Lorenzo Lunar, El asere ilustrado y de cómo la sonrisa es parte del drama vecinal
El villaclareño Lorenzo Lunar (1958) es uno de los autores más representativos de la novela negra en Hispanoamérica. No solo lo afirma la crítica especializada, sino que todo aquel que lo haya leído, al menos un segmento de su obra, lo puede corroborar. Él, al igual que Leonardo Padura, Eduardo del Llano y otros autores, ha creado y establecido para sus textos una familia de caracteres que, a fuerza de protagonizar varias obras, se nos convierten en parte de la familia con la que lidiamos cuando abrimos la página impresa y nos disponemos a leer.
El amigo Lorenzo Lunar escribe como habla, y escribe de cuanto conoce. Escribe como habla porque su lenguaje es tan coloquial como el de cualquier vecino que conversa, vocifera o parece fajarse a las palabras en una esquina. Con eso quiero decirle que es ardiente, pleno en eso que se suele llamar “malas palabras” y muy vivo. Solo que él es un escritor que sabe colocar las voces duras donde van y entonces uno, como lector, se da cuenta de que están ahí porque van. En cuanto a que escribe de cuanto conoce, lo afirmamos porque Lorenzo es un conversador inteligente, provocativo y de esquina caliente. Y sus personajes son de esquina, o mejor dicho, de barrio, pues el verdadero protagonista de las novelas de Lorenzo Lunar es el barrio.
Visualicemos este pasaje correspondiente al relato “El preso de la celda raíz cuadrada de 169'”, uno de los tres que integran el volumen El asere ilustrado (Editorial Capiro, Santa Clara, 2010). Compruébese cómo, del melodrama a la sonrisa, no corre sino un breve tránsito:
En el medio de la pista abrieron una tumba. En la tumba enterraron el ataúd. Dentro del ataúd todos habían visto meterse a Vicente, amarrado con siete cadenas, siete candados, los ojos vendados y envuelto en una frazada blanca. Parecía una momia egipcia.
Vicente había anunciado que al desenterrar el ataúd él aparecería en el trapecio haciendo el número del vuelo del pájaro, dando un triple salto mortal igual que Tony Curtis en una película que se exhibía en esos días con mucho éxito en todos los cines de Cuba.
Pasaron los diez minutos acordados y los tarugos del circo abrieron la tumba. El ataúd estaba vacío. La gente miró a lo alto de la carpa, sonó la fanfarria y el dueño del circo hizo tres molinetes en medio de la pista, pero Vicente no apareció en el trapecio.
(...) Al amanecer llegó un telegrama suyo desde La Habana: "Me estoy tomando una cerveza en el bar Los Parados, frente al Capitolio, esperen fotos”.
El escritor ha ganado el premio de relato policial de la Semana Negra de Gijón en 1999, 2001 y 2005. También el de la Asociación Internacional de Escritores Policíacos de Bulgaria en 2002, el Premio Plaza Mayor de novela 2005 y algunos otros más que avalan su condición de escritor de éxito. Mas lo que aquí nos convoca es su manera de narrar, porque Lorenzo Lunar no es un escritor humorístico y sus historias son bien dramáticas, humanas, en ellas existe el crimen y el delito, proliferan las lacras y los vicios, las conductas más insólitas y como ya dejamos entrever, el lenguaje de adultos... que ya no es solo privativo de estos y entra por la libre en los hogares.
Del relato antes citado entresacamos otra muestra del modo de hacer humor en Lorenzo Lunar:
De pronto lo oímos hablar. Bajito. En un susurro. Como si fuera un delito. Decía algo de un ángulo óptimo y del Teorema de Pitágoras. Mencionó las palabras cateto, hipotenusa. Dijo que la raíz cuadrada de la altura del armario era proporcional al ancho de la ventana y que la inclinación debía ser menor de quince grados.
Ninguno de los que allí estábamos entendió nada, pero le hicimos caso cuando ordenó a Leo y El Moro levantar el armario por un extremo...
Y el armario salió por la ventana.
Más adelante el narrador nos entrega, en el mismo estilo zumbón, el colofón de esta anécdota:
Nosotros estábamos embelesados.
Cuando abrimos la quinta botella El Moro se puso de pie y propuso un brindis: “Por Totico la Ciencia”, dijo.
Y hasta el sol de hoy.
Lorenzo Lunar tiene el don de escribir con la espontaneidad de quien conversa y la gracia del cuentero. El estilo es el mismo en la diversidad de sus libros: Échame a mí la culpa, Que en vez de infierno encuentres gloria, Polvo en el viento, La vida es un tango, Usted es la culpable, Dónde estás, corazón, La casa de tu vida y varios títulos más, publicados por la Editorial Capiro de Santa Clara, como este que nos ocupa: El asere ilustrado.
A Lorenzo nada humano le es ajeno en el mundo de los libros. Además de su hacer como novelista y cuentista, crítico literario y conferencista, es editor y... librero desde ese centro de cultura, promoción y venta que es la librería La piedra lunar, un nombre que rinde tributo a Wilkie Collins y de paso nos recuerda —o si lo prefiere, advierte— que nadie mejor que un autor para identificar el valor de los buenos libros.
Un último ejemplo, para dejarle planteada la invitación de disfrutar de la narrativa del villaclareño Lunar. El final del mensaje tiene aquí la sutileza de una trama de Conan Doyle:
Cuando empiezan las Olimpiadas la gente del barrio se clava delante del televisor las veinticuatro horas. Y les da lo mismo echarse un juego de pelota, el deporte nacional; ver un partido de jockey sobre césped, que eso no lo juega nadie en Cuba; o las competencias de equitación, que nada más las entienden los ingleses.
Dice Leo Martín que ojalá las Olimpiadas duraran todo el año, porque la gente se entretiene con los juegos y entonces baja casi un veinticinco por ciento el número de delitos en el barrio.
(...) Y no es que Leo [el policía en esta historia] no tenga razón en eso, lo que pasa es que él no acaba de entender que a medida que disminuyen los delitos en el barrio, comienza a desaparecer la comida de las casas de todos nosotros. Hasta de su propia casa.
Dígame, amigo lector, si no resulta ingenioso este guiño de complicidad que Lorenzo nos hace llegar a través de sus aseres.
Editado por: Nora Lelyen Ferández
