Circularidad opresiva
Una joven escritora intenta hallar una historia que contar. El día es caluroso y, para colmo, han cortado la electricidad. Por eso, escribe con un lápiz en su bloc de notas y no en la computadora. Su pareja ha subido al techo para componer la antena dañada por el huracán más reciente. Todo parece encajar en una rutina implacable, en una circularidad opresiva. Hasta las caricias del hombre y la misma página en blanco son parte del automatismo que la inquieta. De repente, se deja llevar por esa corriente de inercia cotidiana. Decide imitar la vida, reproducir la vida, la callada tragedia de sus relaciones con un hombre que ya no ama y que tal vez nunca amó. Anota en su bloc lo que presume que va a suceder y, a continuación, sucede exactamente como lo predijo en sus notas. Se produce, entonces, una interesante yuxtaposición de fantasía y realidad donde el personaje de la escritora va describiendo diálogos y hechos en apariencia intrascendentes, pero, al final, reveladores de la terrible incomunicación y del abismo que se ha abierto entre ella y su amante. Una niebla vacía, o más bien sobresaturada, flota sobre las cabezas de los personajes. El lector siente que es, precisamente, la saturación y no el vacío lo que falla entre esos dos seres que un día decidieron probar suerte en una relación que ya resulta dañina.
Es un cuento de atmósfera, urdido con oficio e imaginación, con el sabor del realismo minimalista de Raymond Carver y los ingeniosos saltos del nivel de realidad de Cortázar, dos maestros a los que Yamila Peñalver (La Habana, 1978) rinde homenaje y venera como casi todos los escritores y amantes de las llamadas historias cortas.
No es la primera vez que hablo sobre esta sicóloga que escribe cuentos y que, a fuerza de constancia y talento, ha ido consolidando su obra. Egresada del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, su manera de narrar se distingue por estructuras bien concebidas y un lenguaje mesurado, sin barroquismos gratuitos, altisonancias, modas, en fin, palabrería insulsa. Tampoco atiborrado de citas en inglés ni referencias constantes a libros de otros autores para impresionar o apabullar al lector, o a jurados de concursos. Vaya usted a saber. Los que han seguido sus cuentos en antologías y revistas, saben que Yamila es sobria, sutil y siempre da la impresión de que sabe lo que quiere, o mejor, que esconde lo que quiere entre líneas, en el trasfondo, lo que no niega la dosis de locura creativa que todo escritor lleva adentro (en otros textos suyos se revela transgresora, pero sin caer en el escupitajo banal, por gusto, como razona un colega mío). Nietzsche decía que hay que llevar el caos dentro, para parir un estrella bailadora (cito de memoria, pero esa es más o menos la idea).
El cuento que hoy les ofrezco en nuestro espacio se titula "Simbiosis" y está recogido en el libro con que Yamila Peñalver acaba de ganar una Mención en el Concurso David 2014 de la UNEAC.
Simbiosis
Yamila Peñalver
A veces, simplemente, uno siente deseos de no hacer nada, de tirarse en un rincón sin acusar el paso del tiempo, pienso y lo escucho en la azotea regresar la antena a su sitio, ahora que el poderoso huracán ya es historia. Al volver querrá acostarse un rato, o solo que nos quedemos en silencio a merced de cierta inercia en las caricias. Lo de siempre, y no vale la pena lamentarlo. En cambio, si pudiera escribir al menos una línea no me sentiría tan mal, la tortura de la página en blanco también se ha convertido en algo cotidiano.
Me asomo a la ventana, los ruidos han cesado, asumo que ya debe estar bajando. Quizás una buena historia comenzaría más o menos así: A veces, simplemente, uno siente deseos de no hacer nada, de tumbarse en un rincón sin acusar el paso del tiempo…
—Tengo un aire clavado en la espalda, creo que hice un mal movimiento allá arriba —el sonido de su voz apenas me sorprende. Sentada, viéndolo estirarse, espero tranquila la pregunta.
— ¿Escribiendo? —señala el bloc que sostengo sobre mi regazo a falta de corriente para encender la computadora.
Muevo la cabeza en un gesto afirmativo. Él entra al cuarto a guardar las herramientas; yo continúo:
Él entra al cuarto a guardar las herramientas, desde el sofá siento cómo las acomoda en la caja y cierra la puerta del closet. Suspiro, me hundo más en el cojín, la vista casi a ras de la hoja, la mano empuñando el lápiz ajena a toda intromisión.
Retorna a la sala con un libro bajo el brazo, sonríe displicente. Alcanzo a distinguir la oscura carátula de The Golden Age. Esa novela ya le toma casi tres meses; sospecho que Gore Vidal no ha de ser fácil de digerir.
—No sé por qué nunca consigo leer más de media hora a lo sumo —cree necesario explicar cuando se acomoda frente a mí—, aunque esta en particular, me gusta tanto que no quisiera terminarla.
Su afirmación me parece un poco absurda. ¿Cómo es posible resistirse ante un texto que como mínimo resulta interesante? Sin hablar del encanto que algunos pueden provocar. Nunca he podido entenderlo, a veces pienso que le está negado el verdadero placer de la lectura. Con otro gesto lo animo a intentarlo y regreso a mis papeles.
Abre el libro en la página marcada, se concentra durante unos minutos, o al menos parece que lo intenta. Cada cierto tiempo me observa de reojo. Comprendo que se esfuerza por no interrumpir, pero le cuesta hacerlo.
— ¿Sabías que en el año 44 el Partido Comunista estuvo a punto de ganar las elecciones en Italia?
— ¿En serio? —no se me ocurre qué más agregar.
—La CIA se encargó de impedirlo.
—Ya… —pues qué mal, supongo.
Se aclara la garganta. Yo levanto la vista, sonidos como ese siempre consiguen inquietarme.
— ¿Sabías que en el año 44 el Partido Comunista estuvo a punto de ganar las elecciones en Italia?
— ¿Qué?
—Que si sabías que en el 44 el Partido Comunista estuvo a punto de ganar las elecciones en Italia.
Decir ¿en serio? o ¡no jodas! jamás habría expresado el punto exacto de mi asombro. Él sonríe, cree por fin haber ganado mi atención.
—Fue la CIA quien se encargó de impedirlo.
Me digo que no es nada. Apenas una casualidad entre mil, sincrodestino según Deepak Chopra. Dudo antes de continuar, sin embargo.
En la sala hace calor, una insoportable sensación de humedad. Quisiera pedirle que abra las ventanas; pero hasta un simple acto de comunicación, como ese, en los últimos tiempos me cuesta un trabajo enorme. Termino abanicándome con la mano para no tener que hablar.
— ¿Quieres que abra las ventanas? —pregunta solícito.
—Ajá.
Se inclina un poco hasta alcanzar las persianas, luego de abrirlas permanece todavía un rato mirando hacia afuera, después retoma la lectura sin volver a sentarse.
En la sala hace calor, o puede que solo se trate de una percepción alterada a causa de mi propia ansiedad. Estoy tan nerviosa que, sin darme cuenta, comienzo a abanicarme con la mano.
— ¿Abro la ventana?
Mis ojos asienten en el colmo del horror. Él se inclina un poco hasta alcanzar las persianas; luego de abrirlas permanece un rato mirando hacia afuera, después retoma la lectura sin volver a sentarse.
Apelar a la calma ya me va pareciendo un mal chiste. Decido hacer una última prueba.
Durante media hora disfruto del silencio. Se siente bien abandonarse a la palabra escrita. Él, aún en la ventana, ha decidido callar y yo se lo agradezco en espera de un milagro.
Pasan treinta minutos. Silencio absoluto; la pequeña victoria me anima lo suficiente para llegar más lejos.
— ¿En serio te interesa ese libro?
La pregunta lo toma por sorpresa, hace tiempo no espera nada de mí, ni siquiera una simple pregunta. Lo escucho suspirar antes de volverse.
—Es interesante —dice, porque quizás nunca le explicaron que no se debe contestar a una pregunta de la misma manera en que te la han formulado.
— ¿Interesante por atractivo, seductor, extraordinario, o apenas por agradable?
— ¿Importa mucho la diferencia? —advierto enseguida su inquietud.
—Claro, no sería lo mismo que te empeñaras en leerlo porque en realidad te gusta, a que lo hicieras solo por impresionarme.
Se me queda mirando sin saber qué decir; yo aprovecho para agregar:
— ¿Eso no te parece demasiado sacrificio?
— ¿En serio te interesa ese libro?
No me asombra que la pregunta lo tome por sorpresa; sintiéndome al fin dueña de la situación, lo escucho suspirar mientras se vuelve.
—Es interesante —dice, porque en efecto, nadie se ha encargado de explicarle cosa alguna.
— ¿Interesante por atractivo, seductor, extraordinario, o apenas por agradable? Y no me salgas conque sí importa la diferencia.
— ¿Cómo sabías…? —su mirada resbala indecisa entre mi rostro y las páginas del libro.
¡Elemental, querido Watson!, hubiera podido exclamar; en cambio concedo:
—Es que la diferencia, de hecho, importa demasiado. No sería lo mismo que te empeñaras en leerlo porque de veras te gusta, a que lo hicieras para llamar mi atención. ¿No te parece un sacrificio innecesario?
Claro que se queda sin saber qué decir. Enrojece un tanto, luego vuelve a sumergirse en la lectura. Yo estoy eufórica, se me ocurren enseguida un par de situaciones para poner en práctica.
Escribir, por ejemplo, que lo fuerzo a tener esa conversación, esa que ambos pretendemos ignorar porque presentimos que nos llevará al final, disolverá la simbiosis. Él podría decir: «Mañana me voy. ¿Para qué seguir fingiendo? Los dos sabemos que hace mucho las cosas no funcionan, esto no es amor ni nada que se parezca».
Yo suplicaría, claro. Por el miedo, por la duda, porque serían terribles la soledad, el vacío, la angustia. Me desharía en lágrimas, lo sé; aunque en el fondo, muy en el fondo, estuviera de acuerdo.
«No podemos continuar de este modo, parecemos más un par de amigos que tienen sexo una que otra vez que una verdadera pareja».
El sexo por supuesto. Omnipotente, acusador, fin y principio de todo. La abulia sexual, anuncio del derrumbe.
«Para estar así prefiero vivir con mi madre. Espero que ahora comprendas que nunca fue eso lo que me retuvo».
No lo habrá sido tal vez; pero era tan preciso el mecanismo, tan exacto, que jamás creí que llegaría fallar. Él sin tener a donde ir, yo con este apartamento para mí sola. Perfecto trato de frágil equilibrio. Dos que se unen buscando compañía, agregan una pizca de cariño, gustos en común, un puñado de celos, hasta obtener un plato sencillo, fácil de degustar a diario.
Y así hasta hoy, hasta ahora. Hasta el preciso instante en que sostengo el lápiz sin decidirme a continuar escribiendo. Porque tiembla la mano, el juego ha dejado de ser divertido. Lo que está sobre el tapete es mucho peor que la costumbre, la mera rutina, e intuyo que el contrario juega dados cargados…
Le observo leer todavía concentrado en sí mismo. Sé que es pura apariencia. En realidad espera que yo anuncie algún gesto, una palabra, lo que sea. Se me ocurre que puedo escribir antes lo que pienso decirle, seguir con esta suerte de rito, de conjuro, pero desisto al final. Solo se trata de escoger bien las palabras.
Me aclaro la garganta:
— ¿Sabes, Ernesto? Lo que comentaste hace un rato resulta muy interesante.
Él levanta la vista, sostiene la mirada. Siento un poco de miedo, por primera vez no consigo leer en su rostro; después pregunta:
— ¿Interesante por atractivo, seductor y extraordinario, o apenas por agradable?
Editado por: Diana Fernández
