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Traductores polémicos: de la hoguera a Borges en la encrucijada de la sociedad de la información

Lourdes Arencibia Rodríguez, 23 de septiembre de 2014

En este excepcionalmente caluroso verano habanero, andaba dándole una «repasada» a Textos clásicos de Teoría de Traducción,1 la utilísima obra compilada por el profesor español Miguel Ángel Vega Cernuda —que algún día habrá de tener una continuidad en el pensamiento de los novomundistas, toda vez que sus referencias se detienen en Europa y 1983—, y una vez más compruebo que sobre traducción no hay realmente nada nuevo bajo el sol. Coincido con el editor Vega Cernuda cuando, en la presentación, comenta que el tema es como el «cuento de nunca acabar».2 Veamos lo que ya había observado Maimónides en una carta a Ben Tibbon fechada en 1199:

Aquel que pretenda traducir de una lengua a otra y se proponga traducir siempre una palabra dada únicamente por otra que le corresponda, guardando el orden de los textos y el de los términos, tendrá que esforzarse mucho para finalmente conseguir una traducción incierta y confusa. Este método no es correcto. El traductor debe, sobre todo, aclarar el desarrollo del pensamiento, después escribirlo y comentarlo y explicarlo de modo que el mismo pensamiento sea claro y comprensible en la otra lengua. Y esto sólo se puede conseguir cambiando a veces todo lo que le precede y le sigue, traduciendo un solo término por más palabras y varias palabras por una sola, dejando aparte algunas expresiones y juntando otras, hasta que el desarrollo del pensamiento esté perfectamente claro y ordenado y la misma expresión se haga comprensible, como si fuera típica de la lengua a la que se traduce. Así lo hizo Hunain ben Ishaq con el libro de Galeno y su hijo Ishaq con el de Aristóteles […].3

Estos juicios de Maimónides, que ni siquiera fueron los primeros referenciados por la historiografía, pues son posteriores a los comentarios de Cicerón, de Plinio y de Jerónimo,4 nos van a servir de introducción a este trabajo que, en realidad, repara en el polémico estilo de uno de los traductores contemporáneos más célebres y reconocidos en nuestros días —nacido, por cierto, en el Nuevo Mundo—. Pero antes de llegar ahí, permítaseme aludir —no sin divertido asombro y tampoco sin cierta alarma— los poco conocidos avatares que sufrieran la traducción y sus practicantes, previo a alcanzar —no muy ilesos que digamos— la llamada sociedad de la información y la comunicación.

Por lo pronto, compruebo que el contento que manifestaron los primeros interlocutores de aquellos remotísimos encuentros en los entornos de la piedra de Rosetta halló una continuidad palpable en la valoración del emperador chino Ming Ti cuando, al pretender traducir los libros de Buda, daba personalmente la bienvenida, montado en un caballo blanco, a dos escribas-traductores indios; o cuando los egipcios otorgaron altura de príncipe al traductor, tradición con una vida relativamente prolongada si juzgamos las decisiones del zar Pedro el Grande, quien también daba rango diplomático a sus traductores; lo mismo sucedió al fundarse la nueva escuela de lenguas orientales en Pekín; o en el reinado de Luis XIV, quien concedió hereditarios títulos de nobleza a los mediadores que reclutó en Estambul.5

En consonancia con tales tratamientos, en el año 750, Abd Allah ibn al Muquaffa tradujo del sánscrito al persa medio para el califa Wa Dimma y su versión se propagó, con buena y mala fortuna, en cuarenta lenguas asiáticas y europeas. Pero tan conocida se hizo su labor de mediador, que cuando abandonó la religión de Zoroastro para adoptar la de Mahoma, fue ejecutado a manos del califa Al-Mansur.

Salvando distancias, en agosto de 1546, Etiene Dolet, teórico de la traducción, es arrojado a la pira en Paris, acusado de haber traducido tendenciosamente una frase del diálogo Axioco de Platón. Sócrates había dicho: «la muerte no puede nada contra ti mientras vivas, porque aún no has muerto; ni después que mueras, porque ya no serás»; la traducción de Dolet decía: «Attendu que tu ne seras plus rien du tout». La frase «rien du tout» (nada en absoluto) se juzgó sin equivalencia en el texto original y se estimó que, con ello, Dolet había negado explícitamente la inmortalidad del alma.6

En el siglo XVI, Giordano Bruno dijo que toda ciencia tiene su origen en la traducción, y también acabó sus parlamentos en la hoguera en Campo de´ Fiori, Roma, en 1600, lo cual, por supuesto, no ha impedido que los traductores le consideremos, junto a Jerónimo, uno de nuestros patronos.7 ¿Qué les parece?

Fray Luis de León sufre prisión durante casi un lustro por haber vertido al castellano el Cantar de los cantares. William Tyndale pone al inglés el Nuevo Testamento, pero cuando visita a Lutero en Wittemberg es tildado de sospechoso, y para colmo, cuando imprime ejemplares de su Biblia en Worms y las pasa de contrabando a Inglaterra, Enrique VIII le persigue; es desacralizado, estrangulado y quemado en la hoguera por herejía.

Y luego de mucho, mucho andar, por fortuna no siempre por el camino de la hoguera, por aquí llego a Borges, un grande de la traducción que, resumiendo todos los pensamientos anteriores decidió hacer polémicos sus acercamientos en la era de la información y la comunicación…

Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 - Ginebra, 1986) es uno de los traductores más importantes de América Latina. Seguramente, a través de la traducción, llegó a ser el primer escritor de relevancia mundial que supo incorporar en su obra las tradiciones literarias de Oriente y Occidente en la gran exploración que desde épocas tempranas realizó de la gran biblioteca de su padre, lo cual le permitió cultivar después un acercamiento al universo de los libros en inglés, francés, alemán, italiano, portugués e islandés. El español y el inglés los aprendió en su casa, con sus padres y con su abuela inglesa; el francés, en la secundaria, en Suiza; el alemán y el islandés, por su cuenta; y el italiano y el portugués, leyendo los textos literarios de su preferencia.

A los nueve años, tradujo «El príncipe feliz», de Oscar Wilde, que se publicó en El País el 25 de junio de 1910 e inició una actividad que ya nunca le abandonaría, pues la traducción pasó a ocupar un lugar central en su poética y le sirvió para desarrollar su propia escritura. Según Bioy Casares, su mejor biógrafo,8 coautor y compañero de trabajo durante muchos años, Borges mantuvo un permanente interés por la práctica de la traducción y por la lectura y discusión de textos traducidos.

No hay hasta la fecha una recopilación exhaustiva de sus traducciones, dispersas en innumerables periódicos, revistas y libros que organizó, solo o en colaboración, sin contar las inéditas. Entre las más conocidas, mencionaremos Las palmeras salvajes, de William Faulkner (Sudamericana, Buenos Aires, 1949); Un cuarto propio, de Virginia Wolf, publicada por entregas (Sur, Buenos Aires, 1935-1936) polémicas en cuanto a «inexactitudes» respecto de los originales; Orlando, también de la Wolf (Sur, 1937); Los mejores cuentos policiales, coeditada con Bioy (Emecé, Buenos Aires, 1943); Antología de la literatura fantástica, coeditada con Bioy y Silvina Ocampo (Sudamericana, 1940); Barteleby, de Herman Melville (Biblioteca de Babel, ed. Franco María Ricci, Roma, 1940); Perséfona, de André Gide (Sur, 1936); Un bárbaro en Asia, de Henri Michaud (Sur, 1941); Hojas de Hierba, de Walt Whitman (Juárez, Buenos Aires, 1969); La alucinación de Gylfy, de Snorri Stiurluson, con María Kodama (Alianza Editorial, Madrid, 1984); Macbeth, de Shakespeare, traducción inconclusa en colaboración con Bioy, …

Más que de las traducciones —sería bien difícil abarcarlas en este espacio acotado—, me interesa hablar aquí de sus ideas sobre la traducción; no sólo porque es lo verdaderamente importante en el Borges traductor y polémico, sino para propiciar comparaciones con otros pensamientos.

Los textos fundamentales para el estudio de su «teoría de la traducción» son «Las dos maneras de traducir» (La Prensa, Buenos Aires, primero de agosto de 1926); «Las versiones homéricas» (Biblioteca Borges. Discusión, colección de ensayos, Alianza Editorial, Madrid, 1997); «Los traductores de las 1001 noches» (Historia de la Eternidad. Obras completas, Emecé, Buenos Aires, 1974); «El enigma de Edward Fitzgerald» (Otras Inquisiciones. Ensayos, 1952. Biblioteca Borges, Alianza Editorial, Madrid, 1997); «Pierre Menard, autor del Quijote» (Ficciones. Biblioteca El Mundo, Bibliotex SL, Madrid, 2001).

«Las dos maneras de traducir» pertenece al Borges vanguardista y de estilo barroquizante. Empieza a explicar su tesis de que el original no es necesariamente superior a sus traducciones, y que el prejuicio y el estigma que encierra la famosa frase traduttore traditore se debe, entre otras cosas, a falta de observación de los textos traducidos puntuales. El paso del tiempo —según él— afecta por igual al original y a las traducciones, y los textos enfrentados siempre al desafío de resolver lagunas textuales pueden mejorar o empeorar estéticamente debido a los cambios que sufren palabras y expresiones. Estima, además, que el lector es tan importante como el propio texto que —original o traducido— será leído de manera distinta según las circunstancias.

En «Las versiones homéricas»9 declara, desde sus primeros párrafos, que «la traducción, a diferencia de lo que él llama “la escritura directa”, parece destinada a ilustrar la discusión estética».10 Para Borges, toda traducción es creación y tentativa de solución de problemas que se desprenden del acto combinatorio de leguajes, del paso del tiempo o de las circunstancias lingüísticas en que se generó. De suerte que cada ausencia, omisión u ocultamiento que muestra el texto mediado en comparación con el original tienen diversas causas y consecuentemente producen diversos efectos: una laguna en la apropiación por ignorancia del texto original es incuestionablemente un intento de solución, un acicate que reta a la creatividad del traductor, sin llegar a ser deshonroso en sí ni considerarse necesariamente una pérdida incompensada. Con esta hipótesis, Borges confiere al traductor la permisividad del enriquecimiento en el marco de un fenómeno que beneficie la creación. Y en su intento de demostrar la propia esencia del proceso, compara una serie de versiones del mismo pasaje de la Odisea (XI), que, según el argentino, «bastaría para ilustrar su curso de siglos».11

¿Cuál de las muchas traducciones es fiel? querrá saber tal vez el lector. Repito que ninguna o que todas. Si la fidelidad tiene que ser a las imaginaciones de Homero, a los irrecuperables hombres y días que él se representó, ninguna puede serlo para nosotros: todas para un griego del siglo XX.

Las mil y una noches es una serie de cuentos cuidadosamente soñados. No he incurrido en la pedantería de elegir la versión más fiel; he buscado la más grata. Galland acentuó lo mágico de la obra, abrevió sus demoras y lentitudes y omitió lo escabroso […] Sin su estímulo preliminar, no se hubieran intentado las traducciones ulteriores.12

De suerte que, en « Los traductores de las 1001 noches», Borges da continuidad a sus reflexiones de «Las versiones homéricas», aplicadas esta vez a los mediadores del clásico que todos seguramente hemos leído y que, como se sabe, es una recopilación árabe de textos orales procedentes de distintas culturas orientales.

«El enigma de Edward Fitzgerald»,13 por su parte, nos cuenta que Fitzgerald, quien alcanzó su definitiva celebridad por sus versiones del Rubaiyat de Omar Jayam, había fracasado antes como mediador al inglés de la obra de Calderón y con sus versiones de los trágicos griegos. Pero, en cambio, cuando se acerca al persa se produce una «comunicación» imposible en el tiempo que fue tan virtual y mágica que los convirtió en una sola voz. Borges concluye que toda colaboración entre el autor y su traductor tiene mucho de misteriosa porque, en resumidas cuentas, la traducción es un trabajo de colaboración.

Finalmente, en «Pierre Menard, autor del Quijote», Borges advierte:

Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria. No quería componer otro Quijote —lo cual es fácil—, sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran —–palabra por palabra y línea por línea— con las de Miguel de Cervantes.

Acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas […]  No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.14

Borges maneja entonces la tesis sobre la imposibilidad de lograr una traducción literal en términos absolutos de fidelidad y literalidad, rechazando, en consecuencia, el ejercicio de la mediación sobre esas bases, toda vez que, al igual que Walter Benjamin, estima que la ampliación de significados y la experimentación estética están en la esencia de toda traducción.

Notas:
1- Colección Lingüística, Cátedra, Madrid, 1994 (357 pp.).
2- Ibíd., p. 13.
3- Ibíd., p. 87. (Trad.: Vega Cernuda.)
4- Expresados, respectivamente, en los años 46 y 50 a.n.e., y en el 405 d.C.
5- Referencias tomadas del discurso inaugural del curso académico 1992-1993 en la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Pompeu Fabre de Barcelona, pronunciado por el profesor Dr. Louis Truffaut, presidente de la Escuela de Traducción e Interpretación de la Universidad de Ginebra. (p. 1, versión original en francés.
6- Referencias tomadas de Antonio Ñiguez Bernal: «Soluciones aportadas por la traductología y la lingüística aplicada ante el reto actual de la traducción de textos científico-técnicos, profesionales y académicos», Hieronymus Complutensis, Instituto de Lenguas Modernas y Traductores, Universidad Complutense de Madrid, p. 15.
7- Referencia tomada de Pierre Joris: «Siete minutos sobre traducción», Amnios, revista de poesía, no. 8, La Habana, 2012, p. 25.
8- Véase Adolfo Bioy Casares: Borges, Ed. de D. Martino, Destino, Barcelona, 2006.
9- Biblioteca Borges. Discusión, colección de ensayos, Alianza Editorial, Madrid, 1997 (230 pp.).
10- Ibíd., p. 129.
11- Ibíd., p. 131.
12- Jorge Luis Borges: «Selección de Antoine Galland: Las mil y una noches», Biblioteca Personal. BA0007, Alianza Editorial, Madrid, 1988-1997, pp. 120-121.
13- Borges escribió sus primeras reflexiones sobre la traducción en «Omar Jayám y Fitzgerald»: artículo-epílogo de la versión de las Rubaiyat de Aboul-Fath-Omar ibn Ibrahim el Khayyam (1051?-1123) de la versión de Edward Fitzgerald que hizo su padre, Jorge Guillermo Borges. El texto apareció en la revista Proa en 1925 y, meses más tarde, fue recogido en Inquisiciones (1925), el primer libro en prosa de Borges. Noticia tomada de Marieta Gargatagli: «Borges y la traducción I», El Trujamán, 25 de febrero de 2004, Centro Virtual Cervantes.
14- Ob. cit., pp. 37, 40 y 41.

 

Editado por: Tupac Pinilla

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