El elegante poeta de las Villas
Que en el presente año hayamos conmemorado dos importantes centenarios para la cultura cubana –de especial significación para la región de Villa Clara– en recordación de las figuras de Samuel Feijóo y Onelio Jorge Cardoso, me hizo reflexionar sobre un aspecto curioso: el que una buena parte de las figuras de relevancia en la literatura cubana hubieran nacido en poblados alejados de los principales centros culturales. Tal sería el caso, entre otros, de los arriba mencionados, y de Guillermo Cabrera Infante, Jorge Mañach, Carlos Enríquez, Pablo Armando Fernández, Carlos Loveira, Virgilio Piñera, y, también en el terreno de la cultura popular y en el mismo poblado que Onelio Jorge Cardoso, de Chanito Isidrón, conocido como “El elegante poeta de Las Villas”. Su condición de villaclareño, unida la recordación tardía de su 110 aniversario (cumplido en 2013), motivaron también este somero recuento.
La cota de mayor alcance en la trayectoria de Chanito (Calabazar de Sagua, 1903-La Habana, 1987) se localiza en el repentismo, con particular énfasis en el humor, al que se consagró, sin que muchos discrepen, como el de más acabados gracia e ingenio en una buena parte del siglo xx. Su andar por guateques, emisoras, plazas públicas, carpas-teatro y fiestas de todo tipo de la ruralidad cubana durante la seudorrepública, fue tejiendo una leyenda de juglaresca hilaridad que aun prevalece arraigada en la memoria de muchos, a expensas sobre todo de la indoblegable transmisión oral.
Más tarde –en la etapa revolucionaria– la televisión, las publicaciones periódicas y el constante peregrinar por las más inusitadas tribunas consolidaron esa fama y le dieron un cuerpo aun más visible a aquella leyenda.
Precisamente esa impronta repentista ha venido avivando el prurito con que muchos “escribidores” le han regateado a Chanito la condición de escritor. Polémica inútil, por otra parte, pues el poeta nunca aspiró a esa condición y se sintió cómodo en la de cantor. No reclamo turno en la estéril polémica –creo que ese afán por los rótulos le sentaría mejor a la entomología que al arte– pero me autoimpongo ser categórico y afirmo que a Chanito siempre se le respirará como un poeta que supo mover, con notable dominio del doble sentido y las alusiones, los resortes de ese difícil terreno que es el humor, en su caso expresado desde los rigores de la espinela.
Jesús Orta Ruíz, el Indio Naborí, al responderle a Virgilio López Lemus sobre el humorismo de los improvisadores de la época pre-revolucionaria, no vaciló en afirmar: “La décima humorística alcanzó su punto más alto en la gracia de Chanito Isidrón”. 1
Si partimos de ese antecedente, se nos hace inexplicable el silencio editorial en torno a su obra, pues solo una breve selección de esas décimas halló espacio en 1991, cuando la editorial Capiro, de Villa Clara, la puso a circular con prólogo del periodista Aldo Isidrón del Valle, sobrino del poeta. De aquel libro extraigo, como botón de muestra, un fragmento de la simpática composición titulada “Yo fui barbero”:
Hace tiempo que no cojo
tijera, peine y navaja,
y si la espuma me cuaja
me engurruño y me acomplejo.
Pero allá en mi tiempo viejo
atendí una barbería,
¡y miren cómo sería
mi trabajo concienzudo,
que entraba un viejo peludo
y hecho un muchachón salía!
Un día afeitando a un sordo
no sé cómo resbalé
y la nariz le llevé
y parte del dedo gordo.
Yo, que igual zurzo que bordo,
se los cosí con denuedo,
y aquello fue el gran enredo,
pues le puse al infeliz
aquel dedo en la nariz
y la nariz en el dedo.2
En lo tocante a la alusión erótica, lograda con magistral socarronería, también fue maestra la mano del ingenioso poeta. Un buen ejemplo en ese sentido sería la composición “Nadie escarmienta por cabeza ajena”, incluida en la compilación Yo he visto un cangrejo arando:
Todo el que a casarse va
porque necesita abrigo
siempre encuentra a un buen amigo
que un mal consejo le da.
Yo no sé por qué será
que el hombre que se ha casado,
cuando mira a otro embullado
que busca su misma base,
le dice que no se case,
que ese es un paso mal dado.
Sabe el hombre la misión
amarga del que se casa,
pero cuando ve la masa
se le alegra el corazón.
Eso es igual que el ratón:
ve que otro ratón cualquiera
cae en la trampa y quisiera
huir del triste destino
pero el olor del tocino
lo lleva a la ratonera.
Yo también había jurado
cuando joven, no casarme,
para luego no encontrarme
pobre, hambriento y remendado.
Luego aquí por el Vedado
me enamoré de Pilar,
y esa sí me ha hecho rabiar
y maldecir mi destino,
porque me enseña el tocino
y no me deja llegar.
Miren, Manuel el Gallego
se casó con Rosalía,
que allí si es verdad que había
tocino hasta para luego.
Manuel quiso entrarle, ciego,
pero ella, que es algo cruel,
anda con Juan y Miguel
y con todo el que se asome,
y ahora todo el mundo come
tocino, menos Manuel.3
Composiciones como “Las cintas de las coronas”, “El gago Mamerto Triana”, “Carta de amor de un boniato a una calabaza”, “Las maritonas”, “Fracaso de un conferencista” y “La carabina de Ambrosio”, por solo citar algunas, dan fe de un humor donde la autoparodia, el tablazo costumbrista y el ridículo –sucesor de la ignorancia– en el toma y daca de la doble lectura, cobran fuerza expresiva en el fértil terreno del doble sentido.
Otra de las manifestaciones donde a Chanito le tocó ocupar una posición de vanguardia entre sus colegas improvisadores fue la novela en décimas. Y aunque publicó varias, entre ellas Manuel García, el rey de los campos de Cuba, su gran notoriedad se la confiere la autoría de la más conocida, leída, declamada, cantada y copiada en libretas de eficientísima distribución manual por campos y poblados; me refiero, por supuesto, a Amores montaraces, popularmente rebautizada como Camilo y Estrella.
Sobre esta obra también se pronunció el Indio Naborí en la entrevista citada, pues no vaciló en afirmar: “Escribieron décimas novelescas Agustín P. Calderón, Justo Vega, Chanito Isidrón y otros, pero el que más se destacó fue Chanito con su ya legendaria Amores montaraces”. 4
Aunque la novela en cuestión es deudora del folletín, con su carga extraída del novelón radial, su maniqueísmo y su filosofía ingenua, el fenómeno de comunicación y difusión alternativa que generó en los campos y poblados cubanos solo me parece comparable a lo que sucedió con El derecho de nacer , de Felix B. Caignet; o al delirio subrepticio con que nuestras adolescentes hacen cola para obtener en préstamo las gastadas libretas escolares con ánimos de degustar la poesía de José Ángel Buesa.
En los tiempos que corren, cuando en su zigzagueante devenir la crítica artística y literaria ha acabado por aceptar esas propuestas kitsch, la novela Amores montaraces se nos presenta como portadora y transmisora de valores tales como la honestidad, la tenacidad, la pureza de los sentimientos, la lealtad y el desinterés. En un horno como ese –que no quepan dudas– nuestros hombres de campo han cocinado algunos de sus más elevados proyectos espirituales.
Por lo pronto, a más de ciento diez años de distancia de su nacimiento y treinta y cuatro de su muerte (22-2-1987), cuando la décima, el humor y el repentismo van cobrando un nuevo rostro –que no es lo mismo, que no es igual–, la honda tradición poética nacional no puede escamotearle tributo al juglar que expresara, desde su humildad pícara y lúcida, un costado sumamente entrañable de la singular e ingeniosa estirpe criolla.
Notas
1 Virgilio López Lemus: “Con el Indio Naborí a los cincuenta años de su actividad cultural” (entrevista), en Signos, núm. 41, Santa Clara, 1995, p. 33.
2 Chanito Isidrón: obra humorística, Ediciones Capiro, Santa Clara, Cuba, 1991; p. 41.
3 René batista Moreno (comp.): Yo he visto un cangrejo arando, Editorial Capiro, Santa Clara, 2004, pp. 54-55.
4 Ibídem, p. 33.
