Pintura y poesía de altos quilates
Todos los meses la escritora Lina de Feria da gracias a la vida y nosotros; los asiduos a su peña le agradecemos a ella por traer a nuestras vidas momentos de tan novedosa y selecta literatura. Este jueves la sede no fue la Casa del Alba Cultural sino la librería Vietnam, cita en Galeano y San Rafael, en las mismísimas postrimerías del transitado bulevar habanero.
Los invitados fueron esta vez el historiador y poeta Marcelo Morales y la escritora Isabel Rodríguez, conocida artísticamente por el pseudónimo Casiguaya. La tertulia siguió la cubanísima costumbre de postergar las arrancadas, y la espera, como es lógico, genera tensión en las audiencias. Pero la poesía del joven escritor azuzó la atención del público cuya única queja, luego de escucharlo, fue la brevedad.
“A El Impredecible, Marcelo Morales lo vi nacer”. Así nos presentó Lina de Feria a este bardo a quien le sobran palabras justas, inquietudes y talento. Después, la anfitriona acotó que Morales es graduado de Historia en la Universidad de La Habana, que estudió Lenguas y que no se atreve a ubicarlo en ninguna promoción poética pues su lírica se diferencia mucho de su entorno.
Luego de la obligada introducción, llegó la voz pausada y profunda del poeta desde la cual pudimos alcanzar la cima de sus cavilaciones sobre esta Isla que es la suya porque así la siente y no porque lo vio nacer. Marcelo compartió poemas de su libro El mundo como ser, un texto casi filosófico donde los encabalgamientos se dan cita, junto con los extranjerismos y aquella visión realista, cruda a veces, de su contexto.
“El mundo no había cambiado, pero yo sí”, reconoce Morales en uno de los versos cuya tesis es precisamente aquella que sugiere el estatismo crónico como causa y consecuencia de la realidad que le rodea.
Luego de disfrutar la poética de finas líneas de Marcelo Morales, nos encontramos la delicada conversación de Casiguaya, cuya pasión por la pintura asume la misma intensidad que sus tonos sobre el lienzo.
Hechizada por el color desde niña, Isabel Rodríguez ha dedicado su vida a pintar, incluso cuando su salud trató de oponerse a su voluntad, el deseo de decir mediante el pincel fue más fuerte, y en tal grado que hizo florecer el milagro y la liberó de una cirugía que pudo haberle costado la vida.
Casiguaya confesó estar obsesionada con las flores y los niños, motivos reincidentes en sus cuadros. “Cada vez que tomo el pincel y lo suelto sobre el lienzo, sale una flor”. Pero lo más relevante de su obra quizás no sean sus temáticas, sino mas bien su técnica y oficio, o quizás, su talento para trabajar los colores.
Para ella es muy fácil “ir de una gama a otra, penetrar en los azules y desplazarse lentamente hacia el blanco”. El color la inspira y la complace. A nosotros, los consumidores de sus piezas también nos complace, como nos satisfizo su compañía y la de Marcelo Morales en una tarde que terminó con trova. Una tarde de arte, definitivamente, por la cual es justo darle gracias a la vida.
