El mundo es un hilo de nombres
Ya desde el título, El mundo es un hilo de nombres, Denise León revela el impulso metafórico que recorre estos ensayos: el texto como ciudad, como laberinto, como geografías físicas y mentales del exilio, como el cuerpo, como la casa. Y ese gesto no es inocente; la lectura sagital que practica León deja expuesta esta veta central a la poesía de José Kozer que también apunta a una continuidad metafórica, a una circulación orgánica entre la escritura y la fisiología, entre los libros y la vida, entre el texto y el ser. Denise León ve en Kozer “un hombre que habla, hace una pausa y vuelve a hablar en un poema infinito hecho con los restos del día”.
Desde esta perspectiva, e intentando “restituir al texto el espesor y la riqueza de la vida del creador”, León explora la imagen que Kozer crea como correlato público de sus poemas (autofiguración); el tema de la familia como hilo conductor (la saga familiar); y los relatos que el poeta se cuenta a sí mismo (poéticas de la intimidad). Pero León ensaya mucho más que una serie de ejercicios teóricos; nos ofrece un estudio genealógico y genético donde no falta ninguna referencia, ya sea de los hitos de la producción misma de Kozer como de la coyuntura neobarroca en que se inserta su obra. Y por sobre todo aporte, León enriquece el cuerpo crítico que se viene acumulando en torno a este poeta gracias a una atenta relectura de la dimensión judaica de su poesía.
Otro elemento que diferencia a este entre otros libros de análisis literario es el espíritu especulativo que lo inspira. Libre de los tics y espasmos académicos, y concebido desde la intuición poética, este detallado estudio se nos muestra más interesado en vislumbres y soslayos que en objetivaciones y frontalidades. Refiriéndose, por ejemplo, a la ¿improbable? relación entre la teoría post-estructuralista y el misticismo judío, León escribe: “La intención de mis reflexiones no es la de desenmascarar una influencia entre ambos fenómenos, sino sugerir una afinidad, un modo compartido de pensar y de escribir el mundo aunque ese mundo sea inevitablemente otro".
En última instancia, este libro, que fluctúa con total naturalidad entre la minuciosidad hermenéutica y el pantallazo histórico, es una generosa introducción a la poesía de José Kozer. León hace crítica a vuelo de pájaro y lectura de cuerpo a tierra, y al fin renueva en nosotros la certeza que entre tanto “desenfreno lingüístico” la mayor ambición de Kozer es la de volverse lenguaje. Como el agua que busca al agua, Kozer anhela su origen lingüístico. Esto es lo que intuye León cuando escribe: “Nunca sabemos con precisión adónde se dirigen [los poemas de Kozer], solo sabemos que están en permanente viaje y que van de un punto a otro reelaborando la tradición como forma de supervivencia, como si la meta fuera siempre y obstinadamente el origen". Quizá así, leyendo sus poemas como hoja de ruta hacia ese destino original que es el lenguaje, pueda entenderse la idea repetida por el propio Kozer de que todos sus libros no son más que el hilo de un solo poema, y que después de terminado el poema 10.000 comenzará a escribir el último, cuyas líneas se extenderán, más allá de la muerte, en una descomunal acrobacia elíptica.
Esa es la última de la traducciones posibles, la magia alquímica que devuelve nuestro cuerpo al texto del que estamos hechos, el verdadero retorno desde nuestro largo exilio en la materia. En todo caso y por ahora, seguimos escribiendo, y León sabe que ante la obra de Kozer (así como ante toda buena escritura) el crítico literario está destinado a convertirse en una paradoja: porque articular la inefabilidad lo disminuye y abstenerse, lo eclipsa definitivamente. Si acaso Kozer es un poeta descomunal, el lector de Kozer toma un doble riesgo y como tal; Denise León abraza con dignidad intelectual y penetración de estilo, esta imprudente descomunalidad.
