España por tres meses: de Málaga a Madrid (V)
Antes de llegar a Málaga, resumí mi estancia andaluza en unas coplas, a imitación de las muchas sevillanas que había escuchado, quizás valga la pena reproducirlas, pues están inéditas:
Te busco, Cuba, te busco / por toda la Andalucía. / No estás en el trigo verde / ni tras la verde colina. // No estás en los pueblos blancos / ni en las costas argentinas, / nada de ti en los olivos / o en las altas serranías. // Casitas de tejas árabes, / no son exactas las mías, / ni las piedras son mis piedras, / ni me entienden las encinas. // Como entre sueños te busco, / Cuba, para mi alegría, / en medio del alto bosque, / en mitad la nieve fina. // Ventas, cortijos, conventos / son diversas serpentinas, / con otra música cantan / otros hombres su poesía. // En frente a la mar te busco, / perla cubana querida, / solo tu luna es la luna, / solo tu tierra es la mía. // Tanto viajar por España / que al sur palpita de vida, / tanto mirar y mirar, / tanto amar la Andalucía, / que no puedo dar contigo, / por mucho que lo querría, / / que no puedo dar contigo, / por mucho que lo querría, / que no puedo dar contigo, / por mucho que lo querría, / Isla limpia en tu mañana / mientras en mí atardecía, // que no puedo dar contigo, / por mucho que lo querría.
Con tales escrituras, inicié mi primera visita a Málaga el 26 de mayo de 1994. Me esperaba en el andén una joven que luego iba a ser una de mis grandes amigas fuera de Cuba, Montserrat Ogalla, quien pasó un poquitín de trabajo para dar conmigo en la estación, y me condujo amablemente a su casa, en un barrio por entonces en expansión. Juan Carlos Trigo, su esposo, lleno de amistad, me dio una bienvenida que aún recuerdo con cariño. Ofrecí mi conferencia en la Universidad de Málaga, coordinada por una amiga de mi primer viaje a Ronda, la Dra. Remedios Beltrán Duarte, Reme. Había unas veinticinco personas y era una sede dentro del centro de la ciudad. Una de los asistentes me dijo “sudaca”, sin que entonces el término connotara ningún elemento peyorativo. Como yo provengo del norte continental y no del sur, pero sí de una isla, le pedí que mejor me tratase de “islaca”. La salida trajo buena risa en el serio ambiente.
El 27 de mayo nos fuimos Montse y Juan Carlos hacia la Axarquía, en Vélez-Málaga visité la Fundación María Zambrano y un breve monumento de recordación a la insigne mujer. Allí todos se habían ido a comer (almorzar), y no pude conocer por dentro la Fundación. Seguimos la Ruta del Mudéjar hasta el pueblo de Archez, entre bellísimos paisajes de montaña, tomamos un ajoblanco en Cómpeta, que me encantó, y visitamos de paso Columbela, Canillas de Albaida, Frigiliana que me dejó tan grata memoria, pasamos por Nerja. Pero caminar y comer en Frigiliana colmó de maravilla el viaje. Todo parecía un divino balcón hacia el Mediterráneo.
Esa noche, Reme me invitó a un excelente concierto en el Teatro Cervantes. Málaga me pareció también una ciudad femenina, pero delicadamente joven. Dediqué todo un día para ir a la Alcazaba, ver desde la cima al Puerto, las ruinas romanas, la espaciosa Catedral, el Gibralfaro, hacia donde me condujo Juan Carlos, y luego nos fuimos con Montse, Reme y él mismo a comer en la playa una caballa, grande y sabroso pescado. En la noche visitamos el Bar Machín, lleno de gentes, donde unos señores de guayabera cantaban canciones de trova cubana. Era estar un poco en la “movida” malagueña, y mis jóvenes recientes amigos disfrutaron tanto como yo la alegría de vivir.
La despedida, el día 29, fue emotiva. Le dije a Juan Carlos que lo esperaba en La Habana, y me respondió con una pregunta: “¿A qué hora?”. Reímos mucho. En verdad durante el viaje hacia Madrid copié una serie de nombres de pueblos que me gustaban como si yo fuese su descubridor: Atarfe, Archidona, Cortijo del Aire, Panteno de Cabillas, Alhama de Granada, Jaén a un lado de la autopista con su castillo visible desde mi ventana, y al pasar en el autobús Enatcar por Despeñaperros, sentí que todo cambiaba, hasta el aire. Había ofrecido en Andalucía diez conferencias, dos recitales poéticos, la presentación de mi “Cuaderno español”, editado en Ronda por Manolo Casillas, tres entrevistas de televisión, por TV Sur, y otras tres de radio, todas en Ronda, más una de televisión en Olvera. No estaba cansado, pues tenía el espíritu muy estimulado.
Ya en Madrid, retomé de inmediato mi trabajo en la Biblioteca Nacional, ºllamé a mi compañero el poeta Alberto Acosta-Pérez en La Habana, envié cartas y postales a amigos en diversos sitios, fui al cine, pasé un rato con Gastón Baquero, quien estaba mal con problemas en sus piernas y fue la última vez que lo visité y que lo vi. Anduve a veces descansadamente por el Retiro. Envié un breve texto para Olvera, sobre mi estancia en el pueblo, que fue publicado en la revista de la localidad. Estuve en contacto telefónico con el editor sevillano. Confirmé mi billete de regreso a La Habana para el 29 de junio. Casi me hice un habitual en la casa de Ángela Ugarte, mi anfitriona, cuyo jardín hogareño limpié por completo.
En este lapso, programamos para cerca de mi salida de España un recital poético mío en Leganitos 10, en la Asociación de Escritores. Me presentaría ante la concurrencia el poeta Justo Jorge Padrón, quien había coordinado todo con José Gerardo Manrique de Lara, presidente de la Asociación. Desdichadamente, ese 10 de junio estaba yo algo deprimido, agripado y nervioso por el viaje próximo; en palabras del pintor Somoza: “leíste muy mal”. Sala llena y concurrencia agradable, como Leopoldo de Luis, Luisa y José Ignacio Diez, Marina Gálvez, Manrique de Lara, Gaspar Garrote y muchos amigos, entre ellos Lourdes Rensoli, el poeta canario Carlos Javier, Salmerón, y muchísimas personas más. No puse el interés debido, no leí previamente mis textos y dejé que todo fluyera con exceso de espontaneidad. Creo que fue la peor lectura de poemas que he hecho, pero esto me dio una experiencia decisiva para actuar profesionalmente en otras ocasiones.
En la Biblioteca Nacional avancé en mi investigación sobre la décima, incluso tuve en manos manuscritos del siglo xvii, algunas novelas de ese siglo que terminaban en décimas o que las contenían, los libros que me faltan por consultar y muchos otros que fui anotando en los viajes catalán, valenciano y andaluces. Ya había narrado mi encuentro con los condes de Monterrón, pero en verdad este se produjo el 3 de junio, en el restaurante y centro social La Gran Peña, al comienzo de Gran Vía. Fue muy agradable. De ese sitio salí directo tras el almuerzo para la Feria del Libro de Madrid, en el parque del Retiro. Caminé mucho entre estantes, observé algunas presentaciones de libros. Me encontré por azar con León de la Hoz, recién llegado de Cuba, con quien no he tenido más encuentros, pues se quedó a vivir en Madrid. Me encontré allí con Felipe Lázaro, a quien visité muchas veces en su casa editora, me dirigí con él a la caseta 265, donde tenía su muestrario ferial. Me obsequió un montón de libros, me invitó a que continuara visitándolo en su editora, y digamos que en esta ocasión me “protegió” de las fuertes invectivas políticas del de todos modos simpático hijo del escritor Cesar Leante, quien me obsequió dos libros de su padre, la novela Calembour y Fidel Castro: el fin de un mito. El primer volumen me gustó bastante.
Con Felipe Lázaro hice entonces una amistad que aún dura, sin que nos frecuentemos, pero respeto y admiro mucho su labor en Betania, su amor y celo por la poesía, su franqueza y honestidad personales. Y, por supuesto, su propia poesía. Mis mejores charlas madrileñas con cubanos fueron con él y con Lourdes Rensoli. A Lourdes la veía casi todos los días en la Biblioteca Nacional, estaba entonces fervientemente interesada en los asuntos del tarot (yo también), y hasta echamos suertes con estas cartas en un rincón de la Biblioteca. Carlos Espinosa me pidió una carta para respaldar una solicitud de una beca y se la entregué manuscrita, más una hoja en blanco con mi firma para que la pasase en ella, acto de extrema confianza que espero haya apreciado.
Con Justo Jorge Padrón y con su esposa macedonia Kleopatra Filipovna pasé ratos de lujo en su casa, almorzamos juntos, fuimos una vez al cine a ver La edad de la inocencia, leímos sobre su poesía y continué con mayor profundidad el libro que yo estaba ya escribiendo sobre su para mí muy grata poesía.
Me vi varias veces más con el amigo José Mari Salmerón, de ilustre familia, visité su casa de campo con amigos y anduvimos en paseos diversos por el centro de Madrid. En esos días conocí nuevos sitios madrileños, en barriadas como la de Utrera. Me encontré con una cubana llamada Estrella y la visité en su casa, con su esposo, hijo del general republicano Modesto. Planeamos un viaje dominguero a Toledo y lo dimos unos días después. En el Ateneo de Madrid participé en un acto de solidaridad con Cuba y leí poemas míos entre otros amigos presentes. Nunca visité la Embajada cubana, pero tenía buenas relaciones con María Regla, que no recuerdo si era adjunta de Prensa o de Cultura…
Me despedí telefónicamente de Gastón Baquero, deseaba que fuese a mi recital en Leganitos 10, pero no pudo, por sus males que ya lo agobiaban. De nuevo en la Feria del Libro, fui con Felipe a conocer a Pío Serrano, conversamos muchísimo sobre poesía cubana. Con María Regla, organizamos en el Ateneo un encuentro de poesía cubana el 23 de junio, que quedó intensamente bien. Tuvimos lecturas de poemas, escogidos por mí, de Martí, Guillén, Florit, Lezama, Dulce María, Eliseo, Cintio, Fina y Mirta Aguirre dichos por actrices madrileñas, y leí breves reseñas mías sobre cada poeta. Lástima que no quedase grabado tan bello espectáculo poético, con sala llena.
Los últimos días madrileños de 1994 fueron para mí sumamente intensos. Recorrí varias veces la calle de Bravo Murillo, que me gustaba mucho, ya tenía costumbre de pasar en la Puerta del Sol por El Corte Inglés, donde una empleada de muestrarios sonreía siempre, ofreciéndome muestras de perfumes en venta, de modo que andaba yo con buenos aromas gratis. Hice visitas finales a mis amigos: al pintor Somoza y a su esposa Amelia, a mis incambiables Dr. Alfredo y su esposa Micky (comimos juntos un cocido madrileño espléndido), a Justo y Kleo en largas charlas sobre poesía, mis abulenses Mariano y Teresa, y sobre todo visité intensamente el Museo del Prado y el Reina Sofía. En la casa de Justo me reencontré con el poeta macedonio Mateia Matevski, tan extraordinario. Junto a Felipe y su amada Mercedes fuimos a comer con el poeta cubano Emilio Mozo a un pub cubano llamado “Aché pa’ti”.
Asistí como invitado a una joven peña en el Café Rey Fernando, con el canario Carlos Javier Fernández, Lourdes Rensoli y un grupo de amantes de la poesía, entre ellos Javier Pérez Castilla, Esther Tusquets, el mexicano Guillermo del Collado. Visité la casa de la mamá de mi amiga Micky, en la calle Príncipe de Vergara, a quien acababan de robar joyas de subido valor, bella y lujosísima propiedad horizontal. Concluí un curso sobre Benito Pérez Galdós que ofrecí a la joven Laura, hija de mi anfitriona y amiga Ángela, en las calles Otero y Delage, donde viví. Di un viaje de placer a Alcalá y otro a Toledo, que merecen crónica aparte. Y concluyo ya esta crónica excesivamente larga, apresuradamente, con cosas aún por contar. Madrid, Toledo, Alcalá bien valen más recuerdos.
