porque dura más, mucho más. Y no creo que pueda resolverse arrojándonos agua caliente.
El segundo piso resultó ser un escondite mejor de lo que creí. Un cubil polvoriento e incómodo, sí, pero de tinieblas casi totales. Al caer la tarde, cada día, penetra por pocos minutos un aislado rayo de sol, pero ni siquiera se nos acerca. Lástima. Varias veces me he sorprendido pensando que quizás sería preferible movernos hasta que los rayos ultravioletas nos alcanzaran, y así liberarnos de esta terrible fijeza, que es lo mismo que decir de esta no vida y no muerte. Sin embargo, no tiene sentido intentarlo si Ella insiste en que permanezcamos inmóviles.
Por lo visto, la única cosa que tenemos en común: el sol, nos mata. Bueno, eso tal vez fue al principio, ahora compartimos muchas más. Ahora, tras haber succionado la fuerza de su sangre y Ella a su vez mi líquido seminal que mana en níveos borbotones de mis entrañas, compartimos muchas más cosas.
Decían los antiguos romanos “in vino veritas”. En el vino, la verdad. Pues en la sangre, mucha más. Por eso ha sido siempre tan difícil matarnos. Con la sangre tomada, tomamos también el conocimiento de nuestras víctimas.
No es posible mentir así. Por más que ambos lo hiciéramos.
Ya sé que Ella, mi rosa, nunca fue esa castiza señora llamada Enriqueta Concepción Ibargüengoitia y Elizagaray como quiso hacerme creer, sino la criada india, una superviviente del inexplicable ocaso y abandono de Chichen Itzá que luego medró entre los toltecas y luego los mexicas y los españoles, hasta hoy. Su nombre original era Xochilt, que en nahuált significa flor. Le queda perfecto: una extraña flor vampira, devoradora, no de hombres sino de sus masculinidades, una criatura tan extraña que los orgullosos conquistadores ibéricos siempre la creyeron una simple versión local de sus súcubos cristianos.
¿Súcubos? Ahora que lo pienso, también, quizás. Vampiras de semen, bebedoras de semen, fanáticas del semen. Los antiguos habitantes de Yucatán conocían bien a los monstruos de su clase; los representaban como hermosas mujeres con cabeza de calavera. Vidas con cabeza de muerte.
Es una metáfora, supongo. Tiene que serlo. De todos modos, no puedo bajar la vista para verle el rostro ni estoy seguro de que me atrevería, si pudiera.
Mejor no saberlo.
Por supuesto, ahora que Xochilt me ha bebido hasta el tuétano de los huesos, también sabe todo sobre mí. Presumo que si pudiera abrir la boca y reírse del aristocrático y aventurero vizconde Paul La Fere, fantasmal monigote que existe nada más que en mi imaginación, sacado de Los Tres Mosqueteros de Dumas, lo haría a carcajadas.
Se reiría porque ya ha desenmascarado al auténtico Denis Leclerc, pobre pilluelo de los muelles de Marsella, que nunca conoció a su padre y vio morir borracha a su madre prostituta. Y probablemente, habría también muerto él mismo de hambre, si no llega a ser atrapado una noche por un vampiro egipcio, tan anciano que ya bordeaba la senilidad.
Porque solo así se explica que absorto en casi vaciarlo de sangre, el anciano ente se dejara sorprender doblemente por una cuadrilla de cazadores del Santo Oficio y por el alba. La letal combinación de las estacas y los rayos matutinos fue demasiado para el viejo vampiro de la Menfis de la IX Dinastía, pero la nube de polvo que quedó de mi involuntario benefactor me ayudó a escapar, a pesar de la debilidad que sentía. Fue la última vez que pude ver el sol, porque a partir de esa noche comenzó mi metamorfosis y con ella la incontrolable sed roja que desde entonces nunca me abandona.
Es curioso cuánto se parecen nuestras historias. Sospecho que los plebeyos siempre intentamos adornar la pobreza nuestra cuna con pomposas leyendas. Me pregunto si nuestra verdadera naturaleza no decepcionaría a más de un autor o autora del género, tan dados a crear personajes aristocráticos y sofisticados. Un ama de cría y un pilluelo de puerto. Más bajos o más vulgares, imposible.
Cierto que nada de eso importa ahora. Lo único que cuenta ahora es que yo no puedo soltarla ni ella puede soltarme. Porque el primero que lo haga no tiene modo de saber si el otro hará lo mismo o se aprovechará para sacarlo del juego de una vez y por todas, vaciándolo de su fuerza vital hasta la última gota. Y ese precisamente es mi plan. No puedo evitarlo, es mi naturaleza, como dijo el escorpión de la fábula tras picar a la rana que lo cruzaba el río, provocando la muerte de ambos.
Así que aquí estamos, sintiendo el ruido de los autos, las conversaciones de la gente, el timbre de los celulares en el cercano negocio, el jadeo de los que aman el ejercicio físico y cada tarde vienen a fortalecer sus músculos en el gimnasio al aire libre del parquecito adyacente. ¿Por cuánto tiempo estaremos aquí? Quién sabe. Tal vez meses, años. Pero, claro, este lugar no es una pirámide ni mucho menos. No fue levantado para durar milenios. Es un edificio viejo y apuntalado, como muchos de la otrora fascinante ciudad, y está en una situación tan crítica que ni el más desesperado de los palestinos se atrevería a instalarse aquí. Eso me da tiempo, seguridad y la esperanza de que en cualquier momento todo se venga abajo. Lo malo es que el derrumbe también podría aplastarnos.
Es el 69 de la eternidad.
Recuerdo el chiste que me contara el escritor en la fiesta que ya me parece tan lejana en el tiempo.
¿Qué es un 114?
Respuesta: cuando estás haciendo un 69 con la esposa de un militar y de pronto sientes que él te pone una 45 en la cabeza.
69 + 45, da 114. Matemática del humor y del sexo. Ingenioso ¿verdad?
Pues Xochilt y yo lo hemos mejorado. Vean si no:
¿Qué cosa es un 159?
Respuesta: cuando estás haciendo el 69 y de pronto tú y ella se ponen sendas 45 en las respectivas cabezas, y ninguno de los dos se atreve a apartar el arma, ni puede tampoco apretar definitivamente el gatillo.
17 de marzo de 2014
Editado por: Diana Fernández
