Natividad N. Medero Hernández: Suárez Tajonera es el Padre de la Estética en Cuba
El orgullo de un maestro es
hablar por boca de sus discípulos.
P. Félix Varela.
La vida nos depara sorpresas (agradables o no), pero, en este caso, me obsequió una que no esperaba, pero sí deseaba con todas las fuerzas de mi ser: haber conocido personalmente a la doctora Natividad Norma Medero Hernández, discípula, colega e hija intelectual y espiritual del doctor José Orlando Suárez Tajonera (1928-2008), profesor emérito de la capitalina Universidad de las Artes (ISA), quien —desde hace más de un lustro— marchó al espacio infinito lleno de música, luz y color, para encontrarse con el Espíritu Universal; leitmotiv en la obra poético-literaria y periodística de José Martí, uno de los referentes éticos en que el Padre de la Estética en Cuba estructurara su fecunda actividad docente-educativa, tanto en la bicentenaria Alma Mater, como en el ISA.
Miembro de la sección de Crítica e Investigación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), la doctora Medero Hernández es profesora principal de Estética en el ISA, y cuando le propuse entrevistarla para que nos relatara la estrecha relación afectivo-espiritual que la uniera al maestro Suárez Tajonera, la también subdirectora de la revista Cúpula, editada por ese centro de enseñanza artística superior, accedió de inmediato, y además, me agradeció hacerla partícipe de este “estimulante ejercicio espiritual”, como ella lo califica.
¿Cuándo y cómo conoció al doctor José Orlando Suárez Tajonera, de quien llegó a ser una de sus discípulas predilectas?
El doctor José Orlando Suárez Tajonera ─tal como en otros predios lo serían el doctor José Antonio Portuondo y la maestra Graciela Montero─, fue uno
de los pioneros de la enseñanza de la Estética en el ISA. Motivo fundamental que me llevó a él, en los inicios de la década de los ochenta del pasado siglo XX.
Lo conocí en la Facultad de Superación de la Universidad de La Habana, a instancias del doctor Felipe Sánchez Linares, distinguido maestro y filósofo cubano, a quien desde mucho antes tenía el privilegio de disfrutar —enfáticamente— en su condición de padre de familia. Sánchez Linares fue su colega y amigo, aunque Suárez Tajonera lo reconociera como uno de sus maestros.
No le puedo decir de qué forma llegué a ser una discípula predilecta del maestro —como usted dice— porque no me ocupan ni preocupan algunas cosas. Y aun cuando sé que así fue —porque me lo hizo sentir y saber en más de una ocasión— lo importante para mí sería que ese espacio, que gané en su corazón, era inclusivo y estuvo siempre compartido —entre otros(as)— con la doctora Mayra Sánchez Medina.
Entonces, el maestro cultivó lo que me enseñaron en mi casa: el amor y el respeto a las personas a quienes debo lo que he podido alcanzar tanto en el plano humano como en el profesional. Agradeceré siempre el honor de ser eterna discípula de maestros de la talla de Graciela Montero, persona tan maternal —en el sentido más sublime del término— José Orlando Suárez Tajonera, el “Tajo” (como llegué a decirle, también yo, con mucho respeto y cariño), un ser de otra dimensión, y Felipe Sánchez Linares, ese hombre tan terrenal, exigente y honesto.
En la cálida relación académica, laboral y afectiva que usted estableció con el ilustre filósofo y esteta, ¿cuáles fueron los rasgos de la personalidad del maestro que dejaron una honda huella en el yo íntimo de su alumna, colega y amiga?
En primer lugar, su “espíritu de finura” —como acostumbra a decir otro maestro de nuestro departamento: el doctor Roberto Pellón— síntesis de su sentido de la belleza, el bien, la verdad; y en ese mismo camino, la amistad.
Recuerdo que, en los años 90 del pasado siglo, en respuesta a un llamamiento suyo, nos presentamos Mayra y yo a un examen de oposición, para optar por una plaza de Estética en el ISA; cuando ese ejercicio académico terminó bajamos al comedor y el maestro me dijo: “Normita, cuidado, mira que la modestia enturbia el talento”.
En ese momento, no lo entendí, pero después supe a qué se refería concretamente: él diferenciaba la modestia de la humildad. Muchas miserias humanas —decía— se esconden en lo que algunos entienden por “modestia”; diferenciaba la humildad en relación con la modestia.
Así, me enseñó que humildad es la capacidad de buscar con honestidad lo que puede hacernos mejores seres humanos, es saber que algo se sabe, porque se es consciente de lo mucho que falta por saber, pero que, al mismo tiempo, a todo hombre o mujer le es dada esa posibilidad de acceder infinitamente al conocimiento.
En fin, que el camino es la meta […] y que “no hay que llamar al mundo para vernos pasar”, como diría el Apóstol, el asunto está en poder pasar. Luego, lo que caló con más hondura en mi yo, el auténtico, el verdadero, fue justamente la humildad del maestro y su necesidad de causar placer, de darse y recibir.
En una entrevista que le hice al doctor Suárez Tajonera, insistió mucho en el hecho de que la técnica artística había que espiritualizarla. De acuerdo con su apreciación, ¿qué recursos subjetivos utilizó para espiritualizar la actividad docente-educativa desarrollada por él durante más de treinta años como profesor emérito del ISA?
No creo que utilizara recursos, sé que no se preocupó por “intelectualizar” ciertas cosas. Estoy segura de que lo que le permitió espiritualizar la actividad docente-educativa desarrollada por él durante más de treinta años como profesor emérito del ISA, fue ser él mismo.
Poseer esa inteligencia emocional que le permitía moverse con absoluta soltura en cualquier situación y tuvo muchas situaciones difíciles que enfrentar. Ser auténtico fue la “clave”, la llave que le abrió todas las puertas.
Esa autenticidad que todos saben reconocer y que hacía al claustro del ISA —en pleno— pararse a ovacionarlo […], en cada ocasión en que tuvo la oportunidad.
¿Qué conmoción produjo, en la mente y en el alma de la entonces aspirante al grado científico de Doctor en Ciencias Filosóficas, la antológica intervención del inolvidable maestro en el acto de defensa de su tesis de doctorado?
Esa pregunta es muy difícil de responder. El doctor Suárez Tajonera me ofrecía una protección sin palabras. No puedo ni siquiera recordar exactamente lo que dijo en esa ocasión, porque me emocioné muchísimo.
Lo que sí recuerdo es que sentí, una vez más, que creía, que confiaba en mí.
Eso mismo había sentido en relación con Mayra el día de su defensa, en el 2005, y en otras situaciones o eventos con respecto a algunas otras personas; yo solo puedo decirle que la confianza, que la fe que tenía en sus discípulas y discípulos no se puede traicionar.
En el momento de su muerte, sentí un dolor muy fuerte, y al mismo tiempo, una gran satisfacción, porque sabía que se despedía de esta dimensión en paz, y que, por mi parte, yo había cumplido con él. Resulta que hacía un tiempo atrás había estado muy enfermo y cuando llegué al hospital a verlo, me dijo: “entré al túnel y salí para verte defender tu doctorado”.
En más de una conversación “formalmente informal” con el profesor Suárez Tajonera, me reiteraba que, en el aula, él aprendía más de los estudiantes que ellos de él. ¿Hasta dónde es cierta esa afirmación y hasta dónde es hija legítima de su proverbial humildad; indicador inequívoco de la verdadera sabiduría?
Efectivamente, comparto el criterio del Premio de la Enseñanza Artística 2007, y por supuesto, el suyo.
¿Cómo piensa mantener vivo el legado ético, intelectual, humano y espiritual dejado por el doctor Suárez Tajonera a las actuales y futuras generaciones de profesores y estudiantes del ISA?
Para honrar su memoria, intento ejercer —en todo momento— una ética desde lo estético; esa que descubriera en mis abuelos, cultivada por mis maestros, y develada por el doctor José Orlando Suárez Tajonera, para quien la defensa de la Estética como saber y como dimensión de toda relación humana es lo que ha estado y estará siempre en juego para los estetas cubanos.
Pienso que la mejor manera de mantener vivo su legado es ser lo que soy, procurar ser como él me veía y tratar todo el tiempo de ayudar y ayudarme.
Editado por: Diana Fernández
