Escribir como terapia
En la Cuba de los años cincuenta de la pasada centuria, Jim Wormold, un anónimo vendedor inglés de aspiradoras, decide convertirse en espía de los servicios secretos de su país, para así poder sufragar los estudios de su hija. He aquí, en apretada síntesis, la historia contada por Graham Greene en una de sus más conocidas novelas, Nuestro hombre en La Habana, publicada en 1958 y llevada al cine, un año más tarde, protagonizada por Alec Guinness y bajo la dirección de Carol Reed.
Quizás el ya por entonces afamado narrador y periodista inglés rememoraba, en las páginas de ese relato, su propia experiencia personal. Como es conocido, durante los días de la Segunda Guerra Mundial, Graham Greene trabajó para el Servicio Secreto Británico y llegó, incluso, como se ha contado, a abrir un burdel en Sierra Leona para lograr íntimas y comprometedoras confesiones de los oficiales alemanes.
Hasta se ha llegado a asegurar –en el tercer y último volumen de su biografía, escrita por Norman Sherry y aparecida en el año 2004— que, a lo largo de toda su vida, el escritor mantuvo su estrecha colaboración con los servicios de espionaje británicos, lo cual ha llevado a algunos malintencionados a preguntarse si fue un novelista que también era espía o si su ejercicio literario resultaba solo el escudo protector de sus secretas acciones.
Lo que sí resulta evidente, si se revisan pasajes de la vida de este hombre –nacido el 2 de octubre de 1904, en Hertfordshire, Inglaterra, en el seno de una influyente familia—, es que siempre mantuvo una solidaria comunión con los desposeídos, los humillados, los sojuzgados, actitud que lo llevó a reflejar, en su amplia obra literaria y periodística, las realidades, problemáticas y esperanzas del mundo de su época.
Aunque convertido al catolicismo, en 1926, por influencia de Vivien Dayrell-Browning –quien un año después se convertiría en su primera esposa y madre de sus dos únicos hijos, Lucy y Francis—, Graham Greene, en opinión de sus biógrafos, profesó una fe atormentada, marcada por la lealtad y la contradicción, que le condujo a una inestabilidad emocional que le acompañó durante su existencia.
El ejercicio del periodismo le ocupó desde muy joven. Trabajó, entre otras publicaciones, como subeditor en The Times, como crítico literario y cinematográfico en The Spectator y como coeditor de la revista Night and Day, en cuyas páginas, por cierto, dio a conocer un comentario sobre el filme Wee Willie Winkie –en que actuaba Shirley Temple, con solo nueve años—, considerado la primera crítica a la sexualización de los niños en la industria del espectáculo.
Con Historia de una cobardía, aparecida en 1929 y favorablemente acogida por lectores y críticos, Graham Greene iniciaba una carrera literaria que nunca más abandonaría. Decenas de narraciones conforman su bibliografía, en que sobresalen, entre otros títulos, El tren de Estambul (1932), Una pistola en venta (1936), El poder y la gloria (1940), El ministerio del miedo (1943), El tercer hombre (1950), Un caso acabado (1961) y El décimo hombre (1985).
El éxito también acompañó al escritor en el cine, aunque –según propia confesión— se mostró insatisfecho con las versiones al séptimo arte de sus obras. Así, varias de sus novelas llegaron a la gran pantalla, algunas con su propia adaptación, como El tercer hombre, también dirigida por Carol Reed, en que el actor Orson Welles interpretó a Harry Lime, uno de los más logrados personajes creados por el narrador.
En más de una ocasión, antes y después de 1959, Graham Greene visitó Cuba. Se recuerda su interés en entrevistar a Fidel Castro, en las montañas orientales, en los días de la lucha guerrillera contra la tiranía batistiana, y su extenso recorrido por varias ciudades de la Isla, en 1966, experiencia que le permitió firmar una serie de crónicas sobre la realidad cubana para el diario londinense Daily Telegraph.
El narrador y periodista Lisandro Otero acompañó a Graham Greene en ese periplo cubano en los inicios del poder revolucionario. Al evocar, años más tarde, aquellas jornadas, el autor de Temporada de ángeles aseguraba que “escribir fue para él –y lo dejó dicho—, una forma de terapia. No lograba entender cómo se podía sobrevivir a la agonía, el pánico y la melancolía, inherentes al hombre, si uno no se refugiaba en la creatividad artística”.
Graham Greene, quien fallecía a los ochenta y seis años, el 3 de abril de 1991, en Vevey, Suiza, recibió algunos reconocimientos por su obra literaria –como la Orden de Mérito del Reino Unido y el Jerusalem Prize—, aunque nunca se le concedió el Premio Nobel de Literatura. El tiempo ha demostrado, sin embargo, que su más preciado galardón radica en la avidez con que aun hoy, en cualquier rincón de este convulso mundo de inicios de un nuevo siglo y milenio, sus libros son publicados, leídos, recordados...
Editado por: heidy Bolaños
