Cuba y las razones por las cuales los Estados Unidos no firmaron el Tratado de Versalles.
Al comienzo de la Primera Guerra Mundial los Estados Unidos habían decidido conservarse neutrales para capitalizar las posibles ganancias de aquella conflagración, de esa manera crecieron las recaudaciones de su banca como resultado de las deudas adquiridas por los países europeos en conflicto. Sin embargo, cuando Alemania inició la guerra submarina en todos los océanos ello puso en riesgo los intereses norteamericanos, con lo cual no les fue posible mantenerse neutrales. Según el historiador Eugenio Tarle, Thomas Woodrow Wilson como presidente de los Estados Unidos, “veía en la victoria final del capital financiero alemán una grave amenaza futura para el capital norteamericano”.1
Cuando Cuba le declaró la guerra al imperio alemán el 7 de abril de 1917, un día después que lo hicieran los Estados Unidos, surgió una relación de compromiso cercano entre ambas naciones. Sin embargo, ese entendimiento entre La Habana y Washington debió enfrentar un desafío al concluir la contienda con los acuerdos de Versalles.
Al finalizar este gran conflicto bélico se conformó un nuevo orden mundial con la firma del Tratado de Versalles. En el Senado cubano tuvo lugar una relevante discusión para establecer si la República debía sumarse a la firma de ese convenio, en esa polémica se develaron los motivos por los cuales los Estados Unidos se oponían a ese acuerdo global. Algunos senadores de la isla estaban temerosos de posibles represalias por parte de Washington si no seguían su misma actuación y fue justo allí que Cosme de la Torriente expuso la oportunidad que ofrecía ese convenio para los intereses cubanos.2
Según Torriente, las diferencias de Cuba con los Estados Unidos no implicaban que la isla necesariamente tuviera que enfrentar la presión norteamericana, pues los dos países partían de realidades distintas. Aunque el presidente Wilson había integrado el selecto grupo de redactores del Tratado de Versalles, lo cierto fue que en los propios Estados Unidos hubo de enfrentar las reclamaciones de diversos sectores de poder. Aunque el ejecutivo estadounidense y los congresistas del Partido Demócrata se manifestaron a favor de la firma del tratado, otros poderosos sectores del Partido Republicano se oponían. Por todo ello no fue posible arribar a concenso sobre este tema en un país diverso y complejo como los Estados Unidos.
Wilson había participado en la confección inicial del tratado, aunque hay historiadores que afirman que fue el primer ministro de Francia, Georges Clemencau, quien asumió un mayor protagonismo en esas negociaciones. Se alega que Clemencau, con su actuación impositiva, dejó sin efecto muchas de las objeciones de los representantes de Gran Bretaña, el primer ministro Loyds George, así como del presidente Wilson.3
Por otro lado, miembros del Partido Republicano temían que se conformara un nuevo orden mundial donde los Estados Unidos podían ceder posiciones ante las metrópolis europeas. En ese sentido dudaban del futuro que podía tener la doctrina Monroe, “América para los americanos”, si se adquirían ciertos compromisos con el Viejo Continente. Desde la perspectiva cubana Torriente consideraba que eran las grandes potencias las que debían arreglar esos problemas y que ello, a la larga, no podía afectar a Cuba.
Otra reserva importante de los Estados Unidos a la paz de Versalles era la relativa al destino de las antiguas zonas de influencia de Alemania en China. Desde que dicho país había aprobado la política de “puertas abiertas”, los Estados Unidos apetecían esas posesiones alemanas que ahora iban a pasar a Japón. Al imperialismo estadounidense no le satisfacía que los europeos le consintieran a dicha potencia emergente el dominio de esas regiones de Asia.
Un cuestionamiento importante de los norteamericanos a lo pactado en París tenía que ver con la relación ambivalente que sostenían con Gran Bretaña, de nuevo los recelos imperialistas estaban presentes. Como resultado del armisticio, se convocó a los firmantes para que formaran parte de la Liga de las Naciones donde las colonias del Reino Unido serían miembros efectivos. Bajo esa premisa, era posible que en las resoluciones que emitiera este organismo internacional Londres se asegurase una clara hegemonía. Otras regulaciones del Tratado de Versalles que no causaron agrado en Washington se referían a los límites en cuanto a los dispositivos bélicos que debían poseer los países firmantes de la Liga, algo que podía comprometer su propósito de hegemonía mundial.
Por último, había también una controvertida disposición del Tratado de Versalles que podía poner coto a las ansias imperialistas de los Estados Unidos. Se trataba del artículo 10, el cual establecía que todas las naciones signatarias debían responder de conjunto a una posible agresión sobre cualquiera de los Estados miembros. En este aspecto, Washington no admitió subordinarse al conjunto de viejas potencias europeas.
Por su parte, Cosme de la Torriente estimaba que este artículo podía serle útil a Cuba, ya que ello reforzaba su independencia ante posibles proyectos coloniales de las metrópolis europeas.4 Al final Torriente, Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, logró su propósito de que Cuba firmara la paz de Versalles y con ello adquiriera el derecho de integrar la Liga de las Naciones, tomando así una relativa distancia de los Estados Unidos.
Citas y notas
1-Eugenio Tarle. Historia de Europa (1871-1919). Editoral de Ciencias Sociales, La Habana, 1974, p. 348-349.
2-Cosme de la Torriente: “El tratado de paz de Versalles”, discurso ofrecido en el senado de fecha 17 de diciembre de 1919. En: Cuba en la vida internacional, volumen II. Editorial Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Cia., La Habana, 1922, p. 111-119.
3-Eugenio Tarle. Ob cit. , p. 430-433.
4-Cosme de la Torriente: Ob. cit., p.117-119.
