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Enloquecer un poco para divertirnos

Ricardo Riverón Rojas, 23 de septiembre de 2014

Terminé de leer con deleite las Estampas publicadas por Eladio Secades entre 1941 y 1958. Las degusté en la edición que en 2004 compiló y prologó Laidi Fernández de Juan con vista a una especie de edición de desagravio para el lector cubano. Como en el momento de su salida el libro tuvo una acogida visiblemente favorable por parte de la crítica, más que comentar esas crónicas y cuentos donde lo cubano se expresa explotando los sutiles códigos de un costumbrismo sentencioso, sabichoso, irónico y sagaz, me interesa destacar el importante rescate que reincorpora al panteón literario nacional una voz de notable singularidad, desconocida por varias generaciones de compatriotas. Pese a ello, tampoco puedo eludir algunos comentarios sobre esos acabados textos. Y además reflexionar someramente sobre la necesidad de revitalizar un costumbrismo, portador de excelencias similares, en nuestro aburrido devenir mediático.

Para los cubanos que no vivimos la década de los cuarentas y en la de los cincuentas consumimos la niñez, el nombre de Eladio Secades pudiera no decir nada, sin embargo, para quienes tuvieron el privilegio de disfrutar sus crónicas, aparecidas en Bohemia, Alerta, Carteles, Zig-zag y varias publicaciones periódicas de su época, leer nuevamente esos agudos chascarrillos podría significar una especie de resurrección del color nacional, con sus caracterizaciones de tipos, espacios y costumbres idos: vida que nos llega a través de una prosa vital, dinámica, que no teme ser concluyente, aun cuando sus conclusiones sean cuestionables a la luz de consensos más avanzados que los que configuraron el canon de aquella etapa de la vida nacional. Para afirmarlo me apoyo, sobre todo, en algo que ya señalaba Laidi en su prólogo: “…algunos de sus escritos parecen de hoy y no de más de cinco décadas atrás. Triste condición de actualidad que nos anima a reavivar el recuerdo de quienes lo leyeron en su momento, y a ofrecerlo, como lujo delicioso y necesario, a las nuevas generaciones de lectoras y lectores”.

Si nos acogemos de manera estricta a las definiciones, podemos entonces afirmar que el costumbrismo de Secades no cumple plenamente con los preceptos que definen esa tendencia, pues él sí analiza los hechos que describe, y propone conclusiones, aunque no haga pasar su análisis como el de un estudioso que regala demostraciones, sino como el de un filósofo popular y despreocupado que presenta sus galimatías tal las verdades “inobjetables” que muchas veces son. De lo que sí no cabe dudas es que los retratos que logra son portadores de esencias de la vida cotidiana en Cuba, y que dichas esencias, pese a los diversos cambios de condicionantes vividas por los cubanos en los últimos sesenta años, fueron plasmadas con tal maestría que aún hoy continúan retratándonos y develándonos ante nosotros mismos.

La tradición en la cual se inscribe Secades, es sin lugar a dudas la que tiene en Cuba notables exponentes en Mañach, Enrique Núñez Rodríguez, Ciro Bianchi Ross, José Antonio Fulgueiras, Samuel Feijoo, Onelio Jorge Cardoso, y –para seguir desdibujando fronteras genéricas– en Héctor Zumbado, y en decimistas como Chanito Isidrón y Bernardo Cárdenas (solo cito dos), independientemente de que algunos de ellos se acojan al absurdo y la hipérbole, y hasta a lo fantástico, pues todos tuvieron la intención de ponernos un espejo delante con el propósito de que nos reconozcamos en una imagen que, con distintas caras, vamos repitiendo en nuestro colorido devenir.

Un detalle estilístico en las crónicas y cuentos de Eladio Secades está en esas frases rotundas que, como saetas, nos abofetean con definiciones de todos nosotros desdoblados en muchos personajes. La exactitud con que enuncia esas joyas verbales está cargada de connotaciones, de pactos lingüísticos, de complicidad socarrona. De alguna manera, en el estilo de este cronista se advierte una fértil proximidad con las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, sobre todo cuando se apega al verbo ser. Ejemplo: “Un borracho suele ser un cuerdo que ha querido enloquecer un poco para divertirse”. O: “En la media vida que nosotros vivimos, el «picador» es un parásito con trascendencia de símbolo (…) El «picador» cubano es un tipo muy curioso que cree un triunfo el vivir sin trabajar. Y que, sin saberlo, es limosnero”.

Le reprocha Laidi varias cosas a Secades; se las reprocha y a la vez propone la indulgencia salomónica a la hora de evaluar algunos de sus juicios sarcásticos donde el racismo y el machismo asoman su oreja peluda. De igual forma propone, y comparto su tesis, asimilarlo más por sus aportes que por sus yerros. Que más que rechazar nos interroguemos sobre lo que escribió mientras vivió el exilio posrevolucionario, pues bien apunta ella la forma en que su gracia mermó, quizás por falta de un ángulo testimonial. Evidentemente Secades, como buen periodista, escribía sobre lo vivido y lo visto. Es una lástima que esas otras crónicas posteriores a 1958 no se publiquen también en Cuba, tras una labor de rescate como la practicada por Laidi Fernández, para que podamos analizarlas y llevarnos una imagen total de esa obra imprescindible que, sea cual sea su vínculo con la política, seguramente ayudará a que nos comprendamos mejor como pueblo.

El periodismo cubano está urgido de obras de similar capacidad dialógica con el lector. Desde hace décadas el humor costumbrista ha quedado casi completamente circunscrito a los universos audiovisual, escénico y del magazine, con programas radiales o de televisión como Alegrías de sobremesa, Detrás de la fachada, o San Nicolás del Peladero, o películas como La muerte de un burócrata, Guantanamera y Plaff (o demasiado miedo a la vida), para citar solo tres. Estas propuestas han dado una nota interesante, pero reproductiva de los códigos comunicacionales que se palpan en la calle y sin seguir al pie de la letra los dictados de la tradición heredada de la república con realizaciones como La tremenda corte, Cachucha y Ramón, Casos y cosas de casa y Tota y Pepe, tampoco han podido desprenderse de la fuerza expresiva con que aquellas realizaciones se alcanzó. La reproducción del argot callejero, escurriéndole el bulto a la chabacanería (etiqueta que se le ha endilgado a demasiadas cosas, muchas veces en detrimento del humor) vendría a ser, según mi juicio, la mejor ganancia, pese a que no se alinean con lo conseguido por Eladio Secades. Por lo general no hay en estas propuestas especulación filosófica esquinera, ni osadía metafórica, ni atrevimiento enunciativo. Quizás la restricción de ciertos ángulos temáticos (que no limitaron a Secades en su tiempo) con el temor de que resultaran ofensivos, le ha venido restando color a las estampas actuales. Detrás de esa interdicción, sin lugar a dudas, siempre han subyacido prejuicios políticos, por suerte en vías de superación.

La obra de Eduardo del Llano, y de una buena parte del humor escénico que en los 80’s y 90’s expusieron grupos como La seña del humor, Salamanca, Onondivepa, La oveja negra, Pagola la paga y otros se erigieron como el costado más visible del costumbrismo, pese a que se autodenominaban como “humor inteligente”, con lo cual hacían explícita su intención de apartarse del “humor callejero”, pues ponían el énfasis en un uso reiterado de la ironía, la intertextualidad y la referencia culta. No obstante, si atendemos a los cambios experimentados por el receptor tras fructíferas políticas educacionales y culturales, no puedo dejar de sentir en esas propuestas un renovado matiz costumbrista. Es el mismo costumbrismo y a la vez otro, como otro es el receptor. En esta cuerda siento latir también el programa de televisión Vivir del cuento, y antes el ya desaparecido Deja que yo te cuente (con su genial profesor Mentepollo), algo que no veo, digamos, en A otro con ese cuento.

Continuando, magazines como Palante, DDT o Melaíto se perfilan más apegados a la manera tradicional de expresar el costumbrismo. En el caso de algunos de ellos la enunciación política a ultranza lastró durante demasiado tiempo sus propuestas. El que pudiéramos considerar más fiel a los códigos expresivos del costumbrismo, a mi modo de ver, es Melaíto, aunque explota resortes que en ocasiones me parecen desgastados por la reiteración.

Estas son solo reflexiones al margen de la lectura de las Estampas de Eladio Secades. Cuánto falta y cuán bien caería en nuestro periodismo, en nuestra cotidianidad informativa, aquella ironía, aquella gracia verbal, aquel ingenio, y hasta aquel sarcasmo que con toda seguridad contribuyeron a que nos autoreconciéramos mejor y, sobre esa base, hiciéramos crecer nuestro espíritu.

Santa Clara, 16 de septiembre de 2014
Editado por: Heidy Bolaños

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